viernes, 10 de agosto de 2018

Domingo Faustino Sarmiento: fin de semana en Peñaflor






Desde hace un tiempo a esta parte pareciera ser que ya constituye una moda el denostar a Sarmiento. Me he encontrado con notas y artículos en diferentes medios con supuestas frases del político argentino hablando mal de indios y de emigrantes. Sin embargo, cuando quiero investigar sus vilipendiadas frases, me encuentro con notables aciertos del citado personajes: “¡Bárbaros! Las ideas no se matan.”; “Toda la historia de los progresos humanos es la simple imitación del genio.”; “Lo escrito permanece.”; “Todos los problemas son problemas de educación.”; “La ignorancia es atrevida.”; “Los discípulos son la mejor biografía del maestro.” Muchas otras frases que nos hablan de un ser lúcido y señero.
Una querida amiga, académica en el norte chileno, señala incluso que le ofende profundamente que muchas de nuestras escuelas lleven el nombre de Domingo Faustino Sarmiento. Ojalá se den cuenta, -dice-, que los colegios no deberían llamarse así, y que quienes alaban y respetan a este hombre, no lo conocen realmente...
Yo lo conocí siendo muy niño. Iba a la primaria en la Escuela Anexa a la Normal José Abelardo Núñez, fundada en 1842, por iniciativa de Domingo Faustino Sarmiento. Cada día, al cruzar la Alameda para regresar a casa, me encontraba con los solemnes bustos de Núñez y de Sarmiento frente a la “Normal”. Al pie de cada uno de ellos había una pequeña reseña con su obras.
Este singular político, escritor, docente, periodista, militar y estadista argentino, se vio obligado a emigrar a Chile, donde trabajó como maestro, minero y empleado de comercio. A finales de 1931, cuando Sarmiento tenía 21 años de edad, se desempeñó como maestro en una escuela de la  provincia de Los Andes. En ese tiempo tuvo un romance con una de sus alumnas. De esta relación, nació su única hija, Ana Faustina Sarmiento. La familia de la joven era acomodada. Sarmiento no era un buen candidato para ellos, porque era pobre, maestro, y encima extranjero,   Lo cuenta la historiadora argentina Luciana Sabina, autora del libro “Héroes y Villanos”: La familia de la mujer "no lo quiso, por pobre y sin clase, pero él se hizo cargo de la pequeña a la que reconoció y crió". El caso es que tampoco quisieron hacerse cargo de la niña. Lo que hicieron fue darle a la bebé y sacarse así el problema de encima, dice Luciana. De no hacerse cargo Sarmiento, lo más probable es que la pequeña hubiese ido a parar a un orfanato o a un convento. Resulta extraño, para esa época e incluso para hoy, que un hombre asuma así una paternidad extramatrimonial, sobre todo un hombre que comenzó a ser vilipendiado por el revisionismo hace ya diecisiete años.
            Sarmiento volvió a la Argentina, sin embargo, debido a sus constantes ataques al gobierno federal, el 18 de noviembre de 1840 fue apresado y nuevamente obligado a exiliarse en Chile. En nuestro país se dedicó a la actividad cultural. Escribió para los periódicos El Mercurio, El Heraldo Nacional y El Nacional; y fundó El Progreso. Precisamente en este medio, Sarmiento nos relata un viaje a Peñaflor
(El Progreso, Nº 92, año 1, Diario Comercial, Político y Literario, Santiago, lunes 27 de febrero de 1843).
De su relato extraemos algunas interesantes conclusiones, entre ellas que la fiesta de la primavera peñaflorina ya se festejaba en 1843, y todo hace suponer que en esa fecha ya constituía una tradición. Esto contraría algún escrito local que sitúa los inicios de esta fiesta a partir de 1940. “La ignorancia es atrevida.”, señala Sarmiento.
Debemos asumir que el relato no nos deja muy bien parados como peñaflorinos. Sin embargo, examinando el escrito, vemos que el viaje ya comenzó mal antes de su llegada a Peñaflor. La fiesta de verano en el pueblo era muy concurrida. Cuando llegó Sarmiento, aquel sábado 11 de febrero de 1843, ya no quedaban alojamientos disponibles y eran escasos los sitios en los que se podía disfrutar de una buena mesa. Bueno… nada diferente de lo que son hoy nuestras fiestas. Pero… lean ustedes la aventura que vivió don Domingo en nuestro pueblo hace más de ciento setenta y cinco años.



Un viaje a Peñaflor, por Domingo Faustino Sarmiento

            Sin duda que es imposible dejarse estar tranquilo en una ciudad como Santiago, cuando hai en la población un movimiento tan jeneral hacia el campo. En vano uno se echa a rodar por las calles y paseos públicos que hermosean nuestra capital, porque no encontrará nada que le pueda causar unos pocos momentos de placer. La seductora Alameda con su llano piso, el zuzarro de sus aguas que acarician mansamente el pie de los árboles, y la pila que se alza con sus bellos chorros de agua, como el ramaje de una palma, está desierta; apenas se divisa por entre sus troncos alguno que otro frac; jamás se distingue un cuerpo elegante y jentíl, una de esas bellas flores cuyo follaje mece con coquetería el viento. En el teatro no es uno tan desgraciado, porque a pesar de verse en gran parte renovada la concurrencia con lo que no ganamos gran cosa, se presenta una reunión mui regular. Las causas de estas repentinas transformaciones están mui a las claras, la estación calurosa, la verdura del campo, la proximidad de la cuaresma, época de silencio en que la estación nos recuerda un deber, nos canta un "Memento". En ella no se oye mas que el acento de la relijión, cuya voz de bronce llega al alma; es menester apresurarse a gozar de las sombras de nuestro campo, y de la fresca brisa de la tarde que cargada de aroma zauma nuestros cabellos y aletarga el sentimiento, como el beso de un niño sobre la frente de la madre.
            Yo pues, siguiendo este impulso y ansiando ver lo que pasaba por los mundos adonde se emplazan tantos y de donde se cuenta tantísimo, caí en la tentación de marcharme a alguna de tantas partes. Recorrí mil lugares en mi imajinación y los desprecié. Al fin me acuerdo de Peñaflor y a Peñaflor dirijí mis visuales. Desde entonces ya no oí en todos los corrillos más que el nombre de Peñaflor, sus baños, sus niñas y sus bailes; el carnabal perpetuo.
            Una vez decidido a hacer algo es preciso cumplirlo. Mil ilusiones formaban mi imajinación. Era forzoso salir de la ciudad. Pero como no se puede ejecutar sin coche o caballo, tuve que dirijirme a contratar la Dilijencia, o mejor la Neglijencia. Llegué pues a la casa de la interpérrita Neglijencia, me metí dentro y el dueño me introdujo y me la presentó. "-Esta es, señor... si gusta -Espérese V... reflexionaré..." le respondí-. La Neglijencia que parecía que jamás la habrían pintado presentaba aquel aire impasible y grotesco que suele observarse en ciertos hombres sólidos... El dueño que observaba tal vez mis jestos y miradas, no dejaba de fruncir las cejas y estirar el ocico. Más de una vez quiso contarme la historia de su ajuar... los hombres que había conducido, los lances en que había salido con honor. Con respecto a la edad anduvo como andan las mujeres... me confesó que tenía veinte y que había sido reformada mui pocas veces. esto no se me hizo difícil creerlo porque a pesar de la mano de tierra mui gruesa que tenía en los cachetes y en la calva, aun se divisaban aquellos grandes tajos que da la vejez y esas hondas arrugas que deja el tiempo y que vienen a ser depósitos de las borras de la pintura y de los pelotones de tierra... En seguida el buen hombre, inspector del barrio, me presentó el caballo y junto con él, el postillón. Ambos tendrían una misma edad con la Neglijencia, aunque en la velocidad eran diferentes, pues el postillón parecía tener más trazas de lijero que sus camaradas. Ponderóme el caballo muchísimo, más que lo que enzalza el adelantamiento de un pueblo la memoria de un ministro. El caballo estaba delgado como el alumno del licenciado Cabrera, pero el dueño decía, esa flacura es lo que le hace apto para marchar como se debe en este siglo: aquí soltó la taravilia mi hombre y me dejó sin poder articular palabra. Trajo al caso la honradez del postillón alegando entre sus muchos títulos, que era sobrino de un fraile y que tenía su tintura de buena educación.
            Al fin dejé a mi buen hombre con la palabra en los dientes y me despedí. Por supuesto no pudo seducirme con las informaciones de la excelente calidad de la Neglijencia; porque tengo mi regla para no creer en palabras, esas palabras que abundan en este siglo de puras palabras. Se le antojó a un ministro hacer que ciertas juntas promulgasen un folleto y se le dijo al pueblo que era cosa de él y que se llamaba "Constitución", palabra sangrienta que en su sentido real quiere decir: venda fatídica con que se cubre la vista del ajusticiado o velo puesto a los que están debajo. La facultad de mandar se llama también gobierno, precisamente porque no lo hai y gobierno pues es el de Rozas y gobierno fue el del año 39 y gobierno es todo lo que precisamente anda mui mal y en contradicción con los principios sociales. Mas no hay que asustarse, estas cosas constituyen las armonías que rijen al mando, y lo que no es armónico por sí, lo hacen armonizarse a la fuerza, sin hacer por eso violencia a su voluntad que Dios declaró libre.
            La Neglijencia pues se quedó en su casa, ni mas ni menos como una solicitud en el bufete de un ministro. Un amigo me ofreció un caballo de silla y lo acepté. Pasaron dos, tres, cuatro horas y el caballo aun no se divisaba (esto es que el amigo nunca miente, aunque si suele faltar a su palabra); los compañeros de viaje me instaban, yo me desesperaba y entre tanto mando por otro caballo y me lo traen, aparece al mismo tiempo el del amigo ¡Santo cielo!, exclamé, y sin saber cómo ni por donde, monté y salí a trote acelerado por las ásperas calles de la ciudad. Ya pude decir sin temor de ser desmentido que estaba en camino del dichoso Peñaflor que me había hecho pasar tan pésimos ratos y me había proporcionado lanzar mil votos de condenación y pronunciamientos contra el amigo, el cochero, el caballo, el gobierno y todo el jenero humano. Ya se ve. Era una cuestión humanitaria cuya resolución interesaba altamente a la humanidad sin caballo.
            El camino además de ser de buen piso presenta paisajes de la mas rica matiz. Por donde se echa una mirada, allí se encuentra una frondosa arboleda, llanos inmensos de verdinegra alfalfa y numerosas chozas que abrigan esas solitarias familias que no tienen mas placeres que su soledad, los frutos de su cultivado campo, los cantos matinales y los arrullos de las brisas de la tarde. Mientras mas se aleja el viajante de la gran población, mas encuentra estas dichas desconocidas en las suntuosas casas.
            Al bullicio inmenso de la capital, al calor de sus habitaciones, se sucede la tranquilidad del desierto, el zuzurro de los árboles, el murmullo de las aguas y los suspiros del viento que lleva entre sus pliegues la pureza de las flores. El alma respira entonces, el corazón se alegra, el espíritu medita. Al acercarse a Peñaflor, una gran alameda le conduce; su término no se ve y se pierde en la falda de los cerros; desde luego se suelen oír voces de una aldea ajitada, conmovida, entregada al regocijo; estos acentos preludian los placeres de una diversión inmensa y el alma ansía zambullirse en el sitio donde corre el placer.
            Al fin llégase a la Posada entre mil caballos que se cruzan, empolvando a los de a pie. Es preciso buscar alojamiento, llamar al posadero, tertuliar a los que se le pegan al estrivo para saber algo de la ciudad. Pero el posadero no se mueve, apenas habla; insta uno, reniega y se le contesta fríamente: "no hai alojamientos todo está ocupado". Aquí de reniegos sobre las barbas de todo el mundo. Empleó una hora en decir esto y el posadero se mandó mudar con su paso de tortuga, después que nos había inspeccionado. Hasta aquí todo se me había frustrado; me hallaba precisamente peor que en la ciudad y entre las determinaciones de mi vuelta o de mi quedada, me agregué a unos amigos y me metí en su cuartito en que estaban mas de seis. No me convidaron, es cierto; pero aunque la resolución fue dura, la alternativa también era terrible y quise mas bien pasar por impávido que volverme "in albis" para la ciudad.
            Ya estamos en el célebre Peñaflor. El día se había concluido; la noche estaba oscura, negras nubes entoldaban el cielo y apenas se entreveía una que otra estrella a través de los velos flotantes. Un gran murmullo se extendía por todas partes, era el de la multitud que se aprestaba para un baile, el de los jóvenes que se preparaban para el campo del placer, el de una caterva de solterones y maridos que querían recordar sus pasados abriles y rejuvenecer sus carcomidos tallos. El placer de hacer iguales las edades, como el sol alumbra todas las frentes. Y el salón es invadido por las familias; las luces que arrojan las arañas no es mui abundante, pero en cambio las bellas destellan rayos de luz; en un momento todos los asientos son ocupados y la falanje de galanes comienza a moverse. La contradanza principia; los cuerpos de las bellas se deslizan al son de la música, los jiros se alternan, las voces se cruzan, las palabras se cambian y el campo es una palestra en que unos siegan laureles y otros calabazas. Pero el baile serio no ensancha los pechos, no conmueve los corazones ni da las fisonomías aquella viveza de espresión, y aquel alegre colorido, producto de emociones placenteras. La "zamacueca", las "resbalosas" se sustituyen; entonces la ajitación crece; el movimiento es jeneral; todas las edades se agolpan, se apiñan, se encaraman para saborear de cerca las vivas vueltas de los bailarines, sus voluptuosos jiros, los armónicos sonidos del canto y la música, la espresión de los que lo ejecutan. Por otro lado mas de un galán no se desprende de su querida, la bulla no le distrae, el baile no lo exita; no quiere desasirse de su prenda; un rayo perdido de los ojos de su bella, será una oscuridad eterna; una sonrisa desperdiciada, será una esperanza de menos, una palabra no oida será la destrucción de su fe, un porvenir oscuro, un deseo que el tiempo ocultó bajo sus alas envenenadas. En otra parte se alza el punzante ruido de los cristales, entre las voces que sueltan mil labios lánguidos y balbucientes; allí no se alaba la belleza, no, el ponche es el dueño de las caricias, se lisonjea su fortaleza y su colorido azulado. El uno quiebra un vaso, el otro hace beber por fuerza a uno; y en estas idas y venidas se pasa la noche, el baile se concluye, el ponche se agota y las familias se retiran. ¡Ah, qué triste la retirada para los que no se hartaron! ¡qué seductora para los que oyeron una amable mentira, una promesa de amor!... Han dado las doce de la noche y aun se divisa el vestido de las que se alejan, todavía hai uno que oye su voz, bien, pero esos contornos vagos y fluctuantes, como un gobierno del justo medio, se ven todavía a la distancia mejor que su corazón cuando estamos a su lado, y son como las nubes de la niebla matinal que cubre con sus delicadas tocas la Cruz de Peñaflor ¡terrible verdad! más de cuatro oí maldecir porque un boquirubio les arrebataba su bella compañera, ¡qué tontería! Los boquirubios son jente que no trata de hacer nada sino de parecer que hacen algo, abundan en todas partes y son las nubes que se interponen entre el sol y los ojos, entre la verdad y la mentira, sombras malditas que oprimen al pensamiento y hielan el labio. Son unos hombres que todo lo quieren para la opinión y nada para el corazón; que viven para los demás y no para ellos, un artefacto de bello exterior que todos miran, pero que adentro está vacío, encarnaciones de la vanidad. Estos hombres, si lo son, serían capaces de pagar a la multitud para que los declarase enamorados de fulana o sutana, aunque estas los desprecien y los miren como una paja que se pega al vestido, hasta que el viento la arroja al suelo sin ser sentida. Esta es una de las muchas fisonomías que suele tomar el paquete; por consiguiente no es enteramente el paquete "chef d'auvre", el paquete nativo que creó Dios y que el destino echó a rodar por el mundo, independiente de toda voluntad si no era la ajena. Al fin llegó la hora de concluirse la fiesta; la noche se hizo un minuto y el día apareció tan repentinamente que mui pocos serían los que gozaron del sueño. El sol del 12 de febrero mas quemante que otros días trajo a la memoria la célebre batalla de Chacabuco. El entusiasmo por un día de victoria. Las victorias de la libertad viven siempre en los recuerdos del pueblo; ya no se trataba del placer de cada cual, no, todo se consagraba al día memorable, al día que vio caer mil valientes, y levantarse la libertad; que una lágrima de la juventud refresque sus laureles. ¡Ah! por qué no se alza un monumento en ese campo yermo y pedregoso que retembló bajo la uña de sus corceles, bajo el estampido del cañón y el acento de libertad y de victoria. Tal vez sus labios se rien al ver el porvenir cuyo velo desgarraron, quizá sus huesos se incorporan y toman figuras de ánjeles que vacían la urna del porvenir sobre nuestras cabezas, y lanzan de sus bocas el viento de civilización que nos empuja de progreso en progreso, a la humanidad y a la perfección...
            De alegría en alegría se pasaba el tiempo. El sol descendiendo a su ocaso, balanceaba en el horizonte su franja de oro, púrpura y azul. Vino la noche, y tornó a jirarla copa del placer. Las mismas bellas volvían a perfumar los salones. Los galanes cada vez mas se hacían notar; el que no se declaraba enfermo, se declaraba en quiebra y se manoseaba la barba en un rincón. Era preciso tener levita económica con bolsillos laterales y llamarse enfermo para admirar. ¡Ya se ve! de la compasión al amor no hay más que un paso, del amor al engaño no hai ninguno. Mientras unos rabiaban, quejándose de su mala suerte, otros reían al pie de sus altares, mientras unos se veían confundios por la palabra de una bella, otros pateaban por poder sacar una palabra. El mundo es así.
            Era preciso volverse. Comer mal y dormir peor, podía sufrirse dos días, pero mas... ¡Guarda Pablo! Mas los caballos no aparecían, el sol quemaba y el posadero mas que el sol. Busca aquí, corre allá, al fin se encontráron y partimos. Peñaflor quedaba con sus puras aguas y sus flores; y nosotros veníamos como un vaso vacío que solo empaña el polvo del camino. Y no se crea que decimos mentira en nada; porque si no nos creen, nos vindicarémos. Es lo que quiero, hoi que están tan de moda las vindicaciones. Apénas una persona despliega el labio en bien o en mal, zas, una pregunta y luego una carga de papeles al público. El "Descarado", y lo llamo así por lo difícil que es pronunciar "Desmascarado) es el mas colosal en esta industria; su escritor, que además de ser hombre, debe ser mui racional y de talento, da mucho honor al país, en algunas cosas es verdad nos deja a ciegas, pero en otras es mas claro que un verdulero. Es inagotable en sus producciones, tanto que antes de escribir un número lo espeta entero "in prima facie" a sus amigos. Luego de aquí sale el coro; es decir un ejemplar hombre (también hai periódicos hombres) que va repitiendo de pe a pa; o mas bien se va multiplicando en nuevas o añadidas ediciones. Algunos dirán que esto es una disgresión, y no hai tal; es cuando mas una figura retórica para ensalzar por medio de ella a mi paisano (esto para entre nosotros) el autor del "Descarado". Yo he presentado a Peñaflor como es hoi; y el periódico de que hablo ha presentado a su autor, como realmente es; desnudo, sin máscara como Dios lo hizo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Miguel Hernández: Un papel de Fumar


 
El próximo 28 de marzo se cumplen 76 años de la muerte de Miguel Hernández. Como sabemos, el poeta murió muy joven, aquejado por la enfermedad, por el incierto futuro de su familia y rodeado de la indiferencia y la desidia de sus carceleros.
Después de terminada la guerra civil española, el autor de Viento del pueblo padeció un cruel periplo carcelario. A partir de la primera detención, el 30 de abril de 1939, en la frontera de España con Portugal, hasta su muerte, los traslados de prisiones sumarán hasta 13. Su último encierro fue el Reformatorio de Adultos de Alicante, al que llegó el 24 de junio de 1941 para estar más cerca de su familia. Las gestiones para este último traslado las hizo Germán Vergara Donoso, Encargado de Negocios de la Embajada de Chile en España. En esa fecha, Miguel Hernández ya había contraído la tuberculosis en el frío Penal de Ocaña.
Al joven poeta se le aplicó toda la severidad de la dura disciplina carcelaria. El primer mes en la prisión Alicante, tuvo que cumplir el período de incomunicación y, una vez sacado de su aislamiento, cuando se disponía a estar con los suyos después de un año y medio de no verlos, tampoco fue posible; le permitieron abrazar a su pequeño hijo durante breves instantes y a Josefina, su esposa, sólo pudo verla a través de las rejas del locutorio. Los impedimentos, entre otros, era su matrimonio civil no reconocido como valido por las nuevas autoridades del país.
A final de año se agrava su salud. Contrajo el tifus y se le declaró una lesión en el pulmón izquierdo con contagio del derecho. A partir del mes de diciembre, las altas fiebres lo mantuvieron postrado en un camastro de la enfermería de la cárcel. Era tal su debilidad que no pudo acudir a dos visitas de Josefina, no era capaz de mantenerse en pie por sí solo. En una de las cartas a su esposa, se queja amargamente: Manda inmediatamente tres o cuatro kilos de algodón y gasa, que no podré curarme hoy si no mandas. Ayer se me hizo la cura con trapos y mal.
Salvo en dos oportunidades, el 27 de Enero y el 5 de Febrero de 1942, en que fue autorizado a salir de la cárcel para ser reconocido por el médico del Hospital Provincial, la atención dentro de la enfermería carcelaria era un verdadero desastre. Miguel clamaba a su familia: Quiero salir de aquí cuanto antes. Se me hace una cura a fuerza de tirones y todo es desidia, ignorancia y despreocupación.
Esa desidia y la falta de medios en el tratamiento a la enfermedad del poeta fueron su verdugo. Su hermana, Elvira, recuerda con amargura esos desesperados días en que hacían gestiones para lograr su traslado al Centro Antituberculoso de Valencia: ...nos veíamos impotentes para atender debidamente sus peticiones, sus llamadas de auxilio, y, la más dolorosa, la de su traslado como única esperanza de salvar la vida. Muchas veces tropezábamos con la imposibilidad material de hacerle el envío de algunas cosas que pedía, pues escaseaban o tenían precios altos. Josefina recibía algunas ayudas, como las de Vicente Aleixandre, de Pablo Neruda a través de la Embajada de su país, y algunos más, pero su situación familiar y el gasto diario para el cuidado de Miguel suponían un esfuerzo insuperable para todos.

En algunas biografías de Miguel Hernández se cita su matrimonio religioso -se había casado por lo civil el 9 de marzo de 1937, en plena guerra- como un acto de final contrición. Lo cierto es que las visitas de su mujer se dificultaron al ser considerada soltera. En una carta escrita a Josefina, Miguel le dice que se prepare pues el día 4 de marzo se celebraría el acto de matrimonio, añadiendo que; para él era una gran pena, ya que siempre se había considerado casado, desde que contrajeron matrimonio en el año 1937. Josefina Manresa, en su libro “Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández (Madrid. Ediciones de la Torre. 1980) señala que el día anterior a la ceremonia fue a confesarse a la Iglesia de San Nicolás: ... ya arrodillada en el confesionario, no me decidí a confesarme porque, en la situación en que nos encontrábamos, de tanta injusticia y sufrimiento, lo consideraba más bien pecar. El padre Vendrell, que era el confesor, al rato de estar esperando el "padre me acuso", me insistió y yo le dije: "Lo único que puedo decirle es que mi marido se me está muriendo en la cárcel y estoy sufriendo mucho". Él me contestó, con tono de jesuita: "Hija, la Iglesia no tiene la culpa de eso, la culpa la tienen los hombres". Yo me marché sin contestarle.

A Miguel le agobiaba el razonamiento de que su muerte dejaría en el desamparo a su esposa e hijo al no reconocer las leyes del nuevo régimen los derechos que a éstos correspondían. Ésta, y la posibilidad del trasladado a Valencia, fue la causa de que el poeta accediera al matrimonio eclesiástico. Este se celebró en la enfermería de la cárcel de Alicante. La hermana del poeta fue testigo de la dolorosa ceremonia: Entre los recuerdos que difícilmente podrán separarse de mi pensamiento es aquel día en que se efectuó la ceremonia, allí, junto a la cama. Apenas nos atrevíamos a mirarnos, ni a pronunciar palabras. Sentíamos sobre nosotros como un sonido mortificante la respiración entrecortada de Miguel, que miraba fijamente a Josefina, allí, a su lado, que nos miraba a todos con ojos inmóviles, como si todas sus sensaciones estuvieran concentradas en su pensamiento, en el fondo de sus sentimientos. Sólo se oían las palabras breves del capellán, pues fueron unos minutos solamente, ya que según supimos después el acto se efectuó como si fuera in artículo mortis, habida cuenta del estado de Miguel.

Sólo después de celebrarse la ceremonia religiosa se cursó la petición del traslado al Hospital Penitenciario de Porta Coeli, en Valencia. Las gestiones de sus amigos, entre ellos de Germán Vergara, chocaban con la persistente indiferencia de las autoridades carcelarias. Varios connotados biógrafos, como el profesor Agustín Sánchez Vidal y Ramón Pérez Alvarez, afirman tener testimonios que aseguran que el mayor obstáculo para dicho traslado fue Luis Almarcha, entonces Vicario General de Orihuela y Procurador en Cortes por designación directa de Francisco Franco. La supuesta negativa del ex protector y mecenas del joven poeta a interceder por el urgente traslado, estaban fundadas en el distanciamiento de la Iglesia que había tenido en su metamorfosis literaria. Probablemente también culpaba de este distanciamiento a sus amistades madrileñas, entre los que se encontraba Pablo Neruda.

La autorización de traslado tardó absurdamente. Llegó el día 21 de marzo, cuando el cauce de la enfermedad ya era irreversible. Miguel Hernández, Miguel de España, a quién Neruda llamara "Hijo mío", y de quién un día esperó que cumpliera el deber de "decir junto a mis huesos algunas de sus violentas y profundas palabras", expiró en la madrugada del 28 de marzo de 1942, víctima de la tuberculosis desarrollada con el hambre, la falta de cuidados y la desidia de los que podían haber salvado su vida. El poeta aún no cumplía los treinta y dos años. Ese día 28 de marzo otra vez; Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada.
En el legado de Germán Vergara, custodiado en el Archivo Nacional de Chile, se conserva la carta que días después, -el 31 de marzo-, dirigió desde Alicante Josefina Manresa al Encargado de Negocios chileno:

Estimado señor Germán Vergara. Les participo la muerte de Miguel. El sábado, día 28, dejó de existir. Ha muerto donde él no quería, en la cárcel, con la gana de salir al sanatorio. Al mismo tiempo le doy a usted las gracias de cuanto ha hecho V. por nosotros. Yo siempre pensaba que algún día saldría y podríamos agradecerle a V. todo, pero así, nunca. Lo único que me acordaré de V. toda mi vida por lo buen amigo que ha sido V. y por lo tanto que ha hecho.
Le saluda y le recuerda siempre
                                                                         Josefina Manresa


La muerte de Miguel sacudió profundamente a Neruda. Años más tarde escribió esos terribles versos en los que recuerda al amigo e impreca contra Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Estaba convencido de que ambos poetas, estando en España, pudieron haber hecho algo más por él. También descarga su ira contra los diplomáticos chilenos que, según creía, negaron el asilo al oriolano. En su poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, maldice: Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre./ Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día./ Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre/ en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos / de perra, silenciosos cómplices del verdugo,/ que no será borrado tu martirio, y tu muerte / caerá sobre toda su luna de cobardes.
Con los años, Neruda comprendió la difícil posición en que estaban Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Tampoco ellos pudieron hacer mucho por aliviar la tragedia de Miguel. Su mediación hubiera resultado del todo inútil. Un amigo de Dámaso y Neruda, el escenógrafo Santiago Ontañón, en su libro de memorias, “Unos pocos amigos verdaderos”, recuerda que un día en Roma, en casa de Rafael Alberti, coincidió con Neruda: -Rafael comenzó a recitar poemas de Gerardo Diego, -dice Ontañón-. De pronto Neruda propuso: -¡Ese niño!... ¡Vamos a ponerle una tarjeta a Gerardo!
Al día siguiente, Ontañón viajaba a España y se ofreció para llevarle la nota firmada por Neruda, María Teresa León y Rafael Alberti. Recuerda que cuando llegó a Madrid era verano y Gerardo Diego estaba fuera de la capital. Continúa Ontañón: Al cabo de un mes me lo encuentro por la calle y le digo lo que tenía guardado para él. Entonces Gerardo se puso muy nervioso. Tanto, que casi no podía hablar. Al fin me dijo: -Santiago: recibiría la tarjeta encantado, pero antes Pablo tendría que rectificar la infamia que cometió contra nosotros, a propósito de Miguel Hernández. Lo siento, pero ahora no puedo recibirla. Le dije que en guerra se cometen bestialidades y como consecuencia de ella notorias injusticias, pero que había que perdonar porque no podía uno pasarse toda la vida odiando y no hubo forma de sacarle de sus siete.… Una tarde, al cabo de varios meses, viene Gerardo a la mesa donde estaba sentado en el café Gijón y me dice que si podía darle la tarjeta de Pablo Neruda. Cuando pude encontrarla se la entregué.
Con este episodio, señala Ontañón, quedó demostrado que Neruda había pedido perdón, aunque muy sutilmente, y Gerardo Diego lo había otorgado.

En ese libro de memorias, Ontañón recuerda que a comienzos de 1940, mientras estaban asilado en la Embajada de Chile, recibieron de manos del Encargado de Negocios una nota realmente patética:

Un día, Germán Vergara Donoso nos entregó una nota escrita en un papel de fumar que nos remitía Miguel desde la cárcel. Decía escuetamente: "Me han condenado a muerte. Haced lo que podáis. Miguel Hernández". Así nos llegó la noticia de su suerte. Cabe imaginar la profunda tristeza y la impotencia que nos embargó al grupo, asediado como estábamos en un Madrid hostil, dispuesto también a hacer carnaza de nosotros a la menor oportunidad. Aquel leve papel de fumar, manuscrito con noticia tan tremenda, nos angustió indeciblemente.

Des     Desde que leí el libro de memorias de don Santiago, he tenido curiosidad por aquel misterioso papel de fumar que contenía tan nefasta noticia. Su libro, escrito a cuatro manos con José María Moreiro, fue publicado en 1988, a casi cincuenta años de ocurridos los hechos. Aun consciente de que en las palabras preliminares del libro, Ontañón avisa de su gran memoria; ¿Puede haberle fallado un poco la evocación a don Santiago? Es posible y comprensible.
Entr     Entre las cartas de Germán Vergara Donoso encontré un mensaje contenido en un pequeño papel, de tamaño y textura similar a una hoja de papel de fumar. Es un mensaje escueto, escrito con lápiz de grafito y con una letra menuda, pero clara, que da cuenta de la condena a muerte a Miguel Hernández, dictada el 18 de enero de 1940. La nota procedía de la cárcel del Conde de Toreno y está fechado el 22 de enero de 1940, por tanto, lo más probable es que este mensaje, remitido por Fernando Fernández Revuelta, compañero de celda de Miguel, sea el mismo que Santiago Ontañón recuerda haber recibido de manos de Vergara Donoso. La nota dice:

            Sr. Vergara: el pasado viernes fue juzgado M.H.G. siéndole pedida por el fiscal la pena de muerte. Sé bien su gran interés por nosotros y por ello considero innecesario rogar a Ud. su intervención, aunque sí suplicar la máxima rapidez para evitar otro caso como el del pobre Javier Bueno. Sin perjuicio de que Ud. decida lo más conveniente, creo es preferible en el caso que mucho temo que el Tribunal haya fallado de acuerdo con la petición, conseguir el indulto a la revisión de la causa, ya que el fallo sería análogo al de la primera, y con él aun mayor la angustiosa espera de nuestro buen amigo.
Una vez más, señor Vergara, el mayor agradecimiento y consideración.
Fernández Revuelta. En prisión, 22 -1 – 40


Ese      Ese día 18 de enero de 1940, Miguel Hernández fue juzgado rápidamente y condenado a muerte. En el mismo acto fueron juzgadas 29 personas, de las que 17 recibieron condena a muerte. Uno de los procesados, el escritor Eduardo de Guzmán, ha dado testimonio: El abogado defensor es un hombre joven... No ha hablado con ninguno de nosotros, no conocía siquiera nuestra existencia hasta hace muy pocas horas Como más tarde dirá a los familiares de algunos, recibió los expedientes la noche anterior. Cree que Miguel Hernández es un buen poeta. De temperamento ardoroso y exaltado; pero excelente persona. En el sumario hay avales y testimonios de algunos intelectuales encabezados por Cossío... Contra él no hay más que sus versos políticos, su labor en el Comisariado Cultural y su adscripción al comunismo; pero nadie le imputa ninguna acción deshonesta o sanguinaria.
La vista, para juzgar a 29 personas, duró aproximadamente una hora y media. La acusación se tomó seis o siete minutos para encarnizarse con el resto de los acusados. Se reservo el doble de tiempo para arrojar inculpaciones sobre el poeta. El Presidente del Tribunal, al preguntar si alguno deseaba alegar razones de inocencia, advirtió que no consentiría discursos ni expresiones subversivas. El abogado defensor, recién el día anterior tuvo el expediente para estudiar la causa.
Cinc    Cinco meses después de dictada su sentencia de muerte, le fue conmutada por la de 30 años de prisión. Para entonces, Miguel Hernández ya había contraído la enfermedad que lo llevaría a la muerte.

miércoles, 21 de febrero de 2018

España 1939: Los frutos de la memoria




Los historiadores, a fin de evitarse molestias en las averiguaciones, se copian los unos a los otros.
Anatole France

Los estudios sobre el exilio republicano español en México gozan hoy de buena salud, afirma una historiadora catalana en un artículo publicado en la Web. Sin embargo, el análisis del mismo exilio en Chile, recién comienza a desentumecerse. Hace ya unos años se publicó un extenso trabajo de los profesores Carmen Norambuena y Cristián Garay; España 1939: Los Frutos de la Memoria. (Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago, 2002). La publicación contiene un Estudio Preliminar, de Francisco Caudet, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y una veintena de biografías de los emigrantes.
El libro, señala el profesor Caudet, intenta responder a una serie de preguntas de gran calado, de no fácil respuesta, pero que son abordadas de manera ecuánime y con una metodología apropiada. Agradece, además, a los autores, que han dedicado tan denodado esfuerzo por reconstruir un capítulo de la historia cultural de Chile y España. Los autores, por su parte, destacan que el trabajo pretende contribuir a un debate abierto y no acabado. En este marco, -y porque el texto puede convertirse en referencia para estudiosos e investigadores-, quiero sumarme al debate planteado por los autores, con la intención de contribuir a la reconstrucción rigurosa de ese capítulo de la historia cultural de Chile y España, como señala el profesor Caudet.

Estudio Preliminar
En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, -señala el estudio preliminar-, llegaron a Chile en los vapores Massilia, Órbita, Formosa, Reina del Pacífico y desde Argentina, en el ferrocarril Trasandino, varios centenares más de españoles. Muchos de ellos intentaron, lo que obligó al Gobierno argentino a restringir la concesión de visados, quedarse en Argentina. En uno de los informes de la Embajada franquista en Santiago (Informe del 12 de enero de 1940) se hacía este comentario: El Gobierno argentino se ha alarmado del número crecidísimo de rojos españoles que cruzan su territorio para entrar en Chile por la Cordillera andina. Y ha prohibido la concesión de visados de tránsito, porque muchos lograban quedarse consiguiendo influencias y presiones cerca del Gobierno...
En otro párrafo del texto, el profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. El Presidente Aguirre Cerda había nombrado a Pablo Neruda, en mayo, Cónsul Especial para la Inmigración Española..., En julio de 1939 se debatió en la Cámara de los Diputados los acuerdos alcanzados por los dos representantes del Gobierno con la FOARE y el SERE, acuerdos que iban a permitir el traslado a Chile de un contingente de republicanos que, contra las primeras previsiones, superó por poco los 2.000. (La nota a píe de página Nº 9, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos)
La oposición se enfrentó en la Cámara de Diputados con tal virulencia a esa expedición, que estuvo a punto de causar una grave crisis política. El canciller Abraham Ortega, debido a esa polémica, presentó la dimisión que el Presidente, con buen criterio, no aceptó. El Gobierno, que llegó en esos momentos a reconsiderar la decisión de permitir la inmigración de republicanos, mandó a Pablo Neruda, cuando ya estaba a punto de partir de Francia el Winnipeg, la orden, que no atendió, de esperar.
Si analizamos detenidamente el texto, debemos discrepar de varias afirmaciones, o, como mínimo, de una redacción que se puede prestar a equívocos. En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, los vapores Massilia y Formosa no llegaron a Chile, sino que llegaron a Buenos Aires y los varios centenares "más" de españoles que llegaron desde Argentina en el ferrocarril Trasandino, correspondían a los pasajeros de dichas embarcaciones. El Reina del Pacífico, según testimonio de Jesús del Prado a Leonardo Cáceres (Araucaria de Chile Nº 8-1979) no hizo viajes por esas fechas: Yo tenía pasaje para viajar en el Reina del Pacifico, y que zarpaba de las costas europeas el 29 de agosto... pero en el encuentro en París con Pablo Neruda, me contó que organizaba un viaje de refugiados españoles en un barco de carga que partiría desde Burdeos a fines de julio o en los primeros días de agosto. ...él me invitó a viajar en ese barco. Fue una buena decisión, pues el "Reina del Pacifico" no hizo ese proyectado viaje por los océanos sino hasta después de la segunda guerra mundial. Más aún, el Reina del Pacífico, antes de la guerra mundial, zarpó por última vez a Valparaíso a mediados de junio, en él viajaban los hijos de Valle Inclán.
Sobre los "intentos" de los asilados por quedarse en Argentina, sería conveniente revisar un artículo de Dora Schwarzstein, profesora de la Universidad de Buenos Aires, (La Llegada de los Republicanos Españoles a la Argentina. REDER. Red de Estudios y Difusión del Exilio Republicano) en el que señala cómo y por qué se quedaron en argentina muchos de los pasajeros del Massilia. En este barco viajaban 147 españoles republicanos. Todos ellos se hallaban en tránsito, con diversos destinos: 132 a Chile, 6 al Paraguay y 9 a Bolivia. Mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentó en el puerto Natalio Botana, director del periódico Crítica que ofreció a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina. Además, el mismo Botana comenzó una intensa campaña frente a su Gobierno hasta lograr que el presidente Ortiz otorgara la autorización para que los españoles del Massilia se quedaran. En julio de 1939, el periódico Crítica ya había iniciado una colecta de dinero para acudir en ayuda de los intelectuales españoles. El 13 de noviembre, el periódico informaba sobre el destino de los fondos recaudados: A pedido de entidades de ayuda a los intelectuales, Crítica distribuyó el producto de la colecta Suscripción Pro-intelectuales españoles entre exiliados del Massilia. En la Argentina -agregaba-, quedaron unas 50 personas, siguiendo viaje a Chile otros 70 intelectuales. El total recaudado se repartió entre esas 50 personas que se instalarían en Argentina y los 70 intelectuales que seguirían viaje a Chile. En base a esas informaciones, ya tenemos una cifra casi exacta de los pasajeros del Massilia llegados a Chile. Y tenemos también el motivo del informe, de fecha 12 de enero de 1940, de la Embajada franquista en Santiago al Gobierno de su país, citado por el profesor Caudet. Entre los pasajeros del barco se encontraban el pintor Manuel Ángeles Ortiz; Alberto Barral López, Gregorio Muñoz Montoro, Clemente Cimorra, Severino Mejuto y Luis Ciutat de Miguel.
Por otra parte, es históricamente conocida, está en todas las cronologías de Neruda, la fecha en que el poeta salió para Francia con la misión consular para la inmigración; Marzo de 1939. Posiblemente el profesor trabaja sólo con documentos ya que el nombramiento oficial de Neruda como Cónsul Especial para la Inmigración Española se subscribió, efectivamente, en el mes de mayo. Pero la designación verbal del Presidente y su Ministro de Exteriores, Abraham Ortega Aguayo, se hizo en una reunión en la que Volodia Teitelboim fue testigo de excepción.
El profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. Esto puede llevar a una desvirtuación del trabajo de los comités chilenos. Para la ocasión se formó, bajo los auspicios del Comité Nacional del Frente Popular, el Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados Españoles (CChARE), que se encargó de todas estas gestiones; económicas, organizativas y logísticas. Estaba presidido por el poeta y diputado socialista Julio Barrenechea. José Manuel Calvo, secretario general del ChARE, trataba directamente, o a través de Neruda, con el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, con la FOARE (que agrupaba sólo a comités argentinos, no a los uruguayos) y con la organización mundial en favor de los refugiados que funcionaba en París. El día sábado 10 de Julio de 1939, el periódico Frente Popular de Santiago, informaba que: La FOARE, Federación de Organizaciones Argentinas Pro Refugiados Españoles, es una institución formada por todos los Comités, que en número de más de 500 existen en la República hermana, para la ayuda a los refugiados y ex combatientes de la República Española. Hasta el mes de mayo último recaudó para la ayuda a España, la enorme suma de 70 millones de francos... Según el acuerdo de la organización mundial en favor de los refugiados que funciona en París, de la cual es filial la FOARE, Argentina, Uruguay y Colombia destinarán todos los fondos que reúnan para la atención de los refugiados que vayan llegando a Chile.
El acuerdo se había tomado en París, en el Congreso celebrado, por la organización mundial en favor de los refugiados, a principios del mes de julio. Pero las conversaciones previas las había iniciado Neruda algunos meses antes, en marzo de 1939, en su paso por Argentina y Uruguay, camino de Francia. (Ver prensa de la época y cartas de Neruda al Ministro de Exteriores chileno)
Sobre el número de asilados, la nota a píe de página Nº 9 del citado libro, en el Texto Preliminar, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos. No está demás decir que esas cifras no se sobrepasaron. Lo dice el propio Ministro Ortega en varios medios de la época; esos 1350 pasajeros, más las esposas e hijos de muchos de ellos, nos da el número de algo más de dos mil, que fueron los que llegaron en el barco. Además, también lo dice por carta José Manuel Calvo a Neruda: Desde luego la resolución del Ministro de ampliar el embarque a los familiares, demuestra que el rigor del comienzo se va aminorando.
Otra afirmación poco rigurosa de Francisco Caudet es la que se refiere a la dimisión del Ministro Ortega. Esta no fue debida al encarnizado debate producido en la Cámara de Diputados el 4 de julio. Al mediodía siguiente, con la intermediación de los diputados Juan Bautista Rossetti y Marcos Chamudez, la crisis estaba completamente solucionada. Aguirre Cerda reconsideró su postura y Ortega retiró su renuncia. Cabe señalar que el mismo día 5 de julio, el doctor Calvo, declaraba a United Press que había depositado dos millones y medio de pesos en la Legación chilena de París, que daban garantía de techo y alimentación a los refugiados durante seis meses, a fin de que no fuesen carga para el Estado.

El escenario: 1939
Los autores del libro, antes de presentar las entrevistas, hacen una contextualización del periódo tratado, -El escenario; 1939-, que dividen en cinco partes: La génesis; Los españoles en Francia; La empresa del Winnipeg; El viaje y Los otros exiliados. Un párrafo de la primera de ellas merece nuestra atención, dice: La lucha partidaria tuvo directa repercusión en la cuestión de los emigrados. Cada facción política organizó con enormes dificultades la salida de los suyos, lo que explica la creación de dos organismos cuya misión era identica y que tuvieron competencias paralelas sobre los emigrados. Se trata del Servicio Exterior de la República Española (SERE), controlado por los comunistas y bajo la dirección de Juan Negrín; y de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), controlada por el socialista Indalecio Prieto.
Creemos poco afortunada la explicación de la creación de dos organismos paralelos. Si bien es cierto que la salida de los republicanos se realizaba con muchas dificultades, no lo es menos que el SERE estaba resolviendo de manera correcta la situación. Pero retrocedamos un poco en el tiempo. El SERE, cuyas siglas, como hemos visto, no corresponden exactamente a la señalada en el libro, había sido fundado en París, a comienzos de marzo de 1939, por el Gobierno Republicano en el exilio, (cuyo presidente era Juan Negrín) con el visto bueno del Ministro del Interior francés y bajo la protección de la Embajada mexicana. Este servicio fue presidido por Pablo Azcárate y su director era Bibiano Osorio y Tafall. El origen y la constitución de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles, JARE, presidida por Luis Nicolau, es distinto. Nació en París, el 31 de julio, seis meses después de la creación del SERE; casi un mes después de la llegada a México de tres barcos con exiliados; el Sinaia, que llegó a Veracruz el 13 de junio y el Ipanema y Mexique, que llegaron el 7 de julio y no se creó, precisamente, por las enormes dificultades con que cada facción política organizaba la salida de los suyos.
La JARE, lo mismo que la Comisión Permanente, fueron dos organismos fabricados a su medida por Indalecio Prieto, para justificar la apropiación indebida que hizo del tesoro del yate Vita. (Ver; Amaro del Rosal; El tesoro del Vita, Biblioteca de la Guerra Civil, Barcelona, 1998) El contenido de esta embarcación, que transportó a México los bienes depositados en diversos bancos y montes de piedad de España, convirtió a Prieto en el árbitro del exilio, pero, para consolidar su posición, necesitaba de algunos aliados y de algún organismo formal. Ese es el origen de la creación de la JARE. Desde ese momento el exilio republicano queda dividido en dos, proyectándose la división a los partidos políticos y a los campos de concentración. Este hecho constituyó el tercer golpe de estado recibido por la República española; el primero fue el de Franco, el segundo de Casado y luego el de Indalecio Prieto. Esta lamentable división no pudo repercutir en el embarque del Winnipeg. Como sabemos, su salida de Francia se produjo el 4 de agosto, a sólo cuatro días de la creación de la JARE.
El subcapitulo, -Los españoles en Francia-, el libro refleja poco rigor cronológico en la exposición. El 2 de abril, -señala el texto-, la noticia del desastre republicano llega a la Comisión Política del Partido Comunista chileno. La colectividad conoce, mediante una reunión previa entre el Secretario General del Partido, Carlos Contreras Labarca, y el canciller Abraham Ortega, que la República española ha caído y que sus partidarios están en la indefensión... Pablo Neruda, participante en la Comisión Política del PC, interviene ante la conmoción general y sostiene que se debe acudir al Presidente Pedro Aguirre Cerda; en los días siguientes propone traer a miles de refugiados y sus familias, y el Partido da inicio a gestiones directas.
No está demás recordar que Neruda, en esa fecha, no participaba en la Comisión Política del PC chileno. Si bien es cierto que el inicio de su acercamiento al comunismo fue en España, y que muchas de sus amistades militaban en ese partido, no lo es menos que su propia militancia comenzó en julio de 1945. Pero lo que es totalmente inexacto es que Neruda, la Comisión política del PC y su Secretario General, intervinieran y acudieran al Presidente en los días siguientes al 2 de abril. Por esa fecha el poeta ya se encontraba en Buenos Aires participando en la reestructuración de los organismos solidarios argentinos y ya había participado como delegado de los intelectuales chilenos en el Congreso Internacional de las Democracias, celebrado en Montevideo. Lo que si sucedió el domingo 2 de abril, y de ahí puede venir la confusión de los autores del libro, es que ese día, en el Teatro Caupolicán de Santiago, en una concentración del Partido Comunista, el diputado Carlos Contreras Labarca anunciaba que Neruda había sido nombrado cónsul para la inmigración española y que ya se encontraba en viaje hacia Francia. Las gestiones directas de Neruda y los comunistas a que alude el texto se habían iniciado incluso antes de que Aguirre Cerda asumiera la presidencia.
En la bibliografía seleccionada se señala a Luna, primera revista cultural del exilio en España, (Madrid, EDAF, 2000) recopilada por Jesucristo Riquelme, como uno de los textos consultados. En él queda claramente establecido que el reconocimiento al régimen franquista por el Gobierno de Chile, se enmarca dentro del conflicto diplomático por los asilados en la Embajada chilena en Madrid, y no por otras razones.
En el siguiente subcapítulo, -La empresa del Winnipeg-, nos encontramos con nuevas sorpresas, algunas se pueden atribuir, otra vez, a una redacción que se presta a equívocos, como cuando dice: De hecho, (Neruda) antes de ser Cónsul para la Migración (sic) había sido Cónsul en Madrid, creando la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y además había asumido la presidencia de la Asociación Internacional Pro Refugiados Españoles. Ahora volvía a contactar con republicanos españoles aunque el ambiente de la legación chilena en Francia no fuera todo lo grato que el poeta esperaba, como tampoco fueron fluidas sus relaciones con el Embajador en París y luego Presidente de la República, Gabriel González Videla.
Tenemos que recordar que la Alianza de Intelectuales Antifascista fue creada en Madrid, en febrero de 1936, por José Bergamín, María Teresa León y Rafael Alberti, entre varios otros. Neruda fundó en Chile, siguiendo instrucciones del II Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, cuya sesión pública inaugural se realizó en el Salón de Honor de la Universidad de Chile el día 7 de noviembre de 1937. Luego se afirman en un viejo mito, repetido por muchos investigadores, que es el de González Videla como uno de los principales entorpecedores de la gestión de Neruda en la campaña del Winnipeg. Todos conocemos la labor de González Videla durante su mandato, sin embargo, aún no era embajador en Francia cuando Neruda desempeñaba su misión. Nombrado embajador en Francia, Bélgica y Luxemburgo, Gabriel González Videla se embarcó en Valparaíso rumbo a su nuevo destino el 21 de agosto de 1939. Al cruzar el Canal de Panamá, el 1 de septiembre, estalló la Segunda Guerra Mundial, debiendo alterar el trayecto. Recién el 3 de noviembre logró, vía Nápoles, llegar a su destino en París. Como sabemos, el Winnipeg zarpó del puerto fluvial de Trompeloup, en Burdeos, el 4 de agosto de 1939, luego de un trabajo organizativo y de preparación de más de cuatro meses.
Revisando las memorias del poeta, no hay alusión directa a González Videla como uno de los diplomáticos que se dedicaron a entorpecer su labor. Pero si alude directamente a Manuel Arellano Marín: Para complicar mi vida el gobierno del Frente Popular de Chile me anunció la llegada de un encargado de negocios. Aunque no dice que fue él mismo quien lo solicitó como secretario para colaborar con su trabajo. (Carta del 19 de abril al Ministro Ortega)
Es obvio que la labor del investigador es investigar. Los datos citados en este y en cualquier texto, aunque provengan del mismo Neruda, tienen que ser comprobados. Como hemos visto, el no hacerlo puede inducir a errores. El caso de las atribuciones a González Videla es un ejemplo. Pero hay otro aún más notorio, el que señala que: En Francia Neruda contactó con Juan Negrín. Es cierto que también lo dice Neruda, quien en sus memorias señala su entrevista con él después de recibir el supuesto cable de Aguirre Cerda cancelando la misión del Winnipeg. Pero, como veremos, esto, desde el punto de vista cronológico, no parece muy verosímil, ya que Juan Negrín, por esas fechas no estaba en Francia. Había viajado en mayo del 39, primero a Nueva York y luego a México, para tratar con Indalecio Prieto el escabroso tema del tesoro del Vita. (De hecho, a la llegada del Sinaia a Veracruz, -13 de junio-, Negrín fue uno de los que les esperaba en el puerto). En declaraciones a la prensa mexicana, el 4 de julio, Negrín anunciaba su regreso a Francia, donde, dijo, Esperaba estar en París el 12 de julio. Recordemos que el incidente aludido, con la renuncia del Ministro Ortega incluido, sucedió entre los días 4 y 5 de julio. Esos datos son fruto de una rigurosa investigación, y pueden ser usados, siempre que se cite las fuentes, cosa que no siempre sucede con el texto que analizamos.
Tampoco compartimos lo señalado en el subcapítulo Los otros exiliados. El ingreso de los 17 asilados republicanos en la Embajada de Chile en Madrid no fue sólo ...fruto de la determinación del Encargado de Negocios, Carlos Morla Lynch. En este episodio hubo otros actores, como el Gobierno del Frente Popular, principalmente Abraham Ortega, la Alianza de Intelectuales de Chile y el propio Neruda. Sobre eso hay bastante documentación, incluido el testimonio del mismo Morla Lynch.
Hay varias anotaciones que, en honor al rigor histórico, merecen una mínima rectificación. Entre ellas, señalar que Angelina Vásquez Ribeiro, autora de uno de los libros más importantes sobre el tema, aunque hija de un exiliado republicano, no fue pasajera del Winnipeg. Que los nombres de los hermanos Pey Casado no son Víctor y Roberto, son Víctor y Raúl, sin omitir a la hermana Diana, importante pianista. Señalar también que la biografía, reseñada en el libro, de José Gómez de la Serna, pasajero del Winnipeg y padre de Elena Gómez de la Serna, corresponde a la de su hermano Ramón, el autor de las Greguerías. Pero incluso está mal copiada, ya que en la bibliografía, cuando se señala el libro Senos y Circo (1917), corresponde a dos libros diferentes; Senos, publicado en Madrid por Imp. Latina en 1917, y El Circo, publicado el mismo año por la misma casa editorial.
Quizá a modo de fe de erratas, respecto al cuadro estadístico de la página número 219, sería interesante aclarar que, Mauricio Amster vino en el Winnipeg, no fue uno de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid; que José y Joaquín Machado, con sus respectivas esposas, tampoco vinieron en el Winnipeg; que la profesión de Vicente Salas Viu es musicólogo, aunque ejerciera alguna vez la crítica; que José Ferrater Mora vivió en Chile seis años, aunque en el cuadro de la página 222 se señale cero y, por último, ya que no podemos extendernos más aunque queden varios puntos a discutir, los intelectuales catalanes que vivieron en Chile y que tempranamente volvieron a su patria, no lo hicieron, como se señala, porque en España ya se habían terminado las represalias. De hecho, Francesc Trabal falleció en Chile en 1957; Joan Oliver (Pere Quart), Doménec Guansé y Xavier Benguerel, en los comienzos de su retorno, sufrieron la cárcel, el olvido, la dificultad de trabajar y varios otros tipos de represión.
El estudio del exilio republicano español a Chile aun no goza de buena salud. Es cierto que este episodio se ha convertido en la más importante hazaña solidaria del pueblo chileno, por ello, para conocerla y apreciarla mejor, tenemos que estudiarla y difundirla con el máximo rigor, sin copiarse unos a otros, como señala Anatole France y comprobando cualquier dato que se presente, por nimio que parezca.
El año antepasado, se publicó en Madrid el libro Emigración y relaciones bilaterales España-Chile (1810-2015) de José Manuel Azcona Pastor, editado por Dykinson. En el Capítulo V.- El exilio español a Chile (1936-1945), la misma profesora que aparece como autora de España 1939: Los frutos de la memoria, en la nota 20, vuelve a equivocarse. Señala: ...con motivo del 70 aniversario de la llegada del Winnipeg a las costas chilenas, el principal acto desarrollado en La Moneda, la presidenta de la República de Chile, Michelle Bachelet, invitó como orador único al profesor Jaime Ferrer Mir.
A esa ceremonia, la celebración de los 70 años de la llegada del “Winnipeg” a Chile, asistieron cientos de personas y lo cubrió la prensa chilena y parte de los corresponsales extranjeros, principalmente españoles. Todos ellos saben, y así se informó en su día, que en ese acto participaron tres oradores, incluida la Presidenta, que en su intervención no tuvo errores, porque estaba bien asesorada. Y es lo que tiene que hacer un historiador, asesorarse bien, ya sea por sus propias investigaciones o por buenos colaboradores, y no dejarse guiar por disputas nimias, ni por rencores sin sentido.