miércoles, 14 de diciembre de 2016

Historia de una vieja amistad. Pablo Neruda y Luis Enrique Délano


Rastreando la poesía y la prosa de Pablo Neruda encontramos sólo una referencia a Luis Enrique Délano. Paupérrima evocación literaria si pensamos que protagonizaron una amistad que comenzó en plena juventud y terminó (por lo menos se vieron por última vez) en Estocolmo, cuando uno recibía el Premio Nobel de Literatura y el otro era Embajador de Chile en Suecia.
Creemos que fue una amistad robusta y trascendente para ambos. Es anecdótico resaltar cómo se empiezan a entrelazar los caminos incluso antes de conocerse personalmente. Como muchos otros personajes que Neruda menciona en sus memorias, Romeo Murga pasó también a formar parte de los recuerdos de juventud de Délano. Antes de ser su profesor de francés en el Liceo de Quillota, Murga había sido compañero de habitación de Neruda en una pensión de calle Maruri.
Ya en 1927, cuando en la capital ambos pertenecían a la estirpe de los necesitados estudiantes de provincia, Délano recuerda que Neruda antes de viajar a Oriente; me regaló una mesa pequeña y una silla negra, alta de respaldo, que le había hecho Pachín Bustamante, que además de gran pintor era tallador, ebanista, carpintero, etc. Una mesa y una silla conformaban todo el patrimonio material del poeta, bienes que en la juventud, sólo se ceden a un buen amigo.
El destino se encargó de unir sus vidas en distintos sitios y épocas. Luis Enrique Délano fue el más cercano colaborador de Neruda en el desempeño de su función consular en Madrid. Luego, en Chile, compartieron la fundación de la mítica Alianza de Intelectuales. En México, cuando Neruda fue nombrado Cónsul General, Délano desempeñó el cargo de Cónsul en Ciudad de México. En aquel país incluso llegaron a compartir la vivienda y en un acto tan íntimo como es el matrimonio, Délano fue uno de los testigos en el enlace civil del poeta con Delia del Carril.
La amistad y admiración de Luis Enrique Délano por Neruda no solo se reflejó en el terreno político o diplomático. Es poco conocida su intervención en la publicación de dos obras del poeta.
En 1932, Délano era el editor de la empresa Letras, que fundó y dirigió Amanda Labarca y que dio un notable impulso a la publicación de libros chilenos. Con persuasión e iniciativa y un profundo amor a la poesía, propuso a la empresa crear una nueva colección al sello. Así nacieron los denominados Cuadernos de Poesía, que se sumaron a la serie de novelistas chilenos y a las otras ya existentes. Estos cuadernos se iniciaron con Palabras de amor, de Roberto Meza Fuentes y Afán del corazón, de Ángel Cruchaga Santa María. Sin embargo, además de los títulos publicados, Délano recuerda que tenía un secreto plan. Sin consultarlo con su directora, se fue un día a visitar a Neruda, que entonces se desempeñaba en la biblioteca del Ministerio del Trabajo. Le propuso la publicación de El hondero entusiasta, un inédito escrito entre Crepusculario y los Veinte poemas de Amor. Recuerda Délano que Neruda: Se había negado a editarlo porque reconocía en él una fuerte influencia del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty. Al principio me dijo que no, pero volví a hablarle y a insistir "con cansada insistencia". Un día llegué triunfante con los originales a la editorial. No quiero decir que de todos modos, tarde o temprano, ese libro no habría tenido que salir a la luz. Claro que sí; Pero tengo cierta razón para sentirme orgulloso de haber convencido al poeta.
El libro vio la luz el 24 de enero de 1933. Los poemas iban precedidos de una Advertencia del autor, en la que declaraba la influencia del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty sobre esa poesía escrita 10 años antes.

En agosto de 1949, amparado en la llamada "Ley Maldita", Gabriel González Videla cesó a Luis Enrique Délano de su puesto consular en Nueva York. El escritor se trasladó a México donde participó de forma activa en la organización del Congreso por la Paz que se celebró en la ciudad de México en septiembre de ese año. Una vez concluido el Congreso, Luis Enrique vuelve a dar muestras de desinteresada amistad con Pablo Neruda. Se convirtió en un eficaz colaborador en la monumental edición del Canto General. En carta fechada el 15 de octubre de 1949, dirigida a Nemesio Antúnez, quien por esos años se encontraba becado en Nueva York haciendo un "Master of Arts" en la Universidad de Columbia, Délano describe la intensidad del trabajo en esos meses: Durante el Congreso y el pre Congreso, mejor que no les diga nada, pues tuve que dar de mí todo lo que podía y en las noches, después de un trabajo de, a veces, 18 o 20 horas, me acostaba más rendido que un perro apaleado y ni siquiera podía dormir bien... Luego de contar a los Antúnez los pormenores de la enfermedad de Neruda, Délano asume su nueva condición de "administrador económico" de la edición del nuevo libro: Desde su cama. Pablo está dirigiendo la edición monumental, de lujo, de CANTO GENERAL, con dos dibujos de los dos grandes sobrevivientes de la pintura mexicana: Diego y Siqueiros. Cada ejemplar llevará dedicatoria del autor y las firmas de los pintores debajo de sus dibujos. La edición se hará por suscripción y el nombre del suscriptor irá impreso en el libro. Suscripción $15 dólares. Si entre los admiradores neoyorquinos de Pablo hay algún interesado en suscribirse, les agradeceré que manden a vuelta de correos el nombre y los 15 dólares. Les acompaño un prospecto de la edición.

El pintor y su esposa, Inés Figueroa, no tardaron mucho en contestar la carta de Délano adjuntando quince dólares cada uno. Fueron los primeros subscriptores en Nueva York. Sin embargo, el intenso ajetreo pasó la cuenta al "administrador económico". La subsiguiente carta a los Antúnez, ya no la firmaba Délano, lo hacía su amigo César Godoy Urrutia: Él [Délano] me encargó que le despachara hoy los prospectos que usted pide. Sucede que Enrique está algo enfermo y el médico lo dejó por un par de días en cama. No es nada de cuidado, pero no está en condiciones de escribir.
Es evidente que la monumental edición del Canto General en México tiene mucho que agradecer a los muralistas mexicanos, a Miguel Prieto y a varios más. Pero, en la historia de esta publicación se omite muchas veces el trabajo desinteresado de Luis Enrique Délano.