lunes, 29 de julio de 2019

Entrevista


Diario DEIA, Bilbao, domingo 28 de julio, 2019.



miércoles, 10 de julio de 2019

¿De qué murió César Vallejo?


Dr. ENRIQUE ROBERTSON.
 Médico en Bielefeld, Alemania.

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En la Revista Nerudiana 6 (diciembre 2008) se conmemoró el 70° aniversario de la muerte de César Vallejo. El gran poeta peruano murió durante la mañana del viernes 15 de abril de 1938 en la Clínica del Boulevard Arago de París, donde había ingresado muy enfermo tres semanas antes, sin que el equipo de cinco médicos encabezados por el afamado Dr. Lemière hubiese podido establecer el diagnóstico del misterioso mal que lo mató lentamente. Los resultados de las pruebas de sangre y otros análisis clínicos y radiográficos resultaron inútiles para aclarar la causa de su enfermedad. Según Georgette Vallejo, esposa del poeta, el Dr. Lemière le dijo: «veo que este hombre se muere, pero no sé de qué». A falta de un diagnóstico médico, para explicar la causa de su prematura muerte abundaron otros diagnósticos establecidos por amigos, poetas, escritores, músicos e historiadores. Unos dijeron saber que había muerto de tuberculosis, otros que de sífilis secundaria, o fiebre amarilla, o malaria o paludismo, diagnósticos que la Clínica Arago había descartado en los 23 días que estuvo hospitalizado allí. Entonces y después, se aseguró repetidamente: murió en cumplimiento de su célebre profecía «Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo» (del soneto “Piedra negra sobre una piedra blanca”).
Neruda dijo: Vallejo murió de hambre y asfixia: murió del aire sucio de París, del río sucio de donde han sacado tantos muertos. Juan Larrea inculpó a Neruda de haber contribuido indirectamente a que Vallejo muriese de sus muchas hambres, por no haberlo ayudado a conseguir cierto trabajo remunerado que le habría permitido ganar dinero para comer. Según Georgette: el señor Larrea está mal informado, casi no hay informe de él que no contenga alguna inexactitud leve o grave. Otros dijeron: la muerte de Vallejo es un paradigma, una página heroica, una epopeya como la más grande de los fastos universales, murió por consunción y agotamiento, en batalla contra el mal y la muerte, en defensa de la dignidad, el bien y la nobleza. Vallejo murió de España. Hace veinte años, el alemán Hans Magnus Erzensberger dictaminó: las enfermedades de que sufrió Vallejo eran desconocidas en la medicina. Una se llamó España, y la otra, una enfermedad muy vieja y muy venerable: el Hambre. Antes y ahora, la mayoría coincide en asegurar que Vallejo murió de hambre.
Hay mucho de verdad en ello, estaba crónicamente desnutrido. A más tardar desde 1923 la pobreza lo había obligado a acostumbrarse a comer muy poco: «en París tendremos que vivir de piedrecitas», dijo a un amigo. En octubre de 1923, desde la Sala Boyer del Hospital de la Charité, le escribe a otro amigo: acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. Después de esa operación, alimentarse le fue difícil no sólo por falta de dinero. Privado de buena parte de su estómago, ya no pudo comer y beber -carne y vino, es un decir- sin sufrir las consecuencias. Lo que el resto de su estómago toleraba era probablemente la dieta ovolacto-farinácea. Pero nunca se supo que bebiese leche, era más cara que el vino. También los huevos.
Se alimentaba de patatas, de papas -originarias del Perú, como él-, según está indesmentiblemente documentado por Arturo Serrano Plaja. Recordando la llegada a París (1935) de la delegación española al I Congreso Internacional de Escritores Antifascistas -grupo procedente de Madrid, al que se sumaron Neruda y González Muñón-, Serrano Plaja escribe: «para prolongar la estancia en París cuanto fuese posible, con el no mucho dinero que teníamos (la mayor parte lo ponía Neruda), decidimos hacer un plan de austeridad o algo por el estilo. Y como en París encontramos a Vallejo (alimentado de casi exclusivamente patatas cocidas mañana y noche, como cuando le conocí en España) el plan parecía sobrevenir del modo más natural.»
Algo menos de tres años después moría César Vallejo, de un modo que evidentemente no parecía natural. ¿De qué mueren los poetas? La ventaja es que mueren para seguir viviendo, como Vallejo. La señora Oyarzún -esposa del chileno Cuto Oyarzún, que en la víspera de su muerte pasó toda la noche velando junto a su cabecera- cuenta que a las cinco de la mañana del 15 de abril César Vallejo llamó a su madre y poco antes de expirar, ya en presencia de su esposa y varios amigos, pronunció estas palabras: «España. Me voy a España.» Murió poco después de haber escrito su testamento: el poema dedicado a exaltar la lucha del pueblo español en el trance de la guerra civil, que tituló como una oración al vislumbrar su martirio y final inmolación.
«Murió -escribió Juan Larrea, esta vez con exactitud- sin aspaviento alguno, dignamente, con la misma dignidad con que había vivido». El músico peruano Gonzalo More, que estaba en el grupo de amigos del poeta junto a su lecho de muerte, escribió: La expresión de su rostro muerto era verdaderamente maravillosa. No te imaginas qué belleza interior y qué luz sobrehumana en la frente del cholo. Su gesto de dolor desapareció para dar vida a una expresión de serenidad y bondad infinitas.

2
Pero ¿de qué murió? ¿Quizá envenenado? Me lo pregunté porque, hace poco tiempo, la extraña enfermedad de César Vallejo despertó también el interés y la imaginación de Roberto Bolaño. En su novela Monsieur Pain (Anagrama, 1999) el escritor fabuló sobre la muerte del poeta peruano en un ambiente en el que aparecen formas marginales de la ciencia y supuestas conspiraciones fascistas para asesinarle. Bolaño explicó que tuvo noticia de Pierre Pain por las memorias de Georgette Philipart, viuda de Vallejo, quien contaría en ellas que pidió los servicios de Monsieur Pain, curandero que trataba enfermos aplicando fenómenos mesméricos (doctrina del magnetismo animal del médico alemán Mesmer), para que curase de un nefasto ataque de hipo que hacía sufrir mucho a su moribundo esposo. Bolaño me contagió su interés.
Considerando aspectos anamnésticos y otros, en cuanto médico -y en cuanto aficionado a investigar misterios literarios- me atrevo a sostener un diagnóstico que hasta ahora nadie ha emitido: César Vallejo falleció a consecuencias de una intoxicación crónica por solanina, agudizada en sus últimas cuatro semanas de vida. El Dr. Lemière habría debido considerar esa posibilidad. Que se sepa, no lo hizo, no obstante una publicación científica de su país, fechada veinte años antes -publicación que todavía hoy se cita-, había tratado detalladamente la causa de muerte de unos soldados franceses que saciaron sus muchas hambres -de semanas, que no de años- con patatas enverdecidas y con brotes. Consumidas, además, sin pelar y mal cocidas; es decir, muy tóxicas por su alto contenido de solanina. Los brotes de la patata enverdecida (porque conservada en ambiente húmedo y expuesta a la luz) son muy venenosos. En tal condición, una sola patata puede contener una dosis peligrosa de solanina.
Hay suficiente información en Internet acerca de este veneno, cuya ingestión no mata hoy a muchos adultos porque las variedades comerciales de patata están controladas. Sí a niños, por lo que sigue mereciendo especial mención en el capítulo de las intoxicaciones alimentarias. Simula una infección -que el laboratorio no aclara- con fiebre, progresivo mal estado general, síntomas gastrointestinales, neurológicos y psiquiátricos, etcétera. Causa la muerte -no siempre, afortunadamente- sin que se sepa por qué: no es habitual pensar en la papa como causante.

Pocos acumularon nunca tantos factores para devenir víctima de una intoxicación letal con solanina como César Vallejo, «alimentado de casi exclusivamente patatas cocidas mañana y noche». Seguramente estaba acostumbrado a soportar bien el veneno, pero la acumulación de éste en su organismo debió -en el transcurso de muchos años- haber llegado a niveles críticos. No pocas veces se sintió al borde de la muerte. Al sentirse muy enfermo, siguió alimentándose de lo que a él y su mujer les parecía que era lo único que podía tolerar. Los jugos gástricos se encargan de neutralizar parcialmente la toxina. A él, le habían extirpado parte del estómago; y seguramente neutralizaba los que producía con bicarbonato de sodio. Además, en su pobreza, las patatas que compraba en 1938 en París eran seguramente las más baratas que podía conseguir. Enverdecidas.Y éstas había que aprovecharlas al máximo, pelarlas poco o nada; cocerlas, bien cocidas, significaba un gasto adicional.

sábado, 18 de mayo de 2019

La alianza de intelectuales y el compromiso del escritor


Es reconfortante participar en un encuentro de escritores y personas ligadas al mundo de la cultura, en donde no sólo se intercambian opiniones y se muestran las nuevas creaciones. Soy de los que creen firmemente que la labor del intelectual no es sólo la de sentarse frente a la temida hoja en blanco. Pienso que el escritor, más que otros oficios, está llamado a involucrarse en la solución de los problemas inherentes a la sociedad a la que pertenece, está llamado a ser un activo denunciante de las desigualdades y un divulgador de las carencias que afectan a los pueblos en los que está inmerso. En definitiva, creo que uno de los deberes del trabajador de la cultura es participar en la política que rige los destinos de su nación. Sin embargo, esta condición política a la que aludo merece una explicación; no hablo necesariamente de una “militancia” en un partido político determinado, allá cada uno si la tiene, me refiero al amplio espectro de la palabra política. Como seres humanos, como personas, nuestra trayectoria por la vida está normada desde que nacemos, y estas condiciones las ponen las leyes, dictadas o acordadas por dirigentes políticos o por ideologías políticas. Los planes de estudios, los contratos laborales, el contrato matrimonial, la responsabilidad legal con los hijos, etc., etc., todo está normado por leyes que se han dictado bajo un concepto político. Muchas veces, -y esto lo sabemos muy bien en nuestro continente-, las faltas de libertades (condición básica para la creación literaria) y la interrupción de los sistemas democráticos, están condicionadas por hechos políticos.

No es descabellado entonces pensar que el trabajador intelectual está llamado a ser un sujeto activo en el desarrollo de la sociedad. Tampoco, evidentemente, descubro nada nuevo, esta es una discusión que se ha dado desde hace largo tiempo y para graficarlo quisiera hablar sobre un poeta y una época en la que los intelectuales chilenos, en su inmensa mayoría, se involucraron activa y positivamente en el acontecer político.

Como sabemos, Pablo Neruda vivió en España desde mayo de 1934 hasta noviembre de 1936. Los sucesos políticos en la España de esa época señalaron al poeta su nuevo y definitivo destino, cambiaron su percepción del mundo y enriquecieron el contenido de su caudalosa poesía. A raíz de la guerra civil, el poeta sale de su ensimismamiento con una nueva sensibilidad, la de participar activamente en la realidad colectiva con un sentimiento de solidaridad humana. De esa conversión poética y política surge una poesía de aliento épico, ideológica, comprometida, aunque dignificada por su gran amor a España, a América y al hombre universal.

La experiencia española no se desvaneció en su mente ni en su corazón. Su lección, -aunque en su creación artística todo lo rescata-, aparece en gran parte de la obra nerudiana y determina las más intensas emociones en su creación poética. No sólo en el marco de la forma y el estilo, sino desde el de la profunda verdad de la experiencia vivida y asumida. Tengo que decir que, como lector, entiendo la creación literaria no sólo como un ejercicio de estilo, sino como comunicación de esa sustancia impalpable que hace vibrar íntimamente a quien lee, le abre el sugestivo camino, entre afirmaciones, contradicciones y aciertos, hacia la región más íntima del autor, le hace partícipe de una historia humana, recatada y revelada con pudor y en la que se concreta la condición del hombre en la tierra.


Café Poético de la Dirección de Extensión y el Centro Mistraliano de la
 Universidad de La Serena. Conferencia de Julio Gálvez Barraza,
 titulada ''La alianza de intelectuales y el compromiso del escritor''.

Creo que es una de las tantas formas de interpretar la poesía de Neruda. Sin embargo, me interesa tanto el poeta como su conducta y la coherencia con su poesía. Me interesa el hombre cívico, el intérprete de las angustias del semejante, de sus problemas, el que asume la defensa y comulga con un hombre que no es un héroe sino un ser común y corriente.

Las interpretaciones, los estudios y análisis de su poesía llenan miles de páginas y, por supuesto, con diferentes puntos de vista. Sus más importantes biógrafos nos han contado con detalles la gestación de sus versos, han interpretado y desmenuzado su poesía más compleja y la transformación de su obra a raíz de los sucesos de España. Pero sólo a grandes rasgos nos hablan de su participación dentro del entorno social. Su cronología escuetamente nos dice que: fundó la Alianza de Intelectuales de Chile; fue Director de la revista Aurora de Chile; realizó gestiones en favor de los refugiados españoles. Pero, ¿cuál fue la aportación de la Alianza de Intelectuales en Chile? ¿Por qué o por quién fue inspirada? ¿Conocen las nuevas generaciones el contenido de la revista Aurora de Chile? ¿Sabemos cómo se gestó esa maravillosa odisea del Winnipeg? Aún aceptando que la metamorfosis en la poesía de Neruda, después de la guerra civil española, fue a causa de una transformación en el concepto político y todos, o casi todos, sabemos en qué consistió ese cambio poético, ¿conocemos todos, o casi todos, cómo influyó ese nuevo concepto en su comportamiento personal? ¿Conocemos cómo se ejerció ese cambio? ¿Sabemos las consecuencias de esa toma de conciencia?

Sería muy difícil encontrar en la historia de Chile a un agitador más agitado, a un desorganizado más organizado o a un "observador solitario" más activo y acompañado que el Neruda que regresó de España en octubre de 1937. Si hurgáramos en la historia, posiblemente encontraríamos personajes análogos en cuanto a actividad se refiere, pero con seguridad no encontraremos ninguno con los brillantes resultados obtenidos por el poeta. Fueron, en efecto, diecisiete meses de frenética actividad. Desde su llegada a Chile, hasta marzo de 1939, fecha en que viajó de nuevo a Europa, esta vez a buscar caídos: organizó a los trabajadores de la cultura del país en la Alianza de Intelectuales de Chile, organización que en su sesión inaugural ya agrupaba a más de 150 intelectuales de primera línea; fundó la revista Aurora de Chile; estructuró la enorme campaña de solidaridad con el pueblo español; participó muy activamente en la campaña presidencial que llevaría a gobernar al candidato del Frente Popular; inició una dura campaña para desenmascarar a los activistas alemanes que en Chile hacían proselitismo por la emergente y belicosa causa nazi; dedicó tiempo, desde la Alianza de Intelectuales, a reanimar el recuerdo y la estimación de los valores intelectuales históricos del pasado; orientó no sólo los lazos fraternos con sus pares americanos, sino también la unidad de acción en la liberación de los pueblos y en la defensa de sus valores culturales. En pocas palabras, se dedicó por entero a la práctica de un principio aprendido en otras tierras: la fraternidad.

Esta titánica tarea no la desarrolló en un clima de aguas mansas y favorables, sino capeando otros enormes temporales; el ataque despiadado de la derecha criolla, la proverbial envidia de algunos enemigos literarios y el ataque de los nazis locales, quienes llegaron a difundir panfletos denostándolo. Uno de ellos, poco conocido, apareció publicado en el boletín Nº 2 del denominado Comité Nacional pro Defensa del Judaísmo. En el panfleto se puede leer el siguiente texto:

BOLETÍN INFORMATIVO Nº 2 ¿QUIEN ES PABLO NERUDA?
“Es un judío degenerado. El se dice chileno y poeta
NERUDA es judío, y por lo tanto no puede ser chileno, es un hombre pagado por el judaísmo internacional.
Dio pruebas de esto abusando de su cargo como Cónsul Chileno en Madrid, logrando con su sucia labor, atraer las mayores desgracias sobre España. A él le debe la Madre Patria la muerte y masacre de millares de españoles.
EL JUDÍO es enemigo de todos los pueblos y por naturaleza anarquista.
EL JUDÍO PABLO NERUDA, unido a la Alianza Israelita de Chile, se puso al servicio del Frente Popular para conseguir... qué? sólo el caos y el desorden, que es lo que trae consigo siempre, un gobierno de comunismo o bolchevismo, que es sinónimo de judaísmo.
¡ATENCIÓN CHILENO!
¡CONOCE A TUS ENEMIGOS A TIEMPO! ...LOS JUDÍOS...
Comité Nacional pro Defensa del Judaísmo”

El texto no merece más comentarios.
Es verdad que el legado más importante del vate es su obra escrita, su caudalosa poesía. Pero, por el hecho innegable de ser uno de los poetas más importantes de todos los tiempos, ¿debemos dejar de lado, en la memoria colectiva, su inmensa dimensión de hombre social, solidario o político? No se puede separar al ser humano en sus diversos aspectos, sean estos sociales, artísticos o de otra índole. No pretendo tampoco desconocer el marcado carácter lúdico del poeta, ni las tormentosas rupturas de dos de sus tres matrimonios. Pero estos rasgos, que le acompañarían toda su vida y que integran uno de sus mil rostros, no empañan ni desmerecen su condición poética ni la de líder social. Es más; estas facetas, estas rupturas amorosas, aparte de enriquecer su obra, lo integran al hombre común, al hombre con disposición de dar y de recibir, al ser con capacidad de soportar el sufrimiento y con necesidad de disfrutar de la alegría y del amor. Empero, me atrevería a afirmar que la integridad y la grandeza moral en el comportamiento político y social de Neruda, -esa que alguno de sus biógrafos, voluntaria o involuntariamente omiten-, está muy cerca de alcanzar el esplendor de su obra artística.

Del mismo modo que el poeta puso la poesía al servicio de sus semejantes; la amistad, el sufrimiento, las desdichas o la felicidad de sus semejantes, como ente singular o como conjunto social, inspiraron su sensibilidad para crear una parte importante de su poesía. En consecuencia, luego de “España en el corazón”, su obra de amor más profunda y desinteresada y posteriormente del “Canto General”, la poesía de Neruda comienza a llegar a la gente convertida en la expresión más sencilla y clara de las aspiraciones de millones de personas. Pero esta entrega a sus semejantes, como hemos visto-, no fue gratuita. Estas definiciones y compromisos no estuvieron exentas de costos personales. En cada acción en que el poeta se definió por alguna causa social, la reacción de sus adversarios también fue virulenta. Alguna vez fue la difamación por parte de sus pares en la poesía. Otra vez fue la destitución fulminante de su cargo consular por alinearse con los republicanos en España o la suspensión del mismo cargo en México. La tardanza en ser reconocido como merecedor del Premio Nóbel también es atribuible a su larga trayecto-ria como militante del Partido Comunista.

En muy pocas oportunidades los países del mal llamado Tercer Mundo han tomado la iniciativa en acciones que enorgullezcan a la humanidad. Sin embargo, una de esas pocas ocasiones, la solidaridad de Chile con el pueblo español en el año 1939, la lideró Neruda llevándola a la práctica de forma ejemplar.

Cuando ya ha transcurrido ochenta años de exilio de los republicanos españoles en Chile, se estima en más de veinte mil personas, entre sobrevivientes y descendientes de esos refugiados, los que colaboraron y colaboran al desarrollo técnico e intelectual del país. Esa prodigiosa gesta fue posible gracias a la coherencia de un poeta, de espíritu abierto, implicado en los sucesos políticos de su tiempo, apto para contener los grandes fenómenos sociales y humanos de su época.

domingo, 3 de febrero de 2019

Rolando Cárdenas, poeta



Rolando Cárdenas nació en Punta Arenas el 23 de marzo de 1933. Vivió en la austral ciudad hasta los 22 años, por tanto, su poesía está ligada a las nieves magallánicas.
El poeta se estableció en Santiago en 1955, con el propósito de estudiar Construcción Civil, carrera que cursó en la Universidad Técnica del Estado. Durante su época de estudiante trabó amistad con Jorge Teillier.
Su primer libro, Tránsito breve, fue publicado en 1961, seguido de En el invierno de la provincia (1963).
Para mediados de la década de 1960, la obra de Rolando Cárdenas era ampliamente reconocida por sus contemporáneos y fue incluida en varias antologías de la época, así como en el ensayo La poesía de los lares de Jorge Teillier.
En 1972 recibió dos reconocimientos por su trabajo Poemas migratorios: el primer premio en el concurso Pedro de Oña y una mención en el prestigioso concurso de poesía organizado por la Casa de las Américas en Cuba.
Tras el golpe de estado de 1973, Rolando Cárdenas fue detenido y recluido en el Estadio Chile, y posteriormente privado de la posibilidad de ejercer su profesión. En 1974 pudo publicar el laureado Poemas migratorios, uno de sus libros más importantes y el único que daría a conocer hasta el año 1986, fecha en que apareció Qué, tras esos muros.
Durante los grises años de la dictadura, el autor fue un asiduo visitante de lugares como la Sociedad de Escritores de Chile y el bar La Unión Chica, donde se daban cita numerosos escritores y poetas, los mismos que lamentaron su sorpresiva muerte el 17 de octubre de 1990. Apenas un tiempo antes, había dejado el manuscrito de Vastos dominios en manos de su amigo Carlos Olivárez, quien se encagó de que fuera incluido en las que conforman actualmente sus Obras completas, publicadas el año 1994.

EPÍLOGO, poema de Rolando Cárdenas

Yo quisiera morir en la tarde azul
Rodeado de mis libros solamente.
Podría ser lejos de mi casa,
En una ciudad desconocida,
también podría ser en la montaña,
cerca del mar, o en un lugar cualquiera,
pero sin nada que me diga que una vez fui amado,
aunque haya sido el amor tenaz de mi madre,
porque estoy tan seguro de haber estado solo
desde el grito primero,
cuando la luz fue mía.
Tal vez, se piensen o digan muchas cosas
cuando yo ya no exista en la hora derribada,
pero ya será tarde.
Alguien dirá de mis virtudes, otros de mis defectos.
Hasta se oirá que me faltó valor
Para enfrentar el mundo.
Pero todos se habrán equivocado
Y yo me quedaré profundamente mudo
Sin defender el minuto insondable.
En el entonces, todo importará,
Incluso hasta la lágrima,
Y después, todo seguirá como antes.
Siempre ocurren las cosas de este modo.
Yo me iré trasudando por mi última noche
Siempre callado y solo, como he sido en mi vida.
Tal vez, un poquito de tristeza,
Porque vivía para ser amado
Y el aroma se fue sin siquiera rozarme.
Claro que no tendré las cosas que tenía,
Como por ejemplo, el primer volantín de la infancia
En el que se columpiaban mis ensueños,
O el llanto contenido
Cuando me prohibían apresar la fruta entre los dedos.
Ni siquiera tendré
La fuga de los soles horadando la noche,
tampoco la canción de mis pasos
sobre el suelo escarchado de mi pueblo,
ni el mosaico de todos los paisajes
en que quedaba un poco de mi risa.
En mi actitud de sueño horizontal y eterno
faltará, incluso, la maravilla viva de tus besos,
que a veces me entregabas
con un aroma de madera nueva.
Nada tendré, y todo será igual.
No sabría decir si estaré más callado
o acaso un poco alegre
Tal vez, la clemátide de la tristeza
haya alcanzado ya la altura del sollozo.
En todo caso, pienso, estaré más tranquilo
que cuando me acodaba en los crepúsculos
a pensarte y amarte desde otras latitudes,
recordando el primer dolor,
la primera alegría,
la primera palabra que deslicé en tu oído.
He de extrañar algunas cosas gratas:
desde el momento que se alzaba dibujando arabescos
en el aroma azul del cigarrillo,
mientras los amigos hablaban del terruño lejano
con el alma y la voz humedecida
que resbalaba al fondo de los vasos,
las fiestas, las canciones,
los versos dichos al morir la tarde,
la cadena de tantos conocidos,
hasta el beso furtivo dado para entregar el alma.
Ya no podré decir palabra antigua
Que brotaba amarga,
Y que a veces se alzaba desafiante a defender el miedo.
Me llevaré todo lo que junté
por el ancho horizonte de la vida.
Seré como un baúl de soledades.
Y quizás, la tierra buena me dé de su perfume
Para cubrir la otoñecida tarde mi muerte.


viernes, 14 de diciembre de 2018

Poli Délano: Bárbara en el corazón




En octubre de 1996, la poeta Bárbara Délano decidió viajar desde México, donde vivía, a Chile, para dar una sorpresa a sus padres, María Luisa Azócar y Poli Délano. Lo hizo con escala en Lima, donde aprovechó de ver a sus amigos. Al día siguiente, el poeta peruano Antonio Cisneros la despidió en el aeropuerto de Lima. Bárbara abordó el fatídico Boeing 757-200 de Aero Perú, que cayó al Océano Pacífico a poco de salir de Lima, dejando un saldo de 70 víctimas. El cuerpo de Bárbara nunca se recuperó.
Poco tiempo después, Poli Délano escribió un desgarrador relato sobre los últimos días de su hija. Conocedor de casi toda su obra, incluido sus artículos de prensa, un día le pregunté cómo pudo escribir ese relato: “Con una botella de whisky y las lágrimas corriendo por mi cara”, me contestó.
Ese texto, publicado en la revista Cuadernos, de la Fundación Pablo Neruda, ha pasado casi inadvertido, Creo que mucha gente que quiere a Poli (y a Bárbara), tiene derecho a conocerlo.

Poli Délano: Bárbara en el corazón
En treinta años, nunca se me pasó por la cabeza que volvería a volar con María Luisa, Mariluí, porque ahora no sólo iba con ella, íbamos de veras juntos.

Los primeros vuelos juveniles fueron entre Santiago y Pekín (Beijing, hoy día), haciendo escalas deliberadas y largas en Río de Janeiro, París (sólo una noche), Ginebra, Praga y Moscú. Era marzo y las ciudades europeas estaban muy frías, así lo muestran las fotografías que miro, abrigos, gorros, nieve. Pero lo que no estaba frío era el corazón. Dos meses antes yo había recibido mi título universitario y me había casado con ella, una adolescente rubia de ojos intensamente celestes y escribía hermosos versos, "ya sé qué fue aquello del agua en el espejo”, recuerdo, y recuerdo que “el verano vino y se fue, vino y se fue”. Ahora, demasiado jóvenes, volábamos a Pekín a encontrar un mundo tan viejo para el planeta y tan nuevo a la vez para nosotros, un mundo que deseaba abrirse al resto de los países, comunicar sus sueños, mostrar, decir “aquí estamos”… No llevaba aun diez años la revolución de Mao y nosotros íbamos contratados por la República Popular China, como profesora ella, traductor yo (del inglés al español). Allá nos esperaba mi padre desde medio año antes. Mi madre viajaba con nosotros.

En octubre de 1996, después de estar separados treinta años, volábamos a Lima con una tristeza que nos cortaba la voz, a ver cómo habían sido las cosas con Bárbara. Tampoco se me podía pasar por la cabeza que volveríamos a navegar juntos. Tan juntos, además, tan unidos por la misma obsesión y el mismo dolor.
La primera navegación juvenil fue a bordo de un barco pequeño a lo largo del río Yangtsé. Viajábamos de una ciudad a otra (no recuerdo cuáles, tendría que mirar un mapa), alrededor de tres días, pasando por alguna de esas famosas “gargantas” en que el río avanza prisionero de unas altísimas y escarpadas paredes de montaña que no dejan ver el cielo. Durante esa travesía se trasmitió por radio la noticia de que Mao renunciaba a la presidencia de la república. Algunos miembros de la tripulación y los intérpretes del grupo de extranjeros que viajábamos, echaron sus lágrimas.
La segunda navegación fue un poco más larga, desde Hong Kong hasta Marsella, casi treinta días en el paquebot “Vietnam”, un inmenso barco blanco, una verdadera ciudad flotante donde comenzaba nuestro dilatado regreso a casa. Cerca de treinta días de lujosas vacaciones en un camarote amplio, baño propio, balcón al mar, desembarcando en los puertos asiáticos, Colombo, Saigón, Singapur, Bombay, y los africanos del Mar Rojo, Djibuti, Adén, hasta Marsella, donde empezó para nosotros Europa. Tres meses, tres países, Francia, Alemania y España.
La tercera fue larga también, aunque no tanto: de Cannes a Valparaíso, ahora sí el regreso a lo que habíamos dejado en Chile, ella los estudios universitarios, yo una ayudantía en el Pedagógico. Un barco enorme también, el “Américo Vespucio”, pero debido a que tres meses de Europa nos habían vaciado los bolsillos, esta vez el camarote fue en tercera clase, estrecho, con una litera arriba y una abajo, gruesos tubos blancos por donde circulaba un calor agobiante, bajo el nivel del mar, sin baño. Es probable –casi seguro, y me estremezco de pensarlo- que fue ahí donde comenzó la vida de Bárbara. Los mareos que a diario comenzaron a maltratar a María Luisa no se debían a los zangoloteos del transatlántico cuando se enfurecía el océano, como lo pensamos; eran los primeros síntomas del embarazo.
Ahora, octubre de 1996, navegábamos juntos en un misilero peruano desde El Callao, cuarenta millas al noroeste, hacia el punto del mar en el que la madrugada del día 2 se estrelló el avión en que viajaba Bárbara.
El 1 de octubre, hacia la medianoche, regresé a Santiago desde el Chaco argentino, donde había asistido a unas jornadas literarias en la ciudad de Resistencia. El martes 2 en la mañana hice clases y en la tarde fui a mi taller de cuentos. También ese día intenté ordenar los desordenes que siempre quedan de un viaje, por breve que sea. El miércoles me levanté muy temprano, sin luz de día, y me encerré en el estudio a leer; jurado en un concurso de novelas. Aproveché también de ir escuchando algunos discos que compré en Argentina; me gusta leer con música. Primero “California Suite” de Claude Bölling, muy triste. Después otra suite de Bölling, para flauta y piano, terriblemente triste y melancólica. Luego un Piazzolla. No recuerdo con cuál me festejaba cuando sonó el teléfono. Tampoco recuerdo la hora. Tal vez cerca de las nueve y media. Era María Luisa. Sentí un estremecimiento, quizás porque hacía bastante tiempo que no nos comunicábamos. “Hola, ¿cómo estás?, dije. “Muy mal”, contestó.
Tres años antes yo guardaba cama con una fuerte gripe, pagando el precio de una desordenada noche con Eric Nepomuceno en Río de Janeiro. Me llamó María Luisa y dijo que Viviana, nuestra hija menor, estaba muy mal, operándose de un embarazo irregular, en ciudad de México, y que su vida peligraba. Son momentos difíciles de trasmitir; el miedo, la impotencia, la lejanía. ¿Una hora? ¿dos? Se borra la precisión del tiempo, pero se recuerda el llanto, los estertores, los ruegos. Que no le pase nada, Dios, por favor, no dejes que le pase nada, que no vaya a pasarle nada, por favor, Dios… Aunque uno no crea en Dios. Una segunda llamada para anunciar que ha nacido Marianita, tres meses antes de tiempo, y que madre e hija están bien.
El 2 de octubre me desequilibró en una fracción de segundo ese muy mal de María Luisa.
-¿Qué pasa?
-Barbarita… Venía en el avión.
            ¿Qué avión? Yo había saltado de la cama a la lectura, sin escuchar noticias, sin mirar el diario, no sabía nada de ningún avión. María Luisa, conteniéndose porque sus palabras no se quebraran, me informó que un avión había caído al mar en la costa peruana y que Bárbara viajaba en ese avión.
            Llamé a Viviana a México. Ya sabía. ¿La llamé yo? ¿Me llamó ella? Los hechos empiezan a barajarse, como las cartas de un naipe. La historia se confunde.
            Llegamos a Lima entre las doce y la una de la mañana y nos llevaron directo del aeropuerto al Hotel Sheraton, donde estaban concentrados los familiares de los agredidos por la tragedia. Hombres, mujeres, distintas edades, dolor y confusión en los rostros. Hijos, hermanos, padres. No se había establecido aun el orden y todo parecía funcionar caóticamente, pero era preciso ir haciendo cosas, empezar algo –no sabíamos qué-, despejando dudas, quitándole horas a un sueño difícil, imposible más bien, un sueño al revés, donde la pesadilla llega con el despertar. Alcanzamos a dejar los maletines en las habitaciones, a mojarnos quizás la cara, y partimos en un minibús rumbo a la morgue: se hablaba de nueve cadáveres rescatados, hombres y mujeres. El viaje a El Callao fue frío, tenso y se nos hizo largo. En una callecita destartalada, frente a una casa de dos pisos, nos detuvimos. Después de muchos trajines, como si nadie supiera muy bien qué hacer, en una especie de gran desconcierto, sin entender el orden de las cosas, que sí, que no, que de esta manera, que de la otra, fuimos pasando en grupos de cuatro a una sala donde sobre el piso estaban alineados los cuerpos, algunos con restos de prendas, otros desnudos. Nos pusieron mascarillas para la respiración. Otros cuerpos, cuerpos distintos, cambiados, transformados por el agua, con los vientres cosidos en la necropsia, los rostros deformados, dentaduras colgando, piles de distinto color. Algunos deudos logran reconocer, otros no, Suerte de los primeros, dicen después los segundos. ¿Suerte? Dudas. Salimos por otra puerta, no sé si defraudados o con cierto alivio.
            Son más de las cuatro de la madrugada cuando llegamos de vuelta al hotel.
            Y hay otro llamado telefónico de María Luisa, más antiguo, también dramático. Una mañana muy temprano, cuando ya vivíamos separados, cada uno con su nueva vida. “Poli, están pasando cosas… ¿Puedes venir a buscar a las niñas?” Era el año 1973, 11 de septiembre. Ese día quedaron marcados muchos destinos y el dolor se introdujo con potencia en nuestras vidas y afectó brutalmente la infancia de mis dos hijas, Bárbara y Viviana, quienes junto con su madre tuvieron que asumir la soledad y el terror desde el desaparecimiento de Fernando Ortiz, el compañero de María Luisa, en 1976.
            Y también otro “muy mal” de Santiago a Cuernavaca, 1980, para avisar que Bárbara, estudiante entonces de Literatura en la Universidad de Chile, había sido detenida en una manifestación, cuando todo podía ocurrir en esas detenciones.

            Empezaron el Lima las reuniones, la organización de los familiares, la intervención de la Embajada de Chile. La noche del jueves llegó desde México Sergio Rebolledo, el Flaco. Estaba. Estaba ojeroso, sin risa, muy desamparado. Aunque Bárbara y él se habían separado unos años antes, esa separación nunca pareció ajustarse a los moldes establecidos. La relación entre ellos era algo simbiótica –por aventurar un adjetivo- y ambos siguieron siempre manteniendo la más estrecha y emocional de las amistades. Eramos ya tres para compartir la dureza de esos momentos y también para pensar, con las cabezas muy aturdidas.
Yo conocí al Flaco en 1982, cuando llegó a México como pareja de Bárbara. Los dos iban a estudiar sociología y a vivir juntos, consolidando un pololeo de varios años. Antes sólo lo había visto en fotos; ahora ella lo presentó sin discursos previos, ni timideces, ni explicaciones. Bárbara era así; no le pedía permiso a nadie para vivir. El Flaco era un tipo muy alto, de mirada adusta, tierno. Fuimos amigos. Ahora lo seremos más.
¿Por qué estaba Bárbara en Perú? Juntando unos días de vacaciones de su trabajo como directora de ediciones en la Procaduría Agraria, decidió dividirlos entre Lima y Santiago. Lima, con el fin de visitar a un antiguo amigo de ella, Ricardo Uceda, a quien había conocido en México y con quien se encontró alguna vez en Nueva York cuando visitó a Marcela, su casi hermana de infancia, y ver también a otros amigos como el poeta Antonio Cisneros, que la conoció desde muy pequeña, a los tres o cuatro años, en uno de sus primeros viajes a Chile. Y Santiago, para pasar un rato con el padre, la madre, que en esos días estaría de cumpleaños, con las dos abuelas, Lola y Berta y por supuesto con los amigos, a quienes –hemos sabido por sus cartas- extrañaba mucho. Sebastián, Roberto, la Maga, el Gregory, tantos otros.

Cartas… Bárbara le escribió a varias personas antes del viaje, lo que indica que la decisión de viajar fu tomada a última hora, Todas esas cartas fueron recibidas después de su muerte. Una de esas personas fue el padre. En la primera parte, dándome consejos numerados, muestra su preocupación por mí persona, tengo que bajar de peso, pero no con una dieta pasajera sino introduciendo cambios definitivos en el sistema de vida, vigilarme la presión, quererme más en buenas cuentas. En la segunda me habla de su abuela, Lola, de cómo debo cuidarla y acrecentar la perseverancia debido a que vive una edad difícil, la de los últimos años. Otra de las personas fue la madre. Le habla de su vida actual en México, el nuevo departamento al que acaba de mudarse en colonia Condesa que desde niña le gustaba tanto, y, sobre todo, la hermana y sus diversos problemas, que a ella la preocupan; cosas de trabajo, de la educación de Marianita… En carta de mi amigo Luis Bocaz que recibo desde París, leo: “Hace una semana, Felipe (Tupper) me dio a leer una tarjeta dirigida a Marcela y a él que llegó a sus manos después de la desaparición de Bárbara. Los invita a México y en las frases finales habla del mar. Habla ya desde el mar que ella, tu y yo tanto queremos”. Recibo también -por fax- un poema que me envía Felipe Tupper en letra manuscrita, reproduce el texto de la postal a que alude Bocaz: “Hace casi un año que nos vimos en París; parece verso, pero es casi tan triste, o peor. Porque estoy aquí, porque mis amigos están lejos, y porque nada vale la pena sin el amor y sin el mar. Cuídense mucho. Escríbeme. Un beso a los tres, muy grande, Bárbara. (Vengan pronto)”. “No puedo/ ponerme fúnebre por ti./ Se me están haciendo líquidas las vértebras/ y ya no sé nadar Bárbara,/ en la misma hora, en la misma hora,/ en la misma hora/ que tu nombre viaja hasta el fondo/ del mar y de mí/ que nunca he conocido el fondo de las cosas, Bárbara,/ dónde estarás, dime dónde estarás./ Estoy midiendo las estanterías para ti”.
Así termina el poema de Tupper, escrito el 6 de octubre, cuatro días después del accidente… Bárbara Délano Azócar dejaba huellas en las personas. De varios países –incluido Chile, por supuesto- he recibido poemas escritos bajo el efecto del dolor y el estremecimiento que causó su muerte. Desde California, Ernesto Seco Uribe, uno de sus amigos muy queridos, le dice: “¿Qué pasó? ¿Qué ha pasado?/ ¿Siguen las flores laqueadas en las sillas?/ ¿Si tocas una espina, sientes tu corazón?/ Dime tú;/ ¿Se sigue parando la garza,/ en la joroba del cebú?” Bárbara dejaba huellas. Y desde Cuernavaca, Marcel Sisniega, otro de los primeros, se ríe con ella: “No sé si lo dijiste/ pero bien sé que lo dirías; ‘esto me pasa por viajar/ en una pinche aerolínea/ tercermundista’/ “Porque eras para el humor/ y la risa plena…” Bárbara dejaba huellas. Y su amiga Paloma, compañera de estudios en México; “ Y yo/ seguiré sentada en esta puerta/ que conmigo se hará vieja / hasta que la hora llegue/ de entregarte/ el más dorado atardecer,/ para ti, para tu luz/ para siempre,/ para Bárbara”. Bárbara dejaba huellas. Del intenso y largo poema que me manda Mauricio Electorat desde  París, pongo los últimos versos: “Cuanta historia para todo esto, Bárbara,/ cuanta historia para tanto mar./ Tomo un teléfono y marco un número,/ el único que nunca me diste porque lo sé de memoria./ Pido hablar con Palas Atenea/ y viene Palas Atenea corriendo descalza por un larguísimo corredor/ (al fondo se oye el mar)/ -¿Aló? –dices tú, ¿aló?/ Yo oigo tu risa a tantos miles de kilómetros y digo:/ -Oye, se me estaba olvidando lo más importante/ tu y yo, tenemos que volver a vernos/ ¿no?” Escrito el 7 de octubre, cinco días después. Bárbara dejaba huellas. Y Sebastián, de los primeros, desde Santiago de Chile, le da la mano a Mauricio en París: “No me sorprende nada que tu último tránsito haya sido en medio de un gran destello, y que hayas sido recibida por la inmensidad del mar océano, el mismo que siempre fue tu hogar. Así eres tú, superlativa. Buen viaje, amiga traviesa, seductora, hospitalaria y encantada de la vida; compañera incomparable de juerga y solaz. Ya nos vemos, Bárbara, en otra vuelta de esquina”. El mar… donde ahora reposa, “el mismo que siempre fue tu hogar”, el mismo en que tu imagen infantil quedó registrada en el cuadro mural que tu abuelo pintó en nuestro “buque”. Bárbara dejaba huellas. Y María Inés Taulís que le escribe el 17 de octubre, el día que Bárbara debía cumplir treinta y cinco años. Así termina su poema: “Amiga/ Bárbara Délano Azócar/ Hoy estás en las profundidades/ coronada de algas y sal marina/ ¡Pero que nadie me venga a decir/ que tú estás muerta!” Y de los dos que de Santiago manda Esteban Navarro, uno entero: Agua enamorada se llama, y dice: “El agua que sube y se desborda./ El agua que entra en nuestra casa./ Agua de mar, agua de luz, agua de dolor./ Tanta agua rodeándonos sin excusa,/ saliéndonos por la boca, por los ojos./ Agua sin consuelo a medianoche./ Agua inútil que nos deja sedientos./ Agua de rencor, agua de adiós, agua./ Agua encima de los montes./ Agua en las calles, en los bolsillos,/ en las salas de espera./ Agua de partir, agua/ Agua de nacer, agua./ Agua serás, más agua enamorada.” Dejaba huellas la Barbarita.
¿Cómo fueron sus últimos días?, entre el viernes y el lunes, los que pasó en Lima, qué hizo, con quién se vio? Un largo reventón, días bohemios, una fiesta ambulante que se traslada de un lugar a otro durante todo el fin de semana. Ella era incansable para la risa, la alegría, la amistad, era siempre un motor y llegaba también hasta las últimas. Fue leliz en Lima, de eso quedamos bien seguros, porque intentamos revivir su recorrido. De cena, en casa de Ricardo, con Cisneros, Guillermo Niño de Guzmán, Carolina Teillier (hija de Jorge y Sybila), de tarde en casa del “Negro”, un lugar insólito, lleno de cuadros y muchas plantas; de almuerzo en la cevichería “Canta Rana” de El Barranco, local imaginativo, con fotos de Gardel en las paredes, los Beatles, carteles antiguos, Humphrey Bogart, decoración que le recordó algunas picadas de Valparaíso. Ahí se produce algo que nos estremece, saca lágrimas, infunde otra vez la gran duda. Uno de los amigos cuenta que en el bar El Callao el escritor Herman Melville, dos siglos antes, grabó su nombre sobre la barra. Ella pide entonces un cuchillo y durante un rato largo se dedica a tallar el suyo sobre el mesón del Canta Rana, BARBARA, así, con letras mayúsculas. Ahí quedará, su última firma. ¿Por qué? Con delicadez Enrique Lafourcade cita su poema “El viaje”, del libro El rumor de la niebla, que parece una premonición. “¿Cómo podía saber? –se pregunta. Nosotros, todos, sospechamos la muerte. El poeta la ve”. Bárbara solía decir a sus amigos que ella iba a morir joven. ¿Verán la muerte los poetas? “El fuego no prende pues/ llueve y estamos desnudos/ En la orilla/ un encaje de leños se balancea./ Hacia el abismo./ Sobre el monte nubes grises./ El rumor de la niebla que se expande,/ (no veo nada ¿dónde estás?/ ¿dónde están los otros?/ En el borde sobre la madera camino/ con los brazos extendidos yo también/ ando buscando un foso para morirme)”. La pregunta perfora como una obsesión metálica y aguda: ¿por qué? Por qué descargaría este poema diez años antes, por qué escribiría tantas cartas antes del viaje, por qué dejaría su nombre grabado en la barra de un restorán. Una pregunta difícil, ¿por qué? Sin respuesta, sólo con sospechas.
Con Antonio y Guillermo parten a última hora a recoger su maleta en el hostal de Miraflores donde se hospedó. De ahí a toda carrera al aeropuerto. Quédate, le dice, quédate, te vas mañana. No se decide, Perderás el avión, quédate hasta mañana. No se decide. Es la última pasajera que se presenta, cuando está por cerrarse el vuelo. Viste un traje de lino blanco, dos piezas, y no lleva aros ni anillos, pero sí dos o tres cadenas en el cuello. Se despide de los dos amigos: “Si se cae el avión –les dice riendo-, avísenle a mis padres, ellos no saben que voy a verlos”.
Diez mil pies de altura sobre el mar, rumbo al noroeste, en la noche. “Tenemos alarma de terreno, tenemos alarma de terreno”, dice el copiloto de la aeronave en apuros, trasmitiendo a la torre de control. “El fuego no prende pues/ llueve y estamos desnudos”, dice Bárbara muchos años antes. “Tengo todas las computadoras alocadas acá”, dice el copiloto reflejando angustia. “Este tiempo es un foso que siempre nos anda buscando,/ una estaca que persigue su destino./ Estamos aquí despidiendo a los que se van/ a la otra orilla de este viaje/ el mañana es un fonógrafo perdido en una selva virgen,/ una estepa que bien podría ser el mar”… Dice Bárbara muchos años antes. “¿Estamos bajando ahora?” pregunta el copiloto, que no ve, que no sabe, extraviado en el cielo. “Hacia el abismo./ Sobre el monte nubes grises./ El rumor de la niebla que se expande”, dice Bárbara muchos años antes. El copiloto consulta el registro de altura y con voz desesperada, grave y gruesa trasmite: out of de range. Parece intuir lo que viene. Comienza a virar a la derecha en busca del seno materno, el aeropuerto en este caso, y se inicia la caída irreversible sobre el mar. “(No veo nada ¿dónde estás? / ¿dónde están los otros? ¿los ves? ¿puedes verlos? Hemos venido aquí para perdernos”, dice Bárbara muchos años antes. La comunicación se interrumpe definitivamente, el avión se estrella contra el mar.

-Bárbara se estrelló contra el mar -dice el Flaco en el Sheraton de Lima, una de esas noches-. Podría haber sido contra una roca, contra un monte. Pero alguna ve tenía que estrellarse.
Me perfora otra vez una pregunta. ¿Tenía que estrellarse? ¿Esa sed de vivir, el ansia de buscar y llegar hasta las últimas era acaso una señal? ¿Era lo que dice Lafourcade de los poetas, había visto ella la muerte y quería entonces apresurar la experiencia? Preguntas. Probablemente siempre habrá más preguntas que respuestas.
Desde el hostal Miraflores, Antonio, Guillermo y Bárbara “vuelan” al aeropuerto y ella es la última en llegar, en subir al avión. Está muy cansada, Ha vivido una jornada de tres días de amistad, correrías, con mariscos y brindis, con largas conversas, con poesía, con tallados en la madera, Bárbara, con las calles y las iglesias de Lima, “la Horrible”, que a ella le encantó, ha sido feliz porque el éxtasis de la alegría se planta en la relación que establece con la vida, con las personas, con los lugares. Pero al cabo de tres días está quizás muy cansada. Y entonces la veo acomodando su bolso de mano, ocupando el asiento, abrochando el cinturón de seguridad, quitándose los zapatos, dejando caer la cabeza sobre uno de sus hombros, y durmiéndose en el acto. Ese es mi deseo más brutal que Barbarita no haya alcanzado a sentir el miedo. Porque era temerosa. Le tenía miedo a las inyecciones. Y a las palmadas.
¿Cómo conformarnos, Padre Percival? Estamos en la iglesia que revienta de amigos y familiares. Usted en medio de las dos fotos que remplazan el cuerpo de Bárbara. Escuchamos el poema El viaje, y escuchamos la carta escrita por Sebastián, y escuchamos la carta recibida por Roberto, y escuchamos el estremecedor canto hebreo que acompaña a los muertos, y las palabras suyas, Padre Percival, ¿pero cómo conformarnos, cómo entender que la Barbarita ya no anda por ahí, que no vamos a escuchar su risa ni a recibir de sus ojos esa ternura que nos disparaba? La vida es como “un cuento narrado por un idiota”, digo. Y pienso: “llena de ruidos y furia, sin ton ni son”. Y digo que la certeza de que fue feliz y la intuición de que no alcanzó a sentir el miedo mitigan en algo el dolor. Y pienso que ya nunca andará por ahí. Y leo también el texto en que un anónimo poeta azteca se preguntó en qué vano vinimos, pasamos por la tierra, pensando que partiría de igual modo que las flores que habían ido pereciendo. “¿Nada de mi nombre quedará en la tierra? / Al menos flores, al menos cantos.” Nos retiramos, amigo Percival, de esta cálida ceremonia que fue como un refugio. “Yo me voy al puerto donde se halla / la barca de oro que debe conducirme”, cantan los mariachis a la salida y hasta parece que la niña anduviera por ahí.
Pero no estás, Barbarita, no andas por ahí, estás en el mar. Terminó ya la búsqueda y quedarás ahí en el mar, como en el mural de la cocina de tu “buque”, con tus rubios rulitos de niña, tus ojos tan verdes, una copa en la mano y diciéndole a tu abuelo, “salud, tacito”, rodeada de peces, pulpos, holoturias, caracoles. Salud, Bárbara, te digo, te decimos todos aquellos que seguiremos viviendo desconcertados para siempre por tu ausencia.