lunes, 4 de abril de 2011

Cierro los ojos


Félix Ignacio Gálvez Cerpa

Mi padre

Cierro los ojos muy fuerte y busco con ansia la oscuridad completa. No lo logro. Lo intento apretando las palmas de las manos contra los párpados, pero es inútil. Siempre vuela alguna luz o alguna estrella luminosa entre los ojos y los párpados, siempre aparece algún brillo violeta que parpadea y no cesa.

Busco la oscuridad completa para imaginar qué podría ver mi padre encerrado en una urna de madera que se oculta bajo tierra. ¿Será que él también puede ver luces y estrellas luminosas en su viaje a través del túnel que describen algunos? ¿Ya habrá desembocado en el cielo?, aquel que nos enseñaron cuando niños y en el que todos son felices y están a la diestra de Dios. Cómo me gustaría ahora creer en ese cielo y en ese Dios. Sería un consuelo para no seguir pensando que ya no está mi padre conmigo, o mejor dicho, nuestro padre con nosotros. Sería un consuelo saber que está en un mundo mejor después de una vida de trabajo y de tres meses de agonía.

Mi padre, Félix Ignacio Gálvez Cerpa, hijo de Zócimo y de Eloisa, nació en Tinguiriríca, uno de los tantos destinos de mi abuelo, calderero y mantenedor de la maquinaria del campo. Vivió su niñez en la calle Dolores, en pleno barrio Pila. Aprendió el oficio de tapicero, con el cual se gano el sustento toda su vida. En ese oficio, aprendido de antiguos maestros españoles y de Moisés Machiavello, llegó a ser uno de los mejores. Mi padre contaba con orgullo que le había tapizado muebles a una descendiente de Arturo Prat, al escritor Benjamín Subercaseux, entre tantos otros, o que había trabajado con los hermanos Marcelo y Horacio Montero, verdaderos personajes de un Chile ya olvidado, o con Miguel Teitelboim, quién fue dueño de un taller de muebles.

Mi padre fue muy aficionado a la música, sobre todo al tango. Él y sus hermanas, Rebeca e Isabel, cantaban muy bien. Rebeca Gálvez cantó de forma profesional durante muchos años con el seudónimo de Dolores Santelmo. Esta tía mía fue uno de los orgullos de mi padre.

Se casó y tuvo ocho hijos. Soy el mayor de ellos y, según dicen los familiares, el que más se le parece. Yo también lo creo. Tengo muchas herencias suyas, buenas y malas. Los genes que nos trasmiten los padres no podemos disociarlos ni seleccionarlos. Tampoco lo pueden hacer nuestros hijos, que cargan con rencores y amores y con toda la herencia de nuestra naturaleza.

Me veo en él cuando disfruto de la música o cuando me conmueve un poema, cuando me emociona una película o cuando me disgusta alguna injusticia. Quizá la herencia más marcada que me dejó es el afecto por la literatura. No recuerdo que algún día escribiera una línea, pero era un consumado contador de historias, siempre inventadas por él y, muchas veces, las iba inventando a medida que continuaba el relato. Ahora pienso que fue un adelantado a lo que ahora llaman cuentacuentos o “literatura oral”.

Cierro los ojos muy fuerte y busco la oscuridad completa. No lo logro. Sólo logro ver la figura de mi padre. Lo veo alegre, sano, joven. Lo veo hablando y riendo con sus amigos, esos de tantos años y que también se fueron. Lo veo con el Lulo, con el Chico Mario, con Cañitas y Juanito el Zurdo; lo veo hablar con su compadre Machiavello; discute de política con el compadre Zambrano, con Don Martín y Gerardo; habla de fútbol con el Teo, con el Guatón Sergio y el Bustos. Lo veo martillando al terminar la tarde, silbando un tango, o escuchando a Charlo, a Fiore o al Polaco. Me remonto en el tiempo y veo a mi padre con sus sobrinos, Salvador y Manuel Jerez Gálvez, van en una antigua camioneta Ford a repartir carne por Maipú, Peñaflor o Malloco. Llevan prisa porque por la noche, en El Rosedal, van a oír cantar a Dolores Santelmo.

Cuando camino por las calles y veo un hombre mayor pienso en mi padre. Imagino que todos los que han perdido al padre piensan lo mismo, ¿por qué él y no este señor, que parece tener la misma edad? Entonces cierro los ojos y lo veo. Lo veo caminando por la calle, con paso seguro y con prisa. Lo veo llegando a casa, en la calle Marinero Pedro Aros, viene acompañado del Chéfalo, -mi guardaespaldas, -decía mi padre. Lo veo en la calle San Ignacio saliendo de la industria, con su infaltable bolso que se fabricaba él mismo. Lo veo aparecer por Paseo Gronhert para llegar a su casa en la población Villa Sur. Recuerdo algún día sábado en que lo acompañaba a hacer alguna compra al centro de la ciudad, cuando luego, después de los deberes, pasábamos a alguna fuente de soda de la calle Bandera a comer un completo o un sándwich acompañado de algún refresco. Ese bocado me sabía a gloria, como el té en choquero y un pan con queso que comíamos por la tarde cuando trabajé con él en la fábrica.

Sería un inmenso sofisma decir que mi padre murió de muerte natural o por causa de alguna incurable enfermedad. También sería un engaño y un oprobio a mi padre no declarar la verdad. Además, ante tanta desidia, no quiero ni puedo cerrar los ojos. En estricto rigor debo decir que a mi padre lo mataron en la UTI y en la sala de “Agudos” del Hospital Barros Luco – Trudeau. A mediados del año pasado le detectaron un incipiente cáncer de colon. Fue el detonante de su tortura. El doctor Ernesto Schultz Fernández, médico cirujano del Hospital Barros Luco – Trudeau lo convenció de que tenía que someterse a una intervención, -si no, la caca le saldrá por la boca, -le dijo. En tono más conciliador, agregó: -Es una operación muy simple, con no más de once días de hospital.

Era el mismo médico que dos semanas antes había convencido a mi padre de que no debía operarse. –Yo, a su edad, no me operaría, -le había dicho, -además, este cáncer se desarrollará como poco en dos años más. No sería aventurado decir, por su comportamiento, que ese médico es un lunático o un bipolar. A mi padre lo operó el doctor Schultz, el mismo que en una página de información médica publicada en la Red, dice y avala que: “Del análisis multivariable se determina que sólo la contaminación con deposiciones tiene valor como factor predictivo que sea dependiente de la técnica quirúrgica; el resto de las variables están relacionadas con comorbilidad del paciente y tipo de resecciones a desarrollar.”

Este cirujano, que en otra página de la Red dice que el índice de mortalidad en una operación como esta es del 1.1%, el mismo que analiza rigurosamente las multivariables, falló precisamente en esa, en la contaminación. Falló en su técnica quirúrgica. La unión de los intestinos quedó drenando, se le declaró una septisemia y a mi padre lo intervinieron dos veces más para hacerle un aseo quirúrgico de urgencia, evidentemente por otro equipo de cirujanos, mientras el doctor Schultz, urgentemente, se iba de vacaciones. Los once días de hospital se convirtieron en tres meses de calvario. Quizá todas estas estadísticas y porcentajes sólo sirvan para las clínicas privadas, donde también atiende el doctor Schultz.

Después de la intervención lo internaron en la UTI. Ahí prosiguió el sufrimiento. En ese lugar se contagió de otras enfermedades, entre ellas de neumonía. Se le complicó la respiración a causa de ello y, para ahorrarse el trabajo de aspirarle las flemas y la complejidad de la ventilación a causa de su nuevo estado, le hicieron una traqueotomía. En esa unidad se le complicaron los riñones y se le debilitó el corazón. Una de las tantas veces que lograron rescatarlo de una neumonía, lo enviaron a la sala de Agudos. Ahí fue aún peor. En la hora de visita diaria, mis hermanas lo encontraron varias veces mojado, sucio con sus propias deposiciones, con dificultades para respirar sin que nadie lo atendiera. Ante las quejas, comenzaron las brillantes explicaciones médicas. –Es que su padre está pagando su afición al cigarrillo, -dijo uno. Mi padre no fumó jamás en toda su vida. –Es que es un paciente de edad avanzada, -dijo otro. Es verdad, mi padre tenía 85 años, pero, independiente del asomo de cáncer de colon, tenía todos sus órganos en perfecto estado y, además, tenía un antecedente genético, mi abuela, su madre, murió con 106 años y era la persona más lúcida y sana que he conocido. Por otra parte, lo que no entendía el médico, y es su especialidad, es que mi padre no podía sanar si no le limpiaban sus meados y sus deposiciones. Cosas de médicos.

La última batalla fue aún más desastrosa. Quisieron hacerle una nueva operación para alimentarlo a través de un tubo conectado al estómago y así poder enviarlo a casa. Otra vez los médicos intentaban ahorrarse trabajo y responsabilidades. Nos negamos a ello. Mi padre entró al hospital caminando, con todos sus órganos en buen estado. El día que se internó, se levantó temprano, se duchó y preparó su desayuno. Eso no hubiese sido posible si hubiese sido un anciano inútil, como nos pretendían hacer creer los médicos. Ahora estaba postrado, respirando apenas, sin poder moverse, sin poder comer y sin poder hablar.

Mi padre murió el 23 de marzo de 2011. Nos avisaron del hospital media hora después que hubiésemos abandonado la sala de Agudos por fin de la hora de visita, una hora después de que nos informaran que sus constantes estaban bien. Volvimos al hospital. Esta vez ya no había restricciones para entrar a verlo. El médico que nos atendió nos dio su informe. Había fallecido por una falla pulmonar. Le hice saber que las neumonías las había cogido en el hospital, que su muerte era por infecciones intrahospitalarias. Con una mirada desafiante, simplemente me respondió: -Si.

Mientras mi padre yacía muerto en su cama de hospital, pudimos entrar varias veces a la sala. Esta vez el asombro tuvo tintes de horror. Nos dimos cuenta cómo tratan a los enfermos en las horas que no están sus familiares. Un paciente pedía agua, vi una enfermera intentando, de cierta distancia, acertar en la boca del paciente con un chorrito de agua que le lanzaba con una jeringa. Escuché a otra insultar a gritos a un enfermo que se quejaba de dolor. Presenciamos situaciones que denigran la condición humana. Esas personas, contratadas para cuidar enfermos, pagadas con el dinero de nuestros impuestos, pensarían que los pacientes, aunque fueran de edad avanzada, piensan, sienten, aman, sufren, tienen dignidad y tienen familia. Eso sucedía en la sala de Agudos del Hospital Barros Luco – Trudeau, el día 23 de marzo de 2011, la tarde en que murió mi padre. Me pregunto, ¿Cuántas veces harían lo mismo con él? Me desespera la respuesta.

Me agradaría que el cirujano que lo operó, que los jefes de servicios de las salas de Agudo y de la UTI tuvieran un poco de ética y dignidad, aunque fuera de esa falsa dignidad y altanería con que se dirigen a los familiares de los pacientes. Me gustaría que se explicaran, que me contradijeran. Es más, aceptaría gustoso que se querellaran judicialmente por este testimonio. Así tendría la oportunidad de documentar y explicar esto ante un juez. Pero se que no lo harán, precisamente por falta de dignidad y de ética.

Cierro los ojos con ira e impotencia y quisiera ver postrados en una cama de hospital público a todos aquellos que trabajan en él. Quisiera verlos recibiendo la misma atención que ellos proporcionan a los enfermos. Pero es inútil, los médicos y los enfermeros no acuden a la salud pública. Sin embargo, quisiera darles un simple recado a los poderes políticos y fácticos de este país:

Señores de la TV: no hagan reportajes para demostrar que cualquiera con un delantal blanco puede entrar a los recintos hospitalarios. Háganlo para mostrar cómo tratan a los enfermos en la sala Agudos del Hospital Barros Luco – Trudeau. Pregunten por qué en esas salas, en las que se pretende tratar a los enfermos graves, se concentra el máximo de virus e infecciones de todo el hospital. Pregunten cuál es el índice de mortalidad en esa repartición. Pregunten quién controla a los/as enfermeras en el trato a los pacientes.

Señor Jaime Mañalich, Ministro de Salud: A veces pienso que, igual como no reparan las carreteras para obligar al usuario a usar las autopistas concesionadas, del mismo modo no se mejora la salud pública, para obligar al usuario a recurrir a la medicina privada. Señor Ministro, el caso de mi padre está denunciado por escrito en la dirección de todas las reparticiones correspondientes, incluso en una página de denuncias de Internet hay una queja firmada por mi hermana. Aunque todos nos encontraron la razón, nadie hizo nada. Una vez lo escuché decir que hay que denunciar lo que no funciona. Señor Ministro, creo que lo suyo fueron palabras la viento. La evidencia me hace creer que usted ignora que los médicos de ese hospital incumplen el más mínimo deber para con el paciente, que es el de informar de su estado a los familiares. Usted ignora, señor Ministro, que a los pacientes les roban todas sus pertenencias, las mismas que en un listado solicitan los enfermeros para ellos. Enseres y complementos que deberían estar en el stock del hospital. Sabe usted, señor Ministro, que la sala de Agudos del Hospital Barros Luco – Trudeau es atendida sólo por estudiantes de medicina. Creo que usted ignora muchas cosas, señor Ministro, y si las conoce y calla, peor es su culpa. Ignorarlas ya es una falta, conocerlas y callarlas, agrava la falta.

Señor Presidente Sebastián Piñera: Usted hizo promesas electorales. Entre ellas solucionar el problema de la deficiente atención en la salud pública. Lo vi y lo escuché en un debate televisado. Mi padre murió porque usted aún no cumple sus promesas y mientras más tarde en cumplirlas, otras personas morirán por su tardanza. Es cierto que para mi padre usted no era el candidato de su elección, pero, en reiterada ocasiones, usted ha dicho que es el presidente de todos los chilenos. Por favor, señor presidente: demuéstrelo.

Espero que algún mensajero sensible, anónimo o público, pueda dar este recado a sus destinatarios.

Cierro los ojos muy fuerte y veo lo que no quería ver. Veo a mi padre muerto. Es muy desgarrador tener que verlo así. Como cualquier ser humano, tenía que morir. Podía haber muerto varios años atrás, de cualquier enfermedad o accidente, son cosas que pasan todos los días. Es verdad que llegó a una edad avanzada. Es verdad que no todas las personas llegan a conocer a sus nietos y biznietos, como sucedió con mi padre. Es verdad que le descubrieron una enfermedad grave y mortal si no se atiende a tiempo, pero no murió por esa enfermedad. Murió por la desidia de seres inhumanos, indolentes y negligentes. Murió después de tres meses de tortura en la sala de un hospital público.

domingo, 27 de febrero de 2011

Gonzalo Rojas


Carbón

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho,

lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,

cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento

como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor

a caballo mojado. Es Juan Antonio

Rojas sobre un caballo atravesando un río.

No hay novedad. La noche torrencial se derrumba

como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,

dame esa luz, yo quiero recibirlo

antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

para que se reponga, y me estreche en un beso,

y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene

embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso

contra la explotación, muerto de hambre, allí viene

debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

de roble, que tú mismo construiste. Adelante:

te he venido a esperar, yo soy el séptimo

de tus hijos. No importa

que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,

que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,

porque tú y ella estáis multiplicados. No

importa que la noche nos haya sido negra

por igual a los dos.

-Pasa, no estés ahí

mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Centenario de Miguel Hernández

Ecos de las actividades en Chile.
http://www.youtube.com/watch?v=QCVtPnJdowo
www.youtube.com
Julio Gálvez Barraza (Chile) Escritor chileno que residió en Castelldefels entre 1973 y 1995. En 1998 obtuvo el primer premio en el concurso internacional "Neruda: el ser americano", convocado por la Fundación Pablo Neruda. El 2003 publicó el libro Neruda y España (Ril Editores, Santiago, 2003).

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Luis Enrique Délano. Sobre todo Madrid


A Poli Délano

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que Luis Enrique Délano era feliz en Madrid, donde trabajaba e incluso cantaba, (A las dos de la madrugada, en otra taberna, la de la Palma, donde todos cantamos, aunque parezca mentira Délano cantó canciones chilenas y yo argentinas[1]), donde escribía, compartía y aprendía. Sobre todo, aprendía a vivir. Todas las ciudades enseñan cosas. Yo lo he llegado a saber. Cada una de aquellas en que he vivido me dejó algo, un sedimento de calor, una lección de lo que es la resistencia humana, de lo que son los hombres frente a la alegría o en presencia de la dureza de la vida. Sobre todo Madrid. Precisamente así tituló uno de sus libros de memorias; Sobre todo Madrid. Aunque son varias las crónicas y artículos en que el escritor evoca esos años y esa ciudad. Uno de ellos, publicado a tres años de su regreso a Chile, lo inicia añorando la ciudad de acogida. Madrid vive en mí, con recuerdos que se hacen cada vez más tirantes, más urgentes. Recuerdos que se traducen en un afán de volver a ver la querida y gloriosa ciudad, y en un temor, bien justificado, por cierto, de encontrar un Madrid que no era el mío, el que mi corazón amaba.[2]

Délano conoció la ciudad de extremo a extremo. Desde el viejo Madrid, aquel en que vivió sus primeros meses en la calle de los Mancebos, el de las calles estrechas, de los Mercados, el Rastro, la Plaza de la Cebada, la calle de cuchilleros, hasta la Ciudad Universitaria, en ese entonces de reciente construcción. Muchas veces caminó, de regreso a su casa, por la calle de la Paloma, con posadas de tres siglos de antigüedad, en la que estaba el famoso Mesón del Segoviano, donde arrieros y turistas comían el mismo cocido a la madrileña. En ese Mesón había un viejo álbum en el que firmaban los forasteros de cierta categoría. Una noche, curioseando en él, Délano encontró los nombres de sus compatriotas: Joaquín Edwards Bello, Galileo Urzúa, Alfredo Lobos y Alfredo Condon, aquel funcionario chileno que recibió los primeros manuscritos de Residencia en la Tierra, cuando Neruda estaba aislado en Oriente.

Sin ser un asiduo de bares y cafés, Délano acudió más de una vez a aquellos lugares que se hicieron famosos por las reuniones y tertulias que en ellos se celebraban. El de la Granja de Henar, por ejemplo, donde iba muy a menudo Valle Inclán y donde podía encontrarse al poeta Rafael Alberti y al dramaturgo Jacinto Grau, o al café de la calle San Bernardo, que albergaba a don Antonio Machado, a Pío Baroja y los demás sobrevivientes de la generación del '98; la Cervecería de Correos, frente al Palacio de Comunicaciones, donde se reunía la peña de Federico García Lorca; Pombo, en la calle Carretas, cerca de la Puerta del Sol, en la que el protagonista era Ramón Gómez de la Serna; el café España, en el que se reunían los amigos de Neruda; la bodega oscura y pintoresca de Calatrava, donde conoció a Augusto D'Halmar y en la que servían unos caracoles guisados que sabían a gloria. Alguno de esos sitios fue más cercano al carácter de Délano. Es el caso de La Taberna de Pascual, en la calle de la Luna, donde se cantaba, se bebía buen vino y se podía estar la noche entera oyendo cantar a los otros; o la Taberna de Vicente, que se caracterizaba por sus tapas y por la rapidez con que llenaban los vasos puestos en hilera encima del mostrador. En los días en que el dinero era escaso, las cenas se hacían en un pequeño bar de la calle Hilarión Eslava, muy cerca de la Casa de las Flores. Por una peseta les servían un bistec con porotos blancos estofados y un vaso de vino y, lo más agradable del sitio, según Délano, es que no hacía falta avisar cuando iban a quedar debiendo el consumo. Bastaba con un leve movimiento de cejas para que el dueño del establecimiento comprendiera. Y así, cien y una taberna conocidas en aquel Madrid mágico. Y si había alguna que no se conocía, se descubría. Uno de los placeres del grupo de amigos era descubrir nuevas bodegas y sitios agradables.

Neruda descubrió una noche una taberna que tenía un nombre ilustre: Picasso, especializada en excelente vino añejo a dos pesetas la botella. La subían desde la cueva, chorreando telarañas. El secreto de este Picasso consistía en dejar descansar por años las botellas de vino corriente en su bodega. El tiempo iba dotando al vino de dulzor y categoría.[3]

Sin embargo, una de las calles de recuerdos más entrañable para Délano en aquel viejo Madrid, es la de la Fuente del Berro, y no por que allí hubiera algún café o taberna famosa por sus tertulias. En esa calle se situaba la Maternidad María Cristina, en la que el 22 de abril de 1936 nació Poli, su único hijo. El padre evoca el debate con su esposa por el nombre que debía llevar el primogénito. Cuando la encargada de estadística de la maternidad le preguntó qué nombre le pondrían, tuvo en los labios la palabra Policarpo. Era natural, así le comenzó a llamar Neruda y así le llamaban desde varios meses antes. Un gesto de Lola lo detuvo.

‑No le vamos a poner Policarpo... ‑dijo Lola.

‑¿No?

‑¡Cómo se te ocurre! Es un nombre muy estrafalario. Cuando grande nos maldeciría.

-¿Y qué diablos hacemos? Hay que inscribirlo ahora. Si no, será hijo ilegítimo.[4]

Lo inscribieron con el nombre de su padre: Enrique. Pero le llamaron Poli por siempre. Con los años, Poli se convirtió en un portentoso narrador y en el orgullo de sus padres. Además, contrariamente a lo que pudo pensar alguna vez Lola Falcón, nunca los maldijo por haberle dado ese nombre.

De la tierra en que pacen las bestias

y cuya superficie el viento dora,

de esa misma región hecha de lodo y hierba

ha venido a situarse entre mis brazos.

¡Cómo le espanta el viento de los trenes,

cómo lo sobresaltan los ruidos que empuja la noche!

Hay en mi pecho un temblor que se mete en mis huesos

cada vez que la pura frente alza y abre los ojos mudos.

En él que es de la tierra, los vientos se entrecruzan

y resbalan las roncas tempestades.

En él veo los rostros de generaciones distantes,

generaciones difuntas, con el cabello vencido

y ropas de ceniza que ya no se sostienen.

Veo lejanos seres de tierras congeladas,

navegantes, soldados, rubios exploradores,

Délanos decorados con encendidas barbas

cuyos huesos descansan al fondo del océano.

¡Ah camarada mío, en él me veo yo

como era, como soy, como seré en la muerte,

tendido, en abandono, hacia el aire los ojos!

Luego, cuando sonríe, ¡oh propicia ternura,

oh pedazo de tierra salvaje y silenciosa,

yo por esa sonrisa, por conservarla siempre,

daría hasta las últimas raíces de mi vida![5]

Lola Falcón y Luis Enrique Délano ya eran padres. Responsables y orgullosos padres. Quizá éste profundo sentimiento hizo que Luis Enrique, algunos años después, evocara con ternura la figura de una niña, que no tuvo la fortuna que tuvo su hijo:

La recuerdo como a una niña pálida, de cabellos y ojos oscuros, como los de su padre. ¿Los rasgos nórdicos de su madre no se reflejaron en ella? Pensándolo bien, quizá la forma de la cara era la de Maruca. La recuerdo en su cuna y en el cochecito en que su madre la llevaba al parque, el Parque del Oeste, que era el que quedaba más cerca de la Casa de las Flores ‑una especie de edificio Condesa del Madrid de esa época‑, donde vivía la familia... No hablaba, solamente miraba con sus ojos grandes y dulces, como asustados. ¡Y cantaba! Su madre, que era muy entonada, le había enseñado a cantar y la niña seguía la melodía de las canciones también con muy buen oído.[6]

Haciendo gala de su bien ganada fama de memorialista acucioso, recordaría en México a Malva Marina Trinidad, la única hija de Neruda, nacida en el turbulento y mágico Madrid de aquellos años.

*Extraído del libro "Luis Enrique Délano. Profesional de las distancias", (Inédito) de mi autoría.


[1]Raúl González Tuñón. Recuerdo de Miguel Hernández. Aurora de Chile Nº 13, Santiago, 4 de agosto de 1939. p.2.

[2]Luis Enrique Délano. Madrid. Revista Qué Hubo Nº 5, Santiago, 11 de julio de 1939. p.22.

[3]Ibíd.

[4]Luis Enrique Délano. Sobre todo Madrid. ob. cit.

[5]Luis Enrique Délano. El Hijo. La Hoja Verde, Nº1, Santiago, Marzo 1991.

[6]Revista Araucaria de Chile Nº 28, Madrid, 1984.

viernes, 5 de noviembre de 2010

CENTENARIO DE MIGUEL HERNÁNDEZ

LOS CIEN AÑOS DE UN POETA. HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

30ª Feria Internacional del Libro de Santiago. Centro Cultural “Estación Mapocho”- Santiago de Chile • 11, 12 y 13 de noviembre 2010

Organizan: Consejería Cultural de la Embajada de España y Fundación Pablo Neruda

PROGRAMA

Jueves 11 de noviembre

19:00 ACTO INAUGURAL de “Los Cien Años de un Poeta: Homenaje a Miguel Hernández”
Bienvenida y Presentación del Encuentro.
Intervienen: Fernando Sáez, Director Ejecutivo Fundación Pablo Neruda.
José Carlos Rovira, Presidente Comisión Ejecutiva Centenario de Miguel Hernández
Juan Manuel Cabrera, Embajador de España en Chile
Con la participación del cantautor Joan Manuel Serrat
(Dirigirá unas palabras a propósito del centenario del poeta y del reciente lanzamiento de su segundo disco de canciones basadas en poemas de Miguel Hernández).

“Elegía” Recitada por el actor Humberto Duvauchelle.

RECITAL
“Eduardo Peralta canta a Miguel Hernández”
Recital poético musical del cantautor y trovador chileno.

Sala de las Artes de Estación Mapocho*
(*) Ingreso a la sala sólo con invitación.


Viernes 12 de noviembre

“CONVERSACIONES SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ”
Serie de cuatro coloquios hernandianos con la participación de un destacado panel de especialistas internacionales y nacionales.


18:30 1er. Coloquio: “Miguel Hernández en el contexto literario español de los años 30”
Participantes: Francisco Javier Díez de Revenga, catedrático de la Universidad de Murcia, España; escritor / Nelson Osorio, profesor de la Universidad de Santiago de Chile.
Modera: Fernando Sáez, Director Ejecutivo de la Fundación Pablo Neruda, escritor.
Sala Camilo Mori

RECITAL
19:30 “Miguel Hernández en Música y Poesía”, recital poético musical presentado por Carlos Ledermann, concertista en guitarra flamenca (Gustavo López, en percusión) y el actor Humberto Duvauchelle.
Sala Camilo Mori


“CONVERSACIONES SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ”
20:00 2º Coloquio: “La relación de Pablo Neruda y Miguel Hernández”
Participantes: Serge Salaün, catedrático de la Universidad de la Sorbonne Nouvelle, París III, Francia / Julio Gálvez Barraza, escritor chileno.
Modera: Darío Oses, Director de la Biblioteca de la Fundación Pablo Neruda, escritor.
Sala Camilo Mori

Sábado 13 de noviembre

“CONVERSACIONES SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ”

11:30 3er. Coloquio: “Miguel Hernández ante la poesía latinoamericana”.
Participantes: José Carlos Rovira Soler, catedrático de la Universidad de Alicante y Presidente de la Comisión Centenario de Miguel Hernández, de España / María Inés Zaldívar, escritora y profesora de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Modera: Darío Oses, Director de la Biblioteca de la Fundación Pablo Neruda, escritor.
Sala Camilo Mori


12.30 4º Coloquio: “Sobre el significado y el valor de la obra de Miguel Hernández”.
Participantes: Francisco Escudero Galante, del Centro de Estudios Hernandianos, Elche, España; periodista y escritor / Andrés Morales, escritor y profesor de la Universidad de Chile.
Modera: Jaime Pinos, Director de la Casa Museo La Sebastiana, escritor.
CIERRE DEL ENCUENTRO
Sala Camilo Mori


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Panel de especialistas internacionales participantes en “Conversaciones sobre Miguel Hernández”

Participantes España:

1. José Carlos Rovira
2. Francisco Javier Díez de Revenga
3. Serge Salaün (Francia)
4. Francisco Escudero

Participantes Chile:

1. Nelson Osorio
2. Julio Gálvez Barraza
3. María Inés Zaldívar
4. Andrés Morales


Moderadores: Fernando Sáez, Darío Oses, Jaime Pinos.

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OTRAS ACTIVIDADES:

• Coloquio en la CASA MUSEO LA SEBASTIANA, Valparaíso, organizado por la Fundación Pablo Neruda.
Martes 9 de noviembre, 19,00 horas. Miguel Hernández y Chile. Participan: José Carlos Rovira, catedrático de la Universidad de Alicante y Presidente de la Comisión Centenario de Miguel Hernández, de España y Julio Gálvez Barraza, escritor e investigador.

sábado, 16 de octubre de 2010

PERIODISTA NECESARIO


Nibaldo Mosciatti, periodista de Radio Bio Bio fue galardonado con el Premio Embotelladora Andina 2010. Su discurso, al recibir el premio, no tiene desperdicio.
Desde un comienzo, Mosciatti disparó contra la Universidad Católica, la Iglesia, la dictadura, los militares y los periodistas al servicio de las relaciones públicas y el poder. Me parece un texto necesario y digno de estudio para futuros periodistas, por eso lo cuelgo en este Blog:

Como el orden de los factores SÍ altera el producto, este discurso comienza así: ¡Familia!, Constanza y retoños, amigas y amigos, queridos auditores, añorados lectores, circunstanciales televidentes, jurado del premio, embotelladora del premio (siempre hay que ser bien educado), autoridades varias y vagas; autoridades en la vaguedad. O sea, en la distancia. Amablemente.

Este texto consta de tres partes. A saber: agradecimientos, reflexiones sobre el oficio y, finalmente, piloto para un espacio de radio de trasnoche. Vamos, pues…

1.- Agradecimientos:

Quiero agradecer a mis maestros. A los que, primero, me enseñaron. Quiero agradecer a mis padres. El rigor de la Loli y la fantasía de Pocho. La perseverancia y pasión de ambos. El aprendizaje de ver pasar el río, de plantar algunos árboles. El vivir la vida sin ambición por el dinero, ni ínfulas sociales.

En este oficio de periodista quisiera haber heredado una pizca del talento, la sensibilidad y la rebeldía de mi padre. Sin esas cualidades, el periodismo se convierte en otra cosa: en una simple reproducción de discursos, en un engranaje más de las máquinas de los poderes y los poderosos, en esa cosa amorfa, triste, gelatinosa, y, a veces, ruin y malvada, que son las relaciones públicas o todo tipo de comunicación que está al servicio de unos pocos en detrimento de la mayoría anónima.

Quiero agradecer, andando ya el camino, a algunos profesores. De mi colegio: Lamiral, Varela, Tolosa, Fierro, Boutigieg, Pilon, Biancard. La añoranza de ese espacio de libertad cuando la libertad escaseaba.

Y de la Universidad… allí, en verdad, gracias a pocos. Es más, si hablo largo terminaría a los garabatos y repudiando a muchos de esa Universidad Católica, la UC de aquella época, puta prístina de la dictadura, con sus sapos, sus silencios cómplices, sus injusticias mofletudamente bendecidas, bendecidas por sus monseñores y sus autoridades venenosas que no se arrugaban en tolerar, avalar y alentar la brutalidad para preservar el orden, que era un orden chiquitito, orden sólo de ellos.

Doble mérito entonces para mis profesores de la Universidad a los que agradezco: Juan Domingo Marinello, Cacho Ortiz, Gustavo Martínez y los Óscares: Saavedra y el RIP González, lo que no es maldad, porque todos nos vamos a morir. Así es que RIP nomás.

Y, en el oficio, más gracias. Gracias a algunos que me apuntalaron, mostrándome matices de dignidad: Salvador Schwartzmann, Jaime Moreno Laval, Mario Gómez López, Gabriela Tesmer.

Los otros, los amigos que me enseñaron y que, por sobre todo, quiero: Andrés Braithwaite, el mejor editor de prensa escrita que haya conocido nunca; Pancho Mouat; los laberintos del pensamiento de Ajens; Pablo Azócar y el filo de su pluma; Rafael Otano y su erudición que te obliga a ubicarte donde siempre debe ubicarse un periodista, que es en la ignorancia; y Patricio Bañados, que me ha mostrado el valor de las convicciones y la decencia que debería imperar en este medio. Pero ustedes lo saben: NO impera.

En cuanto al premio mismo, gracias al premio, que permite esta convocatoria. Así veo a gente que quiero. Premio gracioso y gaseoso. Tan gracioso que creí que era pitanza. Premio de fantasía y bebestible, para mí, que me ufano de haberme criado bebiendo agua de un pozo alimentado por una napa subterránea que desciende al río Bío Bío desde la cordillera de Nahuelbuta. Agua pura.

Gracias, entonces, al jurado que me eligió. Gracias sinceras porque, por lo demás, no he postulado a premio alguno, lo que me indica que mi nombre les salió del corazón. O de la razón, lo que no sé si es mejor o peor, todavía.

Y gracias a la empresa que da el premio. Premiar periodistas es labor samaritana. Mejor que el Hogar de Cristo o la Teletón, en la medida en que no se convoque, paradójicamente, a la prensa.

Sugiero a la embotelladora que también se incluya, en galardones paralelos, a zapateros remendones, desmontadores de neumáticos en vulcanizaciones, panaderos, imprenteros, empastadores de libros, ebanistas y expertos en injertos de árboles frutales, para que se consolide la idea de que lo que se premia es el ejercicio de un oficio, el día a día de las letras, y no la ruma de certificados, con sus timbres y estampillas, ni la galería de cargos, ni, menos todavía, la trenza de contactos, pitutos, militancias, genuflexiones (para no usar imágenes obscenas) favores y deudas. Así debiera ser.

En suma, muchas gracias. Gracias por mí, pero también gracias por La Radio. Este premio es, en gran parte, mayoritaria parte -seamos sinceros-, un premio a Radio Bío Bío. Un premio a un proyecto que nació en 1958, en Lota, con radio El Carbón. Un proyecto que mi padre no sólo ideó, parió, construyó, afianzó y encauzó, sino que es un proyecto que sigue siendo fiel –y esperamos no tropezar nunca en ello– a lo que mi padre quiso. Eso es lo que más se merece un premio: la idea de un medio de comunicación al servicio de la gente, sin cálculos, sin ideas de trampolín para lanzarse a otra piscina. Señoras y señoras, muchas gracias.

2.- Reflexiones sobre el oficio:

Lo primero es que trataré de evitar, probablemente, sin éxito, el peligro de todo discurso, que es terminar pontificando. Imagínense: yo de pontífice. Pondría mis condiciones eso sí: fin al celibato y, por supuesto, me negaría a usar esas polleras que usan los pontífices. Báculo sí usaría: más de alguno con que me cruzo merece un garrotazo, y los báculos papales y obispales, a veces pesados con tanto oro, deben ser buenísimos para tal efecto.

Bien, no nos desviemos, aunque el tema provoque curiosidad malsana.

Entonces: evitar pontificar. Porque el periodismo debiera estar lo más lejos posible de los pontífices: los de las religiones, la política, los negocios, la banca, el capital, la revolución, la involución, las dietas, las verdades reveladas, las ideologías, la numerología y tantos etcéteras. O sea, lejos de las certezas. El periodismo sólo se sostiene en su falta de certidumbres, en la duda permanente, en el escepticismo, en la incredulidad.

Vivir poniendo en duda todo puede, es cierto, generar angustia. Pero si no se busca el poder, la certeza mayor que te da el poder y, por consiguiente, la posibilidad del abuso –porque eso es el poder: la posibilidad de abusar–; si no se busca esa certeza, se puede vivir de lo más bien.

¿Cómo vivir en el ejercicio de la duda? Aventuro una respuesta: haciéndolo desde la sensibilidad. Sensibilidad para entender al otro. Hacer el ejercicio de despojarse de lo propio –las ideas, los odios, las fijaciones– para intentar reconocer, conocer, entender lo ajeno.

Hay, al menos, dos periodismos. Voy a dejar fuera a esa manga de serviles que, por opción (libero de culpa a los que no tuvieron alternativa), fueron útiles plumíferos de la dictadura. Siempre he sostenido que en dictadura, hacer periodismo es hacer oposición. Si yo pretendiera hacer periodismo en China, hoy, sería agente opositor (y qué bueno que el Premio Nobel de la Paz se haya otorgado a un disidente chino).

Bueno, dejando de lado esto, repito que hay, al menos, dos periodismos: Uno, el que le habla a la gente, porque piensa en la gente y siente que está al servicio de ella. Otro, el periodismo que le habla a los poderes, porque vive en ese rincón restringido y cálido –pero nunca gratis– que los poderes guardan a ese periodismo. Es un rincón un poco humillante, como esas casuchas para los perros guardianes, que te guarece de la lluvia pero que incuba pulgas y garrapatas, pero allí nunca falta el tacho con comida. Sabe mal, pero alimenta. Y, en general, engorda.

Lo que entiendo por periodismo es lo primero: el periodismo es un ejercicio de antipoder. Repartir, difundir, democratizar la información que, si es tenida en reserva por unos pocos, constituye poder. ¿No les suena acaso la figura de “uso de información privilegiada”?

Mi convicción, entonces: lejos de los poderes, que el poder corrompe. Y a más poder o más dinero, más corrupción.

De lo mucho que le debo a mis lecturas –en rigor no he hecho más que repetir cosas que he considerado inteligentes y por otros dichas–, le debo a Albert Camus la mejor definición de patriotismo. Si la bandada de sujetos vociferantes que se dicen patriotas se aproximara a esa definición, algo de eso que se sueña como humanismo sería factible. Escribió Camus, a propósito de la resistencia francesa a la ocupación nazi:

“Fue asombroso que muchos hombres que entraron en la resistencia no fueran patriotas de profesión. Pero el patriotismo, en primer lugar, no es una profesión. Es una manera de amar a la patria que consiste en no quererla injusta y en decírselo”.

Uno podría cambiar el término patria por humanidad y patriotismo por humanismo. Y uno podría considerar que ese ejercicio de humanismo es el buen periodismo.

Para no subirse por el chorro, una advertencia: muchos periodistas estaban o están convencidos que el periodismo es la palanca o instrumento para generar un cambio social. Nica. O sea, no. Quienes piensan así exhiben, quizás sin darse cuenta, una arrogancia y un mesianismo temible. Allí no hay duda, ni cuestionamiento. Los cambios los hacen los pueblos, no el periodismo. Tratemos –termino igual como empecé–, tratemos de no pontificar.

3.- Piloto para un espacio radial en el trasnoche. ¡Invito a que me acompañe (en saxo) Nano González!

¿Por qué te premian? ¿Porque ya eres suficientemente viejo? ¿Por qué ya lo que dices son puras boludeces y tus dichos perdieron filo, agudeza, desparpajo, y te repites como un viejo gagá que no dice nada nuevo ni nada que escandalice? ¿Por eso te premian, porque la lengua te la comieron los ratones? O, mejor dicho, ¿porque tu lengua se pudrió, de desprendió, añeja, agria, inútil?

Sobrevuelas un pedazo de tierra, hermoso por lo demás (bueno, hermoso en lo que va quedando de hermoso, porque lo otro ya lo arrasaron) y te dicen: mira, esa es tu Patria. ¿Qué es eso? ¿Una Patria, La Patria, tu Patria? ¿Para despedazarla y repartirla? ¿Para prohibirla, censurarla, amordazarla? Será mejor, entonces, no tener Patria, y ahorrarnos uniformes, paradas militares, desfiles, aniversarios, profesionales ociosos de la guerra. No, no, no; mejor así: que los militares sigan siendo ociosos y que no ejerzan su trabajo. Digo: no a la guerra. Y agrego: mar para Bolivia, y con soberanía.

En cada uno de nosotros habita ese lobo que ve a los otros como ovejas, y quiere devorárselas. Pero no nos engañemos, los lobos son los lobos de siempre. Se les reconoce por el hedor que van dejando sus meados. No trates de domesticar al lobo. Sácale lustre, aliméntalo con carne cruda y no lo retengas cuando llegue la hora de las dentelladas. ¿Se acuerdan de ese coro, auténtico, maravilloso, porque ponía en duda el orden que es, como todo orden, en el fondo, una prisión? El coro decía: ¡va a quedar la cagada, va a quedar la cagada, va a quedar la cagada…!

Nosotros, asesinos. Esa cualidad última es la que se promueve. No veas al otro como un socio, olvídate del concepto de prójimo (salvo cuando vayas a ese teatro vacío que se llama iglesia). Gánate un espacio, desplazando a otro. Es una lógica asesina. Bienvenidos al carrusel de los depredadores. Nuestro futuro está escrito: feliz regreso al canibalismo.

¿Dónde están los que no están? Bueno, yo lo sé, porque así lo siento: en ningún lado, por algo no están. Chau, listo, se acabó… Pero están. En nuestros recuerdos, en la memoria. Me gustaría que estuviera aquí Galo Gómez. Galo Gómez hijo. Romántico y pendenciero, pero tan buen tipo que sus peleas eran pura bondad. Galito, ¿te mataste o te mataron? No, parece que fue la borrachera y el exceso de velocidad. Te mataste, entonces. Te echo de menos.

Luciérnagas en la noche. Bajo los boldos, vuelan encantadas las luciérnagas de mi niñez y juventud. No las vi por años, casi décadas, hasta que una noche reaparecieron. Allí, en la orilla del Bío Bío. ¡Luciérnagas en la noche de nuevo! Como un mensaje que dijera: no todo está perdido, no todo es derrumbe. La sobrevivencia de las luciérnagas como metáfora de la supervivencia de lo hermoso, de los sueños, de que sigan existiendo luciérnagas para los futuros niños.

Y sí… Quisiera volver a ser un niño. Vivir, aunque sin saber, que todas las posibilidades del mundo están abiertas y disponibles para mí. Eso es la niñez: la infinitud de rumbos, la ausencia, por el momento, de condicionamientos, directrices, guías. El primer día de colegio es el primer navajazo a esa infinitud. Quisiera volver a ser un niño, antes del colegio. Niño, niño. Puro horizonte, posibilidades infinitas. Quisiera ser niño. ¡Y sin premio!

viernes, 1 de octubre de 2010

NO AL CERCO INFORMATIVO


EPISTOLARIO
Fuentes: Revista Digital Provincia Virtual Nº 266

Carta al Presidente de Chile, fechada el 2 de septiembre de 2010

Señor: Sebastián Piñera Echenique
Presidente de la República
Palacio La Moneda
Santiago, Chile

Presente:
Lo primero que quiero decirle es que escribo esta carta con mucha tristeza. Mi nombre es Relmutray Cadin Calfunao, de 12 años de edad, en estos momentos vivo en Suiza, y desde el 10 de Septiembre del año 2008 estoy a la espera del resultado de mi solicitud de asilo político en este país. Soy la hija menor de la lonko Juana Calfunao Paillalef, presa política mapuche que se encuentra encarcelada en la cárcel de Temuco por más de 4 años, sentenciada por ofender a la autoridad.

A pesar de la buena conducta de mi madre, y no haber herido ni causado daño a nadie, las autoridades judiciales le han negado en tres ocasiones la solicitud de libertad incondicional. En estos momentos, mi madre está enferma, producto de las torturas, tanto físicas como psicológicas, de las que ha sido objeto durante su detención.

La mala salud de mi madre se ve agravada por la tristeza que la embarga al observar que la vida de su hijo Waikilaf, quien se encuentra en huelga de hambre por más de 50 días, se consume lentamente. Mi hermano Waikilaf se encuentra en huelga de hambre desde el 12 de julio, junto a otros 32 hermanos mapuches. Además de la tristeza que me causa la mala salud de mi madre y de mi hermano, quien en los últimos días ha sido llevado de urgencia al hospital para salvarle la vida, ayer me enteré que otros tres niños mapuches se sumaron a la huelga de hambre, protestando por su inocencia y por haber sufrido torturas en las cárceles chilenas.

Sr. Presidente, yo no entiendo de política, porque soy solo una niña, pero me pregunto, ¿porque existe tanta represión contra mi pueblo? Los mapuches que llevan años encarcelados, como mi madre, no han matado ni robado a nadie, mientras que policías, que en los últimos años han matado a cinco jóvenes e hicieron desaparecer otro, están libres. ¿Donde está la justicia?

Señor presidente, como exiliada mapuche solicito que atienda usted las siguientes demandas que están solicitando mis hermanos mapuches en huelga de hambre:

- No aplicación de la ley antiterrorista
- Derogación del doble procesamiento, civil y militar
- La desmilitarización de las comunidades mapuches, y no más violencia contra los niños y niñas mapuches
- Respeto al debido proceso (juicios justos)
- La retirada de nuestro territorio de las empresas forestales y de las empresas contaminantes

Señor presidente, a pesar de las pesadillas que me causan el brutal asalto de mi casa, los allanamientos reiterados de mi comunidad y el apaleo de mi madre que observe cuando pequeña, mi gran deseo es volver a mi tierra. Si esta represión cesara en nuestra comunidad y tuviera un hogar, libres de allanamientos y además se respetara a los niños, yo bien podría volver a mi comunidad a disfrutar del paisaje de los ríos y de la naturaleza de mi tierra y volver a estar junto a mis padres y hermanos. "De usted depende, señor presidente".

Atentamente.

Relmutray Cadin Calfunao
Exiliada Política Mapuche
Suiza 02 de Septiembre 2010

P.D.- Pido a quien quiera que lea esta carta, que si tiene a bien visitar a mi madre la Lonko, Juana Calfunao Paillalef, lo puede hacer en la cárcel de mujeres, Callejón Carmines 0249, Temuco, IX Región, y a mi Hermano Waikilaf Cadin Calfunao Cárcel de Angol; o a mi Padre en Chile. Antonio Cadin Huentelao.


Carta de 20 parlamentarios europeos a Juan Somalia, Director General Organización Internacional del Trabajo, fechada el 20 de Septiembre de 2010
Re: Huelga de hambre de presos Mapuche en Chile
Distinguido Sr.,
El 22 de septiembre, el Presidente chileno Sebastian Piñera participará en la Asamblea General de Naciones Unidas em Nueva York. Entiendo que está programada una entrevista el mismo día entre la OIT y el presidente.
Le escribimos a Usted como Miembros del Parlamento en relación con el asunto urgente de derechos humanos planteado por la huelga de hambre de los presos mapuche, para solicitarle su intervención con el Presidente Piñera para exigirle el fin de los abusos de los derechos humanos que está perpetrando el gobierno de Chile.
Treinta y cuatro activistas Mapuche presos estan actualmente en huelga de hambre en las prisiones chilenas, la mayoría desde Julio, en protesta contra la opresión política del pueblo Mapuche. Como usted entenderá su situación de salud es extremadamente grave.
Los Mapuche son un pueblo indigena cuyo territorio se extiende principalmente en las regiones centrales del sur de Chile. Aproximadamente 6.8% de la población chilena es Mapuche, muchos de los cuales actualmente viven en “reducciones”. El pueblo Mapuche ha protestado contra la expulsión de sus tierras, a menudo por mano de grandes compañias multinacionales, y contra la opresión política. Desde nuestro punto de vista, la respuesta del estado chileno frente a sus demandas políticas, culturales, sociales y territoriales ha sido la de la criminalización, persecusión y encarcelamiento de los Mapuche.
El gobierno chileno ha ratificado la convención de Naciones Unidas 169 de la OIT, que legalmente obliga a Chile a consultar a los pueblos indigenas en materias que los afecten y a dar a sus pueblos indigenas representación justa e imparcial en esas negociaciones. El gobierno está claramente en violación de estos requisitos.
Los presos en huelga de hambre ahora exigen que el gobierno de Chile debería:
1. Poner fin al uso de la ley anti terrorista de la era Pinochewt contra los Mapuche, que ha sido condenada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
2. Poner fin a la utilización de la Ley Militar contra la población civil y la derogación de la regla de doble juicio.
3. Garantizar el derecho a un juicio justo.
4. desmilitarizar los territorios Mapuche y cesar la utilización de la fuerza policial excesiva en las redadas.
5. Libertad para los activistas mapuches actualmente encarcelados.
Estas demandas coinciden con las recomendaciones formuladas al Estado chileno desde 2004 por diversos organismos relacionados con la ONU, por ejemplo, la Comisión de Derechos Humanos (2007), el Consejo de Derechos Humanos (2009), el Comité contra la Tortura (2009), el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (2009) y el Relator Especial de los Derechos Indígenas (2004, 2009).
Apoyamos estas demandas y les instamos a que intervenga inmediatamente con el señor Piñera para asegurar una solución positiva a estos problemas y evitar las muertes de huelguistas de hambre.
Le saluda atentamente,
Joe Higgins, Diputado Europeo; Nikolaos Chountis, Diputado Europeo; Bairbre de Brún, Diputado Europeo; Takis Hadjigeorgio, Diputado Europeo; Jacky Henin, Diputado Europeo; Jürgen Klute, Diputado Europeo; Patrick Le Hyaric, Diputado Europeo; Sabine Lösing, Diputado Europeo; Jean-Luc Mélenchon, Diputado Europeo; Willy Meyer, Diputado Europeo; Helmut Scholz, Diputado Europeo; Eva-Britt Svensson, Diputado Europeo; Marie-Christine Vergiat, Diputado Europeo; Sabine Wils, Diputado Europeo; Frieda Brepoels, Diputado Europeo; Catherine Grèze, Diputado Europeo; Ulrike Lunacek, Diputado Europeo; Sevim Dagdelen, Miembro del Parlamento Alemán; Heike Hänsel, Miembro del Parlamento Alemán; Andrej Hunko,,Miembro del Parlamento Alemán.

Carta de los Premios Nacionales al Presidente de Chile
Santiago, 15 de Septiembre de 2010

Señor:
Sebastián Piñera Echenique
Presidente de la República
Presente

Los Premios Nacionales y Organizaciones Sociales que suscriben:
Nos encontramos profundamente conmocionados por la prolongada huelga de hambre de 34 mapuches, privados de libertad e imputados de la comisión de actos terroristas, perseguidos ante la Justicia ordinaria y militar. Nos dio cierto aliento el conocer de su reunión con dirigentes de los partidos políticos que se encuentran representados en el Parlamento y el anuncio de proyectos de leyes que podrían resolver la interpelación que nos hacen a la conciencia nacional los 34 mapuches que han puesto el sacrificio de sus cuerpos, privados de alimentos por más de sesenta días, para que en sus casos se haga justicia.

Ningún chileno puede permanecer indiferente frente a tal situación, menos en el tiempo histórico que nos encontramos y que nos habla de nuestras raíces, de nuestro ser nacional, de nuestro surgimiento como nación independiente en el concierto internacional. Los pueblos originarios, especialmente el pueblo mapuche, forman parte indisoluble del ser chileno. Chile no sería Chile, ni los chilenos, chilenos propiamente tales, si no reconociéramos en nosotros el legado cultural de un pueblo que el dominador extranjero consideró valiente y heroico; de una dignidad y temple frente a la adversidad admirable. En la sangre de nuestros hermanos mineros que hoy aún subsisten bajo tierra está la herencia mapuche, aquella que forma carácter, y que define la identidad, de nuestros pueblos originarios.

Nos avergüenza y nos cuesta entender que sobrevivan y se les aplique leyes tan aberrantes como la ley antiterrorista, basada en presunciones en materias penales, que distorsionan absolutamente la naturaleza y veracidad de los hechos, y lesionan el derecho de todo ser humano a ser juzgado en forma justa, en directa relación y proporción con los actos efectivamente cometidos y no presumidos. La sola existencia de esta ley le da plena justificación moral al acto de sacrificio personal de estos 34 mapuches que hoy claman, no por la impunidad, sino simplemente porque se les juzgue por los daños o perjuicios que ellos hubieran efectivamente cometido y según las penas previstas en la legislación común para la comisión de dichos perjuicios y daños, sin aplicarles el superlativo de "terroristas" a actos que, según el derecho penal ordinario internacionalmente reconocido, no revisten tal carácter.

No podemos dejar de señalar que los proyectos de leyes anunciados para reformar esta legislación, no resuelven lo fundamental: que es restablecer la verdad sobre la naturaleza de los actos que se imputan a los 34 reos mapuches. Es un agravio a la razón, a la realidad, atribuirles el
carácter de terroristas. Esta imputación es una mentira inaceptable, ellos sólo luchan por sus derechos ancestrales, utilizando los métodos históricos de resistencia ante los abusos cometidos, primero por el Imperio Español y luego por el Estado chileno. Este último es el que se ha encargado sistemáticamente de estigmatizarlos frente a la opinión pública nacional, criminalizando sus protestas políticas y sociales al calificarlas de terroristas.

Señor Presidente, usted era miembro del Senado cuando se aprobó la Ley Indígena. Lo invitamos a examinar las intervenciones parlamentarias que dan cuenta de las aberraciones y el desamparo que sufrieron los ascendientes del pueblo mapuche hoy en huelga de hambre: pillaje, robos, asesinatos, ocupaciones ilegítimas de sus tierras y tantos otros latrocinios, de los que hoy Chile entero se avergüenza. No podemos aceptar que aquellos -que sufrieron ayer en carne propia el terrorismo de Estado, en actos reconocidos por los propios parlamentarios, además de excluirlos y marginarlos de la sociedad, la que los instaba a renunciar a su identidad- sean hoy acusados de terroristas, cuando sólo reclaman sus tierras, sus derechos culturales, su reconocimiento constitucional como pueblo.

La única vía justa y rápida que podría resolver este dolor que traspasa nuestra alma nacional es que se modifique la Ley Indígena en términos de que los actos de reivindicación de sus derechos -reconocidos por la propia ley y el Convenio Nº 169 de la OIT, vigente actualmente en Chile-, y que se estimen penalmente reprochables sean procesados conforme a la ley penal común y los tribunales ordinarios de Justicia.

A su vez, nos parece moral y políticamente inaceptable exigir la deposición de la huelga de hambre como condición para encontrar una solución. Esa huelga de hambre no puede ser considerada como medida de presión, - porque la presión la ejercen sólo quienes tienen algún poder -, sino como la acción de quienes, careciendo de poder, echan mano de sus propios cuerpos, ejerciendo violencia contra ellos mismos, porque no tienen otro medio de hacer valer su voz en una causa que ellos y muchos estimamos como justa. Por lo que le pedimos encarecidamente acceda a la brevedad a abrir una mesa de diálogo, como es la solicitud de los comuneros en huelga, conducente a aceptar sin más dilación su legítima demanda de justicia.

Sólo así podremos resolver el drama nacional presente. De otra manera, Chile no podrá celebrar su Bicentenario.

Atentamente,
Fernado Castillo Velasco, Premio Nacional de Arquitectura 1983
Gabriel Salazar Vergara, Premio Nacional de Historia 2006
Armando Uribe, Premio Nacional de Literatura 2004
Cirilo Vila, Premio Nacional de Música 2004
Roberto Celedón, Abogado
Roberto Garretón, Abogado
Humberto Maturana, Premio Nacional de Ciencias 1995
Lautaro Núñez, Premio Nacional de Historia 2002
Organizaciones Sociales
Agrupación Cultural Multidisciplinaria Kajef
Asociación Gremial Secretaría Ministerial de Educación
"Comite de Defensa y Recuperacion del Cobre de Chile"
Comisión Ética Contra la Tortura
JUVENTUD ÁRABE VALPARAÍSO Y VIÑA DEL MAR
Corporación Plataforma Nexos
Revista GuajiRa
Literatura de cordel itinerante, Santiago-Valparaíso
Radio Encuentro.