miércoles, 20 de septiembre de 2017

Te pillaron copiando, Trampiello.


El poeta e historiados peruano Leopoldo de Trazegnies Granda, en un lúcido artículo desenmascara a Trapiello y lo acusa de pseudohistoriador y de revisionista. Compartimos el artículo de don Leopoldo:

  Atentar contra el honor y la dignidad de intelectuales reconocidos a través de descubrimientos de pequeños detalles de sus vidas, en muchos casos burdos chismes, que pudieron ser errores o acciones condicionadas por circunstancias externas, en la mayoría de los casos muy complicadas, y muy distintas a las que vivimos actualmente, me parece una infamia. Y mencionar a los autores sin reconocer el aporte a la cultura y al humanismo que representa su obra me parece una vileza de la peor especie.
Es lo que hace el escritor Andrés Trapiello en su recién reeditada obra titulada Las armas y las letras en alusión a la frase quijotesca: "Quítenseme de delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas". Deducimos de su texto que para Trapiello no.
  El autor de Las armas y las letras es un reconocido escritor de más de cincuenta libros escritos a lo largo de tres décadas, lo cual tiene mucho mérito, a no ser que detrás del escritor haya todo un lobby de escribidores dedicados a la investigación documental y redacción de sus textos. Todo lo que escribe Trapiello tiene un sello de marca: la misma apariencia, planteamientos parecidos, las mismas expresiones, que en esta obra se cumplen a rajatabla.
Muchos de sus libros están dedicados a la Guerra Civil y a la posguerra españolas como la novela Días y noches que ya he comentado en otra ocasión. Otros relatan sus experiencias personales como la saga del Salón de los pasos perdidos (es el nombre de un salón de conferencias del Congreso de los Diputados y Los pasos perdidos ya fueron utilizados por el novelista cubano Alejo Carpentier y por ese gran periodista que fue Corpus Barga para contarnos sus vidas) que se compone de varios volúmenes de casi mil páginas cada uno. Algunos más sobre literatura como Al morir Don Quijote donde rellena más de cuatrocientas páginas elucubrando sobre lo que pudo acontecer después de la muerte del Caballero de la Triste Figura, en mi opinión sus imaginaciones no representan ninguna novedad en la obra cervantina ni despiertan ningún interés.
El objetivo de un ensayo histórico debe ser siempre el de clarificar los hechos y las intenciones de los protagonistas de los episodios del pasado, pero jamás enturbiarlos. No basta con no acusar, tampoco es aceptable dejar las cosas en el aire para que el lector se lleve a engaño, porque equivale a sugerir falsedades. Es un método de exponer argumentos que dialécticamente podría admitirse pero cuando se analizan hechos y actitudes del pasado donde ya no están los protagonistas para responder se convierte en una ruindad. Desgraciadamente, ésta es la impresión que nos dejan los ensayos de Trapiello que no en vano se ha ganado en algunos círculos la reputación de "Trampiello".
El autor descarga cualquier responsabilidad en el lector, porque nos advierte que su obra no es un ensayo, pero añade que tampoco es una novela. ¿Cómo diferenciar entonces la realidad de la ficción de lo que cuenta? Ante esta afirmación el autor se encuentra libre de decir cualquier barbaridad y el lector de creérsela o no.
Aparte de ciertas omisiones en su lista de "Las personas del drama" como la de John Dos Passos, colaborador de Hemingway, decidido luchador antifascista, que influyó en el bando republicano a través de sus novelas Manhattan Transfer (1929) y Rocinante vuelve al camino (1930) etc. publicadas por la editorial republicana Cenit, Trapiello maneja una documentación exhaustiva de lugares, fechas y anécdotas, algunas de poca credibilidad. Además contiene dos útiles apéndices, uno, el ya citado que contiene datos incompletos de las personas que intervinieron en las Letras de las Armas y otro de la cronología de los hechos más sobresalientes durante los tres años de guerra.
En el prólogo declara que la tesis de Las armas y las letras es que la Guerra Civil no se produjo entre dos Españas sino entre dos facciones minoritarias extremistas y que el resto de la población pertenecía a una España virginal que no participó en la guerra y que podría denominarse la tercera España.
Lo primero que sorprende es que un libro que no es un ensayo sostenga una tesis e intente probar una hipótesis mezclando hechos reales, suposiciones, imaginaciones, anécdotas que corrían entre los bandos, y si me apuran chascarrillos. No nos parece serio.
Negar que en los años 30 hubiera dos concepciones políticas mayoritariamente asentadas en la sociedad, por un lado los germanófilos partidarios de Hitler y por otro los partidarios de las libertades de los países democráticos, que dominaban toda la política de la época, es faltar a la verdad. Con sólo abrir los periódicos de esos años vemos que había una polarización clara entre las dos concepciones del mundo que eran diametralmente opuestas. ¿Que también había exaltados en uno y otro bando? Claro que sí, los ha habido siempre, aún hoy en el año 2010 los hay, pero ellos solos no pasan de romper farolas, no llegan a hacer una guerra. La Guerra Civil fue un enfrentamiento entre dos filosofías opuestas, y así la vio el mundo entero y por eso vinieron a España miles de brigadistas extranjeros de Francia, Bélgica, Polonia, Estados Unidos... a luchar contra el nazismo que empezaba a imponerse en Europa. En la guerra de España se materializaron las dos concepciones políticas imperantes en el mundo en el primer cuarto del siglo XX.
La segunda deducción del autor es que si en las armas no hubo dos Españas, en las letras tampoco. ¿Esperaba Trapiello encontrar a los escritores enfrentados atacándose con las plumas en ristre al igual que los soldados lo hacían con las armas en las trincheras? También los hubo, allí están las hemerotecas para comprobarlo, pero lo fundamental no era eso sino el espíritu fascista o democrático que inspiraban sus escritos. La firma del Manifiesto a favor de la República (1936) en las primeras horas candentes del Golpe de Estado de Franco, demuestra qué escritores estaban a favor de la República: Menéndez Pidal, Antonio Machado, J.R. Jiménez, Luis Cernuda, Rosa Chacel, María Zambrano, Manuel Altolaguirre... entre otros muchos. Y quienes no.
La asistencia al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia en plena guerra (1937) ratificó quiénes eran los escritores que defendían la democracia y quienes preferían para España un gobierno dictatorial al estilo del nazismo alemán. Pertenecieron a la Alianza Miguel Hernández, María Zambrano, Bergamín, Luis Buñuel, Cernuda, Rafael Alberti, Emilio Prados, Altolaguirre, Larrea, y muchos más por lo que atañe a los españoles, y en cuanto a los extranjeros apoyaban la Alianza Malraux, Aragon, Paul Eluard, César Vallejo, Neruda, André Gide, Thomas Mann, Romain Rolland, Aldous Huxley, Cocteau, Dos Passos, Jules Romains etc. Es decir, casi la intelectualidad internacional en pleno.
En España no había duda entre quiénes apoyaban la "Cruzada Nacional" al amparo de Hitler y quienes la rechazaban rotundamente. Esto no impediría que algunos escritores demócratas, al terminar la guerra, por miedo o amenazas, y no queriendo exiliarse, decidieran permanecer en la Península traicionando sus ideales al plegarse a la España vencedora, renegando de su filiación republicana, o simplemente manteniéndose en un prudente silencio al que se llamó “exilio interior”, del cual podría ser buen ejemplo el premio Nobel Vicente Aleixandre. Pero esto no contradice su militancia republicana, su actitud posterior a la guerra fue algo obligado por las circunstancias, si querían salvar la vida.
Andrés Trapiello hace un repaso de los escritores más significativos pero parece demostrar una especie de fijación contra Rafael Alberti, a tal punto que por momentos da la impresión que hubiera escrito las quinientas y pico páginas de su libro con el sólo objetivo de denostar al poeta gaditano y que todos los demás sirven de comparsa. Ya en las primeras páginas del prólogo a la primera edición lo acusaba de ser el causante del fusilamiento del escritor Ramón Martínez de la Riva: "al que fusilaron en Madrid una semana más tarde de que lo señalara con su dedo justiciero el poeta revolucionario". Se refiere el autor a la colaboracin de Alberti en una revista literaria titulada El mono azul en la que también colaboraban Pablo Neruda, María Zambrano, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Antonio Machado y muchos más escritores de primera línea que formaban parte de la izquierda republicana durante la guerra. Pero para Trapiello era un panfleto sangriento que señalaba con "dedo justiciero" a quienes se les debía dar "el paseo" en zona roja, algo equiparable a los pasquines de ETA. Más adelante, en el capítulo tercero volverá a tocar el tema mencionando a otros "señalados" pero paradójicamente ninguno de los mencionados ("señalados") fue fusilado.
Rezuma el libro un intento constante de justificar el levantamiento franquista contra la legítima república. Habla de La Gaceta Literaria (1927-1932) que acogía las vanguardias tanto de izquierdas como de derechas, puesto que en ella colaboraban escritores de tendencias políticas opuestas, por un lado los germanófilos Giménez Caballero, Edgar Neville, Pedro Sáinz Rodríguez, Melchor Fernández-Almagro... y algunos más que se decantaron decididamente por el bando franquista, y por otro lado los republicanos José Bergamín, José Moreno-Villa, Juan Chabás etc., habla de ella como si allí se hubiera estado fraguando la guerra, un enfrentamiento bélico considerado en la redacción de dicha revista fatalmente irreversible.
En realidad, la redacción de La Gaceta era un ejemplo de libertad de expresión que indudablemente producía controversia política, pero para Trapiello "la primera Guerra Civil tuvo lugar, pues, en La Gaceta". En la revista La Gaceta se llevaba a cabo un debate enriquecedor y necesario, que se continuaba por innumerables tertulias de cafés como la del "Pombo" de Gómez de la Serna, o la del "Mesón del Segoviano" de González-Ruano o Cansinos Assens, o la del "Gijón" más de la farándula, o el "Varela" del que era cliente habitual Antonio Machado. Eran cafés frecuentados por muchos escritores de ideologías opuestas, pero confundir la naturaleza de ese enfrentamiento dialéctico con el conflicto bélico que desencadenó Franco es de una simpleza pasmosa. Y a partir de 1934 el autor presenta esa "guerra imaginaria" como inevitable: "Ante la sofocada Revolución de Octubre de 1934, los españoles comenzaron a aceptar como inevitable el drama de la guerra". Tesis parecidas mantienen contra toda lógica apasionados historiadores de origen terrorista como Pio Moa (GRAPO) o tan poco rigurosos como César Vidal, que creen ver en los sucesos de Asturias la justificación para un Golpe de Estado.
Pero estas tesis olvidan que en 1932, dos años antes, ya se había producido el primer Golpe de Estado a cargo del general Sanjurjo, que el gobierno de la República afortunadamente pudo reprimir encarcelando al general felón. ¿A qué viene responsabilizar a los mineros asturianos del posterior levantamiento de Franco, cuando ya su compañero de armas, el general Sanjurjo, lo había intentado apenas instaurada la República? Estaba claro que los germanófilos querían abortar la república desde el primer momento para imponer un régimen autoritario al estilo de Hitler.
Es muy fácil vaticinar en el año 2000 lo que iba a suceder entre 1936 y 1939. Es como las profecías de Nostradamus que a toro pasado se cumplen todas. Es lo que hace Trapiello: vaticinar los acontecimientos conocidos espulgando las declaraciones de unos y otros antes del 36 y polarizando las opiniones y dándoles un sentido que a lo mejor ni imaginaron sus autores. De esta manera monta un puzzle con la foto que le interesa para probar "su tesis".
Así, cuando Antonio Machado exclama: "[Don Miguel de Unamuno] ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus", reconociendo la gran fuerza del pensamiento unamuniano para despertar las conciencias de los españoles, Trapiello ve en ello una proclama de guerra sangrienta muy lejos de los espíritus y muy cerca de los cuerpos y si no dice que ya era un vaticinio de lo que iba a suceder en la batalla del Ebro o de Brunete es por no exagerar. Seguramente nada estaba más lejos de la mente del poeta bueno, bueno en el sentido machadiano, que una guerra fraticida entre españoles.
Naturalmente los intelectuales estaban divididos ideológicamente entre los dos proyectos de España: los que estaban de acuerdo con la república democrática legítima y los que preferían una solución autoritaria encarnada en el partido falangista de José Antonio, hijo del anterior dictador. Pero dentro de un debate político democrático que se debía solucionar en las urnas y en el parlamento, exceptuando por supuesto a los pequeños núcleos de ultras pistoleros de Falange.
Muñoz Molina, en su bien documentada novela La noche de los tiempos, basándose en testigos de la época, como Barea y Morla Lynch, ilustra lo inesperada que resultó la guerra para el ciudadano medio. Cuenta que el último fin de semana de verano antes del levantamiento, los trenes salían de Madrid llenos de familias que iban a pasar un día de campo a El Escorial o Navacerrada y al volver se encontraron las calles llenas de cadáveres. Cuenta que la guerra sorprendió el curso de verano para extranjeros en Santander donde las chicas norteamericanas, francesas y británicas huyeron despavoridas del caserón universitario que se convirtió en cuartel de ejecuciones. Nadie podía presagiar el repentino levantamiento faccioso ocurrido el 18 de julio de 1936, ni su feroz encarnizamiento.
La guerra no se originó en La Gaceta, como dice Trapiello, la guerra fue un estallido brutal del ejército franquista apoyado internacionalmente por los nazis. Una semana después del levantamiento, el 25 de julio, se reunieron representantes españoles, entre los que posiblemente se encontraba Ramón Serrano Suñer, con Hitler para concretar la ayuda que Alemania prestaría a Franco (Payne). La guerra de España tenía pues poco de guerra civil, tenía más de ensayo general de guerra mundial preparado por un Hitler que ya barruntaba invadir Europa. Franco aprovechó el enfrentamiento entre las dos Españas para prestarse al macabro experimento bélico nazi. Fue como un Hiroshima voluntario, para luego repartirse los despojos.
Está claro que una vez dado el golpe de Estado por el general felón Francisco Franco y no haber podido sofocarse inmediatamente por las fuerzas gubernamentales, como ocurrió con el anterior golpe de Estado de Sanjurjo, Unamuno, como toda la intelectualidad española, se vio involucrado en el conflicto. Después de guardar la calma con la prudencia que sólo puede tener un rector de la universidad de Salamanca, se enfrentó a los insurrectos en el paraninfo de ese templo de cultura para responder a un energúmeno mutilado llamado Millán Astray que era uno de los principales generales de las tropas franquistas. El monstruoso militar había exclamado: "¡Viva la muerte!" y "¡Muera la inteligencia!". Ante este grito necrófilo el filósofo vasco le espetó al sanguinario general: "El general Millán Astray quisiera crear una España [...] según su propia imagen. Y por ello desearía ver una España mutilada...". ¡Qué razón tenía el filósofo vasco! Unamuno les dejó bien claro que vencerían, pero no convencerían a nadie. No se equivocó, la ayuda de Alemania fue decisiva, dejó un país deshecho, monstruoso, que gobernó el general vencedor durante casi cuarenta años.
Al anciano rector lo tuvieron que sacar del salón de actos entre la mujer de Franco y el poeta José María Pemán que desde un principio se había arrogado el papel de trovador (o bufón) del régimen autoritario. Tuvo que abandonar el acto debido a un desfallecimiento a causa de la emoción y también para salvaguardar su integridad física ante los exaltados revolucionarios. Fallecería pocas semanas después de un infarto al corazón.
El filósofo vasco encarnaba hasta entonces todo lo que se entendía por España. Era el místico hijo de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero también era el heroico Cid Campeador dispuesto a enfrentarse al rey, y también era el Caballero de la Triste Figura de moral inquebrantable... así lo vió Antonio Machado cuando a su muerte dijo de él: "Murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido". En 1931 había firmado el Manifiesto por la República, era un decidido antifascista, con el régimen anterior de Primo de Rivera se había exiliado voluntariamente en Francia. Su personalidad de español radical no le impidió plegarse al proyecto republicano de hacer de España un país moderno equiparable a cualquier país europeo. Franco no se lo perdonó y lo destituyó de todos sus cargos académicos.
Al hablar de la revista literaria El Mono azul (1936-1939) donde colaboraban entre otros Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, María Teresa León, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, César Vallejo, André Malraux, Luis Cernuda, Antonio Machado, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, John Dos Passos, Ramón J. Sender, María Zambrano, etc., al hablar de esta revista, Trapiello, nos informa que aparte de sus prestigiosos redactores "también" había colaboradores exaltados y que una de las secciones de la revista se titulaba A paseo en fatal coincidencia a como se llamaban los fusilamientos ilegales en ambos bandos. Leemos en el libro de Trapiello que esos artículos "venían a ser una invitación o instigación a estos otros crímenes que acontecían cada madrugada, en los atochales y cuestos de Madrid".
La acusación es nauseabunda. Se imagina uno los versos de Neruda o Aleixandre salpicados de delaciones asesinas hechas por republicanos fanáticos. También deja claro el autor que los responsables de la publicación eran Alberti y su mujer. Según esta hipótesis la siniestra pareja formada por el poeta gaditano y su esposa María Teresa León urdían los asesinatos.
Trapiello nos da algunos nombres de los mencionados en la columna A paseo supuestamente para que sean fusilados al amanecer "en atochales y cuestos": Eugenio Montes, Miguel de Unamuno, Giménez Caballero y Sánchez Mazas. Da la casualidad que ninguno de los nombrados fue fusilado. Es más, a Giménez Caballero se le concedió salir de Madrid para que fuera a reunirse con Millán Astray en Burgos. Sánchez Mazas obtuvo permiso de Victoria Kent, directora general de prisiones, para ir a ver a su hijo a Navarra, luego volvió a la prisión y nadie lo tocó. Unamuno, como sabemos, falleció poco después de defender la causa republicana frente a Millán Astray en Salamanca. Y Eugenio Montes falleció cuarentaitrés años después de terminada la guerra ocupando un sillón de la Real Academia. ¿Cuál era entonces esa instigación al crimen desde las páginas de El mono azul que nos cuenta Trapiello? Estas elucubraciones sólo prosperan en la mente exaltada de "historiadores revisionistas" empeñados en desvirtuar el pasado, pero la sola insinuación de Trapiello es una infamia porque lo que debería dejar claro es que el poeta no tuvo nada que ver con los asesinatos que se perpetraron en Madrid durante la guerra. Desgraciadamente, se descubre la mentira pero la injuria permanece y es utilizada por otros pretendiendo convertirla en verdad.
Supongo que Trapiello se da cuenta de la gravedad de su insinuación calumniosa porque más adelante al hablar de la acusación que se le hizo a Alberti en 1993 desde un libro dedicado a Franco de haber asesinado ciudadanos en la checa del teatro Bellas Artes, admite que fue una acusación gratuita y sin fundamento y que el calumniador tuvo que desdecirse en público poco tiempo después. El calumniador arrepentido era nada menos que Torcuato Luca de Tena, director del diario ABC, aunque Trapiello se lo calle probablemente para no indisponerse con tan prestigioso diario.
Al demostrarse que la acusación de la checa de Bellas Artes es falsa y reconocerlo el propio calumniador, Trapiello no se dará por vencido e intentará por otros medios ensuciar la memoria del poeta y así añade una coletilla insidiosa: "No es nada nuevo decir que el Partido Comunista, al que Alberti pertenecía, no sólo no evitó muchas de esas ejecuciones, sino que a veces, como en los sucesos del POUM, las propició. Alberti, como militante pudo o no estar informado de la política de su partido, pudo estar o no de acuerdo con sus actuaciones". Ninguna de estas imputaciones puede admitirla nadie con un mínimo de sentido común, Trapiello eleva sus conclusiones a un plano absolutamente demencial y agrega: "Desconocimiento es la primera excusa que aducen también los criminales de guerra a los que se sienta en un banquillo para hablar del Holocausto". Presenta al director de la revista literaria El mono azul, que ha sido acusado sin ningún fundamento de la muerte de algunos personajes franquistas, como un criminal de guerra aunque él no lo sepa, al igual que los criminales nazis. ¡El mundo al revés! en España eran los nazis-falangistas los que mataban a españoles republicanos como Alberti y que por cierto nunca fueron sentados en el banquillo. Es decir, para Trapiello, Alberti es culpable de todas maneras, sin importarle la verdad de los hechos. De milagro no lo hace responsable de las purgas stalinistas "de las que pudo o no estar informado o pudo estar o no de acuerdo con la actuación soviética". Trapiello hace gala de su habilidad para confundir los términos y los protagonistas de los episodios históricos. Esto, aquí y en Pernambuco, se llama insinuación calumniosa e infamante.
En otro momento hace referencia a que Alberti vivía durante la guerra en el "palacio de los marqueses de Heredia-Spínola". Y añade con ironía: "De ese afán aristocratizante del comunista se hicieron en voz baja no pocas burlas". Alberti vivía en un palacio y el pueblo de Madrid en las trincheras ahogado de hambre y de pólvora. ¡Escandaloso! Trapiello simula haber estado en Madrid durante la guerra para haber oído esas "burlas en voz baja", lo que no entiendo es cómo no se dio cuenta de que el saqueado palacete de los Spínola donde vivía Alberti se había convertido en la sede central de la Alianza de Intelectuales y era un refugio intelectual donde no sólo vivía él con su mujer María Teresa sino también Emilio Prados, Luis Cernuda, Nicolás Guillén, en alguna oportunidad León Felipe y otros muchos poetas partidarios de la República a los que se les daba alojamiento cuando llegaban a Madrid, porque había sido requisado para esos menesteres.
En las memorias de Alberti leemos: "Pasaban no sólo los que llegaban a Madrid de todas las provincias, sino artistas, escritores, políticos del mundo entero". Hasta "el cholo" Vallejo se hospedó en el palacete de los Spínola. También serviría de redacción de la "tenebrosa" revista El mono azul y de centro de cultura. El palacete de los Heredia-Spínola no era pues la "lujosa vivienda" de los Alberti, sino un cuartel general de la intelectualidad republicana al servicio de los escritores y artistas implicados en la defensa de Madrid frente al ataque de las tropas rebeldes. El palacio de los Heredia-Spínola era también sede de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico creada con el objetivo de salvar las obras de arte del museo del Prado de las bombas del bando nacional. Allí se decidió llevarse los cuadros, esculturas y libros a Valencia y la encargada del traslado fue justamente la mujer del poeta. Cuando el 16 de noviembre de 1936 el museo del Prado fue bombardeado por la aviación nazi-franquista, gran parte de las obras de arte ya habían sido trasladadas a Valencia. De esta manera se salvaron "Las meninas" de Velázquez, cuadros del Greco, Tiziano etc.
En el palacete de los Heredia-Spínola también durmieron, entre otros muchos, los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro que vinieron a fotografiar la tragedia de la guerra y allí velaron a Gerda Taro cuando murió tomando fotos de la retirada de Brunete desde el estribo de un camión. Los Alberti fueron a buscar su cuerpo destrozado a El Escorial. ¿Este es el palacete que Trapiello menciona irónicamente como "vivienda aristocratizante" del poeta? ¿Y quién se reía en voz baja, algún descerebrado falangista? ¿O es otra gracia inventada por Trapiello?
No tenía nada de extraño que se utilizaran las casas y palacios requisados como viviendas y locales de trabajo. El propio Miguel Hernández, el poeta más apegado a la tierra, y su mujer Josefina Manresa se alojaron en 1937 en la casa confiscada a una marquesa principal cuando fueron al frente de Jaén.
Pero Trapiello, no contento con pretender destruir la imagen de un Alberti comprometido con el pueblo, pasa a tratar de desprestiagiarlo literariamente: "Incluso como poeta es difícil tener de Alberti una idea clara". A pesar del eufemismo "idea clara" ese "Incluso" freudiano que inicia la oración delata su malquerencia por Alberti. Ese "Incluso como poeta" equivale a "Tampoco como poeta" o lo que es peor: "Ni siquiera como poeta". Es decir, para Trapiello, Alberti, además de ser un hombre cruel que dirigía una revista diabólica para asesinar inocentes ayudado por su esposa y que vivía en un palacio mientras el pueblo se batía en armas, incluso, era un mal poeta y para demostrarlo recurre a la opinión negativa de su poesía hecha por el pintor Ramón Gaya en 1979 y a algunos comentarios despectivos de sus contemporáneos, sobre todo de los surrealistas franceses que nunca llegaron a entender poemarios como "Sobre los Ángeles". Sorprendentemente se le olvida mencionar a la crítica nacional e internacional que considera al autor de "Marinero en tierra" una de las cumbres de la poesía española del siglo XX. La opinión de Trapiello sobre Rafael Alberti es verdaderamente grotesca.
Entre los documentos que el pseudo-historiador Trapiello nos trae como novedad para la nueva edición de su libro, hay una fotografía dedicada por Rafael Alberti a Ilia Ehrenburg donde menciona "la belle epoque". El comentario de Trapiello sobre su hallazgo es el siguiente: "Lo curioso de Alberti es que veía la guerra como la 'belle époque' veinticinco años después de que ésta hubiera terminado, en plena dictadura franquista. Pero es que para el poeta y su mujer, María Teresa León, la guerra fue eso, una 'belle époque'…"
¿Pero es que Trapiello no se ha molestado ni siquiera en leer las memorias de Alberti? ¿No se ha percatado que Alberti y sus contemporáneos, artistas y poetas, se referían a la década de 1930 como "la belle Époque" y no a los tres años de guerra sino a los cinco restantes donde floreció la cultura, el arte, la libertad etc. etc. etc.? En La arboleda perdida también menciona "la belle Époque" con ocasión de la llegada de Juan Ramón Jiménez a Buenos Aires. Allí el poeta gaditano se refiere al poeta onubense de esta manera: "¡Quién te ha visto y quién te ve! Entonces, en aquella nuestra belle Époque, durante la década de los treinta, a Juan Ramón le molestaba...". El 22 de agosto de 1936 Juan Ramón y Zenobia habían salido de España, por tanto, no vivieron la guerra. Difícilmente Alberti podía referirse a una Época que no existió, sino a los años anteriores de la II República, que fueron años de ilusión e idealismo. A los años entre 1936 y 1939 Rafael Alberti solía referirse -y Trapiello debe o debería saberlo- como "aquellos desgraciados y terribles años de nuestra guerra civil".
Cuando leemos en la pseudo novela de Andrés Trapiello párrafos como el comentado, que denotan una manipulación constante para convertir las virtudes del poeta en tenebrosos pensamientos o burlas macabras, nos preguntamos si es debido a la ignorancia del autor o a su mala intención. En el segundo caso no nos quedaría otra alternativa que admitir que el sobrenombre de "Trampiello" se lo ha ganado haciendo verdaderos méritos.
No siendo yo un crítico profesional sino simplemente un comentarista de mis lecturas, no veo la necesidad de continuar leyendo un libro tan tendencioso como Las armas y las letras. Literatura y guerra civil. Hasta aquí he llegado. Abandono su lectura al terminar el capítulo cuarto para disponerme a releer los cuatro primeros libros de las memorias de Rafael Alberti y a disfrutar por primera vez del quinto que aún no había leído. Me daré el gusto de sumergirme en la prosa poética y humana de La arboleda perdida, tan distinta a la del "cronista Trapiello". donde el poeta cuenta la intensa vida que le tocó vivir desde 1902 hasta su muerte a los 96 años de edad en El Puerto de Santa María, el mismo pueblo gaditano que lo vio nacer.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Imagen primera y definitiva de Miguel Hernández. Rafael Alberti


Pablo Neruda fue quien lo vio mejor. Solía repetir: "¡Con esa cara que tiene Miguel de patata recién sacada de la tierra!"
De la tierra..., porque si conocí muchacho a quien se le podían ver las raíces, aún con ese dolor de arrancadura, de tironazo último, matinal, era él. Raigón, raigones, guías hondas, entramadas, pegadas todavía de ese terrón mojado que es la carne, la funda de los huesos, le salían a Miguel del bulbo chato de la cara, formándole en manojo, en enredo, toda la terrenal figura. Pero siempre en lo alto, al inclinarse, tosco, con cierto torpe cabeceo de animal triste, para enlazarle a uno la mano, le resonaban hojas verdes, llenas de resplandores.
Si, Miguel venía de la tierra, natural, como una tremenda semilla desenterrada, puesta de pie en el suelo. Y nunca este sentir, esta presencia de espíritu y de cuerpo procedente del barro se los sacó de su poesía:
Me llamo barro aunque Miguel me llame...

Sonido de azadón y paletada golpeándole encima, moliéndole el pedrusco de la osamenta, aunque a la vez cruzado de una canción de arada y labradores.
Miguel, como tantos y tantos españoles de hoy, era de entraña católica. De ahí esa aleteante preocupación de muerte, de materia que se recuerda en todo momento deleznable, desprendida, a instantes bronca y dura, de su malograda obra. Cuando yo lo conocí en Madrid acababa de publicarle Cruz y Raya, la revista de José Bergamín, un auto sacramental, de corte calderoniano, pleno de poder asimilador y fuerza propia: Quién te ha visto y quién te ve. Poco después salía de las manos impresoras de Manuel Altolaguirre su primer libro: El rayo que no cesa (1936). Verdadero rayo deslumbrador, revelador, de poeta nativo, sabio. Un rayo milagroso, pues lo pensaba uno del revés, surtiendo desde la piedra hacia lo alto, escapando, lumínico, de aquel ser tan terreno, desmanotado y hosco.
Y como rayo que lo descuajara, levantándolo, cegándolo hasta abrirle los ojos, fue también para él el 18 de julio de 1936, día de provocación y respuesta, de embestida de lo más turbio y triste español contra lo más puro y luminoso. Data reveladora. En esa fecha, Miguel se vio como nunca las raíces, se comprendió como jamás de tierra, arrebatándose de aquel viento candente que sacudiera de parte a parte nuestro pueblo. Y la diaria pana aldeanota de sus pantalones la cambió, de súbito, por el valiente mono azul del miliciano voluntario. Así, pues, a la guerra, a su vida y contacto -"sangrando por trincheras y hospitales"- con aquellas gentes heroicas, vivas y simples como el trigo, debió Miguel Hernández el entero descubrimiento de sí mismo, la completa iluminación de su entraña nativa, verdadera, arrancándose al fin con su Viento del pueblo, un aplastante alud de cosas épicas y líricas, versos de encontronazo y empujón, de dentellada y gritos suplicantes, rabia, llanto, ternura, delicadeza. Todo lo que a él le templaba, entretejidos a aquellos raigones profundos.
Más ahora, después de resonado, como un ondear de abares en júbilo, después de condenado, golpeado, tundido el pecho a borbotón de sangre por campos de concentración y mazmorras, nuevamente Miguel, desesperadamente Miguel vuelve a la tierra, al negro hoyo definitivo. Que no lo han abierto manos campesinas, alegres manos hortelanas, frescas de paz y relente. Que eran lentas, heladas, las que lo han cavado, metiéndomelo ahí, enconados, violentos, pensándolo ya mala semilla muerta, rizoma seco, sin sustancia para la sembradura. Pero no saben esos tristes que hay vientos rastrojeros, lluvias benéficas, abonos vivificadores para ciertas raíces, baldías al parecer, para determinadas tierras que ya se creen exhautas.
Mientras tanto, llórelo en su flautín de avena algún serio zagal de sus valles poblanos, con tal poder de ahogo, que haga marchar a todos los rebaños dispersos hacia los verdes pastizales del día cierto de la esperanza.

Rafael Alberti. Imagen primera de… (1940-1944) Editorial Losada, (Biblioteca Contemporánea) Buenos Aires, 1945. (Miguel Hernández. Edición de María de Gracia Ifach. El escritor y la crítica. Altea, Taurus, Alfaguara s.a. Madrid, 1989. pp.18-19)

domingo, 23 de abril de 2017

EL VALOR DE UN APLAUSO FRATERNO




Hace un par de semana vi en la red y luego en la televisión un hecho curioso, emocionante, muy poco común. Iba a decir inédito, pero se que no lo es.
En el aeropuerto de Santiago de Chile, un grupo de más de cincuenta militares españoles, uniformados, con sus mochilas a la espalda y en semi formación, entraban a la sala de embarque para regresar a su país. En Chile, enero y febrero son los meses de vacaciones y el aeropuerto estaba a rebosar. Nada más asomar por la puerta de entrada los primeros militares y al darse cuenta la gente de quiénes eran, se escucho un atronador aplauso que no cesó durante mucho rato. ¡Viva!, ¡Bravo!, ¡Gracias! Eran los gritos más repetidas. Mientras aplaudían, a muchas persona se les asomó más de una lágrima. A los que vimos esa cariñosa y estruendosa despedida en un video o en la tv, también se nos humedecieron las mejillas.
Los festejados eran un contingente de militares españoles pertenecientes a la UME (Unidad Militar de Emergencias) que se había desplazado a Chile para colaborar en la extinción del mayor incendio en la historia del país. El grupo operativo español trabajó codo a codo con otros voluntarios procedente de Francia, Estados Unidos, México, Perú y Colombia. Es fácil comprender que esa emocionante y calurosa despedida era para todos los voluntarios internacionales. Sin embargo, fueron los españoles los que se llevaron como recuerdo el aplauso más fraternal y prolongado que, seguramente, nunca habían escuchado.
Iba a decir que ese homenaje era inédito, pero se que no lo es. Cuando vi esa escena, vino a mi mente la llegada del barco “Winnipeg” a Valparaíso. Tenemos que salvar todas las distancia, de tiempo y de circunstancias, para asimilar estos dos emotivos momentos. Los combatientes contra el fuego del UME, venían por un corto tiempo a colaborar en la superación de una tragedia, y el emotivo y prolongado aplauso que recibieron fue de agradecimiento y despedida.
Los españoles que arribaron en el “Winnipeg” venían a quedarse. Eran los combatientes vencidos de una encarnizada guerra. Eran los expulsados de su patria, los sin tierra, los exiliados. Sin embargo, aquella mañana del 3 de septiembre de 1938, cuando comenzaron a descender del barco, la multitud que los esperaba en el puerto rompió en un clamoroso aplauso, en unos fuertes vivas y bravo que los pasajeros del barco, los que aun viven, todavía no olvidan y, seguramente no olvidarán jamás.
Es posible que ese aplauso, ese recibimiento con banda de músicos, con cantos republicanos, ese calor entregado sin esperar nada a cambio, les reconfortó el alma. Ellos dejaban atrás una vida en su país natal, dejaban una morada, una familia, un trabajo y unos amigos; también dejaban tres años de cruel guerra entre hermanos. Luego de un triste éxodo en busca de una tierra que creían de igualdad, libertad y fraternidad, pasaron seis meses en los inhumanos campos de concentración franceses y, luego, casi un mes de expectante travesía a bordo del viejo carguero. Atrás quedaba la muerte de un niño de tres meses de edad sepultado en el mar, frente a las costas peruanas. Atrás quedaban las largas discusiones sobre la derrota y las especulaciones sobre el porvenir de cada uno. El futuro, para ellos, comenzaba en Valparaíso, el Valle del Paraíso.
Entre esos pasajeros, Juan Vélez Soriano, natural de Badalona, provincia de Barcelona, quién después de combatir en la guerra civil y pasar a Francia, había sido recluido en el campo de concentración de Adges. Allí cumplió los 19 años de edad. Su juventud le aportó las fuerzas necesarias para soportar el frío, el hambre y las penas. Vélez Soriano recuerda que a su llegada, la tibia primavera rondaba ya el puerto de Valparaíso: “El amanecer de ese día 3 de septiembre de 1939 fue esplendoroso; el sol tenía fuertes deseos de romper el alba. (…) Ya repuestos de ese esplendor contemplamos abismados cómo cientos de chilenos se apiñaban y con cantos nos recibían alborozados, habían sufrido durante casi tres años la angustia de ver desmoronarse la democracia en la madre patria, tenían el alma dolorida, querían abrir las puertas de par en par, querían acoger en sus hogares, empresas, comercios, industrias, colegios y universidades a los vasallos que habían dejado atrás la ignominia, tan solo por defender con ardor la democracia, valor intransable.”
La santanderina Virginia Miranda, una niña en esa época, recuerda que al
atracar el barco a los recintos portuarios: “advertimos desde la cubierta la gran cantidad de gente que nos esperaba. Después supimos que había ministros de Estado, autoridades locales y los miembros del comité que estaba a cargo de nuestra recepción y ubicación. Había también una banda que interpretó música chilena. Esa estampa quedó grabada para siempre en nuestros corazones. (…) Nunca olvidaré -recuerda- la llegada a Valparaíso. El Comité de Recepción que se había organizado aquí tenía todo previsto. Unas 400 personas quedarían en esta ciudad. Tan pronto descendimos del barco y cumplimos con los trámites correspondientes nos llevaron en buses al Centro Español. No teníamos documentos, había un pasaporte colectivo. Desde allí, en los mismos buses nos fueron distribuyendo en los alojamientos que estaban preparados.”
Hace unos meses, en Chile, su patria, falleció José Balmes, uno de los más connotados pintores chilenos. Balmes fue galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1999. Había nacido en Montesquieu, Cataluña. Llegó a Chile a los doce años, a bordo del “Winnipeg”. En esa fecha ingreso, por su corta edad, como alumno libre en la Escuela de Bellas Artes; en 1973, antes del Golpe de Estado de Pinochet, era el Decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Después del golpe militar, se exilió en Francia y regresó a Chile en 1983, desafiando las leyes de la dictadura.
Este pintor chileno nacido en Cataluña, vivió dos exilios. El primero, el de su niñez, lo recuerda con nitidez. Señala que al llegar a Chile, comprendió nuevamente, después de mucho tiempo, el significado de un abrazo. El tren que los trasladó de Valparaíso a Santiago, recuerda, pasó muy lentos por las diferentes estaciones; “gentes que no conocíamos nos entregaban rosas y claveles. Al anochecer miles de hombres y mujeres nos esperaban en la Estación Mapocho. Era el comienzo de un exilio distinto. Un tiempo después, esta tierra también sería ya la mía para siempre.”
Y así sucedió, hoy José Balmes reposa en una tierra que fue y es suya para siempre, en un pequeño cementerio de su pueblo chileno, al lado de Isla Negra y de la casa de su amigo Neruda.
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ttps://intereconomia.com/tendencias/entretenimiento/emocionante-despedida-aplausos-la-ume-espanola-aeropuerto-chile-20170213-1323/


http://www.ume.mde.es/multimedia/video/album.html

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Historia de una vieja amistad. Pablo Neruda y Luis Enrique Délano


Rastreando la poesía y la prosa de Pablo Neruda encontramos sólo una referencia a Luis Enrique Délano. Paupérrima evocación literaria si pensamos que protagonizaron una amistad que comenzó en plena juventud y terminó (por lo menos se vieron por última vez) en Estocolmo, cuando uno recibía el Premio Nobel de Literatura y el otro era Embajador de Chile en Suecia.
Creemos que fue una amistad robusta y trascendente para ambos. Es anecdótico resaltar cómo se empiezan a entrelazar los caminos incluso antes de conocerse personalmente. Como muchos otros personajes que Neruda menciona en sus memorias, Romeo Murga pasó también a formar parte de los recuerdos de juventud de Délano. Antes de ser su profesor de francés en el Liceo de Quillota, Murga había sido compañero de habitación de Neruda en una pensión de calle Maruri.
Ya en 1927, cuando en la capital ambos pertenecían a la estirpe de los necesitados estudiantes de provincia, Délano recuerda que Neruda antes de viajar a Oriente; me regaló una mesa pequeña y una silla negra, alta de respaldo, que le había hecho Pachín Bustamante, que además de gran pintor era tallador, ebanista, carpintero, etc. Una mesa y una silla conformaban todo el patrimonio material del poeta, bienes que en la juventud, sólo se ceden a un buen amigo.
El destino se encargó de unir sus vidas en distintos sitios y épocas. Luis Enrique Délano fue el más cercano colaborador de Neruda en el desempeño de su función consular en Madrid. Luego, en Chile, compartieron la fundación de la mítica Alianza de Intelectuales. En México, cuando Neruda fue nombrado Cónsul General, Délano desempeñó el cargo de Cónsul en Ciudad de México. En aquel país incluso llegaron a compartir la vivienda y en un acto tan íntimo como es el matrimonio, Délano fue uno de los testigos en el enlace civil del poeta con Delia del Carril.
La amistad y admiración de Luis Enrique Délano por Neruda no solo se reflejó en el terreno político o diplomático. Es poco conocida su intervención en la publicación de dos obras del poeta.
En 1932, Délano era el editor de la empresa Letras, que fundó y dirigió Amanda Labarca y que dio un notable impulso a la publicación de libros chilenos. Con persuasión e iniciativa y un profundo amor a la poesía, propuso a la empresa crear una nueva colección al sello. Así nacieron los denominados Cuadernos de Poesía, que se sumaron a la serie de novelistas chilenos y a las otras ya existentes. Estos cuadernos se iniciaron con Palabras de amor, de Roberto Meza Fuentes y Afán del corazón, de Ángel Cruchaga Santa María. Sin embargo, además de los títulos publicados, Délano recuerda que tenía un secreto plan. Sin consultarlo con su directora, se fue un día a visitar a Neruda, que entonces se desempeñaba en la biblioteca del Ministerio del Trabajo. Le propuso la publicación de El hondero entusiasta, un inédito escrito entre Crepusculario y los Veinte poemas de Amor. Recuerda Délano que Neruda: Se había negado a editarlo porque reconocía en él una fuerte influencia del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty. Al principio me dijo que no, pero volví a hablarle y a insistir "con cansada insistencia". Un día llegué triunfante con los originales a la editorial. No quiero decir que de todos modos, tarde o temprano, ese libro no habría tenido que salir a la luz. Claro que sí; Pero tengo cierta razón para sentirme orgulloso de haber convencido al poeta.
El libro vio la luz el 24 de enero de 1933. Los poemas iban precedidos de una Advertencia del autor, en la que declaraba la influencia del poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty sobre esa poesía escrita 10 años antes.

En agosto de 1949, amparado en la llamada "Ley Maldita", Gabriel González Videla cesó a Luis Enrique Délano de su puesto consular en Nueva York. El escritor se trasladó a México donde participó de forma activa en la organización del Congreso por la Paz que se celebró en la ciudad de México en septiembre de ese año. Una vez concluido el Congreso, Luis Enrique vuelve a dar muestras de desinteresada amistad con Pablo Neruda. Se convirtió en un eficaz colaborador en la monumental edición del Canto General. En carta fechada el 15 de octubre de 1949, dirigida a Nemesio Antúnez, quien por esos años se encontraba becado en Nueva York haciendo un "Master of Arts" en la Universidad de Columbia, Délano describe la intensidad del trabajo en esos meses: Durante el Congreso y el pre Congreso, mejor que no les diga nada, pues tuve que dar de mí todo lo que podía y en las noches, después de un trabajo de, a veces, 18 o 20 horas, me acostaba más rendido que un perro apaleado y ni siquiera podía dormir bien... Luego de contar a los Antúnez los pormenores de la enfermedad de Neruda, Délano asume su nueva condición de "administrador económico" de la edición del nuevo libro: Desde su cama. Pablo está dirigiendo la edición monumental, de lujo, de CANTO GENERAL, con dos dibujos de los dos grandes sobrevivientes de la pintura mexicana: Diego y Siqueiros. Cada ejemplar llevará dedicatoria del autor y las firmas de los pintores debajo de sus dibujos. La edición se hará por suscripción y el nombre del suscriptor irá impreso en el libro. Suscripción $15 dólares. Si entre los admiradores neoyorquinos de Pablo hay algún interesado en suscribirse, les agradeceré que manden a vuelta de correos el nombre y los 15 dólares. Les acompaño un prospecto de la edición.

El pintor y su esposa, Inés Figueroa, no tardaron mucho en contestar la carta de Délano adjuntando quince dólares cada uno. Fueron los primeros subscriptores en Nueva York. Sin embargo, el intenso ajetreo pasó la cuenta al "administrador económico". La subsiguiente carta a los Antúnez, ya no la firmaba Délano, lo hacía su amigo César Godoy Urrutia: Él [Délano] me encargó que le despachara hoy los prospectos que usted pide. Sucede que Enrique está algo enfermo y el médico lo dejó por un par de días en cama. No es nada de cuidado, pero no está en condiciones de escribir.
Es evidente que la monumental edición del Canto General en México tiene mucho que agradecer a los muralistas mexicanos, a Miguel Prieto y a varios más. Pero, en la historia de esta publicación se omite muchas veces el trabajo desinteresado de Luis Enrique Délano.

miércoles, 24 de agosto de 2016

PERO PARA MI NO MURIÓ UNA "LACRA"; MURIÓ MI ALUMNO.

Digo y sostengo que la crisis en la educación y en la salud no sólo en una carencia de medios; también tiene que ver con la actitud de los que trabajan en ello.
Hace unos días, en Quilicura, dos jovenes, de 16 y 17 años, murieron tras perder el control del auto que acababan de robar y estrellarse contra un árbol a más de 160 kilómetros por hora mientras huían.
Mucha gente expresó en las redes sociales su alegría por la muerte de los jóvenes. Cada historia tiene dos versiones y Daniela, la psicóloga que ejerció como profesora jefe de uno de ellos, utilizó Twitter para dar a conocer que uno de ellos era uno de sus alumnos.
Esto es lo que dijo Daniela, una profesora comprometida y digna:

“Voy a contar una historia. No sé si le pongan mucha atención, pero la contaré igual. El año 2011 llegué a trabajar a mi pega actual. Un colegio con alto índice de vulnerabilidad en la comuna de Quilicura. Ahí lo conocí. Un niño de 7º básico cuyo nombre empecé a escuchar frecuentemente por su conducta. Se portaba re mal el cabro. El típico chiquillo inquieto, con ganas de hacer otras cosas, le costaba estar tranquilo en clases, pero era entrete conversar con él.
Al año siguiente, en 8º básico, tuvo una nueva profe jefe, la que se accidentó en marzo, y el curso necesitaba que alguien se hiciese cargo. Asumí yo. Total, sería por un par de semanas, pensé. Estuve 3 años con ellos. Y este cabro, pasó a ser mi desafío personal. Estuve todo octavo buscando la manera que no se perdiera, que fuese a clases, que llegara.
Tuve miles de conversaciones con él, me empecé a acercar y sentí que empezaba a tener un vínculo. Recuerdo cuando me habló de su padre… “Tía, él está en la cárcel y yo no quiero ser como él”. Después de esa conversa empecé a tener pequeños logros.
Habías días completos donde escribía o semanas en que no faltaba. Igual muchas veces se portaba re mal y eso cansaba a los profes. Como yo no hago clases, pasaba horas en la sala acompañándolos, ayudándolos, explicando materias. Y él me permitía. Me la jugué (y varios más) para que él siguiera en el colegio en primero medio. Yo seguiría siendo su “profe” jefe.
Creo que primero medio fue el mejor año. Ocupamos la estrategia de que fuese colaborador oficial del colegio. ¿Qué significa? Nos ayudaba en cuanto acto había. Cargaba sillas, corría bancas, armaba escenarios. Se quedaba después de clases y le encantaba. Él elegía a otros niños para que le ayudasen en estas labores, él coordinaba, organizaba y cargaba con ellos. Siempre con una sonrisa.
Varios en el colegio tenemos el recuerdo de ellos tirando un carro con uno arriba, muertos de la risa, cargando cientos de sillas. Empezó a acompañar en las salidas pedagógicas a cursos más chicos, y ayudaba a cuidarlos. Todavía me acuerdo cuando fuimos al zoo con 1º y se hizo cargo de 5 pitufos, los más malillas del curso. Puntos de 7 años. Los hizo subir y bajar el cerro muchas veces. Tipo 14 horas me lo encontré abajo, rodeado de los niños, todos tomando helado. Felices. él les compró. De vuelta al colegio, le dije que fue valiente de hacerse cargo de 5 niños tan inquietos, y que lo había hecho super bien. ¿Qué me dijo? “Tía, es que yo soy como ellos, entonces los entiendo”. Puta, yo feliz. Orgullosa de lo que estábamos haciendo.
El colegio fue sede de elecciones y ahí estuvo acarreando mesas y sillas. Hasta fotógrafo fue una vez, en un acto. Demás está decir que sacó fotos maravillosas.
No tenía una conducta ideal, pero yo sentía que algo bueno estábamos haciendo con él. Cada vez faltaba menos y se controlaba más en la sala. Habían días malos. Esos días me lo llevaba a mi oficina y hacíamos las tareas ahí. Era pésimo en matemática. Le gustaba historia. Pero lo que más le gustaba era armar y desarmar cosas. Amaba tecnología y mi oficina estaba llena de sus trabajos.
En 2º medio seguimos en la misma dinámica, al menos el primer semestre. Me acuerdo que me ayudó a organizar el ver el partido del mundial. Llevó su parrilla eléctrica,hicimos choripanes para ver el Chile-Holanda. Nos comimos 120 con el curso. después dejó todo ordenado.
Pero el segundo semestre lo empezamos a perder… empezó a faltar, estaba desmotivado. No sé en que punto lo perdí. Yo seguí teniendo un buen vínculo con él y eso me permitía hablarle harto. Mucho. Pero yo sentía que cada vez costaba más sostenerlo. Un día, descubrimos que él junto a un chico más grande, robaron una pequeña (pero indispensable) mesa de sonido del colegio. Hablamos con ellos. La tenía en su casa, la fue a buscar y la entregó. Hablamos con sus padres, que se enojaron con nosotros. Nunca entendí mucho la postura de sus viejos ni su enojo. Pidieron que no lo consideráramos más como colaborador y que se lo iban a llevar del colegio a él y sus hermanos chicos. a fin de año.
Él obviamente tomó una postura a la defensiva, se empezó a portar muy mal y volvió a ser desafiante. Tuvimos que sostenerlo. Los profe, y se entiende, ya no tenían mucha paciencia y yo varias veces lo llevé a mi oficina a que hiciera pruebas o trabajos. Las últimas semanas lo mandaban a dar pruebas no más, y no lo matricularon en la fecha que correspondía.
A mediados de enero (la matrícula comenzó en agosto del año anterior) la mamá fue al colegio a pedir la matrícula. Ya no habían cupos. Que lo de llevárselo era un cuento del papá, de orgullo. Matriculó a los dos chicos y el mío se fue a otro colegio.
La mamá me dijo que estaba preocupada por las “juntas” que tenía. Algo había pasado de un asalto a una botillería donde estaba metido. Le insistí que era muy importante que él estudiara y no desertara.
No duró mucho en el otro colegio. Lo echaron y estuvo todo el año pasado sin estudiar. Perdió el año. Y ese año sin estudiar, fue propicio para que tomara malas decisiones. Empezó a cometer delitos. Un par de veces llegó al colegio a saludar. Otras veces llegó volado con otros amigos. Ahí el que lo veía le insistía en que estudiara, que retomara el colegio, que no se quedara. Este año, retomó. Empezó a estudiar mecánica. Y cuando supe, me alegré. Le encantaba armar y desarmar.
Hace un poco más de una semana, estuve hablando con su hermano chico, que está en 4º básico. Y me contó como andaba. No me contó cosas buenas. Pero me dijo que estaba contento con la mecánica y que iba a trabajar en eso con un tío. Ese fue mi punto de esperanza. Ya, este cabro lo tiene que lograr. Si no pudimos nosotros apoyar, iban a poder otros.
Y bueno, el final de la historia ustedes la saben. Murió después de robar un auto y chocar a muchísima velocidad, el domingo. Iba manejando.
No se imaginan lo que fue mirar su cara en la tv. Escuchar su nombre. En mi vida había sentido una frustración tan grande. Y llevo 3 días preguntándome en qué momento lo perdimos. Y miro a los cabros de la media y siento pánico de perderlos también.
Y puta, sé que no hizo cosas buenas. Pero para mi no murió una“lacra”. Murió mi alumno. El que yo tanto quería y con el que tanto intentamos. Pero no pudimos. Fracasamos. Y tengo pena.

sábado, 20 de agosto de 2016

Les dejo el link del Reportaje sobre el viaje del Winnipeg, emitido por Megavisión, el pasado 7 d agosto.
https://www.youtube.com/watch?v=PUsdLpYSkzM

miércoles, 6 de julio de 2016

Hermosa reseña de mi libro en Barcelona.

En la revista científica "Laberintos" número 17, editada por la Conselleria de Cultura, Educació i Esport de la Generalitat Valenciana, aparece una notable reseña del libro "Winnipeg. Testimonios de un exilio" de mi autoría, escrito por la académica e investigadora del grupo Gexel de Barcelona, Yasmina Yousfi López. Pueden leer la revista en el siguiente link:
http://bv.gva.es/documentos/lab17.pdf



y la reseña se las enseño a continuación:


Winnipeg. Testimonios de un exilio. Gálvez Barraza , Julio. Sevilla: Renacimiento, Biblioteca
del exilio, 2014, pp. 423. Yasmina Yousfi López. gexel - cefid Universidad Autónoma de Barcelona.
Laberinto (Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles) N.º 17, 20015. pp. 510-512.

La palabra Winnipeg es alada. La vi volar por primera vez en un atracadero de vapores, cerca de Burdeos. Era un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo.
Pablo Neruda

¿Dónde queda Chile? En el fin del mundo, era la respuesta.
Virginia Miranda, pasajera del Winnipeg.

La profusa trayectoria del escritor y ensayista chileno Julio Gálvez Barraza (Santiago de Chile, 1949) se ha detenido en numerosas ocasiones en el tema del exilio republicano español de 1939 en Chile. Setenta y cinco años después de la llegada del Winnipeg a Valparaíso, Renacimiento publica Winnipeg. Testimonios de un exilio, el resultado de una necesaria investigación que ya vio la luz en 2012 gracias a la editorial chilena Cal Sogas. Se trata de un estudio que, por una parte, reconstruye detenidamente la diáspora de 1939 a Chile y, por otra, el proceso de integración de los españoles en su país de acogida. Es conveniente, pues, hacer hincapié en el modo en que Gálvez realiza esta reconstrucción histórica —«detenidamente»— porque Winnipeg.... se erige como un gran testimonio forjado por múltiples voces recogidas a lo largo de un meritorio trabajo de documentación del que destacan la búsqueda de fuentes hemerográficas y la realización de entrevistas.
El libro comienza con un capítulo titulado «Un exilio distinto» en el que Gálvez narra el desarrollo de los primeros días de exilio chileno, desde que el Winnipeg atracó en Valparaíso, el 3 de septiembre de 1939, hasta el proceso de acomodamiento en pensiones, casas particulares... que el Comité de Ayuda a los Refugiados brindó a los españoles días después. Se trata, pues, de una descripción muy detallada que parte de una concatenación de anécdotas, extraídas, principalmente, de testimonios orales y artículos de la prensa chilena de la época. Este ejercicio de literatura testimonial da al lector la oportunidad de conocer las sensaciones y las primeras impresiones que los españoles tuvieron al pisar tierra firme. Palabras de exiliados, con nombres y apellidos, y de chilenos, entusiasmados por el acontecimiento, contribuyen a mostrar la cara más íntima, también la más emocionante, de tal encuentro, y a poner el acento en un hecho que, relegado frecuentemente a un segundo plano, cobra, aquí, la importancia merecida: el admirable comportamiento altruista de los chilenos, esa primera toma de contacto entre dos pueblos que se disponían a convivir. Gálvez desgrana paulatinamente este punto a lo largo del libro a través de temas diversos como, por ejemplo, las dificultades de la misión de Neruda como Cónsul Especial en Francia, las presiones y la crisis ministerial que sufrió el gobierno de Pedro Aguirre Cerda en el proceso, las campañas de prensa chilena a favor de la llegada de los exiliados, como la de la revista Qué hubo, o la adecuación profesional, por gremios, de los españoles en función de las necesidades del país andino.
Resulta interesante, también, el capítulo dedicado a la odisea marítima del buque, que zarpó de Francia un 4 de agosto y que, según «el informe Neruda» —reproducido en este ensayo—, entre refugiados y algunos chilenos que combatieron en las Brigadas Internacionales, llevaba a bordo 2.004 personas, cifra aún especulativa —que contrasta con los datos de la última investigación sobre el Winnipeg, Los españoles del Winnipeg de Jaime Ferrer Mir que cita a 2.300 tripulantes— e incompleta. Gracias a los recuerdos de Leopoldo Castedo, Montserrat Julió, Roser Bru, Ovidio Oltra, entre otros, a las cartas para el Cónsul Especial para la Inmigración de chilenos combatientes en las Brigadas Internacionales que se conservan en la Fundación Pablo Neruda y a otros relatos recogidos en el homenaje Winnipeg. 60 años editado por el Centro Cultural de España en Chile, la narración incurre en el día a día de los pasajeros y de la tripulación: se habla de los problemas iniciales del viaje como el
insuficiente personal de servicio, que se solventó con la ayuda de doscientos pasajeros en máquinas, cocinas, limpieza, enfermería, comedores..., se describen las actividades culturales ofrecidas, las charlas de «chilenidad», se reconoce el apoyo recibido en las escalas, como en Isla Guadalupe, se señalan los incidentes en puerto de Colón, cerca del Canal de Panamá, donde el barco fue declarado «en cuarentena», o la incertidumbre alentada por informaciones radiofónicas sobre la firma del pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética que generó discusiones políticas y el distanciamiento de los miembros del Partido Comunista.
En cuanto al apartado que analiza el proceso de integración de los exiliados en Chile, merece la pena mencionar que Gálvez, si bien continúa alternando testimonios que evidencian la solidaridad del pueblo chileno, también rescata la dura polémica desatada por parte de la derecha chilena ante las campañas a favor de la inmigración que valoraban la mano de obra española para el desarrollo del país —apoyadas por los miembros de la Conferencia Panamericana de Ayuda a los Refugiados, celebrada en
febrero de 1940 en Ciudad de México, donde se consideró a Chile como uno de los países idóneos para acoger a más exiliados—. El miedo a que los españoles provocaran desocupación en el sector obrero chileno era el argumento de las facciones más conservadoras del país, representadas por cabeceras como El Mercurio y El Diario ilustrado. Gálvez recoge sus artículos más controvertidos, así como otros de la revista Qué Hubo, interesada en ilustrar casos de refugiados para dar muestra de su pronta
integración en el país, por lo que esta batalla periodística, convenientemente documentada, se alza como uno de los capítulos más sugestivos del ensayo.
Tampoco queda atrás la revisión de los aportes del exilio donde el autor describe, princialmente, proyectos intelectuales como la editorial Cruz del Sur, el Teatro Experimental y la trayectoria individual de escritores, críticos, periodistas, filósofos, músicos, pintores e historiadores influyentes como Pablo de la Fuente, José Ricardo Morales, Diana Pey, Leopoldo Castedo, Darío Carmona, Roser Bru, José Ferrater Mora... La edición de Renacimiento, además, añade un valioso epílogo que robustece estos Testimonios de un exilio y revela, definitivamente, parte del modus operandi del autor: se reproducen íntegramente dos recientes entrevistas a pasajeros del Winnipeg, Víctor Rey, «el ingeniero de altos ojos», y el pintor José Balmes, «el más chileno de los exiliados», que despiertan sus recuerdos y hablan largo y tendido acerca de su vida, la guerra, la familia, el trabajo, el exilio ... y, sobre todo, acerca de Chile. Si bien Gálvez es consciente de que los testimonios «no siempre son el reflejo fiel de lo sucedido», mediante el contraste exhaustivo de fuentes orales y escritas, complementarias en muchos casos, consigue dignificar un capítulo más de nuestro exilio republicano de 1939 reconstruyendo no solo la memoria de los que contribuyeron a que «América se hiciese», como tantas veces ha indicado José Ricardo Morales, sino también la de aquellos que, desde antes de que el Winnipeg atracó en Valparaíso, les tendieron su mano solidaria.