miércoles, 16 de noviembre de 2022

 


Bárbara Délano. Olvidar fue morir. Carolina Melys. https://revistadossier.udp.cl/dossier/barbara-delano-olvidar-fue-morir/

En octubre de 1996, Bárbara Délano toma un avión a Santiago desde México, haciendo escala en Lima porque había sido invitada por escritores peruanos a participar en algún simposio o porque quería visitar a algunos amigos, o incluso hay versiones que hablaron de un desperfecto en el avión y la escala fue involuntaria. Su padre dice que fue una decisión planificada: tomarse vacaciones y dividirlas entre Lima y Santiago.

Lo que sí sabemos es que viajó hacia Santiago desde el DF, donde trabajaba desde el año 92 como directora del área de comunicación social de la Procuraduría Agraria, una especie de defensoría pública para el área rural. Su llegada sería la sorpresa de cumpleaños para su madre, María Luisa Azócar. Años antes escribió: «Todo lo que yo quería, madre, era para ti / mi fuego, mi sangre, mi brotación / los felices reencuentros oh madre / qué dolor qué feroz pesadilla». No hay pesadilla más feroz.

Se quedó unos días en la capital peruana y fueron de celebración, risas y una fiesta eterna con amigos. Se reunió con el poeta limeño Antonio Cisneros, su amiga Carolina Teillier –hija de Jorge y la activista Sybila Arredondo– y con el narrador Guillermo Niño de Guzmán. Almorzaron en El Barranco, en la cevichería El Canta Rana, lugar que a Bárbara le recordaba Valparaíso. Le contaron que Herman Melville en su paso por Lima dejó tallado su nombre en la barra de un bar en El Callao. Bárbara no resistió la tentación y, cuchillo en mano, grabó su nombre en la mesa donde se encontraban. «Una palabra solamente / para ver la cara de los dioses escondidos / el dulce gesto de los santos en martirio». Su nombre allí tallado sería el último registro de su palabra.

Desde ahí todo se vuelve caótico. Debe tomar el avión a Chile. Nadie sabe que viaja, solo un amigo cercano, el arquitecto Sebastián Gray, quien ha quedado de ir a buscarla al aeropuerto de madrugada. Antonio y Guillermo la acompañan a recoger las maletas al hostal Miraflores. Viste un traje de dos piezas de lino blanco, no usa anillos ni aros, solo unas cadenas le cuelgan del cuello. Suben al taxi, no saben si llegarán a tiempo. En el automóvil le insisten en que se quede. Ella dice que no, que debe irse. Corren con las maletas por el aeropuerto, ella se despide apurada, sin aliento, entre risas y bromas le dice al poeta Cisneros que si el avión se cae avise a su familia, pues no saben de este viaje.

Detrás de ella cierran la puerta de embarque. Es la última en entrar.

Ese 2 de octubre, a 52 km de la costa limeña, el Boeing 757-200 de Aeroperú con setenta personas a bordo se estrelló contra el océano Pacífico. La última comunicación de la aeronave con la torre de control habla de un desperfecto eléctrico: «Tengo todas las computadoras alocadas acá», dice el copiloto, en busca de respuestas. El piloto intenta dar la vuelta, pero pierde altura vertiginosamente. Se pierde, también, toda comunicación. Luego, silencio. Bárbara, con 35 años de edad, se perdía en el mar para nunca ser encontrada.

«¿Hay silencio en el fondo del mar?», pregunta en uno de sus poemas.

Ese mismo año, en la revista Cuadernos, el escritor Poli Délano, su padre, relata el calvario que vivió desde que recibió la llamada sobre el accidente hasta el viaje infructuoso a Lima a reconocer restos de cuerpos encontrados, porque «todo lo que se pierde va a dar al mar», como había dicho Bárbara en uno de sus poemas. Pero no la encontraron. En un texto que es despedida, emotivo y doloroso, intenta reconstruir o imaginar las últimas horas de su hija. Y escribe que solo espera que haya estado dormida, que no se haya dado cuenta, que no haya sentido miedo. Pero Bárbara, años antes, escribió «Tengo miedo. Todos tenemos miedo», y «nada tan miserable como la ausencia de Dios».

Hasta aquí el final.

Más allá del mito

En ocasiones la construcción de mitos en torno a la figura de una escritora es una estrategia de acercamiento, pero a veces pareciera escaparse de las manos, actuando de forma inversa, invisibilizando la escritura, poniendo el foco en la tragedia, dejando en segundo plano su obra. Los mitos atentan contra la lectura. Pasa con Alfonsina Storni, cuyo suicidio está consignado hasta en canciones, o con la figura de Alejandra Pizarnik como autora maldita. En Chile, el destino de la poesía de Bárbara Délano está subyugado a su muerte, mito que a veces la sobrepasa. Así, liberados en parte de la tragedia que tiñe su figura –liberados en tanto la nombramos y la dejamos expuesta–, podemos hablar de Bárbara Délano. Y de su vida y su obra, que hablan por ella.

Bárbara Délano nació en Santiago el 17 de octubre de 1961 en una familia marcada por la literatura y el arte. Hija de un escritor y de una sicóloga y poeta, nieta del periodista y escritor Luis Enrique Délano y de la fotógrafa Aurora Lola Falcón, heredó no sólo una visión estética para comprender el mundo, sino un compromiso político que se ve reflejado en su mirada aguda y crítica de la realidad.

Empezó a escribir de pequeña: un poema a su abuelo «Tacito», ante el impacto de verlo en el hospital, otro para un concurso de poesía en el liceo, otro aparecido en Araucaria, la revista cultural del exilio chileno que circulaba en Europa, y otro más en la antología «Poesía joven. La generación del 70» de José Luis Rosasco, aparecida en la revista Atenea en 1979. En esta última publica los versos:

Tengo la edad indefinida y
la horrible confianza
casi tierna
que asalta a la hora del amor
en las soledades empinadas
cuando nos hemos sentado
a mirar a los dioses frente a frente.

Quizás es un rasgo que la caracteriza –la percepción de tener una edad indefinida– y el registro de sus fotos lo atestigua. En unas parece de otra época, lejana e irreconocible; en otras, moderna y juvenil. A veces aparece como una mujer solemne y elegante; otras, con ropas sueltas y como despreocupada. Mirada cándida; en otras, seductora.

Estar libre

La influencia de su padre y de su abuelo escritores fue central en ella. Sin embargo, la presencia de su abuela, Lola Falcón, dedicada a la fotografía, también dejaría una importante huella en su vida. Una mujer que detenía el lente en los detalles de la vida diaria de mujeres y hombres en las diversas ciudades que le tocó recorrer, acompañando a su marido en su carrera diplomática. Falcón construyó un archivo documental valioso sobre lugares del mundo a los que pocos tenían acceso, pero también sobre la realidad y la miseria en que vivían muchos niños y mujeres. Los retrató en su fragilidad, en el blanco y negro de sus fotografías. Esa mirada sensible y profunda sobre la realidad también está en las imágenes que construye Bárbara en sus versos: «Veo a una niña en la plaza / donde van los jubilados a jugar al azar / Lleva una falda azul y el pelo tomado en la nuca / Oscurece / Tañen las campanas de la iglesia / El odio remonta sus cicatrices / hasta hacernos morder el polvo / hasta yacer sobre la acera con las rodillas descubiertas / Las campanas repiquetean para decir que no hay perdón».

Hay dos fotos tomadas por Lola que retratan a su nieta en la adolescencia: en una aparece con una toalla en el pelo, sujetándolo hacia arriba como un turbante, de frente a la cámara, y sus ojos claros con la mirada fija hacia un punto en el cielo. En la otra, Bárbara está acostada, con la cabeza apoyada en un cojín, de lado. La mirada nuevamente rehúye la cámara, mirada perdida y serena. El pelo esparcido en la cama, con la libertad que ella siempre buscó. «Estoy libre», le diría a Pedro Lemebel cuando este le preguntó por ataduras sentimentales. «Al fin estoy libre.» Pensar en estas imágenes: infinitamente libre, con la mirada puesta en el horizonte.

«Somos dos contra ocho poetas hombres que sólo han citado a poetas hombres. La contienda es desigual.»

Siendo adolescente viaja a México, donde viven el exilio su padre y abuelos. En 1975 conoce a Roberto Bolaño y participa del grupo Infrarrealistas, liderado por el chileno y el poeta Mario Santiago. Se reúnen a discutir sus trabajos literarios y de la realidad en América Latina. También leen a otros autores con una mirada crítica y muchas veces sarcástica.

Con apenas diecisiete años publica México-Santiago (1979). Un libro pequeño y artesanal impreso en mimeógrafo, realizado en conjunto con su amigo el pintor mexicano Marcos Limenes, donde poemas e imágenes dan vida al que sería su primer e inencontrable texto.

De vuelta en Santiago, entra a estudiar Letras Hispanoamericanas en la Universidad de Chile. Y, siguiendo la tradición familiar heredada de sus abuelos, tempranamente siente afinidad
con la ideología comunista, pero con una mirada reflexiva y crítica, que con el tiempo la llevaría a alejarse de todo partidismo.

En 1976 se forma la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ), presidida por Ricardo Willson, y cuyo objetivo era agruparse en torno al quehacer literario. Tuvo filiales en varias regiones de Chile. En Santiago, Bárbara participó en esta entidad junto a Gregory Cohen, Armando Rubio, Erick Pohlhammer, Antonio Gil y Alex Walte, entre otros, formando el taller literario La Botica, que funcionaba en la farmacia de Walte. Como colectivo, crearon un boletín e incluso hubo espacio para ciertas labores gremiales, llamados a concursos y la publicación de la revista Pazquín. Bajo el sello Ediciones Nueva Universidad (PUC) aparece la antología Poesía en el camino, que recoge las lecturas de estos poetas en las Jornadas Poéticas, cuatro encuentros organizados por la UEJ para que la juventud pudiera tener una visión más clara del panorama literario de entonces. Bárbara se sumó con su poema «Te quedaste allí», del que se desprenden estos versos: «Y yo / reinventando los colores / para que me pintes tu paisaje /para que me digas de qué color es la tierra / qué formas tiene la muerte». Fueron tiempos duros de represión, y si bien el contexto político permeaba su escritura en esos años –acaso como un medio posible de resistencia–, Bárbara no abandonaba la poesía como compromiso primeramente con el lenguaje. En sus poemas destaca un interés genuino por la forma, una búsqueda estética incesante, que hace que su poesía recorra diversos formatos:

Quieren ponernos las cosas difíciles
(te dije
Considerando que las palabras ya no designan
Objetos ni situaciones
Sino relaciones lingüísticas
Dejándonos sin fruto sin sombra
En este infame terruño de las representaciones

Con esto rebate la crítica que hizo Enrique Lihn a los poetas de su generación durante el Encuentro de Arte Joven en octubre de 1979: los acusó de que la poesía joven «se comprometía con la realidad, pero no con la poesía».

En 1982 se va a México nuevamente. Su familia está preocupada, ha sido detenida un par de veces y temen por ella. Desde ese año hasta su regreso en 1987, seguirá conectada con Chile por esporádicos viajes. Esta distancia no la mantuvo alejada de la vida literaria nacional: apareció en diversas antologías, poemas que luego darían cuerpo a su segundo libro, El rumor de la niebla (1984), edición bilingüe en español y francés, publicada en Canadá. El libro está compuesto por cuatro partes que se mueven por sus temas recurrentes: la muerte, la familia, el viaje.

Baño de mujeres

«Yo mujer, la malparida, de todos tus amores la más desgraciada, la más fiera de tu calaña, sola yo salgo con mi pedazo, con mi labio hambriento, de mala yerba mi lengua en tu lengua escarnecida, para ahora sí soñar que nos perdonaban a todas, y que la esquina era mía, y que la plata era mía, y que todo el tiempo íbamos a ser reinas.» La voz es de Bárbara Délano y la grabación es de septiembre de 1989 en el Primer Encuentro de Poesía Chilena en la SECH (Sociedad de Escritores de Chile). También participan en la lectura Armando Uribe, José Ángel Cuevas, Cecilia Casanova, Naín Nómez, Alejandra Basualto, entre otros. Esta grabación refleja bien su carácter: segura de sí misma, apropiándose de las palabras y del silencio. Recorre los versos modulando con claridad, determinación y fuerza, sin restarle dulzura a la voz.

Los versos pertenecen a un proyecto que llamó «Baño de mujeres», que comenzó a fines de los 80 y que fueron publicados póstumamente con sus otros libros, cerca de diez años después. Con este texto postuló al primer taller de poesía que dictó la Fundación Neruda en 1988, a cargo de Jaime Quezada y Floridor Pérez:

EN EL TEMOR DE DIOS CRIADAS MALDECIDAS /
ORILLADOS NUESTROS CUERPOS /
DIENTES ROMOS /
LLAMEANTES DE LUJURIA NUESTRAS MEJILLAS /
EXPUESTAS LAS CAVIDADES AL CRIMEN

NOSOTRAS LAS QUE FUIMOS VIOLADAS

Una foto del archivo de la Fundación la muestra junto a algunos integrantes, todos hombres, entre ellos Sergio Parra, Carlos Decap y Andrés Morales, sentados en distintos peldaños de la escalera de La Chascona. Ella viste una blusa blanca, tiene las manos apoyadas sobre las rodillas y mira directamente a la cámara, con naturalidad y encanto, «el cielo iluminado de sus ojos», diría Lemebel después en una columna recordando un encuentro en el bar Cinzano en Valparaíso.

Pero Bárbara no era la única mujer de esta primera generación, la acompañaba Malú Urriola, con quien tendría una profunda complicidad. Urriola recuerda las palabras que Bárbara le dijo en una de las tantas veces que fueron al bar Galindo en Bellavista, para continuar la tertulia: «Somos dos contra ocho poetas hombres que sólo han citado a poetas hombres. La contienda es desigual». Entonces llenaron sus copas y brindaron por la misoginia del Chilito lindo.

Un año antes, había regresado a Chile a trabajar en el Centro de Estudios de la Mujer después de graduarse con honores de Sociología en la UNAM. Ese año se realizó en Santiago el primer Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana, toda una hazaña en el contexto político local: escritoras alzaban la voz y convocaban a otras a discutir sobre feminismo y crítica cultural en un Chile aún en dictadura y profundamente conservador y patriarcal. Con Diamela Eltit, Carmen Berenguer y Nelly Richards coordinando el encuentro, marcaron la senda de las escritoras más jóvenes. Este congreso seguramente potenció la mirada feminista (y no ya femenina) en la escritura de Bárbara Délano.

«Baño de mujeres» es producto de este hecho, y marca un paréntesis en su obra, pues se aleja de su fijación recurrente con la muerte. Junto a otras poetas escribían tomando la posta que dejó Mistral con su «todas íbamos a ser reinas», para cuestionar su vigencia y subvertirlo. El cuarto propio de Virginia Woolf ya no es suficiente; sobre todo porque no todas tienen la posibilidad de tener uno. Por eso es tan interesante la figura del «Baño de mujeres» que plantea Délano en sus versos –aunque arrastre las marcas de un proyecto inconcluso–, pues en ellos hay una construcción tremendamente disruptiva sobre el cuerpo de la mujer y los espacios que ocupa.

«Yo mujer, la malparida, de todos tus amores la más desgraciada, la más fiera de tu calaña, sola yo salgo con mi pedazo, con mi labio hambriento…»

Los versos están escritos en mayúsculas, como una declaración de principios que desarticula la jerarquía de las letras. Versos como «ROUGE EN MANO / ANDO RAYANDO MI DESATINO» o «ESCRIBO EN LAS LETRINAS DE TU DESENCANTO» o «LA QUE SEN VENDIÓ POR AMOR Y QUEBRADA / ESCRIBIÓ SU NOMBRE CON SANGRE MENSTRUAL».

Una escritura que tiene su resguardo en el anonimato y en la cofradía de lo colectivo. Escritura íntima y visceral. El baño de mujeres como resquicio, espacio demarcado y exclusivo. Aunque parezca ridícula la comparación, en esa misma época el cantante mexicano Manuel Mijares ganaba discos de oro con su disco Un hombre normal, cuyo single llamado coincidentemente «Baño de mujeres» sonó en radios hasta el hartazgo. La canción configura este espacio como un lugar donde las mujeres van a contar chismes sobre los hombres –sobre él, especialmente– para arruinar su reputación. El baño de Mijares es un ejemplo más de la construcción de un imaginario impuesto y estereotipado.

Abandonaría la mirada con perspectiva de género en su poesía, pero no en su trabajo. En el CEM realizó una investigación pionera sobre el acoso sexual a las mujeres en el ámbito laboral en conjunto con Rosalba Tadaro, la que se publica en 1993 con el título Asedio sexual en el trabajo y deja al descubierto la realidad de muchas mujeres en nuestro país. Esta publicación logra la atención de la prensa cuando al año siguiente el animador de televisión Don Francisco es denunciado públicamente por acoso sexual.

Playas de fuego

Al departamento de Bárbara en Colonia Condesa, en el DF, llegaron su madre y su hermana Viviana para disponer de sus cosas después del accidente. María Luisa Azócar recuerda las cúpulas de la Iglesia de Santa Rosa de Lima asomando por la ventana, y la perplejidad y el dolor en que se debatían.

En su computador encontraron innumerables archivos de proyectos poéticos incompletos. Un trabajo de escritura riguroso que abarcaba los seis últimos años de su vida. Su madre y las poetas Teresa Calderón y María Luz Moraga seleccionaron y configuraron el libro póstumo Playas de fuego. Si bien el título es el original, la selección fue decisión de ellas tres, tratando de seguir la escritura y de interpretar su sentido más profundo. El poemario fue publicado por Dolmen en 1998; en la portada su título está entre paréntesis para dar cuenta del carácter inconcluso de la obra. La presentación se realizó en la Feria del Libro de Santiago y estuvo a cargo de Poli Délano y del poeta Cisneros, lo que le dio un carácter conmovedor.

Sus obras completas aparecieron en 2006 con el nombre de Cuadernos de Bárbara (Galinost), en una edición bastante descuidada, que además resulta difícil de encontrar. Playas de fuego (Alquimia) se reeditó en 2017, poniendo su obra en circulación nuevamente. Voz única de la generación postgolpe en Chile que parece no querer acallarse en el mar, poesía de una madurez implacable, los primeros versos de su último libro
dan cuenta de ello:

He regresado para sentarme
como una vieja se sienta a la orilla de las
lamentaciones
y hunde sus dientes contra una piedra
para no hablar
para no hablar ya más
y dejar que el mar susurre su voz de nieve
ardiente.

Porque en su ir y venir el mar no cesa, y no olvida. Porque, como decía Bárbara, «olvidar fue morir».

lunes, 25 de julio de 2022

 


Julio Gálvez Barraza ata nuevos cabos entre las letras de Chile y España. David Hevia. Revista Alerce N° 95, julio de 2022. Sociedad de Escritores de Chile.

Incansable investigador, el ensayista Julio Gálvez Barraza acaba de reunir en un volumen quince capítulos cuyos protagonistas, conectados entre sí por una intensa secuencia de hechos, ofrecen al lector una forma distinta de aproximarse a las letras nacionales e hispanas desde una perspectiva que reúne en un plano la arista personal y el proceso histórico. Otoño en Peñaflor y otros relatos comienza reconstruyendo el frustrado plan de rapto que tramaron Pablo Neruda y Laura Arrué (juntos en la fotografía superior) en esa localidad ―hasta donde él llegaba en carros de sangre― y que contó con el respaldo logístico de Eduardo Barrios. Aunque Veinte poemas de amor y una canción desesperada alude tanto a ella como a Albertina Azócar, el libro de Gálvez rescata otros versos que el poeta dedicó a la joven profesora tras naufragar la idea de irse a vivir juntos. Fechado el 22 de abril de 1925, el texto, que ella siempre conservó, alterna decasílabos y eneasílabos: “Tan pequeña la niña taimada /es un ramo de frutas de otoño / el viento la dobla en mis brazos / juguete de tersos metales / a sus ojos emigran los pájaros / el país desolado de mi alma / la tiene como una bandera”.

Los siguientes capítulos enlazan a Neruda con Federico García Lorca en Argentina para reivindicar al gran periodista Natalio Botana y su aporte a la causa republicana y el refugio a los perseguidos tras la Guerra Civil en España. En efecto, la emblemática travesía del Winnipeg hasta Chile cruza todo el volumen, bajo un telón de fondo que ilustra decisiones de alta ternura que reúnen una y otra vez a Neruda, Rafael Alberti y María Teresa León, al tiempo que dan cuenta de las gestiones realizadas por el poeta chileno en favor de su amigo Miguel Hernández, en complicidad con Juvencio Valle, quien estuvo casi tres meses preso en la cárcel franquista por llevar en el bolsillo una carta de su querido compañero y futuro Premio Nobel, que allí le detallaba instrucciones en el marco de las diligencias que ambos realizaban para liberar al hombre de Orihuela. De cualquier modo, la justificada presencia del responsable de El hijo del guardabosque en la investigación incluye otro hallazgo digno de destacar. Sabido es que Laura Arrué se casó más tarde con el sonetista y entrañable amigo de Neruda Homero Arce, y que algo muy parecido ocurrió con otro amor del autor de Crepusculario, Olga Burgos, quien contrajo matrimonio con otro camarada del vate: Yolando Pino. Sin embargo, en el contexto de su documentación, Gálvez encontró, en el número 10 de la revista Boceto, del 12 de octubre de 1934, los versos que a ella escribiera el mismísimo Juvencio Valle, bajo el título de Soneto de suavidad:

Olguita Burgos, seda,
suavidad milagrosa,
musgo del alma, greda
donde el agua se goza.

Rumor de fronda leda
que esparce rumorosa
canciones de arboleda,
palabra de las hojas.

Olguita Burgos Avaria,
rosal y mariposa,
gloriosa pasionaria

que mis sueños deshojan,
cómo me es necesaria
tu luz maravillosa
.

El libro dedica un episodio a la generosa actitud del canciller radical Abraham Ortega, quien presentó su renuncia al cargo ante Pedro Aguirre Cerda, para revertir la decisión del presidente de ceder a las presiones de la derecha que buscaban impedir el asilo en Chile a los refugiados españoles. Asimismo, la obra profundiza en los múltiples malabares a los que echó mano Neruda con tal de llegar al país con los más de dos mil perseguidos. Tras el Winnipeg, aparece el Formosa, desde el que desembarcaron los hermanos de Antonio Machado, José y Joaquín, pintor y periodista, respectivamente, quienes vivieron su exilio precisamente en Peñaflor. De su vida y reflexiones da cuenta también el texto de Julio Gálvez Barraza, quien da en estas páginas una lección sobre cómo dar una armazón atractiva a una investigación seria y bien documentada.

lunes, 29 de julio de 2019

Entrevista


Diario DEIA, Bilbao, domingo 28 de julio, 2019.



miércoles, 10 de julio de 2019

¿De qué murió César Vallejo?


Dr. ENRIQUE ROBERTSON.
 Médico en Bielefeld, Alemania.

1
En la Revista Nerudiana 6 (diciembre 2008) se conmemoró el 70° aniversario de la muerte de César Vallejo. El gran poeta peruano murió durante la mañana del viernes 15 de abril de 1938 en la Clínica del Boulevard Arago de París, donde había ingresado muy enfermo tres semanas antes, sin que el equipo de cinco médicos encabezados por el afamado Dr. Lemière hubiese podido establecer el diagnóstico del misterioso mal que lo mató lentamente. Los resultados de las pruebas de sangre y otros análisis clínicos y radiográficos resultaron inútiles para aclarar la causa de su enfermedad. Según Georgette Vallejo, esposa del poeta, el Dr. Lemière le dijo: «veo que este hombre se muere, pero no sé de qué». A falta de un diagnóstico médico, para explicar la causa de su prematura muerte abundaron otros diagnósticos establecidos por amigos, poetas, escritores, músicos e historiadores. Unos dijeron saber que había muerto de tuberculosis, otros que de sífilis secundaria, o fiebre amarilla, o malaria o paludismo, diagnósticos que la Clínica Arago había descartado en los 23 días que estuvo hospitalizado allí. Entonces y después, se aseguró repetidamente: murió en cumplimiento de su célebre profecía «Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo» (del soneto “Piedra negra sobre una piedra blanca”).
Neruda dijo: Vallejo murió de hambre y asfixia: murió del aire sucio de París, del río sucio de donde han sacado tantos muertos. Juan Larrea inculpó a Neruda de haber contribuido indirectamente a que Vallejo muriese de sus muchas hambres, por no haberlo ayudado a conseguir cierto trabajo remunerado que le habría permitido ganar dinero para comer. Según Georgette: el señor Larrea está mal informado, casi no hay informe de él que no contenga alguna inexactitud leve o grave. Otros dijeron: la muerte de Vallejo es un paradigma, una página heroica, una epopeya como la más grande de los fastos universales, murió por consunción y agotamiento, en batalla contra el mal y la muerte, en defensa de la dignidad, el bien y la nobleza. Vallejo murió de España. Hace veinte años, el alemán Hans Magnus Erzensberger dictaminó: las enfermedades de que sufrió Vallejo eran desconocidas en la medicina. Una se llamó España, y la otra, una enfermedad muy vieja y muy venerable: el Hambre. Antes y ahora, la mayoría coincide en asegurar que Vallejo murió de hambre.
Hay mucho de verdad en ello, estaba crónicamente desnutrido. A más tardar desde 1923 la pobreza lo había obligado a acostumbrarse a comer muy poco: «en París tendremos que vivir de piedrecitas», dijo a un amigo. En octubre de 1923, desde la Sala Boyer del Hospital de la Charité, le escribe a otro amigo: acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. Después de esa operación, alimentarse le fue difícil no sólo por falta de dinero. Privado de buena parte de su estómago, ya no pudo comer y beber -carne y vino, es un decir- sin sufrir las consecuencias. Lo que el resto de su estómago toleraba era probablemente la dieta ovolacto-farinácea. Pero nunca se supo que bebiese leche, era más cara que el vino. También los huevos.
Se alimentaba de patatas, de papas -originarias del Perú, como él-, según está indesmentiblemente documentado por Arturo Serrano Plaja. Recordando la llegada a París (1935) de la delegación española al I Congreso Internacional de Escritores Antifascistas -grupo procedente de Madrid, al que se sumaron Neruda y González Muñón-, Serrano Plaja escribe: «para prolongar la estancia en París cuanto fuese posible, con el no mucho dinero que teníamos (la mayor parte lo ponía Neruda), decidimos hacer un plan de austeridad o algo por el estilo. Y como en París encontramos a Vallejo (alimentado de casi exclusivamente patatas cocidas mañana y noche, como cuando le conocí en España) el plan parecía sobrevenir del modo más natural.»
Algo menos de tres años después moría César Vallejo, de un modo que evidentemente no parecía natural. ¿De qué mueren los poetas? La ventaja es que mueren para seguir viviendo, como Vallejo. La señora Oyarzún -esposa del chileno Cuto Oyarzún, que en la víspera de su muerte pasó toda la noche velando junto a su cabecera- cuenta que a las cinco de la mañana del 15 de abril César Vallejo llamó a su madre y poco antes de expirar, ya en presencia de su esposa y varios amigos, pronunció estas palabras: «España. Me voy a España.» Murió poco después de haber escrito su testamento: el poema dedicado a exaltar la lucha del pueblo español en el trance de la guerra civil, que tituló como una oración al vislumbrar su martirio y final inmolación.
«Murió -escribió Juan Larrea, esta vez con exactitud- sin aspaviento alguno, dignamente, con la misma dignidad con que había vivido». El músico peruano Gonzalo More, que estaba en el grupo de amigos del poeta junto a su lecho de muerte, escribió: La expresión de su rostro muerto era verdaderamente maravillosa. No te imaginas qué belleza interior y qué luz sobrehumana en la frente del cholo. Su gesto de dolor desapareció para dar vida a una expresión de serenidad y bondad infinitas.

2
Pero ¿de qué murió? ¿Quizá envenenado? Me lo pregunté porque, hace poco tiempo, la extraña enfermedad de César Vallejo despertó también el interés y la imaginación de Roberto Bolaño. En su novela Monsieur Pain (Anagrama, 1999) el escritor fabuló sobre la muerte del poeta peruano en un ambiente en el que aparecen formas marginales de la ciencia y supuestas conspiraciones fascistas para asesinarle. Bolaño explicó que tuvo noticia de Pierre Pain por las memorias de Georgette Philipart, viuda de Vallejo, quien contaría en ellas que pidió los servicios de Monsieur Pain, curandero que trataba enfermos aplicando fenómenos mesméricos (doctrina del magnetismo animal del médico alemán Mesmer), para que curase de un nefasto ataque de hipo que hacía sufrir mucho a su moribundo esposo. Bolaño me contagió su interés.
Considerando aspectos anamnésticos y otros, en cuanto médico -y en cuanto aficionado a investigar misterios literarios- me atrevo a sostener un diagnóstico que hasta ahora nadie ha emitido: César Vallejo falleció a consecuencias de una intoxicación crónica por solanina, agudizada en sus últimas cuatro semanas de vida. El Dr. Lemière habría debido considerar esa posibilidad. Que se sepa, no lo hizo, no obstante una publicación científica de su país, fechada veinte años antes -publicación que todavía hoy se cita-, había tratado detalladamente la causa de muerte de unos soldados franceses que saciaron sus muchas hambres -de semanas, que no de años- con patatas enverdecidas y con brotes. Consumidas, además, sin pelar y mal cocidas; es decir, muy tóxicas por su alto contenido de solanina. Los brotes de la patata enverdecida (porque conservada en ambiente húmedo y expuesta a la luz) son muy venenosos. En tal condición, una sola patata puede contener una dosis peligrosa de solanina.
Hay suficiente información en Internet acerca de este veneno, cuya ingestión no mata hoy a muchos adultos porque las variedades comerciales de patata están controladas. Sí a niños, por lo que sigue mereciendo especial mención en el capítulo de las intoxicaciones alimentarias. Simula una infección -que el laboratorio no aclara- con fiebre, progresivo mal estado general, síntomas gastrointestinales, neurológicos y psiquiátricos, etcétera. Causa la muerte -no siempre, afortunadamente- sin que se sepa por qué: no es habitual pensar en la papa como causante.

Pocos acumularon nunca tantos factores para devenir víctima de una intoxicación letal con solanina como César Vallejo, «alimentado de casi exclusivamente patatas cocidas mañana y noche». Seguramente estaba acostumbrado a soportar bien el veneno, pero la acumulación de éste en su organismo debió -en el transcurso de muchos años- haber llegado a niveles críticos. No pocas veces se sintió al borde de la muerte. Al sentirse muy enfermo, siguió alimentándose de lo que a él y su mujer les parecía que era lo único que podía tolerar. Los jugos gástricos se encargan de neutralizar parcialmente la toxina. A él, le habían extirpado parte del estómago; y seguramente neutralizaba los que producía con bicarbonato de sodio. Además, en su pobreza, las patatas que compraba en 1938 en París eran seguramente las más baratas que podía conseguir. Enverdecidas.Y éstas había que aprovecharlas al máximo, pelarlas poco o nada; cocerlas, bien cocidas, significaba un gasto adicional.

sábado, 18 de mayo de 2019

La alianza de intelectuales y el compromiso del escritor


Es reconfortante participar en un encuentro de escritores y personas ligadas al mundo de la cultura, en donde no sólo se intercambian opiniones y se muestran las nuevas creaciones. Soy de los que creen firmemente que la labor del intelectual no es sólo la de sentarse frente a la temida hoja en blanco. Pienso que el escritor, más que otros oficios, está llamado a involucrarse en la solución de los problemas inherentes a la sociedad a la que pertenece, está llamado a ser un activo denunciante de las desigualdades y un divulgador de las carencias que afectan a los pueblos en los que está inmerso. En definitiva, creo que uno de los deberes del trabajador de la cultura es participar en la política que rige los destinos de su nación. Sin embargo, esta condición política a la que aludo merece una explicación; no hablo necesariamente de una “militancia” en un partido político determinado, allá cada uno si la tiene, me refiero al amplio espectro de la palabra política. Como seres humanos, como personas, nuestra trayectoria por la vida está normada desde que nacemos, y estas condiciones las ponen las leyes, dictadas o acordadas por dirigentes políticos o por ideologías políticas. Los planes de estudios, los contratos laborales, el contrato matrimonial, la responsabilidad legal con los hijos, etc., etc., todo está normado por leyes que se han dictado bajo un concepto político. Muchas veces, -y esto lo sabemos muy bien en nuestro continente-, las faltas de libertades (condición básica para la creación literaria) y la interrupción de los sistemas democráticos, están condicionadas por hechos políticos.

No es descabellado entonces pensar que el trabajador intelectual está llamado a ser un sujeto activo en el desarrollo de la sociedad. Tampoco, evidentemente, descubro nada nuevo, esta es una discusión que se ha dado desde hace largo tiempo y para graficarlo quisiera hablar sobre un poeta y una época en la que los intelectuales chilenos, en su inmensa mayoría, se involucraron activa y positivamente en el acontecer político.

Como sabemos, Pablo Neruda vivió en España desde mayo de 1934 hasta noviembre de 1936. Los sucesos políticos en la España de esa época señalaron al poeta su nuevo y definitivo destino, cambiaron su percepción del mundo y enriquecieron el contenido de su caudalosa poesía. A raíz de la guerra civil, el poeta sale de su ensimismamiento con una nueva sensibilidad, la de participar activamente en la realidad colectiva con un sentimiento de solidaridad humana. De esa conversión poética y política surge una poesía de aliento épico, ideológica, comprometida, aunque dignificada por su gran amor a España, a América y al hombre universal.

La experiencia española no se desvaneció en su mente ni en su corazón. Su lección, -aunque en su creación artística todo lo rescata-, aparece en gran parte de la obra nerudiana y determina las más intensas emociones en su creación poética. No sólo en el marco de la forma y el estilo, sino desde el de la profunda verdad de la experiencia vivida y asumida. Tengo que decir que, como lector, entiendo la creación literaria no sólo como un ejercicio de estilo, sino como comunicación de esa sustancia impalpable que hace vibrar íntimamente a quien lee, le abre el sugestivo camino, entre afirmaciones, contradicciones y aciertos, hacia la región más íntima del autor, le hace partícipe de una historia humana, recatada y revelada con pudor y en la que se concreta la condición del hombre en la tierra.


Café Poético de la Dirección de Extensión y el Centro Mistraliano de la
 Universidad de La Serena. Conferencia de Julio Gálvez Barraza,
 titulada ''La alianza de intelectuales y el compromiso del escritor''.

Creo que es una de las tantas formas de interpretar la poesía de Neruda. Sin embargo, me interesa tanto el poeta como su conducta y la coherencia con su poesía. Me interesa el hombre cívico, el intérprete de las angustias del semejante, de sus problemas, el que asume la defensa y comulga con un hombre que no es un héroe sino un ser común y corriente.

Las interpretaciones, los estudios y análisis de su poesía llenan miles de páginas y, por supuesto, con diferentes puntos de vista. Sus más importantes biógrafos nos han contado con detalles la gestación de sus versos, han interpretado y desmenuzado su poesía más compleja y la transformación de su obra a raíz de los sucesos de España. Pero sólo a grandes rasgos nos hablan de su participación dentro del entorno social. Su cronología escuetamente nos dice que: fundó la Alianza de Intelectuales de Chile; fue Director de la revista Aurora de Chile; realizó gestiones en favor de los refugiados españoles. Pero, ¿cuál fue la aportación de la Alianza de Intelectuales en Chile? ¿Por qué o por quién fue inspirada? ¿Conocen las nuevas generaciones el contenido de la revista Aurora de Chile? ¿Sabemos cómo se gestó esa maravillosa odisea del Winnipeg? Aún aceptando que la metamorfosis en la poesía de Neruda, después de la guerra civil española, fue a causa de una transformación en el concepto político y todos, o casi todos, sabemos en qué consistió ese cambio poético, ¿conocemos todos, o casi todos, cómo influyó ese nuevo concepto en su comportamiento personal? ¿Conocemos cómo se ejerció ese cambio? ¿Sabemos las consecuencias de esa toma de conciencia?

Sería muy difícil encontrar en la historia de Chile a un agitador más agitado, a un desorganizado más organizado o a un "observador solitario" más activo y acompañado que el Neruda que regresó de España en octubre de 1937. Si hurgáramos en la historia, posiblemente encontraríamos personajes análogos en cuanto a actividad se refiere, pero con seguridad no encontraremos ninguno con los brillantes resultados obtenidos por el poeta. Fueron, en efecto, diecisiete meses de frenética actividad. Desde su llegada a Chile, hasta marzo de 1939, fecha en que viajó de nuevo a Europa, esta vez a buscar caídos: organizó a los trabajadores de la cultura del país en la Alianza de Intelectuales de Chile, organización que en su sesión inaugural ya agrupaba a más de 150 intelectuales de primera línea; fundó la revista Aurora de Chile; estructuró la enorme campaña de solidaridad con el pueblo español; participó muy activamente en la campaña presidencial que llevaría a gobernar al candidato del Frente Popular; inició una dura campaña para desenmascarar a los activistas alemanes que en Chile hacían proselitismo por la emergente y belicosa causa nazi; dedicó tiempo, desde la Alianza de Intelectuales, a reanimar el recuerdo y la estimación de los valores intelectuales históricos del pasado; orientó no sólo los lazos fraternos con sus pares americanos, sino también la unidad de acción en la liberación de los pueblos y en la defensa de sus valores culturales. En pocas palabras, se dedicó por entero a la práctica de un principio aprendido en otras tierras: la fraternidad.

Esta titánica tarea no la desarrolló en un clima de aguas mansas y favorables, sino capeando otros enormes temporales; el ataque despiadado de la derecha criolla, la proverbial envidia de algunos enemigos literarios y el ataque de los nazis locales, quienes llegaron a difundir panfletos denostándolo. Uno de ellos, poco conocido, apareció publicado en el boletín Nº 2 del denominado Comité Nacional pro Defensa del Judaísmo. En el panfleto se puede leer el siguiente texto:

BOLETÍN INFORMATIVO Nº 2 ¿QUIEN ES PABLO NERUDA?
“Es un judío degenerado. El se dice chileno y poeta
NERUDA es judío, y por lo tanto no puede ser chileno, es un hombre pagado por el judaísmo internacional.
Dio pruebas de esto abusando de su cargo como Cónsul Chileno en Madrid, logrando con su sucia labor, atraer las mayores desgracias sobre España. A él le debe la Madre Patria la muerte y masacre de millares de españoles.
EL JUDÍO es enemigo de todos los pueblos y por naturaleza anarquista.
EL JUDÍO PABLO NERUDA, unido a la Alianza Israelita de Chile, se puso al servicio del Frente Popular para conseguir... qué? sólo el caos y el desorden, que es lo que trae consigo siempre, un gobierno de comunismo o bolchevismo, que es sinónimo de judaísmo.
¡ATENCIÓN CHILENO!
¡CONOCE A TUS ENEMIGOS A TIEMPO! ...LOS JUDÍOS...
Comité Nacional pro Defensa del Judaísmo”

El texto no merece más comentarios.
Es verdad que el legado más importante del vate es su obra escrita, su caudalosa poesía. Pero, por el hecho innegable de ser uno de los poetas más importantes de todos los tiempos, ¿debemos dejar de lado, en la memoria colectiva, su inmensa dimensión de hombre social, solidario o político? No se puede separar al ser humano en sus diversos aspectos, sean estos sociales, artísticos o de otra índole. No pretendo tampoco desconocer el marcado carácter lúdico del poeta, ni las tormentosas rupturas de dos de sus tres matrimonios. Pero estos rasgos, que le acompañarían toda su vida y que integran uno de sus mil rostros, no empañan ni desmerecen su condición poética ni la de líder social. Es más; estas facetas, estas rupturas amorosas, aparte de enriquecer su obra, lo integran al hombre común, al hombre con disposición de dar y de recibir, al ser con capacidad de soportar el sufrimiento y con necesidad de disfrutar de la alegría y del amor. Empero, me atrevería a afirmar que la integridad y la grandeza moral en el comportamiento político y social de Neruda, -esa que alguno de sus biógrafos, voluntaria o involuntariamente omiten-, está muy cerca de alcanzar el esplendor de su obra artística.

Del mismo modo que el poeta puso la poesía al servicio de sus semejantes; la amistad, el sufrimiento, las desdichas o la felicidad de sus semejantes, como ente singular o como conjunto social, inspiraron su sensibilidad para crear una parte importante de su poesía. En consecuencia, luego de “España en el corazón”, su obra de amor más profunda y desinteresada y posteriormente del “Canto General”, la poesía de Neruda comienza a llegar a la gente convertida en la expresión más sencilla y clara de las aspiraciones de millones de personas. Pero esta entrega a sus semejantes, como hemos visto-, no fue gratuita. Estas definiciones y compromisos no estuvieron exentas de costos personales. En cada acción en que el poeta se definió por alguna causa social, la reacción de sus adversarios también fue virulenta. Alguna vez fue la difamación por parte de sus pares en la poesía. Otra vez fue la destitución fulminante de su cargo consular por alinearse con los republicanos en España o la suspensión del mismo cargo en México. La tardanza en ser reconocido como merecedor del Premio Nóbel también es atribuible a su larga trayecto-ria como militante del Partido Comunista.

En muy pocas oportunidades los países del mal llamado Tercer Mundo han tomado la iniciativa en acciones que enorgullezcan a la humanidad. Sin embargo, una de esas pocas ocasiones, la solidaridad de Chile con el pueblo español en el año 1939, la lideró Neruda llevándola a la práctica de forma ejemplar.

Cuando ya ha transcurrido ochenta años de exilio de los republicanos españoles en Chile, se estima en más de veinte mil personas, entre sobrevivientes y descendientes de esos refugiados, los que colaboraron y colaboran al desarrollo técnico e intelectual del país. Esa prodigiosa gesta fue posible gracias a la coherencia de un poeta, de espíritu abierto, implicado en los sucesos políticos de su tiempo, apto para contener los grandes fenómenos sociales y humanos de su época.

domingo, 3 de febrero de 2019

Rolando Cárdenas, poeta



Rolando Cárdenas nació en Punta Arenas el 23 de marzo de 1933. Vivió en la austral ciudad hasta los 22 años, por tanto, su poesía está ligada a las nieves magallánicas.
El poeta se estableció en Santiago en 1955, con el propósito de estudiar Construcción Civil, carrera que cursó en la Universidad Técnica del Estado. Durante su época de estudiante trabó amistad con Jorge Teillier.
Su primer libro, Tránsito breve, fue publicado en 1961, seguido de En el invierno de la provincia (1963).
Para mediados de la década de 1960, la obra de Rolando Cárdenas era ampliamente reconocida por sus contemporáneos y fue incluida en varias antologías de la época, así como en el ensayo La poesía de los lares de Jorge Teillier.
En 1972 recibió dos reconocimientos por su trabajo Poemas migratorios: el primer premio en el concurso Pedro de Oña y una mención en el prestigioso concurso de poesía organizado por la Casa de las Américas en Cuba.
Tras el golpe de estado de 1973, Rolando Cárdenas fue detenido y recluido en el Estadio Chile, y posteriormente privado de la posibilidad de ejercer su profesión. En 1974 pudo publicar el laureado Poemas migratorios, uno de sus libros más importantes y el único que daría a conocer hasta el año 1986, fecha en que apareció Qué, tras esos muros.
Durante los grises años de la dictadura, el autor fue un asiduo visitante de lugares como la Sociedad de Escritores de Chile y el bar La Unión Chica, donde se daban cita numerosos escritores y poetas, los mismos que lamentaron su sorpresiva muerte el 17 de octubre de 1990. Apenas un tiempo antes, había dejado el manuscrito de Vastos dominios en manos de su amigo Carlos Olivárez, quien se encagó de que fuera incluido en las que conforman actualmente sus Obras completas, publicadas el año 1994.

EPÍLOGO, poema de Rolando Cárdenas

Yo quisiera morir en la tarde azul
Rodeado de mis libros solamente.
Podría ser lejos de mi casa,
En una ciudad desconocida,
también podría ser en la montaña,
cerca del mar, o en un lugar cualquiera,
pero sin nada que me diga que una vez fui amado,
aunque haya sido el amor tenaz de mi madre,
porque estoy tan seguro de haber estado solo
desde el grito primero,
cuando la luz fue mía.
Tal vez, se piensen o digan muchas cosas
cuando yo ya no exista en la hora derribada,
pero ya será tarde.
Alguien dirá de mis virtudes, otros de mis defectos.
Hasta se oirá que me faltó valor
Para enfrentar el mundo.
Pero todos se habrán equivocado
Y yo me quedaré profundamente mudo
Sin defender el minuto insondable.
En el entonces, todo importará,
Incluso hasta la lágrima,
Y después, todo seguirá como antes.
Siempre ocurren las cosas de este modo.
Yo me iré trasudando por mi última noche
Siempre callado y solo, como he sido en mi vida.
Tal vez, un poquito de tristeza,
Porque vivía para ser amado
Y el aroma se fue sin siquiera rozarme.
Claro que no tendré las cosas que tenía,
Como por ejemplo, el primer volantín de la infancia
En el que se columpiaban mis ensueños,
O el llanto contenido
Cuando me prohibían apresar la fruta entre los dedos.
Ni siquiera tendré
La fuga de los soles horadando la noche,
tampoco la canción de mis pasos
sobre el suelo escarchado de mi pueblo,
ni el mosaico de todos los paisajes
en que quedaba un poco de mi risa.
En mi actitud de sueño horizontal y eterno
faltará, incluso, la maravilla viva de tus besos,
que a veces me entregabas
con un aroma de madera nueva.
Nada tendré, y todo será igual.
No sabría decir si estaré más callado
o acaso un poco alegre
Tal vez, la clemátide de la tristeza
haya alcanzado ya la altura del sollozo.
En todo caso, pienso, estaré más tranquilo
que cuando me acodaba en los crepúsculos
a pensarte y amarte desde otras latitudes,
recordando el primer dolor,
la primera alegría,
la primera palabra que deslicé en tu oído.
He de extrañar algunas cosas gratas:
desde el momento que se alzaba dibujando arabescos
en el aroma azul del cigarrillo,
mientras los amigos hablaban del terruño lejano
con el alma y la voz humedecida
que resbalaba al fondo de los vasos,
las fiestas, las canciones,
los versos dichos al morir la tarde,
la cadena de tantos conocidos,
hasta el beso furtivo dado para entregar el alma.
Ya no podré decir palabra antigua
Que brotaba amarga,
Y que a veces se alzaba desafiante a defender el miedo.
Me llevaré todo lo que junté
por el ancho horizonte de la vida.
Seré como un baúl de soledades.
Y quizás, la tierra buena me dé de su perfume
Para cubrir la otoñecida tarde mi muerte.