viernes, 14 de diciembre de 2018

Poli Délano: Bárbara en el corazón




En octubre de 1996, la poeta Bárbara Délano decidió viajar desde México, donde vivía, a Chile, para dar una sorpresa a sus padres, María Luisa Azócar y Poli Délano. Lo hizo con escala en Lima, donde aprovechó de ver a sus amigos. Al día siguiente, el poeta peruano Antonio Cisneros la despidió en el aeropuerto de Lima. Bárbara abordó el fatídico Boeing 757-200 de Aero Perú, que cayó al Océano Pacífico a poco de salir de Lima, dejando un saldo de 70 víctimas. El cuerpo de Bárbara nunca se recuperó.
Poco tiempo después, Poli Délano escribió un desgarrador relato sobre los últimos días de su hija. Conocedor de casi toda su obra, incluido sus artículos de prensa, un día le pregunté cómo pudo escribir ese relato: “Con una botella de whisky y las lágrimas corriendo por mi cara”, me contestó.
Ese texto, publicado en la revista Cuadernos, de la Fundación Pablo Neruda, ha pasado casi inadvertido, Creo que mucha gente que quiere a Poli (y a Bárbara), tiene derecho a conocerlo.

Poli Délano: Bárbara en el corazón
En treinta años, nunca se me pasó por la cabeza que volvería a volar con María Luisa, Mariluí, porque ahora no sólo iba con ella, íbamos de veras juntos.

Los primeros vuelos juveniles fueron entre Santiago y Pekín (Beijing, hoy día), haciendo escalas deliberadas y largas en Río de Janeiro, París (sólo una noche), Ginebra, Praga y Moscú. Era marzo y las ciudades europeas estaban muy frías, así lo muestran las fotografías que miro, abrigos, gorros, nieve. Pero lo que no estaba frío era el corazón. Dos meses antes yo había recibido mi título universitario y me había casado con ella, una adolescente rubia de ojos intensamente celestes y escribía hermosos versos, "ya sé qué fue aquello del agua en el espejo”, recuerdo, y recuerdo que “el verano vino y se fue, vino y se fue”. Ahora, demasiado jóvenes, volábamos a Pekín a encontrar un mundo tan viejo para el planeta y tan nuevo a la vez para nosotros, un mundo que deseaba abrirse al resto de los países, comunicar sus sueños, mostrar, decir “aquí estamos”… No llevaba aun diez años la revolución de Mao y nosotros íbamos contratados por la República Popular China, como profesora ella, traductor yo (del inglés al español). Allá nos esperaba mi padre desde medio año antes. Mi madre viajaba con nosotros.

En octubre de 1996, después de estar separados treinta años, volábamos a Lima con una tristeza que nos cortaba la voz, a ver cómo habían sido las cosas con Bárbara. Tampoco se me podía pasar por la cabeza que volveríamos a navegar juntos. Tan juntos, además, tan unidos por la misma obsesión y el mismo dolor.
La primera navegación juvenil fue a bordo de un barco pequeño a lo largo del río Yangtsé. Viajábamos de una ciudad a otra (no recuerdo cuáles, tendría que mirar un mapa), alrededor de tres días, pasando por alguna de esas famosas “gargantas” en que el río avanza prisionero de unas altísimas y escarpadas paredes de montaña que no dejan ver el cielo. Durante esa travesía se trasmitió por radio la noticia de que Mao renunciaba a la presidencia de la república. Algunos miembros de la tripulación y los intérpretes del grupo de extranjeros que viajábamos, echaron sus lágrimas.
La segunda navegación fue un poco más larga, desde Hong Kong hasta Marsella, casi treinta días en el paquebot “Vietnam”, un inmenso barco blanco, una verdadera ciudad flotante donde comenzaba nuestro dilatado regreso a casa. Cerca de treinta días de lujosas vacaciones en un camarote amplio, baño propio, balcón al mar, desembarcando en los puertos asiáticos, Colombo, Saigón, Singapur, Bombay, y los africanos del Mar Rojo, Djibuti, Adén, hasta Marsella, donde empezó para nosotros Europa. Tres meses, tres países, Francia, Alemania y España.
La tercera fue larga también, aunque no tanto: de Cannes a Valparaíso, ahora sí el regreso a lo que habíamos dejado en Chile, ella los estudios universitarios, yo una ayudantía en el Pedagógico. Un barco enorme también, el “Américo Vespucio”, pero debido a que tres meses de Europa nos habían vaciado los bolsillos, esta vez el camarote fue en tercera clase, estrecho, con una litera arriba y una abajo, gruesos tubos blancos por donde circulaba un calor agobiante, bajo el nivel del mar, sin baño. Es probable –casi seguro, y me estremezco de pensarlo- que fue ahí donde comenzó la vida de Bárbara. Los mareos que a diario comenzaron a maltratar a María Luisa no se debían a los zangoloteos del transatlántico cuando se enfurecía el océano, como lo pensamos; eran los primeros síntomas del embarazo.
Ahora, octubre de 1996, navegábamos juntos en un misilero peruano desde El Callao, cuarenta millas al noroeste, hacia el punto del mar en el que la madrugada del día 2 se estrelló el avión en que viajaba Bárbara.
El 1 de octubre, hacia la medianoche, regresé a Santiago desde el Chaco argentino, donde había asistido a unas jornadas literarias en la ciudad de Resistencia. El martes 2 en la mañana hice clases y en la tarde fui a mi taller de cuentos. También ese día intenté ordenar los desordenes que siempre quedan de un viaje, por breve que sea. El miércoles me levanté muy temprano, sin luz de día, y me encerré en el estudio a leer; jurado en un concurso de novelas. Aproveché también de ir escuchando algunos discos que compré en Argentina; me gusta leer con música. Primero “California Suite” de Claude Bölling, muy triste. Después otra suite de Bölling, para flauta y piano, terriblemente triste y melancólica. Luego un Piazzolla. No recuerdo con cuál me festejaba cuando sonó el teléfono. Tampoco recuerdo la hora. Tal vez cerca de las nueve y media. Era María Luisa. Sentí un estremecimiento, quizás porque hacía bastante tiempo que no nos comunicábamos. “Hola, ¿cómo estás?, dije. “Muy mal”, contestó.
Tres años antes yo guardaba cama con una fuerte gripe, pagando el precio de una desordenada noche con Eric Nepomuceno en Río de Janeiro. Me llamó María Luisa y dijo que Viviana, nuestra hija menor, estaba muy mal, operándose de un embarazo irregular, en ciudad de México, y que su vida peligraba. Son momentos difíciles de trasmitir; el miedo, la impotencia, la lejanía. ¿Una hora? ¿dos? Se borra la precisión del tiempo, pero se recuerda el llanto, los estertores, los ruegos. Que no le pase nada, Dios, por favor, no dejes que le pase nada, que no vaya a pasarle nada, por favor, Dios… Aunque uno no crea en Dios. Una segunda llamada para anunciar que ha nacido Marianita, tres meses antes de tiempo, y que madre e hija están bien.
El 2 de octubre me desequilibró en una fracción de segundo ese muy mal de María Luisa.
-¿Qué pasa?
-Barbarita… Venía en el avión.
            ¿Qué avión? Yo había saltado de la cama a la lectura, sin escuchar noticias, sin mirar el diario, no sabía nada de ningún avión. María Luisa, conteniéndose porque sus palabras no se quebraran, me informó que un avión había caído al mar en la costa peruana y que Bárbara viajaba en ese avión.
            Llamé a Viviana a México. Ya sabía. ¿La llamé yo? ¿Me llamó ella? Los hechos empiezan a barajarse, como las cartas de un naipe. La historia se confunde.
            Llegamos a Lima entre las doce y la una de la mañana y nos llevaron directo del aeropuerto al Hotel Sheraton, donde estaban concentrados los familiares de los agredidos por la tragedia. Hombres, mujeres, distintas edades, dolor y confusión en los rostros. Hijos, hermanos, padres. No se había establecido aun el orden y todo parecía funcionar caóticamente, pero era preciso ir haciendo cosas, empezar algo –no sabíamos qué-, despejando dudas, quitándole horas a un sueño difícil, imposible más bien, un sueño al revés, donde la pesadilla llega con el despertar. Alcanzamos a dejar los maletines en las habitaciones, a mojarnos quizás la cara, y partimos en un minibús rumbo a la morgue: se hablaba de nueve cadáveres rescatados, hombres y mujeres. El viaje a El Callao fue frío, tenso y se nos hizo largo. En una callecita destartalada, frente a una casa de dos pisos, nos detuvimos. Después de muchos trajines, como si nadie supiera muy bien qué hacer, en una especie de gran desconcierto, sin entender el orden de las cosas, que sí, que no, que de esta manera, que de la otra, fuimos pasando en grupos de cuatro a una sala donde sobre el piso estaban alineados los cuerpos, algunos con restos de prendas, otros desnudos. Nos pusieron mascarillas para la respiración. Otros cuerpos, cuerpos distintos, cambiados, transformados por el agua, con los vientres cosidos en la necropsia, los rostros deformados, dentaduras colgando, piles de distinto color. Algunos deudos logran reconocer, otros no, Suerte de los primeros, dicen después los segundos. ¿Suerte? Dudas. Salimos por otra puerta, no sé si defraudados o con cierto alivio.
            Son más de las cuatro de la madrugada cuando llegamos de vuelta al hotel.
            Y hay otro llamado telefónico de María Luisa, más antiguo, también dramático. Una mañana muy temprano, cuando ya vivíamos separados, cada uno con su nueva vida. “Poli, están pasando cosas… ¿Puedes venir a buscar a las niñas?” Era el año 1973, 11 de septiembre. Ese día quedaron marcados muchos destinos y el dolor se introdujo con potencia en nuestras vidas y afectó brutalmente la infancia de mis dos hijas, Bárbara y Viviana, quienes junto con su madre tuvieron que asumir la soledad y el terror desde el desaparecimiento de Fernando Ortiz, el compañero de María Luisa, en 1976.
            Y también otro “muy mal” de Santiago a Cuernavaca, 1980, para avisar que Bárbara, estudiante entonces de Literatura en la Universidad de Chile, había sido detenida en una manifestación, cuando todo podía ocurrir en esas detenciones.

            Empezaron el Lima las reuniones, la organización de los familiares, la intervención de la Embajada de Chile. La noche del jueves llegó desde México Sergio Rebolledo, el Flaco. Estaba. Estaba ojeroso, sin risa, muy desamparado. Aunque Bárbara y él se habían separado unos años antes, esa separación nunca pareció ajustarse a los moldes establecidos. La relación entre ellos era algo simbiótica –por aventurar un adjetivo- y ambos siguieron siempre manteniendo la más estrecha y emocional de las amistades. Eramos ya tres para compartir la dureza de esos momentos y también para pensar, con las cabezas muy aturdidas.
Yo conocí al Flaco en 1982, cuando llegó a México como pareja de Bárbara. Los dos iban a estudiar sociología y a vivir juntos, consolidando un pololeo de varios años. Antes sólo lo había visto en fotos; ahora ella lo presentó sin discursos previos, ni timideces, ni explicaciones. Bárbara era así; no le pedía permiso a nadie para vivir. El Flaco era un tipo muy alto, de mirada adusta, tierno. Fuimos amigos. Ahora lo seremos más.
¿Por qué estaba Bárbara en Perú? Juntando unos días de vacaciones de su trabajo como directora de ediciones en la Procaduría Agraria, decidió dividirlos entre Lima y Santiago. Lima, con el fin de visitar a un antiguo amigo de ella, Ricardo Uceda, a quien había conocido en México y con quien se encontró alguna vez en Nueva York cuando visitó a Marcela, su casi hermana de infancia, y ver también a otros amigos como el poeta Antonio Cisneros, que la conoció desde muy pequeña, a los tres o cuatro años, en uno de sus primeros viajes a Chile. Y Santiago, para pasar un rato con el padre, la madre, que en esos días estaría de cumpleaños, con las dos abuelas, Lola y Berta y por supuesto con los amigos, a quienes –hemos sabido por sus cartas- extrañaba mucho. Sebastián, Roberto, la Maga, el Gregory, tantos otros.

Cartas… Bárbara le escribió a varias personas antes del viaje, lo que indica que la decisión de viajar fu tomada a última hora, Todas esas cartas fueron recibidas después de su muerte. Una de esas personas fue el padre. En la primera parte, dándome consejos numerados, muestra su preocupación por mí persona, tengo que bajar de peso, pero no con una dieta pasajera sino introduciendo cambios definitivos en el sistema de vida, vigilarme la presión, quererme más en buenas cuentas. En la segunda me habla de su abuela, Lola, de cómo debo cuidarla y acrecentar la perseverancia debido a que vive una edad difícil, la de los últimos años. Otra de las personas fue la madre. Le habla de su vida actual en México, el nuevo departamento al que acaba de mudarse en colonia Condesa que desde niña le gustaba tanto, y, sobre todo, la hermana y sus diversos problemas, que a ella la preocupan; cosas de trabajo, de la educación de Marianita… En carta de mi amigo Luis Bocaz que recibo desde París, leo: “Hace una semana, Felipe (Tupper) me dio a leer una tarjeta dirigida a Marcela y a él que llegó a sus manos después de la desaparición de Bárbara. Los invita a México y en las frases finales habla del mar. Habla ya desde el mar que ella, tu y yo tanto queremos”. Recibo también -por fax- un poema que me envía Felipe Tupper en letra manuscrita, reproduce el texto de la postal a que alude Bocaz: “Hace casi un año que nos vimos en París; parece verso, pero es casi tan triste, o peor. Porque estoy aquí, porque mis amigos están lejos, y porque nada vale la pena sin el amor y sin el mar. Cuídense mucho. Escríbeme. Un beso a los tres, muy grande, Bárbara. (Vengan pronto)”. “No puedo/ ponerme fúnebre por ti./ Se me están haciendo líquidas las vértebras/ y ya no sé nadar Bárbara,/ en la misma hora, en la misma hora,/ en la misma hora/ que tu nombre viaja hasta el fondo/ del mar y de mí/ que nunca he conocido el fondo de las cosas, Bárbara,/ dónde estarás, dime dónde estarás./ Estoy midiendo las estanterías para ti”.
Así termina el poema de Tupper, escrito el 6 de octubre, cuatro días después del accidente… Bárbara Délano Azócar dejaba huellas en las personas. De varios países –incluido Chile, por supuesto- he recibido poemas escritos bajo el efecto del dolor y el estremecimiento que causó su muerte. Desde California, Ernesto Seco Uribe, uno de sus amigos muy queridos, le dice: “¿Qué pasó? ¿Qué ha pasado?/ ¿Siguen las flores laqueadas en las sillas?/ ¿Si tocas una espina, sientes tu corazón?/ Dime tú;/ ¿Se sigue parando la garza,/ en la joroba del cebú?” Bárbara dejaba huellas. Y desde Cuernavaca, Marcel Sisniega, otro de los primeros, se ríe con ella: “No sé si lo dijiste/ pero bien sé que lo dirías; ‘esto me pasa por viajar/ en una pinche aerolínea/ tercermundista’/ “Porque eras para el humor/ y la risa plena…” Bárbara dejaba huellas. Y su amiga Paloma, compañera de estudios en México; “ Y yo/ seguiré sentada en esta puerta/ que conmigo se hará vieja / hasta que la hora llegue/ de entregarte/ el más dorado atardecer,/ para ti, para tu luz/ para siempre,/ para Bárbara”. Bárbara dejaba huellas. Del intenso y largo poema que me manda Mauricio Electorat desde  París, pongo los últimos versos: “Cuanta historia para todo esto, Bárbara,/ cuanta historia para tanto mar./ Tomo un teléfono y marco un número,/ el único que nunca me diste porque lo sé de memoria./ Pido hablar con Palas Atenea/ y viene Palas Atenea corriendo descalza por un larguísimo corredor/ (al fondo se oye el mar)/ -¿Aló? –dices tú, ¿aló?/ Yo oigo tu risa a tantos miles de kilómetros y digo:/ -Oye, se me estaba olvidando lo más importante/ tu y yo, tenemos que volver a vernos/ ¿no?” Escrito el 7 de octubre, cinco días después. Bárbara dejaba huellas. Y Sebastián, de los primeros, desde Santiago de Chile, le da la mano a Mauricio en París: “No me sorprende nada que tu último tránsito haya sido en medio de un gran destello, y que hayas sido recibida por la inmensidad del mar océano, el mismo que siempre fue tu hogar. Así eres tú, superlativa. Buen viaje, amiga traviesa, seductora, hospitalaria y encantada de la vida; compañera incomparable de juerga y solaz. Ya nos vemos, Bárbara, en otra vuelta de esquina”. El mar… donde ahora reposa, “el mismo que siempre fue tu hogar”, el mismo en que tu imagen infantil quedó registrada en el cuadro mural que tu abuelo pintó en nuestro “buque”. Bárbara dejaba huellas. Y María Inés Taulís que le escribe el 17 de octubre, el día que Bárbara debía cumplir treinta y cinco años. Así termina su poema: “Amiga/ Bárbara Délano Azócar/ Hoy estás en las profundidades/ coronada de algas y sal marina/ ¡Pero que nadie me venga a decir/ que tú estás muerta!” Y de los dos que de Santiago manda Esteban Navarro, uno entero: Agua enamorada se llama, y dice: “El agua que sube y se desborda./ El agua que entra en nuestra casa./ Agua de mar, agua de luz, agua de dolor./ Tanta agua rodeándonos sin excusa,/ saliéndonos por la boca, por los ojos./ Agua sin consuelo a medianoche./ Agua inútil que nos deja sedientos./ Agua de rencor, agua de adiós, agua./ Agua encima de los montes./ Agua en las calles, en los bolsillos,/ en las salas de espera./ Agua de partir, agua/ Agua de nacer, agua./ Agua serás, más agua enamorada.” Dejaba huellas la Barbarita.
¿Cómo fueron sus últimos días?, entre el viernes y el lunes, los que pasó en Lima, qué hizo, con quién se vio? Un largo reventón, días bohemios, una fiesta ambulante que se traslada de un lugar a otro durante todo el fin de semana. Ella era incansable para la risa, la alegría, la amistad, era siempre un motor y llegaba también hasta las últimas. Fue leliz en Lima, de eso quedamos bien seguros, porque intentamos revivir su recorrido. De cena, en casa de Ricardo, con Cisneros, Guillermo Niño de Guzmán, Carolina Teillier (hija de Jorge y Sybila), de tarde en casa del “Negro”, un lugar insólito, lleno de cuadros y muchas plantas; de almuerzo en la cevichería “Canta Rana” de El Barranco, local imaginativo, con fotos de Gardel en las paredes, los Beatles, carteles antiguos, Humphrey Bogart, decoración que le recordó algunas picadas de Valparaíso. Ahí se produce algo que nos estremece, saca lágrimas, infunde otra vez la gran duda. Uno de los amigos cuenta que en el bar El Callao el escritor Herman Melville, dos siglos antes, grabó su nombre sobre la barra. Ella pide entonces un cuchillo y durante un rato largo se dedica a tallar el suyo sobre el mesón del Canta Rana, BARBARA, así, con letras mayúsculas. Ahí quedará, su última firma. ¿Por qué? Con delicadez Enrique Lafourcade cita su poema “El viaje”, del libro El rumor de la niebla, que parece una premonición. “¿Cómo podía saber? –se pregunta. Nosotros, todos, sospechamos la muerte. El poeta la ve”. Bárbara solía decir a sus amigos que ella iba a morir joven. ¿Verán la muerte los poetas? “El fuego no prende pues/ llueve y estamos desnudos/ En la orilla/ un encaje de leños se balancea./ Hacia el abismo./ Sobre el monte nubes grises./ El rumor de la niebla que se expande,/ (no veo nada ¿dónde estás?/ ¿dónde están los otros?/ En el borde sobre la madera camino/ con los brazos extendidos yo también/ ando buscando un foso para morirme)”. La pregunta perfora como una obsesión metálica y aguda: ¿por qué? Por qué descargaría este poema diez años antes, por qué escribiría tantas cartas antes del viaje, por qué dejaría su nombre grabado en la barra de un restorán. Una pregunta difícil, ¿por qué? Sin respuesta, sólo con sospechas.
Con Antonio y Guillermo parten a última hora a recoger su maleta en el hostal de Miraflores donde se hospedó. De ahí a toda carrera al aeropuerto. Quédate, le dice, quédate, te vas mañana. No se decide, Perderás el avión, quédate hasta mañana. No se decide. Es la última pasajera que se presenta, cuando está por cerrarse el vuelo. Viste un traje de lino blanco, dos piezas, y no lleva aros ni anillos, pero sí dos o tres cadenas en el cuello. Se despide de los dos amigos: “Si se cae el avión –les dice riendo-, avísenle a mis padres, ellos no saben que voy a verlos”.
Diez mil pies de altura sobre el mar, rumbo al noroeste, en la noche. “Tenemos alarma de terreno, tenemos alarma de terreno”, dice el copiloto de la aeronave en apuros, trasmitiendo a la torre de control. “El fuego no prende pues/ llueve y estamos desnudos”, dice Bárbara muchos años antes. “Tengo todas las computadoras alocadas acá”, dice el copiloto reflejando angustia. “Este tiempo es un foso que siempre nos anda buscando,/ una estaca que persigue su destino./ Estamos aquí despidiendo a los que se van/ a la otra orilla de este viaje/ el mañana es un fonógrafo perdido en una selva virgen,/ una estepa que bien podría ser el mar”… Dice Bárbara muchos años antes. “¿Estamos bajando ahora?” pregunta el copiloto, que no ve, que no sabe, extraviado en el cielo. “Hacia el abismo./ Sobre el monte nubes grises./ El rumor de la niebla que se expande”, dice Bárbara muchos años antes. El copiloto consulta el registro de altura y con voz desesperada, grave y gruesa trasmite: out of de range. Parece intuir lo que viene. Comienza a virar a la derecha en busca del seno materno, el aeropuerto en este caso, y se inicia la caída irreversible sobre el mar. “(No veo nada ¿dónde estás? / ¿dónde están los otros? ¿los ves? ¿puedes verlos? Hemos venido aquí para perdernos”, dice Bárbara muchos años antes. La comunicación se interrumpe definitivamente, el avión se estrella contra el mar.

-Bárbara se estrelló contra el mar -dice el Flaco en el Sheraton de Lima, una de esas noches-. Podría haber sido contra una roca, contra un monte. Pero alguna ve tenía que estrellarse.
Me perfora otra vez una pregunta. ¿Tenía que estrellarse? ¿Esa sed de vivir, el ansia de buscar y llegar hasta las últimas era acaso una señal? ¿Era lo que dice Lafourcade de los poetas, había visto ella la muerte y quería entonces apresurar la experiencia? Preguntas. Probablemente siempre habrá más preguntas que respuestas.
Desde el hostal Miraflores, Antonio, Guillermo y Bárbara “vuelan” al aeropuerto y ella es la última en llegar, en subir al avión. Está muy cansada, Ha vivido una jornada de tres días de amistad, correrías, con mariscos y brindis, con largas conversas, con poesía, con tallados en la madera, Bárbara, con las calles y las iglesias de Lima, “la Horrible”, que a ella le encantó, ha sido feliz porque el éxtasis de la alegría se planta en la relación que establece con la vida, con las personas, con los lugares. Pero al cabo de tres días está quizás muy cansada. Y entonces la veo acomodando su bolso de mano, ocupando el asiento, abrochando el cinturón de seguridad, quitándose los zapatos, dejando caer la cabeza sobre uno de sus hombros, y durmiéndose en el acto. Ese es mi deseo más brutal que Barbarita no haya alcanzado a sentir el miedo. Porque era temerosa. Le tenía miedo a las inyecciones. Y a las palmadas.
¿Cómo conformarnos, Padre Percival? Estamos en la iglesia que revienta de amigos y familiares. Usted en medio de las dos fotos que remplazan el cuerpo de Bárbara. Escuchamos el poema El viaje, y escuchamos la carta escrita por Sebastián, y escuchamos la carta recibida por Roberto, y escuchamos el estremecedor canto hebreo que acompaña a los muertos, y las palabras suyas, Padre Percival, ¿pero cómo conformarnos, cómo entender que la Barbarita ya no anda por ahí, que no vamos a escuchar su risa ni a recibir de sus ojos esa ternura que nos disparaba? La vida es como “un cuento narrado por un idiota”, digo. Y pienso: “llena de ruidos y furia, sin ton ni son”. Y digo que la certeza de que fue feliz y la intuición de que no alcanzó a sentir el miedo mitigan en algo el dolor. Y pienso que ya nunca andará por ahí. Y leo también el texto en que un anónimo poeta azteca se preguntó en qué vano vinimos, pasamos por la tierra, pensando que partiría de igual modo que las flores que habían ido pereciendo. “¿Nada de mi nombre quedará en la tierra? / Al menos flores, al menos cantos.” Nos retiramos, amigo Percival, de esta cálida ceremonia que fue como un refugio. “Yo me voy al puerto donde se halla / la barca de oro que debe conducirme”, cantan los mariachis a la salida y hasta parece que la niña anduviera por ahí.
Pero no estás, Barbarita, no andas por ahí, estás en el mar. Terminó ya la búsqueda y quedarás ahí en el mar, como en el mural de la cocina de tu “buque”, con tus rubios rulitos de niña, tus ojos tan verdes, una copa en la mano y diciéndole a tu abuelo, “salud, tacito”, rodeada de peces, pulpos, holoturias, caracoles. Salud, Bárbara, te digo, te decimos todos aquellos que seguiremos viviendo desconcertados para siempre por tu ausencia.


lunes, 27 de agosto de 2018

Heredamos una conciencia digna




Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.

         El epígrafe recuerda parte de las últimas palabras de Salvador Allende. Palabras que pronunciaba un hombre consciente de vivir sus últimos momentos. Pero, sobre todo, las pronunciaba un hombre digno entre los dignos y un político coherente hasta su muerte, de aquellos que en su tiempo era difícil de encontrar y que hoy es imposible de ver.
         Pocos líderes mundiales pueden igualar la trayectoria de Allende. Inició y lideró una verdadera revolución dentro de los márgenes democráticos del Chile de inicios del ‘70. Podemos afirmar que es el máximo exponente de un proceso histórico en el que se combina la Democracia y la República; la independencia del poder económico mundial y un Estado soberano, capaz de hacer transformaciones sociales. Nos es vano la percepción de que en la historia de los presidentes chilenos, Allende sea identificado como el más cercano a los intereses de su pueblo.
         Su certeza de entregar una digna semilla a los chilenos no fue sólo una frase. También la entregó a otros que, sin nacer en Chile, aportaron más que un grano de arena al proceso que lideró. Tres de ellos se convirtieron en sus colaboradores cercanos; un valenciano y dos catalanes.
         Joan Garcés viajó a Chile en 1968 e inmediatamente hizo amistad con Allende, luego, en 1970 se radicó en el país y se convirtió en un muy cercano asesor del Presidente. Víctor Pey y José Balmes llegaron a Chile en 1939, a bordo del mítico “Winnipeg”. En la década del ‘70, antes de la elección presidencial que llevó al triunfo a la Unidad Popular, ambos ya eran amigos del doctor.
         El pintor José Balmes (Premio Nacional de Artes, 1999), fue uno de los creadores del Museo de la Solidaridad. Esta colección de pinturas, que nació en 1971 como parte de lo que se llamó “Operación Verdad”, reunió valiosas obras producto de donaciones de los artistas del mundo como un homenaje al Gobierno de la Unidad Popular. Como un gesto de admiración y de solidaridad con el proceso que se desarrollaba en Chile. Luego, en el exilio, se transformó en el Museo de la Resistencia Salvador Allende, para volver a Chile después del advenimiento de la democracia, (luego de arduas negociaciones con los militares y de perdidas de varías obras), para reinstalarse como el Museo de la Solidaridad.
         En enero de 1990, Joan Garcés y Víctor Pey crearon en España la Fundación Presidente Allende. Víctor Pey donó a esta Fundación el 90 % de las acciones de El Clarín, el diario de mayor circulación en Chile hasta septiembre de 1973, incautado en esa fecha por la dictadura.
         En julio de 1996 la Fundación Presidente Allende interpuso ante la Audiencia Nacional de España una querella contra Pinochet por los delitos de genocidio, terrorismo y torturas cometidos entre los años1973 y 1990, solicitando su detención y el embargo cautelar de sus bienes para garantizar el pago de su responsabilidad civil. En octubre de 1998, la Fundación solicitó la detención de Pinochet a efectos de su extradición, que fue otorgada por el Juzgado y ejecutada en Londres el mismo día. Tres días después el Tribunal español ordenó el embargo de los bienes de Pinochet y el 10 de diciembre de 1998 procesó a éste por los delitos de genocidio, terrorismo y torturas. Éstas resoluciones estuvieron vigentes hasta su fallecimiento el 10 de diciembre de 2006.
         En julio de 2004 la Fundación amplió la querella contra Pinochet y el Riggs Bank por su participación en la ocultación de los bienes embargados por el Tribunal español. El Banco, que primero se negó a entregar datos, al ver la solidez de la querella, cambió su rumbo. Decidió sellar un acuerdo extrajudicial, entregando 9 millones de dólares a la Fundación Presidente Allende, a cambio de que la Fundación se desistiera de la querella.
         ¿Qué hicieron estos discípulos de Salvador Allende con el dinero? Descontaron los gastos del proceso judicial (1 millón de dólares apóx.) y el resto fue repartido entre las víctimas de los crímenes de genocidio, terrorismo y tortura cometidos por la dictadura de Pinochet y que no fueron reconocidas como víctimas por las Comisiones Rettig y Valech, organismos de reparación creados por el Estado democrático chileno.
         Estos tres españoles, amigos de Salvador Allende, son la viva demostración del tipo de semilla que entregó el compañero Presidente a la conciencia digna de miles y miles de personas.
         Dice Joan Garcés que aquel 11 de septiembre Allende sostuvo una batalla política... La defensa de la legitimidad democrática de las instituciones republicanas que hizo Allende automáticamente deslegitimó, no sólo a quienes estaban bombardeando sino también a quienes estaban detrás e hicieron posible el ataque. Allende venció esa batalla política que tenía una proyección en el futuro. La ganó al precio de su vida, pero la ganó.
Publicado en la Revista “ALLENDE VIVE” - VALENCIA - España, 26 DE JUNIO DE 2018 

viernes, 10 de agosto de 2018

Domingo Faustino Sarmiento: fin de semana en Peñaflor






Desde hace un tiempo a esta parte pareciera ser que ya constituye una moda el denostar a Sarmiento. Me he encontrado con notas y artículos en diferentes medios con supuestas frases del político argentino hablando mal de indios y de emigrantes. Sin embargo, cuando quiero investigar sus vilipendiadas frases, me encuentro con notables aciertos del citado personajes: “¡Bárbaros! Las ideas no se matan.”; “Toda la historia de los progresos humanos es la simple imitación del genio.”; “Lo escrito permanece.”; “Todos los problemas son problemas de educación.”; “La ignorancia es atrevida.”; “Los discípulos son la mejor biografía del maestro.” Muchas otras frases que nos hablan de un ser lúcido y señero.
Una querida amiga, académica en el norte chileno, señala incluso que le ofende profundamente que muchas de nuestras escuelas lleven el nombre de Domingo Faustino Sarmiento. Ojalá se den cuenta, -dice-, que los colegios no deberían llamarse así, y que quienes alaban y respetan a este hombre, no lo conocen realmente...
Yo lo conocí siendo muy niño. Iba a la primaria en la Escuela Anexa a la Normal José Abelardo Núñez, fundada en 1842, por iniciativa de Domingo Faustino Sarmiento. Cada día, al cruzar la Alameda para regresar a casa, me encontraba con los solemnes bustos de Núñez y de Sarmiento frente a la “Normal”. Al pie de cada uno de ellos había una pequeña reseña con su obras.
Este singular político, escritor, docente, periodista, militar y estadista argentino, se vio obligado a emigrar a Chile, donde trabajó como maestro, minero y empleado de comercio. A finales de 1931, cuando Sarmiento tenía 21 años de edad, se desempeñó como maestro en una escuela de la  provincia de Los Andes. En ese tiempo tuvo un romance con una de sus alumnas. De esta relación, nació su única hija, Ana Faustina Sarmiento. La familia de la joven era acomodada. Sarmiento no era un buen candidato para ellos, porque era pobre, maestro, y encima extranjero,   Lo cuenta la historiadora argentina Luciana Sabina, autora del libro “Héroes y Villanos”: La familia de la mujer "no lo quiso, por pobre y sin clase, pero él se hizo cargo de la pequeña a la que reconoció y crió". El caso es que tampoco quisieron hacerse cargo de la niña. Lo que hicieron fue darle a la bebé y sacarse así el problema de encima, dice Luciana. De no hacerse cargo Sarmiento, lo más probable es que la pequeña hubiese ido a parar a un orfanato o a un convento. Resulta extraño, para esa época e incluso para hoy, que un hombre asuma así una paternidad extramatrimonial, sobre todo un hombre que comenzó a ser vilipendiado por el revisionismo hace ya diecisiete años.
            Sarmiento volvió a la Argentina, sin embargo, debido a sus constantes ataques al gobierno federal, el 18 de noviembre de 1840 fue apresado y nuevamente obligado a exiliarse en Chile. En nuestro país se dedicó a la actividad cultural. Escribió para los periódicos El Mercurio, El Heraldo Nacional y El Nacional; y fundó El Progreso. Precisamente en este medio, Sarmiento nos relata un viaje a Peñaflor
(El Progreso, Nº 92, año 1, Diario Comercial, Político y Literario, Santiago, lunes 27 de febrero de 1843).
De su relato extraemos algunas interesantes conclusiones, entre ellas que la fiesta de la primavera peñaflorina ya se festejaba en 1843, y todo hace suponer que en esa fecha ya constituía una tradición. Esto contraría algún escrito local que sitúa los inicios de esta fiesta a partir de 1940. “La ignorancia es atrevida.”, señala Sarmiento.
Debemos asumir que el relato no nos deja muy bien parados como peñaflorinos. Sin embargo, examinando el escrito, vemos que el viaje ya comenzó mal antes de su llegada a Peñaflor. La fiesta de verano en el pueblo era muy concurrida. Cuando llegó Sarmiento, aquel sábado 11 de febrero de 1843, ya no quedaban alojamientos disponibles y eran escasos los sitios en los que se podía disfrutar de una buena mesa. Bueno… nada diferente de lo que son hoy nuestras fiestas. Pero… lean ustedes la aventura que vivió don Domingo en nuestro pueblo hace más de ciento setenta y cinco años.



Un viaje a Peñaflor, por Domingo Faustino Sarmiento

            Sin duda que es imposible dejarse estar tranquilo en una ciudad como Santiago, cuando hai en la población un movimiento tan jeneral hacia el campo. En vano uno se echa a rodar por las calles y paseos públicos que hermosean nuestra capital, porque no encontrará nada que le pueda causar unos pocos momentos de placer. La seductora Alameda con su llano piso, el zuzarro de sus aguas que acarician mansamente el pie de los árboles, y la pila que se alza con sus bellos chorros de agua, como el ramaje de una palma, está desierta; apenas se divisa por entre sus troncos alguno que otro frac; jamás se distingue un cuerpo elegante y jentíl, una de esas bellas flores cuyo follaje mece con coquetería el viento. En el teatro no es uno tan desgraciado, porque a pesar de verse en gran parte renovada la concurrencia con lo que no ganamos gran cosa, se presenta una reunión mui regular. Las causas de estas repentinas transformaciones están mui a las claras, la estación calurosa, la verdura del campo, la proximidad de la cuaresma, época de silencio en que la estación nos recuerda un deber, nos canta un "Memento". En ella no se oye mas que el acento de la relijión, cuya voz de bronce llega al alma; es menester apresurarse a gozar de las sombras de nuestro campo, y de la fresca brisa de la tarde que cargada de aroma zauma nuestros cabellos y aletarga el sentimiento, como el beso de un niño sobre la frente de la madre.
            Yo pues, siguiendo este impulso y ansiando ver lo que pasaba por los mundos adonde se emplazan tantos y de donde se cuenta tantísimo, caí en la tentación de marcharme a alguna de tantas partes. Recorrí mil lugares en mi imajinación y los desprecié. Al fin me acuerdo de Peñaflor y a Peñaflor dirijí mis visuales. Desde entonces ya no oí en todos los corrillos más que el nombre de Peñaflor, sus baños, sus niñas y sus bailes; el carnabal perpetuo.
            Una vez decidido a hacer algo es preciso cumplirlo. Mil ilusiones formaban mi imajinación. Era forzoso salir de la ciudad. Pero como no se puede ejecutar sin coche o caballo, tuve que dirijirme a contratar la Dilijencia, o mejor la Neglijencia. Llegué pues a la casa de la interpérrita Neglijencia, me metí dentro y el dueño me introdujo y me la presentó. "-Esta es, señor... si gusta -Espérese V... reflexionaré..." le respondí-. La Neglijencia que parecía que jamás la habrían pintado presentaba aquel aire impasible y grotesco que suele observarse en ciertos hombres sólidos... El dueño que observaba tal vez mis jestos y miradas, no dejaba de fruncir las cejas y estirar el ocico. Más de una vez quiso contarme la historia de su ajuar... los hombres que había conducido, los lances en que había salido con honor. Con respecto a la edad anduvo como andan las mujeres... me confesó que tenía veinte y que había sido reformada mui pocas veces. esto no se me hizo difícil creerlo porque a pesar de la mano de tierra mui gruesa que tenía en los cachetes y en la calva, aun se divisaban aquellos grandes tajos que da la vejez y esas hondas arrugas que deja el tiempo y que vienen a ser depósitos de las borras de la pintura y de los pelotones de tierra... En seguida el buen hombre, inspector del barrio, me presentó el caballo y junto con él, el postillón. Ambos tendrían una misma edad con la Neglijencia, aunque en la velocidad eran diferentes, pues el postillón parecía tener más trazas de lijero que sus camaradas. Ponderóme el caballo muchísimo, más que lo que enzalza el adelantamiento de un pueblo la memoria de un ministro. El caballo estaba delgado como el alumno del licenciado Cabrera, pero el dueño decía, esa flacura es lo que le hace apto para marchar como se debe en este siglo: aquí soltó la taravilia mi hombre y me dejó sin poder articular palabra. Trajo al caso la honradez del postillón alegando entre sus muchos títulos, que era sobrino de un fraile y que tenía su tintura de buena educación.
            Al fin dejé a mi buen hombre con la palabra en los dientes y me despedí. Por supuesto no pudo seducirme con las informaciones de la excelente calidad de la Neglijencia; porque tengo mi regla para no creer en palabras, esas palabras que abundan en este siglo de puras palabras. Se le antojó a un ministro hacer que ciertas juntas promulgasen un folleto y se le dijo al pueblo que era cosa de él y que se llamaba "Constitución", palabra sangrienta que en su sentido real quiere decir: venda fatídica con que se cubre la vista del ajusticiado o velo puesto a los que están debajo. La facultad de mandar se llama también gobierno, precisamente porque no lo hai y gobierno pues es el de Rozas y gobierno fue el del año 39 y gobierno es todo lo que precisamente anda mui mal y en contradicción con los principios sociales. Mas no hay que asustarse, estas cosas constituyen las armonías que rijen al mando, y lo que no es armónico por sí, lo hacen armonizarse a la fuerza, sin hacer por eso violencia a su voluntad que Dios declaró libre.
            La Neglijencia pues se quedó en su casa, ni mas ni menos como una solicitud en el bufete de un ministro. Un amigo me ofreció un caballo de silla y lo acepté. Pasaron dos, tres, cuatro horas y el caballo aun no se divisaba (esto es que el amigo nunca miente, aunque si suele faltar a su palabra); los compañeros de viaje me instaban, yo me desesperaba y entre tanto mando por otro caballo y me lo traen, aparece al mismo tiempo el del amigo ¡Santo cielo!, exclamé, y sin saber cómo ni por donde, monté y salí a trote acelerado por las ásperas calles de la ciudad. Ya pude decir sin temor de ser desmentido que estaba en camino del dichoso Peñaflor que me había hecho pasar tan pésimos ratos y me había proporcionado lanzar mil votos de condenación y pronunciamientos contra el amigo, el cochero, el caballo, el gobierno y todo el jenero humano. Ya se ve. Era una cuestión humanitaria cuya resolución interesaba altamente a la humanidad sin caballo.
            El camino además de ser de buen piso presenta paisajes de la mas rica matiz. Por donde se echa una mirada, allí se encuentra una frondosa arboleda, llanos inmensos de verdinegra alfalfa y numerosas chozas que abrigan esas solitarias familias que no tienen mas placeres que su soledad, los frutos de su cultivado campo, los cantos matinales y los arrullos de las brisas de la tarde. Mientras mas se aleja el viajante de la gran población, mas encuentra estas dichas desconocidas en las suntuosas casas.
            Al bullicio inmenso de la capital, al calor de sus habitaciones, se sucede la tranquilidad del desierto, el zuzurro de los árboles, el murmullo de las aguas y los suspiros del viento que lleva entre sus pliegues la pureza de las flores. El alma respira entonces, el corazón se alegra, el espíritu medita. Al acercarse a Peñaflor, una gran alameda le conduce; su término no se ve y se pierde en la falda de los cerros; desde luego se suelen oír voces de una aldea ajitada, conmovida, entregada al regocijo; estos acentos preludian los placeres de una diversión inmensa y el alma ansía zambullirse en el sitio donde corre el placer.
            Al fin llégase a la Posada entre mil caballos que se cruzan, empolvando a los de a pie. Es preciso buscar alojamiento, llamar al posadero, tertuliar a los que se le pegan al estrivo para saber algo de la ciudad. Pero el posadero no se mueve, apenas habla; insta uno, reniega y se le contesta fríamente: "no hai alojamientos todo está ocupado". Aquí de reniegos sobre las barbas de todo el mundo. Empleó una hora en decir esto y el posadero se mandó mudar con su paso de tortuga, después que nos había inspeccionado. Hasta aquí todo se me había frustrado; me hallaba precisamente peor que en la ciudad y entre las determinaciones de mi vuelta o de mi quedada, me agregué a unos amigos y me metí en su cuartito en que estaban mas de seis. No me convidaron, es cierto; pero aunque la resolución fue dura, la alternativa también era terrible y quise mas bien pasar por impávido que volverme "in albis" para la ciudad.
            Ya estamos en el célebre Peñaflor. El día se había concluido; la noche estaba oscura, negras nubes entoldaban el cielo y apenas se entreveía una que otra estrella a través de los velos flotantes. Un gran murmullo se extendía por todas partes, era el de la multitud que se aprestaba para un baile, el de los jóvenes que se preparaban para el campo del placer, el de una caterva de solterones y maridos que querían recordar sus pasados abriles y rejuvenecer sus carcomidos tallos. El placer de hacer iguales las edades, como el sol alumbra todas las frentes. Y el salón es invadido por las familias; las luces que arrojan las arañas no es mui abundante, pero en cambio las bellas destellan rayos de luz; en un momento todos los asientos son ocupados y la falanje de galanes comienza a moverse. La contradanza principia; los cuerpos de las bellas se deslizan al son de la música, los jiros se alternan, las voces se cruzan, las palabras se cambian y el campo es una palestra en que unos siegan laureles y otros calabazas. Pero el baile serio no ensancha los pechos, no conmueve los corazones ni da las fisonomías aquella viveza de espresión, y aquel alegre colorido, producto de emociones placenteras. La "zamacueca", las "resbalosas" se sustituyen; entonces la ajitación crece; el movimiento es jeneral; todas las edades se agolpan, se apiñan, se encaraman para saborear de cerca las vivas vueltas de los bailarines, sus voluptuosos jiros, los armónicos sonidos del canto y la música, la espresión de los que lo ejecutan. Por otro lado mas de un galán no se desprende de su querida, la bulla no le distrae, el baile no lo exita; no quiere desasirse de su prenda; un rayo perdido de los ojos de su bella, será una oscuridad eterna; una sonrisa desperdiciada, será una esperanza de menos, una palabra no oida será la destrucción de su fe, un porvenir oscuro, un deseo que el tiempo ocultó bajo sus alas envenenadas. En otra parte se alza el punzante ruido de los cristales, entre las voces que sueltan mil labios lánguidos y balbucientes; allí no se alaba la belleza, no, el ponche es el dueño de las caricias, se lisonjea su fortaleza y su colorido azulado. El uno quiebra un vaso, el otro hace beber por fuerza a uno; y en estas idas y venidas se pasa la noche, el baile se concluye, el ponche se agota y las familias se retiran. ¡Ah, qué triste la retirada para los que no se hartaron! ¡qué seductora para los que oyeron una amable mentira, una promesa de amor!... Han dado las doce de la noche y aun se divisa el vestido de las que se alejan, todavía hai uno que oye su voz, bien, pero esos contornos vagos y fluctuantes, como un gobierno del justo medio, se ven todavía a la distancia mejor que su corazón cuando estamos a su lado, y son como las nubes de la niebla matinal que cubre con sus delicadas tocas la Cruz de Peñaflor ¡terrible verdad! más de cuatro oí maldecir porque un boquirubio les arrebataba su bella compañera, ¡qué tontería! Los boquirubios son jente que no trata de hacer nada sino de parecer que hacen algo, abundan en todas partes y son las nubes que se interponen entre el sol y los ojos, entre la verdad y la mentira, sombras malditas que oprimen al pensamiento y hielan el labio. Son unos hombres que todo lo quieren para la opinión y nada para el corazón; que viven para los demás y no para ellos, un artefacto de bello exterior que todos miran, pero que adentro está vacío, encarnaciones de la vanidad. Estos hombres, si lo son, serían capaces de pagar a la multitud para que los declarase enamorados de fulana o sutana, aunque estas los desprecien y los miren como una paja que se pega al vestido, hasta que el viento la arroja al suelo sin ser sentida. Esta es una de las muchas fisonomías que suele tomar el paquete; por consiguiente no es enteramente el paquete "chef d'auvre", el paquete nativo que creó Dios y que el destino echó a rodar por el mundo, independiente de toda voluntad si no era la ajena. Al fin llegó la hora de concluirse la fiesta; la noche se hizo un minuto y el día apareció tan repentinamente que mui pocos serían los que gozaron del sueño. El sol del 12 de febrero mas quemante que otros días trajo a la memoria la célebre batalla de Chacabuco. El entusiasmo por un día de victoria. Las victorias de la libertad viven siempre en los recuerdos del pueblo; ya no se trataba del placer de cada cual, no, todo se consagraba al día memorable, al día que vio caer mil valientes, y levantarse la libertad; que una lágrima de la juventud refresque sus laureles. ¡Ah! por qué no se alza un monumento en ese campo yermo y pedregoso que retembló bajo la uña de sus corceles, bajo el estampido del cañón y el acento de libertad y de victoria. Tal vez sus labios se rien al ver el porvenir cuyo velo desgarraron, quizá sus huesos se incorporan y toman figuras de ánjeles que vacían la urna del porvenir sobre nuestras cabezas, y lanzan de sus bocas el viento de civilización que nos empuja de progreso en progreso, a la humanidad y a la perfección...
            De alegría en alegría se pasaba el tiempo. El sol descendiendo a su ocaso, balanceaba en el horizonte su franja de oro, púrpura y azul. Vino la noche, y tornó a jirarla copa del placer. Las mismas bellas volvían a perfumar los salones. Los galanes cada vez mas se hacían notar; el que no se declaraba enfermo, se declaraba en quiebra y se manoseaba la barba en un rincón. Era preciso tener levita económica con bolsillos laterales y llamarse enfermo para admirar. ¡Ya se ve! de la compasión al amor no hay más que un paso, del amor al engaño no hai ninguno. Mientras unos rabiaban, quejándose de su mala suerte, otros reían al pie de sus altares, mientras unos se veían confundios por la palabra de una bella, otros pateaban por poder sacar una palabra. El mundo es así.
            Era preciso volverse. Comer mal y dormir peor, podía sufrirse dos días, pero mas... ¡Guarda Pablo! Mas los caballos no aparecían, el sol quemaba y el posadero mas que el sol. Busca aquí, corre allá, al fin se encontráron y partimos. Peñaflor quedaba con sus puras aguas y sus flores; y nosotros veníamos como un vaso vacío que solo empaña el polvo del camino. Y no se crea que decimos mentira en nada; porque si no nos creen, nos vindicarémos. Es lo que quiero, hoi que están tan de moda las vindicaciones. Apénas una persona despliega el labio en bien o en mal, zas, una pregunta y luego una carga de papeles al público. El "Descarado", y lo llamo así por lo difícil que es pronunciar "Desmascarado) es el mas colosal en esta industria; su escritor, que además de ser hombre, debe ser mui racional y de talento, da mucho honor al país, en algunas cosas es verdad nos deja a ciegas, pero en otras es mas claro que un verdulero. Es inagotable en sus producciones, tanto que antes de escribir un número lo espeta entero "in prima facie" a sus amigos. Luego de aquí sale el coro; es decir un ejemplar hombre (también hai periódicos hombres) que va repitiendo de pe a pa; o mas bien se va multiplicando en nuevas o añadidas ediciones. Algunos dirán que esto es una disgresión, y no hai tal; es cuando mas una figura retórica para ensalzar por medio de ella a mi paisano (esto para entre nosotros) el autor del "Descarado". Yo he presentado a Peñaflor como es hoi; y el periódico de que hablo ha presentado a su autor, como realmente es; desnudo, sin máscara como Dios lo hizo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Miguel Hernández: Un papel de Fumar


 
El próximo 28 de marzo se cumplen 76 años de la muerte de Miguel Hernández. Como sabemos, el poeta murió muy joven, aquejado por la enfermedad, por el incierto futuro de su familia y rodeado de la indiferencia y la desidia de sus carceleros.
Después de terminada la guerra civil española, el autor de Viento del pueblo padeció un cruel periplo carcelario. A partir de la primera detención, el 30 de abril de 1939, en la frontera de España con Portugal, hasta su muerte, los traslados de prisiones sumarán hasta 13. Su último encierro fue el Reformatorio de Adultos de Alicante, al que llegó el 24 de junio de 1941 para estar más cerca de su familia. Las gestiones para este último traslado las hizo Germán Vergara Donoso, Encargado de Negocios de la Embajada de Chile en España. En esa fecha, Miguel Hernández ya había contraído la tuberculosis en el frío Penal de Ocaña.
Al joven poeta se le aplicó toda la severidad de la dura disciplina carcelaria. El primer mes en la prisión Alicante, tuvo que cumplir el período de incomunicación y, una vez sacado de su aislamiento, cuando se disponía a estar con los suyos después de un año y medio de no verlos, tampoco fue posible; le permitieron abrazar a su pequeño hijo durante breves instantes y a Josefina, su esposa, sólo pudo verla a través de las rejas del locutorio. Los impedimentos, entre otros, era su matrimonio civil no reconocido como valido por las nuevas autoridades del país.
A final de año se agrava su salud. Contrajo el tifus y se le declaró una lesión en el pulmón izquierdo con contagio del derecho. A partir del mes de diciembre, las altas fiebres lo mantuvieron postrado en un camastro de la enfermería de la cárcel. Era tal su debilidad que no pudo acudir a dos visitas de Josefina, no era capaz de mantenerse en pie por sí solo. En una de las cartas a su esposa, se queja amargamente: Manda inmediatamente tres o cuatro kilos de algodón y gasa, que no podré curarme hoy si no mandas. Ayer se me hizo la cura con trapos y mal.
Salvo en dos oportunidades, el 27 de Enero y el 5 de Febrero de 1942, en que fue autorizado a salir de la cárcel para ser reconocido por el médico del Hospital Provincial, la atención dentro de la enfermería carcelaria era un verdadero desastre. Miguel clamaba a su familia: Quiero salir de aquí cuanto antes. Se me hace una cura a fuerza de tirones y todo es desidia, ignorancia y despreocupación.
Esa desidia y la falta de medios en el tratamiento a la enfermedad del poeta fueron su verdugo. Su hermana, Elvira, recuerda con amargura esos desesperados días en que hacían gestiones para lograr su traslado al Centro Antituberculoso de Valencia: ...nos veíamos impotentes para atender debidamente sus peticiones, sus llamadas de auxilio, y, la más dolorosa, la de su traslado como única esperanza de salvar la vida. Muchas veces tropezábamos con la imposibilidad material de hacerle el envío de algunas cosas que pedía, pues escaseaban o tenían precios altos. Josefina recibía algunas ayudas, como las de Vicente Aleixandre, de Pablo Neruda a través de la Embajada de su país, y algunos más, pero su situación familiar y el gasto diario para el cuidado de Miguel suponían un esfuerzo insuperable para todos.

En algunas biografías de Miguel Hernández se cita su matrimonio religioso -se había casado por lo civil el 9 de marzo de 1937, en plena guerra- como un acto de final contrición. Lo cierto es que las visitas de su mujer se dificultaron al ser considerada soltera. En una carta escrita a Josefina, Miguel le dice que se prepare pues el día 4 de marzo se celebraría el acto de matrimonio, añadiendo que; para él era una gran pena, ya que siempre se había considerado casado, desde que contrajeron matrimonio en el año 1937. Josefina Manresa, en su libro “Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández (Madrid. Ediciones de la Torre. 1980) señala que el día anterior a la ceremonia fue a confesarse a la Iglesia de San Nicolás: ... ya arrodillada en el confesionario, no me decidí a confesarme porque, en la situación en que nos encontrábamos, de tanta injusticia y sufrimiento, lo consideraba más bien pecar. El padre Vendrell, que era el confesor, al rato de estar esperando el "padre me acuso", me insistió y yo le dije: "Lo único que puedo decirle es que mi marido se me está muriendo en la cárcel y estoy sufriendo mucho". Él me contestó, con tono de jesuita: "Hija, la Iglesia no tiene la culpa de eso, la culpa la tienen los hombres". Yo me marché sin contestarle.

A Miguel le agobiaba el razonamiento de que su muerte dejaría en el desamparo a su esposa e hijo al no reconocer las leyes del nuevo régimen los derechos que a éstos correspondían. Ésta, y la posibilidad del trasladado a Valencia, fue la causa de que el poeta accediera al matrimonio eclesiástico. Este se celebró en la enfermería de la cárcel de Alicante. La hermana del poeta fue testigo de la dolorosa ceremonia: Entre los recuerdos que difícilmente podrán separarse de mi pensamiento es aquel día en que se efectuó la ceremonia, allí, junto a la cama. Apenas nos atrevíamos a mirarnos, ni a pronunciar palabras. Sentíamos sobre nosotros como un sonido mortificante la respiración entrecortada de Miguel, que miraba fijamente a Josefina, allí, a su lado, que nos miraba a todos con ojos inmóviles, como si todas sus sensaciones estuvieran concentradas en su pensamiento, en el fondo de sus sentimientos. Sólo se oían las palabras breves del capellán, pues fueron unos minutos solamente, ya que según supimos después el acto se efectuó como si fuera in artículo mortis, habida cuenta del estado de Miguel.

Sólo después de celebrarse la ceremonia religiosa se cursó la petición del traslado al Hospital Penitenciario de Porta Coeli, en Valencia. Las gestiones de sus amigos, entre ellos de Germán Vergara, chocaban con la persistente indiferencia de las autoridades carcelarias. Varios connotados biógrafos, como el profesor Agustín Sánchez Vidal y Ramón Pérez Alvarez, afirman tener testimonios que aseguran que el mayor obstáculo para dicho traslado fue Luis Almarcha, entonces Vicario General de Orihuela y Procurador en Cortes por designación directa de Francisco Franco. La supuesta negativa del ex protector y mecenas del joven poeta a interceder por el urgente traslado, estaban fundadas en el distanciamiento de la Iglesia que había tenido en su metamorfosis literaria. Probablemente también culpaba de este distanciamiento a sus amistades madrileñas, entre los que se encontraba Pablo Neruda.

La autorización de traslado tardó absurdamente. Llegó el día 21 de marzo, cuando el cauce de la enfermedad ya era irreversible. Miguel Hernández, Miguel de España, a quién Neruda llamara "Hijo mío", y de quién un día esperó que cumpliera el deber de "decir junto a mis huesos algunas de sus violentas y profundas palabras", expiró en la madrugada del 28 de marzo de 1942, víctima de la tuberculosis desarrollada con el hambre, la falta de cuidados y la desidia de los que podían haber salvado su vida. El poeta aún no cumplía los treinta y dos años. Ese día 28 de marzo otra vez; Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada.
En el legado de Germán Vergara, custodiado en el Archivo Nacional de Chile, se conserva la carta que días después, -el 31 de marzo-, dirigió desde Alicante Josefina Manresa al Encargado de Negocios chileno:

Estimado señor Germán Vergara. Les participo la muerte de Miguel. El sábado, día 28, dejó de existir. Ha muerto donde él no quería, en la cárcel, con la gana de salir al sanatorio. Al mismo tiempo le doy a usted las gracias de cuanto ha hecho V. por nosotros. Yo siempre pensaba que algún día saldría y podríamos agradecerle a V. todo, pero así, nunca. Lo único que me acordaré de V. toda mi vida por lo buen amigo que ha sido V. y por lo tanto que ha hecho.
Le saluda y le recuerda siempre
                                                                         Josefina Manresa


La muerte de Miguel sacudió profundamente a Neruda. Años más tarde escribió esos terribles versos en los que recuerda al amigo e impreca contra Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Estaba convencido de que ambos poetas, estando en España, pudieron haber hecho algo más por él. También descarga su ira contra los diplomáticos chilenos que, según creía, negaron el asilo al oriolano. En su poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, maldice: Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre./ Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día./ Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre/ en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos / de perra, silenciosos cómplices del verdugo,/ que no será borrado tu martirio, y tu muerte / caerá sobre toda su luna de cobardes.
Con los años, Neruda comprendió la difícil posición en que estaban Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Tampoco ellos pudieron hacer mucho por aliviar la tragedia de Miguel. Su mediación hubiera resultado del todo inútil. Un amigo de Dámaso y Neruda, el escenógrafo Santiago Ontañón, en su libro de memorias, “Unos pocos amigos verdaderos”, recuerda que un día en Roma, en casa de Rafael Alberti, coincidió con Neruda: -Rafael comenzó a recitar poemas de Gerardo Diego, -dice Ontañón-. De pronto Neruda propuso: -¡Ese niño!... ¡Vamos a ponerle una tarjeta a Gerardo!
Al día siguiente, Ontañón viajaba a España y se ofreció para llevarle la nota firmada por Neruda, María Teresa León y Rafael Alberti. Recuerda que cuando llegó a Madrid era verano y Gerardo Diego estaba fuera de la capital. Continúa Ontañón: Al cabo de un mes me lo encuentro por la calle y le digo lo que tenía guardado para él. Entonces Gerardo se puso muy nervioso. Tanto, que casi no podía hablar. Al fin me dijo: -Santiago: recibiría la tarjeta encantado, pero antes Pablo tendría que rectificar la infamia que cometió contra nosotros, a propósito de Miguel Hernández. Lo siento, pero ahora no puedo recibirla. Le dije que en guerra se cometen bestialidades y como consecuencia de ella notorias injusticias, pero que había que perdonar porque no podía uno pasarse toda la vida odiando y no hubo forma de sacarle de sus siete.… Una tarde, al cabo de varios meses, viene Gerardo a la mesa donde estaba sentado en el café Gijón y me dice que si podía darle la tarjeta de Pablo Neruda. Cuando pude encontrarla se la entregué.
Con este episodio, señala Ontañón, quedó demostrado que Neruda había pedido perdón, aunque muy sutilmente, y Gerardo Diego lo había otorgado.

En ese libro de memorias, Ontañón recuerda que a comienzos de 1940, mientras estaban asilado en la Embajada de Chile, recibieron de manos del Encargado de Negocios una nota realmente patética:

Un día, Germán Vergara Donoso nos entregó una nota escrita en un papel de fumar que nos remitía Miguel desde la cárcel. Decía escuetamente: "Me han condenado a muerte. Haced lo que podáis. Miguel Hernández". Así nos llegó la noticia de su suerte. Cabe imaginar la profunda tristeza y la impotencia que nos embargó al grupo, asediado como estábamos en un Madrid hostil, dispuesto también a hacer carnaza de nosotros a la menor oportunidad. Aquel leve papel de fumar, manuscrito con noticia tan tremenda, nos angustió indeciblemente.

Des     Desde que leí el libro de memorias de don Santiago, he tenido curiosidad por aquel misterioso papel de fumar que contenía tan nefasta noticia. Su libro, escrito a cuatro manos con José María Moreiro, fue publicado en 1988, a casi cincuenta años de ocurridos los hechos. Aun consciente de que en las palabras preliminares del libro, Ontañón avisa de su gran memoria; ¿Puede haberle fallado un poco la evocación a don Santiago? Es posible y comprensible.
Entr     Entre las cartas de Germán Vergara Donoso encontré un mensaje contenido en un pequeño papel, de tamaño y textura similar a una hoja de papel de fumar. Es un mensaje escueto, escrito con lápiz de grafito y con una letra menuda, pero clara, que da cuenta de la condena a muerte a Miguel Hernández, dictada el 18 de enero de 1940. La nota procedía de la cárcel del Conde de Toreno y está fechado el 22 de enero de 1940, por tanto, lo más probable es que este mensaje, remitido por Fernando Fernández Revuelta, compañero de celda de Miguel, sea el mismo que Santiago Ontañón recuerda haber recibido de manos de Vergara Donoso. La nota dice:

            Sr. Vergara: el pasado viernes fue juzgado M.H.G. siéndole pedida por el fiscal la pena de muerte. Sé bien su gran interés por nosotros y por ello considero innecesario rogar a Ud. su intervención, aunque sí suplicar la máxima rapidez para evitar otro caso como el del pobre Javier Bueno. Sin perjuicio de que Ud. decida lo más conveniente, creo es preferible en el caso que mucho temo que el Tribunal haya fallado de acuerdo con la petición, conseguir el indulto a la revisión de la causa, ya que el fallo sería análogo al de la primera, y con él aun mayor la angustiosa espera de nuestro buen amigo.
Una vez más, señor Vergara, el mayor agradecimiento y consideración.
Fernández Revuelta. En prisión, 22 -1 – 40


Ese      Ese día 18 de enero de 1940, Miguel Hernández fue juzgado rápidamente y condenado a muerte. En el mismo acto fueron juzgadas 29 personas, de las que 17 recibieron condena a muerte. Uno de los procesados, el escritor Eduardo de Guzmán, ha dado testimonio: El abogado defensor es un hombre joven... No ha hablado con ninguno de nosotros, no conocía siquiera nuestra existencia hasta hace muy pocas horas Como más tarde dirá a los familiares de algunos, recibió los expedientes la noche anterior. Cree que Miguel Hernández es un buen poeta. De temperamento ardoroso y exaltado; pero excelente persona. En el sumario hay avales y testimonios de algunos intelectuales encabezados por Cossío... Contra él no hay más que sus versos políticos, su labor en el Comisariado Cultural y su adscripción al comunismo; pero nadie le imputa ninguna acción deshonesta o sanguinaria.
La vista, para juzgar a 29 personas, duró aproximadamente una hora y media. La acusación se tomó seis o siete minutos para encarnizarse con el resto de los acusados. Se reservo el doble de tiempo para arrojar inculpaciones sobre el poeta. El Presidente del Tribunal, al preguntar si alguno deseaba alegar razones de inocencia, advirtió que no consentiría discursos ni expresiones subversivas. El abogado defensor, recién el día anterior tuvo el expediente para estudiar la causa.
Cinc    Cinco meses después de dictada su sentencia de muerte, le fue conmutada por la de 30 años de prisión. Para entonces, Miguel Hernández ya había contraído la enfermedad que lo llevaría a la muerte.