sábado, 8 de mayo de 2010

MEA CULPA

Hace más de diez años, el profesor y escritor Jaime Ferrer me invitó a intervenir en una mesa redonda en torno a la historia del Winnipeg. Además de Jaime, que moderaba la mesa, participaban en ella tres pasajeros del Winnipeg, entre ellos el historiador Leopoldo Castedo. Fue una de mis primeras intervenciones en público sobre este tema y estaba nervioso, temeroso de que los nervios me jugaran una mala pasada. Y me la jugaron. Durante mi intervención, al citar un texto del diario El Mercurio, no sé por qué lapsus de memoria, lo denominé como El Siglo. Antes de ver la cara de extrañeza de alguno de los asistentes, antes de oír el susurro de uno de mis compañeros de mesa, ya me había dado cuenta que la había jodido, que me había equivocado. Rectifiqué inmediatamente y el equívoco no pasó más allá. Al final del acto no tuvo mayor comentario. Sin embargo, no pasó más allá para los asistentes, pero yo aún recuerdo el bochorno, aún me quema la cara el rubor por el lapsus.
Desde entonces he procurado prepararme para cualquier charla y revisar mis escritos. Muchos de los que me han oído, o me han leído, pueden dar fe de esto. Me he ganado con ello una cierta fama de riguroso aunque, ciertamente, siempre puede aparecer algún gazapo.
Hace poco más de un mes, en este mismo Blog, en el artículo titulado Abraham Ortega, he soltado otro gazapo. Me he equivocado y tengo que entonar un mea culpa. Y es muy tonto el error porque la vida del ex ministro de Pedro Aguirre Cerda la estudio desde hace más de diez años.
En ese articulo, cuando hablo de la vil acusación constitucional presentada contra Ortega, digo: La presentó Jorge González von Marées, dirigente máximo de la Vanguardia Popular Socialista, partido que encubría al Movimiento Nacional Socialista de Chile. El jefe nazi y otros nueve diputados del mismo partido, lo acusaba de los delitos de concusión, atropello a las leyes y de haber comprometido gravemente el honor de la Nación en el ejercicio de su cargo.
No sólo tengo que reconocer mi error. También tengo que reconocer que no me había dado cuenta del mismo, hasta que un lector me lo advirtió. Hace unos días, recibí en el Blog un comentario al artículo firmado por Mauricio E. Valenzuela. Para evitar posibles suspicaces, no lo explico, mejor lo transcribo textual. Dice así:

Bueno, primero no había 9 diputados del movimiento nacista. Segundo era nacista y no nazi. Lo del negociado de los judíos era efectivo y la venganza de este señor contra Jorge González fue meterlo al manicomio. La VPS no encubrió al nacismo. Lea la histoira [sic] mejor. Saludos

Y el señor Valenzuela tiene toda la razón y le agradezco su comentario. La Vanguardia Popular Socialista (VPS) no tenía 9 diputados en el período parlamentario de 1937-1941. Sólo tenía tres, a saber: Jorge González von Marées, Gustavo Vargas Molinare y Fernando Guarello Fitz Henry.
Obligado por el pundonor, revisé el artículo, mis archivos y mi memoria para descubrir el origen del error. No me fue difícil encontrarlo. El número de 10 diputados -El jefe nazi y otros nueve diputados-, corresponde a los parlamentarios que presentaron la acusación constitucional: Jorge González von Marées, (VPS); Juan Smitmans, (Liberal); Gustavo Vargas Molinare, (VPS); Luis Urrutia Ibáñez, (Liberal Democrático); Francisco Javier Labbé, (Conservador); Alfredo Cerda, (Conservador); Raúl Marín, (Liberal); Alejandro Dussaillant, (Agrario); Mario Urrutia (Conservador) y Ramón Luis Arrau (Conservador).
Como vemos, de los tres diputados de la VPS, sólo dos firmaban la acusación. Y esto tiene una explicación muy clara, (Quizá a eso se refiere Valenzuela cuando recomienda leer bien la historia), el tercero, Fernando Guarello, no firmó porque así podía integrar la Comisión Investigadora, que fue lo que luego sucedió.
La Cámara procedió a sortear el nombramiento de la Comisión que debería informar la acusación. Resultaron elegidos los diputados señores: Edmundo Fuenzalida y Julio González Verdugo, liberales; Fernando Guarello, VPS; Aurelio Benavente y Rodolfo Masson, radicales. El "sorteo", como vemos, favoreció por tres contra dos a los acusadores.
He ahí la aclaración de un error. Sin embargo, debo decir que, de cinco puntos que me rebate el señor Valenzuela, sólo le encuentro razón en uno. Y podemos analizar los otros cuatro:
Según él, creo entender, está mal empleado el término "nazi", dice: era nacista y no nazi. Es cierto que los Nacista chilenos, en esos años, se diferenciaban de los Nazis alemanes por una letra. Ahora bien, si yo hubiese escrito la palabra con "c" en vez de "z", un muy alto porcentaje de lectores, de este tiempo, pensaría que era un error ortográfico. Tampoco me pareció necesario emplear tres o cuatro párrafos para dar la explicación por el uso de una letra u otra. Sin embargo, lo que diferenciaba a los nacis chilenos de su homónimo alemán era eso, un error ortográfico. Por ser el producto de la misma confusión de ideas, ambas ideologías se confunden. Tampoco el que el nacismo chileno haya sido de izquierda en algunos de sus vaivenes políticos lo coloca en un lugar especial. En Alemania, Georg Strasser intentó ir a la izquierda y Hitler lo acalló sin piedad con sus cuchillos largos. Si hiciéramos una diferenciación entre Hitler, Mussolini y González von Marées (salvando las grandes diferencias personales), veríamos que son tres expresiones distintas de una misma idea.
Tanto el Movimiento Nacional Socialista como después la VPS, aplicaron elementos fascistas a la realidad chilena, alejándose de los prototipos originales, sin abandonar su carácter violento y discriminatorio. El nacismo con "c", lo escribieron los líderes y miembros del MNS, para asociarlo con la familia ideológica fascista europea, pero a la vez para diferenciarlo y darle carácter chileno. Este verdadero empeño en demostrar la diferencia, se acentuó después de terminada la II Guerra Mundial, cuando ya se conocía la barbarie perpetrada por los nazis alemanes. Aún hoy en día encontramos líderes nacistas criollos justificando el cambio de una letra. En una de sus páginas de la red, señalan que: no es un "eufemismo", sino simplemente la transliteración correcta de la sigla al castellano.
La diferencia de una letra u otra no cambia la historia de los nacis criollo, ni cambia la biografía de Abraham Ortega.
Lo del negociado de los judíos era efectivo, afirma el comentarista. Y en mi artículo no lo niego, es más, lo explico. Pero, basado en estudios de documentos, prensa y testimonios de la época y en el veredicto de un juzgado civil y en las comisiones investigadoras de ambas cámaras parlamentarias, puedo decir tajantemente que Ortega no fue instigador ni beneficiario de tal "negociado". No es la primera vez que leo alguna opinión en contrario. En algunas páginas de nacis criollos aún se puede leer esta errónea y maliciosa versión. No sé si por una absoluta desinformación de los articulistas o porque, a setenta años de los hechos, aún continúa la campaña en contra del ex Ministro. Tampoco sé si el señor Valenzuela en un "naci". Sólo me limito a contestar su comentario.

También afirma que ...la venganza de este señor contra Jorge González fue meterlo al manicomio. Como yo escribo sobre Abraham Ortega, deduzco que Valenzuela quiere decir que Ortega metió a González von Marées en el manicómio. Craso error, señor Valenzuela. El que metió a González en el manicomio fue el Ministro Arturo Olavarría, uno de sus muchísimos adversarios, quien obtuvo una resolución que "declaraba en interdicción" a González von Marées. Fue detenido porque según supuestos informes psiquiátricos estaba con sus facultades mentales perturbadas. Fue a dar al Manicómio, de donde sus familiares y amigos lo sacaron al cabo de dos semanas. Eso ocurrió en mayo de 1941, 17 meses después que Ortega dejara de ser Ministro.
La VPS no encubrió al nacismo, dice finalmente el señor Valenzuela. Si hacemos un poco de historia, veremos que el Movimiento Nacional Socialista (MNS) fue creado el 5 de abril de 1932, en el período de anarquía política y social que sobrevino a la caída del gobierno de Ibáñez. Sus fundadores fueron el general retirado del Ejército Francisco Javier Díaz Valderrama, el escritor Carlos Keller y Jorge González von Marées. Los tres tenían fuertes lazos familiares o profesionales con Alemania y estaban influenciados por la ideología nacionalsocialista. En la página del Archivo Chile (www.archivochile.com), leemos: En una primera etapa, el MNS se caracterizó por una actitud germanófila e imitativa del modelo de partido fascista. González von Marées se convirtió en un líder mesiánico y con poderes absolutos, al estilo del Führer. Sus tropas de asalto paramilitares se dedicaron a sembrar el terror entre los partidarios de izquierda...
Como sabemos, el 5 de septiembre de 1938 un grupo de nacis se levantó contra el gobierno de Arturo Alessandri. Las acciones las dirigió González von Marées desde una casa en Las Condes, muy alejado del lugar de los hechos. El resultado fue lo que conocemos con la Matanza del Seguro Obrero. Luego de esta asonada, a mediados del mes de enero de 1939, el MNS, pasa a denominarse Vanguardia Popular Socialista, cuyas siglas fueron VPS.
Nuestra sinceridad, nuestra fe, nuestro infatigable tesón para no desmayar en la tarea, se estrellaban contra el repudio que provocaba nuestro nombre ... el cambio de nombre se hacía, pues, imperioso.
Sólo así podríamos salvar la barrera que los adversarios habían levantado entre nosotros y el pueblo... El paréntesis abierto en nuestra existencia por los acontecimientos del 5 de septiembre nos deparó la ocasión propicia para efectuar el cambio doloroso, pero impostergable, que las circunstancias exigían
. (Jorge González von Marées, febrero de 1941)
Como vemos, basados en las propias palabras del jefe naci, la VPS "encubrió" al MNS. Las nuevas siglas sólo encubrían una ideología, no cambiaban su fundamento. Podríamos haber usado otros sinónimos: ocultó, escondió, soterró, tapó, envolvió, cubrió, disimuló, guardó. Y la idea era la misma.
He ahí, señor Valenzuela mi explicación. Le devuelvo sus saludos aunque no creo llegar a convencerle, porque, lo mismo que la acusación de los “nacis” a don Abraham, (lo acusaron en cinco puntos y, políticamente, sólo pudieron aprobar uno), usted, por un error, que acepto, me acusa en cinco puntos.

sábado, 1 de mayo de 2010

NOTICIAS DEL DÍA

Revisando la prensa de hoy, termino por convencerme que en este país somos absolutamente impermeables. Noticias que en cualquier parte causarían asombro o vergüenza en muchos, sobre todo en sus dirigentes, aquí no dejan de ser normales.
Les resumo las noticias para no cansarles tanto:
En Chile, durante el primer trimestre, los bancos subieron sus ganancias en un 63,3% con respecto al mismo período del año 2009. (Y eso que sufrimos un terremoto).
Para la celebración del 1º de mayo, los parlamentarios de la Concertación de Partidos por la Democracia, quienes gobernaron por 20 años el país, asistieron por primera vez a la manifestación convocada por la Central Única de Trabajadores.
Tomando en cuenta que durante veinte años les dieron la espalda a los trabajadores. Tomando en cuenta que, entre los países llamados desarrollados o en vías de desarrollo, en Chile el sueldo mínimo de los trabajadores es el más bajo de todos (Poco más de 200 euros al mes)
Tomando en cuenta que el sueldo de los parlamentarios es el más alto entre los países desarrollados.
Tomando en cuenta que los parlamentarios, hace un tiempo discutieron durante meses para subir el sueldo mínimo en 500 pesos, y ellos en media hora se subieron la asignación de bencina en 100 mil pesos.
Tomando en cuenta todo eso, es por lo que digo que somos ovejas, que no tenemos capacidad de asombro ni de reacción. Que somos absolutamente impermeables, porque: QUIEN NOS MANDA A ELEGIR A ESTOS PARLAMENTARIOS.

Claro que también cabe destacar las noticias positivas. Nuestro Presidente ha hecho un claro acercamiento a la clase trabajadora: Hoy, 1º de mayo, asistió a la misa de San José Obrero

jueves, 4 de marzo de 2010

Chile, la tierra se mueve


A todos mis amigos
         Hace sólo unas horas que tenemos electricidad en el pueblo en que vivo. Estaba incomunicado, por casi seis días, y angustiado por no poder hacer nada útil. Al volver la luz, volvió también la esperanza y la comunicación con familiares y amigos. Quiero agradecer todos los saludos y la preocupación por mi y por mi familia y sobre todo, por éste sufrido país. A Jorge y Raquel, al Pere Pallares, a Juan Manuel Patón, con Ana e hijos, a Angels Martínez, a Felipe Sérvulo, a Idoia Verdini, todos ellos en Castelldefels; A Xavi Iglesias, en Sant Cugat del Valles, a Eduardo Mayans y familia, un amigo de hace muchos años, ahora de retorno a Barcelona, A mi hermano Roberto Farías en Torrevieja, a mis amigos José Carlos Rovira, en Alicante y Enrique Robertson, en Bielefield, Alemania, a Gunther Castanedo, donde quiera que esté, a Marcelita Reed, en EE.UU., a mi querida Inma Casas, en Zaragoza. Son varios más, no me olvido de ellos. Gracias a todos.
         A nivel personal debo contarles que el susto fue de muerte. Mi madre, un hermano, una hermana y un sobrino, estaban pasando el fin de semana en Pelluhue, uno de los pueblos más afectados, en el mismo epicentro del terremoto. Recién el día domingo supimos de ellos. Estaban bien y venían camino de Santiago, habían dormido dos días en los cerros, pasaron hambre y frío, pero salieron ilesos y ya están con nosotros. Los dos días que pasamos sin tener noticias fueron angustiantes.
         Durante estos días hemos vivido horas de angustia y de dolor. También hemos vivido muchos actos de coraje y heroísmo, como aquel bombero que, después de haber perdido a su esposa, su hija y su hermano, no ha dejado de trabajar por su comunidad en Constitución. O como la señora Fresia, que en su casa de Pelluhue tiene albergado a decenas de personas que han perdido a su familia, su casa y sus enseres. Son muchos los casos dignos de admiración. En estos eventos es cuando aflora lo que llamamos "la condición humana". Aflora con sus virtudes y defectos.
         Con la misma humildad y cariño con que quiero reflejar mi agradecimiento a los amigos y a los héroes anónimos, quiero hacer notar mi ira y mi desprecio, mi odio y mi repulsa por aquellos que han denigrado esa condición humana. Por aquellos que han saqueado las tiendas, no con comestibles, sino que con electrodomésticos; por aquellos que, después de robar, han incendiado almacenes con personas dentro. Para aquellos hijos de puta (es posible que sus madres no lo sean, pero ellos si que son unos hijos de puta), mi absoluto desprecio.
         Mi ira y mi repulsa por aquellos comerciantes que se aprovechan de una catástrofe para subir los precios de los comestibles, esos merecerían ser saqueados. Mi protesta contra aquellos que construyeron viviendas y edificios con absoluta falta a las normas de construcción, a la moral y a la ética. La norma chilena contempla un coeficiente antisísmico para un terremoto de grado 9. La prueba de ello es que la mayoría de las edificaciones no se cayeron ni sufrieron daños. Se cayeron las que estaban mal construidas, las que, por orden de los inversores, ahorraron en la calidad de los materiales y en los estudios de suelo. No se puede argumentar, tan cínicamente, que "esto en un sismo nunca visto", porque, sencillamente, no es cierto.
         Mi odio y mi desprecio para aquellos políticos que han querido sacar provecho de esta situación, mintiendo y denigrando a nuestra presidenta y a su Gobierno; para aquellos políticos que, sentados cómodamente en su casa, hacían declaraciones de protesta por la demora en la ayuda a "su región", mientras ellos no se movían para ayudar a "su región". Mi indignación por aquellos que mienten y que, como Pilatos, se lavan las manos. Ahora, poco a poco, comenzamos a saber la verdad. La Presidenta no contó a tiempo con naves de la Fuerza Aérea para sobrevolar las zonas devastadas. No contó a tiempo con personal del ejército para declarar Estado de Catástrofe y poder implantar el toque de queda. La Oficina Nacional de Emergencia no contó a tiempo con el informe de la Armada de Chile para dar la alerta de sunami. Estos mismos políticos y personajillos, son los que, en sus primeras declaraciones, culparon al Gobierno por una serie de errores, haciéndose eco de ellos gran parte de la población.
         No soy partidario de la coalición de Gobierno, estoy muy lejos de ello. Pero tampoco soy partidario de aquellos políticos que mienten descaradamente para sacar partido. Son los mismos que, en los últimos años, siempre hablan en nombre del pueblo y creen ser dueños de la verdad, esos que tan a menudo dicen: "lo que quieren los chilenos es...." y ni siquiera conocen al pueblo chileno. Son los mismos de siempre, los que no se les caen las casas con un terremoto, los que no sufren las crisis, a los que no les falta la medicina ni la educación privada para sus hijos.
         En mi pequeño pueblo, dentro de la Región Metropolitana, donde hay aun muchas casas de adobe, el terremoto se hizo sentir con mucha violencia. Se cayeron casas, otras quedaron a punto de caer. Cayeron escuelas y está a punto de caer la torre de la iglesia. También aquí afloró la diversidad de la condición humana. Me llamó la atención la pasividad de las autoridades. El día sábado y el domingo, la municipalidad (Ayuntamiento) permaneció con sus puertas cerradas. No había una oficina de información, ni de socorro, ni de ayuda para las comunicaciones. Recién el lunes, cuando en la puerta ya había una larga fila de personas damnificadas, las autoridades se reunieron para decidir hacer un catastro de las casas afectadas por el sismo. Por cierto, como técnico me ofrecí voluntario para hacer ese trabajo o cualquier otro. Tomaron mis datos y aun espero que me llamen.
         El día domingo fui a cargar mi teléfono móvil en la Comisaría de Carabineros, también a preguntar si tenían comunicación con Pelluhue, donde estaba mi familia. En el mismo momento en que me decían que no tenían forma de comunicarse, escuchaba por la radio interna que hablaban con Pelluhue. Al volver a casa, entré en un bar de la plaza del pueblo -ahí tenían electricidad-, para ver las noticias que trasmitía la televisión. Es un bar donde he comido muchas veces. El dueño me miro y me hizo un gesto de desagrado, si no consumía algo no podías estar viendo la TV. Es posible que sangre por la herida, que hable con rabia y con ira, pero son hechos y los hechos son indesmentibles. También en mi pueblo hay voluntarios, también hay solidarios, (en este momento mi hermano y mi sobrino viajan a Pelluhue con una caravana de camiones cargados de ayuda, estoy muy orgulloso de ellos), pero los hijos de puta se hacen notar más que los otros.
         A propósito de solidaridad, amigos, reitero, no necesito nada, estoy bien, pero en mi pueblo hay gente que necesita ayuda para reconstruir sus casa. Ya he propuesto a algunas personas un plan de acción. Espero la colaboración de todos vosotros

lunes, 23 de noviembre de 2009

Vuelvo a la VILLA SUR


A los Farfán, Martínez, Gallardo, Fernández, Bordel, Ortiz, Godoy, Maldonados, mis vecinos de la calle Aurelio

Cuando llegamos a la Villa Sur, parecía que nos habíamos mudado al sur de Chile. Estaba tan lejos de nuestros tíos y primos, de nuestra escuela, del centro de Santiago, que el viaje en la Matadero Palma muchas veces se hacía interminable. Era un viaje tan largo que yo lo hacía en dos etapas. Me bajaba de la micro en el paradero 2 o 3 de la Gran Avenida, caminaba por el césped y bajo los árboles del parque Subercaseaux. Volvía a tomar otra en el paradero 9 y medio. El fin del trayecto se acercaba cuando avistábamos la Escuela Consolidada, en Ochagavía, donde aún no se vislumbraba la Norte-Sur. Llegaba a mi casa muerto de hambre y mareado por el olor a bencina que abundaba en las deterioradas micros de aquella época.
La población, aparte de la implantación de casas, no tenía aún vida propia ni estaba “armada”. Todo ese terreno en que hoy está la Iglesia, la Cancha de Fútbol, la Escuela Gonzalo Rojas, era sólo un campo de yuyos. En verano, cuando el yuyo se había secado, se formaban inmensos remolinos de tierra, que arrastraban papeles, cartones y parte de la eterna basura que esperaba por días la llegada del camión, y sobre todo, tierra, polvo que venía de lo que entonces era un terreno baldío al norte de la Villa Sur. Un buen día de octubre nos despertamos con el Parque La Feria lleno de gente, de carpas y de banderas chilenas. En medio de un tenso ambiente, se veían carabineros por todas partes. Estuvimos una semana llevándoles baldes y garrafas con agua que ellos recibían al borde de la naciente población La Victoria.
Tampoco estaba poblado Lo Valledor. Los días transcurrían entre la escuela, las pichangas y las excursiones que comenzaba nada más cruzar la línea del tren. Una vez que la cruzabas, ya estabas en el campo. Inmensas plantaciones de cebollas, habas y arvejas cubrían los terrenos. Largos senderos de tierra, bordeados de zarzamora y acequias de regadío nos llevaban hasta la reja que encerraba la pista de aterrizaje de Los Cerrillos. Cerca, estaba el vertedero de basura del aeropuerto. Ahí recogíamos extraños y valiosos tesoros. Entre ellos las cajetillas de cigarros Kamel y Chesterfield, que valían por diez o quince de los Liberty, Ideales o Baracoas chilensis. Las despegábamos con cuidado y le doblábamos los bordes, así se convertían en nuestros billetes, que después nos jugábamos a las bolitas.
Todo era nuevo. Evidentemente, también los amigos. Las noches tenían dos centros de reunión, los más pequeños nos juntábamos en el monolito y los más grandes se paraban a conversar en la esquina donde vivían los Melo. Yo alternaba los dos grupos, los pequeños me parecían demasiado niños y, aunque los grandes eran todos mayores que yo, prefería escucharles narrar sus increíbles aventuras. Una de aquellas eternas noches de esquina, se decidió formar un Club de Fútbol. En ese entonces ya existía el Villa Sur, pero, creo, a nosotros nos quedaba demasiado lejos de nuestras casas. No había más de 10 personas en el grupo, entre ellas el Teo y el Nardo Gutiérrez, el Guataca y el Comecacho, el Melón, el Dorian Gallardo y yo. No recuerdo bien si también formaban parte del grupo el Flaco Tito y el Mono Pancho. De la esquina de los Melo nos fuimos a la casa de los Gutiérrez, en la misma calle Aurelio, donde también se adhirió el padre. Ahí, en un cuaderno escolar, hicimos un acta y firmamos. Nacía así el Villa Central. Por esos días me parecía increíble que de un grupo tan reducido, que sólo hablaban de cosas intrascendentes, pudiera nacer una organización que pudiera funcionar y perdurar en el tiempo. Un par de años después, como descendido del Villa Sur, también nació el Juventud La Línea y después, también derivado de éste, nació El Águila, que fue, se podría decir así, un invento de don Lucho Guerra, padre del Roca y del Chico Vito.
Por el Villa Central pasaron enormes jugadores. Sin embargo, a ninguno de ellos los conocimos por sus nombres. Los Gutiérrez se encargaban de bautizar a todo el mundo. Recuerdo a dos enormes arqueros, el Pantera Negra y el Flaco Tito, que vivía frente a lo que hoy es la Escuela Gonzalo Rojas. Otro arquero, de desiguales actuaciones, fue el Guataca, había días en que lo atajaba todo, incluso penales; otros en que entraban las pelotas más fáciles. Uno de los ídolos de los niños de entonces fue Gustavo “El Vinito”, era un maestro, jugaba de forma elegante, nunca se alteraba, aunque le dieran patadas a mansalva. Todo lo contrario a otro jugador de la época, quien, creo, fue uno de los más representativos jugadores del Villa Central; el Loco Tato, bueno para el fútbol y bravo para los combos.
En esos tiempos la cancha no estaba cerrada y su situación era de forma longitudinal al solar. Uno de los arcos quedaba en lo que hoy es la puerta de la escuela y los espectadores nos situábamos pegados a la línea de borde. Recuerdo un día en que se jugaba una disputada final; Villa Central contra Villa Sur, partido de máxima rivalidad. Faltaba poco para terminar el segundo tiempo y seguían cero a cero. Yo estaba apoyado en la parte de afuera del poste que defendía el Guatón Aníbal, arquero del Villa Sur. En un contrataque del Villa Central, llegaba al arco una pelota muy lenta y ligeramente desviada. El Guatón Aníbal hizo vista y se proponía dejarla salir. Yo, en uno de esos actos mecánicos, irreflexivos, sin mucho esfuerzo, sin moverme de mi sitio y sin sacar las manos de los bolsillos, puse el pie, desvié la pelota y ésta entró suavemente al arco. El arbitro estaba lejos de la jugada y, de forma inexplicable, señaló el gol. Primero, los jugadores perjudicados acudieron a él de buenas formas. El arbitro se mostró inflexible y remarcó con su pito y su brazo el gol. Fue cosa de segundos. Alguien lo empujó, otro le lanzó un golpe y al momento estaban los 22 jugadores y muchos espectadores trenzados en una descomunal batalla campal. Yo no ví toda la pelea. Cuando me di cuenta de que algunos buscaban al “cabro chico” que había desviado la pelota, me dio mucho miedo, me escabullí del montón y busque el refugio en mi casa.

A los pocos años de vivir en la población, llegó a nuestra casa, a vivir con nosotros, un primo algo mayor que yo. Formaba parte de esa generación a la que llamaron los “Coléricos”, o los “Carlotos”, por el famoso Carlos Boassi Valdebenito, quien era algo así como el James Dean chileno y de cuyo grupo formaba parte un entonces jovencísimo Peter Rock. Mi primo hizo muchos amigos en la Villa Sur. Un buen día llevó a casa a dos de ellos que cantaban muy bien, Tadeo Menares y Ramón Aguilera. En el barrio había mucha gente que cantaba bien, entre ellos la Lolita Melo, pero ninguno como estos dos amigos de mi primo. Comenzó a ser normal tenerlos en casa las tardes de domingo. También nos acostumbramos a tener gente en el antejardín para escucharlos cantar. Tadeo Menares, al tiempo, emigró hacia algún país europeo. Ramón Aguilera se convirtió en uno de los más populares cantantes chilenos.

Aurelio fue algo así como una calle de puertas abiertas. Los amigos y las amigas entraban en tu casa y en la de los vecinos sin mucho recato. Era usual compartir herramientas, el diario, la manguera para regar el jardín, utensilios de cocina, etc. Claro que, como en todas partes, siempre había vecinos que compartían menos que otros. Durante las fiestas de Pascua y Año Nuevo, las puertas estaban más abiertas que en el resto del año. La noche de Año Nuevo podías comer y, fueras grande o pequeño, emborracharte, sólo con ir a saludar de casa en casa a los vecinos. Tampoco nos gastábamos mucho dinero en fuegos artificiales. Los Gallardo, que siempre inventaban cosas raras, compraban potasio y azufre y con esa mezcla, entre grandes piedras, más otra que lanzábamos desde el monolito, sonaban más fuerte que cualquier petardo.

El calor de las tardes de verano muchas veces se combatía con una guerra de agua. En ella participaban generalmente todos los integrantes de las familias de la calle Aurelio. No necesariamente en el mismo bando, ya que no había dos ni tres sino tantos bandos como combatientes. En esas batallas, muy pocos acababan completamente secos; daba igual si estabas en tu dormitorio, en medio de la calle, estudiando o sentado en el inodoro, siempre corrías el riesgo de recibir un chorro de agua en la espalda o en la cabeza. Las que te caían en la cabeza procedían generalmente del techo de las casas, donde los más jóvenes eran amos y señores. La batalla comenzaba en esa hora de la tarde cuando el calor más aprieta y en la que casi todas las tareas domésticas estaban relacionadas con el agua. El Lucho Gallardo pedía prestada una manguera en cualquiera de las casas vecinas y comenzaba tranquilamente a regar el jardín; era normal que, inocentemente, se le escapara un chorro hacia algún mirón. La señora Tita mandaba a alguna de sus hijas a lavar la ropa, mientras ella comenzaba a amasar la harina para el pan de la tarde y también era muy fácil que a través del patio, por encima del muro medianero, les tiraran un poco de agua a algún vecino para refrescarlos. En mi casa, la Marta comenzaba a lavar los platos y las ollas, sin intención de acabar pronto para no recibir otro encargo, y con su humor sutil y a veces desconcertante había días en que no podía reprimir la necesidad de lanzar un vaso de agua a la cara de alguno y así, de un modo u otro, sin saber exactamente cómo ni dónde, comenzaba una batalla sin cuartel y sin tregua. A partir de ese momento cero, que nadie marcaba con un cronómetro pero que todos sabían detectar al segundo, la orden era una sola; mojar y no ser mojado. Las normas éticas en cuanto a dónde esconderte y cómo atacar no existían. Sólo una ley no escrita y ni siquiera discutida se cumplió siempre; nunca nadie se enojó por un mucho de agua mas o por un poco de agua menos. Era difícil terminar con la agradable batalla, los más pequeños no tenían límite de tiempo en el juego y los más mojados no encontraban su gloriosa acción de venganza. Generalmente, el fin de la contienda lo marcaba el agradable olor del pan recién horneado de la señora Tita, que era la única que terminaba la tarde totalmente seca. Ni siquiera don Ángel, su marido, se atrevía a mojarla. El aroma del pan amasado, o las ricas sopaipillas, atraían a los vecinos con una bolsa vacía que, unas veces pagando, otras regalado o, incluso, al fiado, volvía llena a las casas cuando ya hervía la tetera y se calentaba la leche para la once.


Si ustedes, que leen esta nota, no alcanzaron a comer el pan amasado que hacía la señora Tita, es que no saben lo que es un verdadero pan amasado. Eran grandes, gruesos, bien cocidos y con un sabor inconfundible. No les hacía falta mantequilla ni nada para echarle adentro. Ese pan, las sopaipillas y los calzones rotos de la señora Tita, es lo más rico que he comido en mi vida. Lástima que ninguna de sus cuatro hijas heredara ese don. Aunque, evidentemente, heredaron otros dones más femeninos.

Por aquel entonces yo estaba profundamente enamorado. Ella vivía en Aurelio, frente a la cancha del Gabriela Mistral, el club de Basketball fundado por don Julio. Se llamaba Elisabeth. A costa de vueltas y vueltas por el frente de su casa, lograba verla cuando por las tardes salía a comprar el pan, a pasear a sus hermanitos o a visitar a sus primas. A veces me dejaba acompañarla, otras, porque estaba su padre en casa, me volvía de vacío. Seguramente no fui lo suficientemente guapo, ni inteligente para conquistarla. No logré tomarle la mano y menos darle un beso. Sin embargo, estuve enamorado de ella durante mucho tiempo. Aún la recuerdo como la niña más hermosa de la población. Y éste título, el de la más hermosa, no era fácil ostentar en un barrio donde vivía “La Ciclón”, una joven tan hermosa que por donde pasaba desordenaba el gallinero, o una pequeña niña, hermana del Carlos, del “Pollito” y del “Rucio Martín”, que cuando creció se convirtió en un monumento a la mujer. Con esos guapos hermanos, nadie se atrevía a decirle un piropo. Pobre Ximena, una cruel enfermedad se la llevó de la población y de este mundo. Su prematura muerte nos conmovió a todos.

El tiempo es inexorable. No nos damos cuenta cuando crecemos, nos casamos, tenemos hijos. Muchos nos fuimos a vivir fuera de la población y otros a tierras más lejanas. Los Bordel se fueron a vivir a Arica; el Nano Fernández y el Carlos Castro se fueron a Australia; el Tic-Tac, que era relojero, creo que terminó en Suiza; el Ramón y la Mercedes Godoy se fueron a Suecia, donde también llegaron parte de las hermanas Maldonado; el Arturo Martínez se embarcó en un barco griego; uno de los Aránguiz, mi hermano y yo, llegamos a España. Con eso se acababa la infancia, las primeras novias y los furtivos atraques cerca de la línea del tren. Creo que demasiado de prisa nos fuimos haciendo mayores y así, dejamos atrás los mejores años de nuestra vida. Años de pobreza y necesidades, pero años felices.
Hace ya un tiempo, con motivo del centenario nerudiano, fui invitado por la Universidad de Estocolmo para dar unas charlas sobre el poeta. Me reencontré ahí con varios amigos y conocidos de la Villa Sur; el Ramón Godoy, los Rivera, las Maldonado. Una tarde-noche (En Suecia nunca se sabe cuándo es tarde y cuándo es noche) estábamos un grupo de viejos amigos en una terraza disfrutando de la conversación y de los recuerdos. De pronto, se acercó una muchacha, tendría 15 o 16 años. Se dirigió a su padre, que formaba parte del grupo y algo le dijo. Su padre, apuntándome, le dijo: -Mira, este señor pololeó con tu…. –Con un poco de vergüenza por la situación, puse atención para escuchar el nombre de la supuesta ex polola. ¿Quién sería la madre de tan hermosa niña? -…pololeó con tu abuelita, -terminó diciendo el padre. De golpe, como un ataque a traición, como una puñalada por la espalda, me di cuenta que no me hacía mayor, definitivamente ya era lo que antes, cuando niños, desdeñosamente llamábamos “un viejo”.
Sin embargo, viejo o joven, siempre he vuelto a la Villa Sur. Como dice el tango “Vuelvo al Sur”, yo también llevo esta población como un destino del corazón, y quiero a su buena gente. Cada vez que vuelvo a ella, vuelvo como se vuelve al amor, con mi deseo y con mi temor.

jueves, 15 de octubre de 2009

Roberto Díaz Mansilla, el amigo que me negó el destino





Muchas veces pensamos en lo maravilloso y caprichoso del destino. Es capaz de unir y desunir personas. Los encuentros casuales, en la hora y el lugar menos pensado, esos que se convierten en amistades reconfortantes y duraderas, las ponemos en la favorable cuenta del destino. Solemos alabar este sino como causa y efecto de nuestras mayores alegrías, aunque también, todo hay que decirlo, de desdichas y desencantos.
Sin embargo, creo que a veces el destino nos juega malas pasadas y nos prohíbe disfrutar de personas a las que quisiéramos haber conocido más, con las que nos hubiese gustado compartir penas y alegrías.
Gracias a este maravilloso invento que es Internet, hace pocos días recuperé un amigo al que quiero y del que nada sabía desde hace más de 40 años. Con él fuimos juntos a la escuela, al mismo curso. Compartimos venturas y desventuras, horas de estudio y tardes de alegres cimarras. Conocí su familia y el conoció la mía. Durante todos estos años, muchas veces me preguntaba ¿qué será del “Guatón Díaz”?
Recuerdo con nostalgia aquel verano de 1967, cuando con mi primo Jaime, el “Guatón” y su hermano Roberto, a comienzos del mes de enero, nos fuimos de viaje a Puerto Montt. Hasta ese momento era el viaje más largo que hacía en mi corta vida. El trayecto en el tren duraba casi 24 horas. Lo tomabas por la noche y amanecía en Chillán. Luego, casi una jornada más de camino. Toda una aventura.
Es difícil de explicar y muy fácil de comprender lo bien que pueden pasarlo cuatro jóvenes aventureros, faltos de dinero y de experiencia, pero con enormes ganas de disfrutar y conocer otros lugares.
Recuerdo que alguien nos aconsejó llevar limones. En Puerto Montt, ese año, sobraban pecados y mariscos y había una acuciante escasez del preciado cítrico. Por lo tanto, nuestro único tesoro, repartido en las mochilas, era un enorme cargamento de limones que usamos como moneda de cambio en los ancestrales trueques. Aunque, con dinero o sin limones, los Mansilla, familiares de mis amigos, nos recibieron como sólo sabe hacerlo la gente del sur de Chile.
Fue un mes esplendoroso. Exuberante en carnes y mariscos, en paseos y playa, en excursiones a Puerto Varas y los alrededores. Nos hicimos asiduos de la Isla de Tenglo y, por las noches; a la plaza y al rompeolas, a pavonearnos frente a las jóvenes veraneantes para intentar sacarles una mínima y leve sonrisa. Luego, ya hicimos amistades. Conocimos chicas del mismo Puerto. Recuerdo a las hermanas Paredes y a Judith Mansilla, una bella muchacha que estudiaba para ser profesora. ¿Qué será de aquellas Lolas de entonces?
Con mi primo, acostumbrábamos a pasar las vacaciones juntos. No así con los hermanos Díaz. Ese viaje consolidó mi amistad con el “Guatón”. También me sirvió para conocer a Roberto, su hermano. Era un chico algo serio, quizá demasiado responsable y reflexivo para su edad, para nuestra edad. Sin embargo, no carecía de sentido de humor y se notaba en él una bondad y una complicidad a toda prueba. No sé si está demás decirlo, pero creo que, durante el mes que estuvimos de vacaciones, nos hicimos amigos, dicho en palabras más juveniles, y de ese tiempo, nos caímos bien.
Pasaron algunos años después de nuestro viaje. Yo ya estaba casado y trabajaba en la Dirección de Aeropuertos del Ministerio de OO.PP. Una mañana, esperando la micro para ir al trabajo, vi una cara conocida. Cometí un error del que todavía me culpo. No lo hablé. No le pregunté quién era y por qué su cara me parecía tan familiar. Después de subir a la micro, recién me di cuenta de que era Roberto Díaz Mansilla, mi compañero de viaje a Puerto Montt. Me dio vergüenza el no haberlo conocido y más el no haberlo saludado. Volví a verlo otras mañanas en la misma esquina. Pudo más mi timidez. La vergüenza por el error cometido me impidió acercarme. Creo que el destino, esa vez, no logró cumplir su cometido.
Pasó el tiempo. Viví muchos años lejos de Santiago y, hace pocos días, como decía al comienzo, nos reencontramos con mi amigo el “Guatón”. Una de mis primeras preguntas fue por su hermano. –Está bien, -me dijo-, aunque no nos vemos mucho-. Como es lógico, después de tantos años, quedamos en vernos, -ojala con tu primo y con mi hermano-, dijo el “Guatón. Estuve muy de acuerdo en esa futura reunión. Pensé que, ahora que con los años he aprendido a disimular la timidez y a reconocer mis culpas, aunque tarde, todavía era tiempo para reparar mi error y disculparme con Roberto.
Ayer por la mañana me llamó el “Guatón”. Estaba desolado: -Te llamo para avisarte que mi hermano ha muerto.
Fui al funeral del amigo que no tuve. Y de nuevo el destino me demostró que podía ser muy cruel. Su casa, donde vivió casi toda su vida de casado, donde su familia lo despedía, queda a dos calles de la casa en donde viví por más de diez años. ¿Nunca nos vimos? ¿Nos vimos alguna vez y no nos conocimos? Creo, como dice Bob Dilan, que la respuesta sólo está en el viento. Pero me niego a creer en lo benévolo del destino.

jueves, 1 de octubre de 2009

Rolando Mix Toro; Poeta de Chile y de España


El pasado jueves 24 de septiembre, el poeta Rolando Mix caminó por última vez las calles de Zaragoza. Con su andar pausado se dirigía a la sede de la Federación de Emigrantes de Aragón, para entregar sus versos de adhesión a la marcha que los emigrantes realizan estos días en España. No llegó a su destino. Su inmenso y cansado corazón se negó a seguir latiendo. Entre los papeles que portaba, sus últimos versos:

Decúbito supino sobre la roca
sol y viento secaban mi cuerpo mojado
cubriendo de sal la piel morena

El poeta acababa de cumplir 78 años de intensa vida. Había comenzado su exilio como Antonio Machado, con las manos vacías. Años después señalaría en una entrevista a un diario: Moriré pobre por haber dicho las cosas honestamente. Fue profético, murió pobre como los hijos de la mar. Pero, como Machado, inmensamente rico en el cariño de los que le conocimos.

Conocí a Rolando hace ya algunos años, cuando escribimos juntos el guión para una obra nerudiana que se estrenó en Madrid, el año 2001, en la Casa de las Flores. La pasión por nuestro poeta mayor y algunos amigos comunes nos unía.

Nació en 1931, en Pozo Almonte, Iquique. En aquel árido norte chileno, cuna de las primeras organizaciones obreras, de Emilio Recabarren y tantos otros dirigentes pampinos. Tierra también de la desgraciada matanza en la Escuela Santa María. Emigró muy joven a la capital. En su juventud difundió su poesía por Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay. Fue periodista del diario Los Tiempos y reseñaba los sucesos culturales en Última Hora. También fue subdirector de la revista Orfeo y director de la librería PLA, entre muchas otras actividades, siempre vinculadas a la letra impresa.
El golpe de estado le sorprende sirviendo al Gobierno de Salvador Allende, al frente del Instituto de Desarrollo Agropecuario en Atacama. Logró asilarse en la Embajada Argentina. Luego de un corto exilio en ese país, Rolando Mix viajó a la República Democrática Alemana, donde se desempeñó como traductor e intérprete en la Intertext de Leipzig. En 1983, Sainz de Varanda, primer alcalde democrático de la ciudad de Zaragoza, le invitó a residir en dicha ciudad.
En Zaragoza encontró el cariño de nuevos amigos y encontró también a Juanita, su tierna compañera. En la capital aragonesa desarrolló una intensa actividad literaria y de apoyo a los derechos de los inmigrantes. También ahí pudo ver publicados sus libros: Siete poemas desde la ausencia (1993); El espejo y tú (1994); La mar de amor (1999); Río de amor (2006) y Tras la palabra (2008).
Basta con que cinco personas te abran los brazos para que encuentres tu lugar en el mundo, comentó alguna vez Rolando. Creo que en Zaragoza encontró mucho más que cinco personas. Encontró muchos amigos y –no podía ser de otro modo-, despertó la admiración entre ellos. Además de publicar sus obras y figurar en un buen número de antologías, intervino en programas de radio, ofreció conferencias, recitales y espectáculos poéticos. Sus amigos crearon la Asociación Cultural “Poeta Rolando Mix”, agrupación que el pasado mes de mayo rindió un cariñoso y caluroso homenaje a su trayectoria poética y a su aventura vital en el Salón de Actos del Centro Cívico “Teodoro Sánchez Punter” de Zaragoza.

Rolando Mix vivió más de treinta y cinco años fuera de Chile, sin embargo era chileno hasta los tuétanos. En ese largo exilio, visitó dos veces su patria, ambas acompañado de Juanita. La primera vez, en los meses de abril y mayo de 2003. Luego de treinta años de exilio, pudo visitar su patria, su familia, sus amigos y pudo hacer una entrañable visita a su querido Pozo Almonte. La segunda vez era él el que acompañaba a Juanita, quien viajaba a Chile para realizar un trabajo de investigación en la Universidad de Valdivia. Recuerdo ambas visitas. Nos vimos y compartimos charla y café y alguna actividad en la Biblioteca Nacional, donde Rolando encontró a varios de sus viejos amigos.

El pasado sábado, al mediodía, sus amigos maños despidieron a Rolando Mix en el cementerio de Torrero, donde su cuerpo fue incinerado, a la espera de que sus cenizas, sagradas y eternas, vuelvan definitivamente a su tierra del Norte chileno.
Julio Gálvez Barraza

lunes, 10 de agosto de 2009

Francisco "Chamaco" Valdés


El día de hoy ha tenido un final triste. Me he enterado de la muerte de Francisco “Chamaco” Valdés, uno de mis más grandes ídolos de la infancia. Murió de un ataque cardiaco, días después de enterrar a su hermano. No es raro que le fallara este órgano vital. Tenía un corazón inmenso, que no le cabía en el pecho.
Esta triste noticia me hizo recordar a un gran amigo también desaparecido, el arquitecto Hugo Lepe Gajardo, con quien trabajé en la Dirección de Aeropuertos del Ministerio de Obras Públicas. En esos tiempos –recuerdo-, Hugo Lepe le diseñaba una casa a Chamaco Valdés. Más de una vez vi al Chamaco cuando visitaba a Lepe en la oficina. También ahí conocí al “superclase” Mario Moreno, quien con Hugo Lepe, años atrás, había fundado el Sindicato de Jugadores de Fútbol de Chile.
Me vino a la memoria un artículo que leí hace unos meses (www.elcomercio.com.pe), en el que el periodista Jorge Barraza narra un vergonzoso episodio del fútbol chileno. Se trata del “triunfo” de Chile sobre la Unión Soviética en las eliminatorias para el Campeonato Mundial de 1974.
En el encuentro de ida, el 26 de septiembre de 1973 en Moscú, la Roja aguantó el partido y logró un meritorio empate. Dos meses más tarde, cuando la selección soviética ya había avisado que no viajaría a Santiago, en el Estadio Nacional se hizo un simulacro de partido. No era necesario, ya que según las normas FIFA de ese entonces, el equipo que no se presentaba a la cancha, perdía el partido por dos goles en contra.
Fue un 21 de noviembre de 1973. Al Estadio Nacional asistieron más de quince mil personas para ver como la Roja “ganaba” a los rusos. Entre ellos, Hugo Lepe, integrante de la mítica selección chilena del 1962.
Al salir al campo de juego, Chamaco Valdés, capitán de la Roja, vio a Hugo Lepe. Se sorprendió enormemente. El ex central de Colo Colo y de la Selección chilena, después de una muy injusta experiencia, se había atrevido a volver al Estadio Nacional sólo para abrazar a su amigo
-Hugo, ¿tú aquí, tai loco? -exclamó Chamaco.
-Lo que pasó…, ya pasó, ahora te vengo a ver jugar, -respondió Lepe.
¿Qué había sucedido para que el capitán de la Roja se asombrara tanto al ver a su amigo en el Estadio?
-Al volver de Moscú me enteré de que Hugo Lepe estaba detenido en el Estadio Nacional, -señala Chamaco Valdés. -Pedí una audiencia a Pinochet y me atendió. Intercedí por mi compañero. Me dio un carnet para presentar ante cualquier autoridad militar. ¡Apúrese!, me dijo, sugiriéndome que podía morir en cualquier momento. Afortunadamente, tras mucha búsqueda, lo encontré y fue liberado.
De ese tamaño era el corazón del “Chamaco”. Con su muerte, ya sólo me queda vivo un ídolo deportivo, y espero que viva por muchos años más. Lo espero con la misma fe con que él decía: “Y que gane el ma’ mejol”.