jueves, 1 de agosto de 2013


En la Revista de Libros de El Mercurio, una muy buena reseña de mi libro sobre el Winnipeg. Aquí está el link.

http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2013-07-07&dtB=07-07-2013+0%3A00%3A00&PaginaId=18&bodyid=6

jueves, 11 de abril de 2013

La estupidez no tiene nombre


La estupidez humana es el nombre que se da a un connotado premio, el Premio Darwin, un galardón irónico que se otorga a una persona que, estando aparentemente en su sano juicio, asombra por su falta de sensatez. Toma su nombre de Charles Darwin, creador de la teoría de la evolución.
El refrán “En todas partes cuecen habas”, se utiliza para dar a entender que en todos los lugares o pueblos hay problemas más o menos parecidos, que en todas partes suceden cosas parecidas o iguales. Originalmente, el refrán era “En todas partes cuecen habas y en mi casa calderadas”, lo que quería decir que los problemas de otras partes, en mi casa, o en mi pueblo, eran doblemente problemas.
En Peñaflor, el pueblo en que vivo, amigos (sobre todo a mis amigos de fuera de Chile y a aquellos chilenos que llevan mucho tiempo fuera del país), suceden a menudo hechos que tienen que ver con la estupidez y con las habas. Recuerdo hace unos ocho años atrás, en lo alto de una torre de telefonía móvil que está en la avenida Vicuña Mackena (una avenida principal) con la calle Basterrica, había un joven en estado de ebriedad y, aparentemente, bajo los efectos de algún alucinógeno. Subió ahí con la declarada intención de suicidarse. Abajo se arremolinaron los curiosos, llegaron los carabineros poniendo orden y diciendo: -Despejen, más atrás, por favor -y hasta un móvil de un canal de televisión llegó para filmar en directo el inminente suicidio. Cosas del morbo y del rating televisivo.
De entre los curiosos, la voz de un supuesto amigo del suicida sobresalió de entre las otras voces. El diálogo que entabló con el que estaba en lo alto de la torre fue digno de Ripley y tiene mucho que ver con esto de la estupidez humana.
-Ya poh weón, tirate, no vamos a estar todo el día esperando. -gritaba el que estaba abajo.
-Creí que yo soy weón que me voy a tirar, no veí que ta mah alto que la chucha.
No era lo que vemos en las películas, cuando nos muestran un dramático suicidio. El de abajo lo incitaba a matarse, y el decidido suicida, argumentaba los inconvenientes de saltar al vacío. Exactamente lo contrario de lo que dicta el manual de Carreño y las buenas costumbres.
Han pasado varios años de esto. Fue la primera vez que en Peñaflor vi algo que tenía relación con la estupidez humana. Aquella vez pensé que era cierto aquello de que en todas partes se cuecen habas.
Hace unos días me tocó participar en otro caso muy estúpido, o mejor dicho; me tocó presenciar otra estupidez de un humano.
Hace más de una semana, en la calle Rosales de nuestro pueblo, sucedió un trágico accidente. Un chofer imprudente, drogado y borracho, según algunos testigos, atropelló a una joven madre que circulaba por esa calle con sus dos hijos, causándole la muerte a ella y graves consecuencias a sus hijos, el menor de tres meses. El chofer se dio a la fuga y no se pudo hacer el examen de alcoholemia. Cuando se entregó a los carabineros, al otro día, ya era tarde para tal efecto. A todas luces el chofer fue el culpable del atropello, pero también hay atenuantes que a este caso le da un carácter de accidente. La calle Rosales, aparte de mal pavimentada, con la acera intransitable, está muy mal iluminada.
El sábado recién pasado, algunas personas, por facebook, convocaron a una velatón en el frontis de la Municipalidad. Se trataba de encender velas que, según algunas creencias, alumbrarían el camino, al cielo o donde fuese, a la joven madre. Además, en ese encuentro, se exigiría de las autoridades una pronta solución a las deficiencias de la calle Rosales. Pensé que la convocatoria era por una buena causa, como la que tiempo atrás se hizo para protestar contra los pedófilos y sus cómplices, por tanto, me pareció un deber de ciudadano asistir.
Algunos, los menos, llegamos a la plaza antes de la hora citada y nos enfrascamos en amena conversación. Al poco rato caminamos hacia la puerta de la Municipalidad y nos percatamos que detrás de una verja de hierro que está al costado de la fachada, algunos funcionarios municipales de Seguridad Ciudadana nos esperaban. Son las conveniencias o los inconvenientes de convocar por Facebook, se entera todo el mundo.
Al rato, con una concurrencia mínima pero suficiente, alguien comenzó a encender velas y a pegarlas en una jardinera y, luego, en las escalinatas de la puerta principal. No me di cuenta cómo ni cuando se habían colgado carteles en el muro de la fachada.
Sigilosamente, como un profesor que espera pillar a sus alumnos en pleno desorden, de detrás de la verja de hierro aparecieron unos personajes vistiendo impecables chaquetas amarillas y azules (creo que son los colores de un partido político) y con el logo de la Municipalidad. Uno de ellos, que se identificó (sólo de palabra) como jefe de seguridad, se dirigió a nosotros:
-A ver, a ver... ¿quién está a cargo de esto? -Todo esto dicho con una aparente amabilidad que no convencía a nadie. El “A ver, a ver” más o menos significaba algo así como “Yo soy la autoridad y ustedes tienen que temerme”, porque, evidentemente la frase no tenía ninguna relación con ver algo, ya que el lugar estaba bien iluminado (mejor que la calle Rosales) y se veía todo muy claro. Y la pregunta: “¿Quién está a cargo de esto?” denotaba la torpeza del que no piensa que algunas actividades se realizan sin que nadie lo ordene, sin un mando superior que esté a cargo o, es más, sin que exista una remuneración de por medio.
Le explicamos a la “autoridad” que nadie estaba a cargo y con un gesto de Mmmm..., no estoy muy convencido, comenzó su simuladamente amable retahíla.
-Les tengo que pedir que quiten esos carteles de ahí. Si quieren protestar por algo, deben seguir el conducto regular.
-¿Y cuál es el conducto regular? Preguntó alguien.
-Si quieren pedir algo al alcalde, deben hacer una carta y traérsela personalmente. Ese es el procedimiento.
O sea, el autodenominado jefe de seguridad, veladamente proponía que alguno de nosotros se levantara a las 4 de la madrugada o durmiera en los pasillos municipales para lograr un número que permitiera hablar con el alcalde y pedirle que cumpliera con su trabajo de mantener las calles en buen estado. Pero, eso si, sin meter mucha bulla, sin que los otros ciudadanos se enteraran de la petición. Estas cosas hay que hacerlas en silencio, no vaya a ser que los demás se acostumbren a protestar por cualquier cosa.
Ante la negativa de los manifestantes a quitar los carteles o, por lo menos que nos dijera por qué había que quitarlos, el proclamado jefe nos dijo:
-Porque... porque... porque en el cartel hay un nombre, y en los carteles, según la ley, no se puede poner nombres. -Efectivamente, en los carteles había un nombre, decía: “Fuentes, arregla las calles” y otro decía: “Fuentes, no más muertes”. Le explicamos a la “autoridad” que es al alcalde al que hay que exigirle que arregle las calles, no es al tesorero municipal o a los carabineros ni al portero de la municipalidad. Además, le preguntamos cuál era la ley que no permitía poner nombres en una pancarta, porque si esa ley existiera, los candidatos Letelier y Golborne, desde hace un buen tiempo deberían estar presos por incumplir la supuesta ley. Por otra parte, el primero que incumple la ley aducida por el supuesto jefe de seguridad es el alcalde, ya que cada vez que hay algún evento en la comuna, el cartel de la Municipalidad dice: “Invita su alcalde, Manuel Fuentes Rosales.
La discusión se fue haciendo tensa y muy tonta. Ra como hablar con una pared. Una persona de lentes que se manifestaba con el grupo, con el fin de poner término al monólogo del “jefe”, dijo: -Está bien, quitaremos el nombre, pero... si no podemos poner Fuentes, ¿qué ponemos?
-¿Ponga lo que quiera, pero no ponga nombres. -Dijo muy enérgico el “jefe”. Pensé que el funcionario tenía muy bien puesto el nombre de su cargo; era jefe de seguridad del alcalde, no de la seguridad del municipio.
La señora de lentes se dirigió a los carteles y yo, rápido e indignado, la seguí.
-¡Por qué vas a cambiar los carteles! ¡No le hagas caso! -le dije.
-No se preocupe, él dijo que pusiera cualquier cosa, menos un nombre, bueno... “Peluquín” no es nombre, ni “Cacho de poroto”, ni “Palmera huacha”. -me respondió, mientras que con una rapidez inaudita cambiaba el apellido por el apelativo del edil, otorgándole legalidad al cartel de protesta.
La reacción del “vigilante” fue instantánea. Como un hábil pistolero del viejo oeste, mostró los dientes, echó mano al cinto y sacó su teléfono móvil.
-¡Se están burlando de mí! Voy a llamar a los carabineros.
Al poco rato teníamos dos coches de carabineros a nuestro lado. Creo que eran más carabineros que manifestantes. Ante tal despliegue, el rostro del “jefe” brillaba de orgullo, sin embargo, si en algún momento pensó que los carabineros llegarían rompiendo carteles, dándonos de palos o llevándonos detenidos, se equivocó de lleno.
El sub oficial se acercó a nosotros. Le explicamos lo que hacíamos; simplemente poner unas velas por una persona muerta y colgar unos carteles que exigían solución al mal estado de las calles. Cuando le quisimos explicar quién era la persona fallecida y cómo murió, nos dijo: -Conozco el caso, ella era mi sobrina. A partir de esa confesión, la conversación con los carabineros se hizo fluida y en muy buenos términos. Comprendieron que era una de las protestas más justas y más pacíficas que se hacía en el pueblo. Mientras tanto, el ceño fruncido y airado del “jefe” causaba disimuladas sonrisas.
-Pero... -dijo el sub oficial, al cabo de un rato, -les pido que saquen los carteles de la fachada municipal y los pongan en otro sitio, ya que ese es un recinto público.
Así lo hicimos, mientras volvía la cara de triunfo del “jefe”. Quitamos los carteles de la fachada y los pusimos en la valla metálica que está en la esquina de la Municipalidad. A alguien se le ocurrió agregar otro cartel. Escuetamente decía: “Toque la bocina”.
Si los manifestantes no éramos más de doce o quince personas, con ese cartel nos convertimos en muchos más. Todos los automovilistas que pasaban por el lugar, tocaba insistentemente la bocina, aunque ellos no podían ver cómo cambiaba otra vez el rostro del “jefe”.
Con esos bocinazos recordé la marcha contra la pedofilia. A diferencia del número de manifestantes, era lo mismo; las autoridades municipales, en vez de estar junto a su pueblo, en primera fila, manifestándose junto a su gente por una causa más que justa, nos miraban como a enemigos y nos fotografiaban como a sospechosos. Me pregunté dónde estaban ahora esos candidatos a concejales de la elección anterior, esos con tanta vocación de servicio, esos que sólo querían trabajar por su pueblo, dónde estaban los militantes de partidos políticos, esos que alardean de demócratas. Aparte de su tío, que estaba ahí por otra causa, sólo estábamos los que sentíamos la muerte de María Parraguez, unas amigas que sufrían por la suerte de sus hijos y un “jefe de seguridad” que esperaba nuestra retirada para romper los carteles que aludían a su jefe. Creo que es cierto, en todas partes se cuecen habas, y en mi pueblo: calderadas.


domingo, 16 de diciembre de 2012

http://www.cultura.gob.cl/institucionales/ministro-cruz-coke-entrego-premio-literario-escrituras-de-la-memoria-en-el-museo-de-la-memoria-y-los-derechos-humanos/

viernes, 7 de diciembre de 2012

Comparto buena noticia.


CONSEJO DE LA CULTURA Y LAS ARTES ANUNCIA LOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO ESCRITURAS DE LA MEMORIA.
El premio creado en 2005 destaca obras que registran memorias colectivas y/o personales de interés literario e histórico.
La historia de jóvenes que sufrieron vejámenes y torturas a partir de 1973, descrita por Aminie Calderón y Rosa Gutiérrez en el texto “Éramos liceanas en septiembre del 73” (Planeta de Papel Ediciones), se consagró como ganadora del Concurso Escrituras de la Memoria, categoría Obra Publicada 2012; organizado por el Consejo de la Cultura.
El jurado compuesto por Eduardo Mella Seguel, Montserrat Arre, Micaela Navarrete, Jaime Blume y Alberto Kurapel, manifestó que el libro “es un gran aporte a la memoria colectiva e histórica de nuestro país. Texto lúcido, escrito con claridad escueta y transparente, que impulsa al lector a recorrer estas increíbles historias verídicas, sufridas por niñas y adolescentes”.
Este concurso fue instaurado el año 2005 como una forma de estimular y premiar las obras que registren memorias colectivas y/o personales de interés literario e histórico, tales como relatos testimoniales, memorias, diarios, epistolarios, reportajes, crónicas regionales publicadas o inéditas, entre otros.
En la categoría inédito, el primer lugar fue para “Juvencio Valle, el hijo del Molinero”, de Julio Gálvez Barraza, quien bajo el seudónimo de Gato Félix presenta una detallada biografía de uno de los poetas claves de nuestra lengua, mostrando un sentido de vida basado en la generosidad, el trabajo y el compromiso con su tiempo.
Sobre el texto, el jurado para esta categoría, integrado por María Angélica Illanes, Claudio Rolle, Fidel Améstica, Rolando Carrasco y Martín Correa, señaló que “esta biografía contribuye a una memoria histórica e identitaria al mostrar lo que es y ha sido nuestro país a través del carácter de un hombre, un poeta que ejercía la poesía tal como su vida: llena de un elocuente silencio, siendo -en esencia- la misma persona desde su infancia hasta su muerte en el concierto de cambio de un mundo demasiado ruidoso y agresivo”.
El premio consiste en $8.000.000 para el autor de la obra ganadora en las categorías de obra publicada y obra inédita. Además, en la categoría de obra inédita, el jurado puede entregar hasta dos premios especiales de $1.500.000 cada uno.
Estos últimos fueron otorgados a “Winnipeg. Testimonios de un exilio”, de Julio Gálvez Barraza (que participó con otro seudónimo: El nacho), que describe el recuerdo de los hombres, mujeres, ancianos y niños sobrevivientes del franquismo, a quienes el puerto de Valparaíso les dio refugio y la posibilidad de una nueva vida.
Un segundo premio especial fue para “Un hombre en la oscuridad (sobre la vida de Óscar Urrutia)”, de Jaime Cerda, texto que a partir de la narración de la vida de un hombre enfermo de ceguera progresiva, atraviesa el siglo XX recorriendo múltiples pueblos a lo largo de Chile, retratando vivamente las sociedades pueblerinas y la vida colectiva cotidiana de su época.

La ceremonia de premiación se realizará en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos el próximo 13 de diciembre a las 18,00 horas.

jueves, 18 de octubre de 2012

Recuerdos de Valparaíso. José Carlos Rovira



            Yo les quiero contar lo que he observado/ para que nos vayamos conociendo/ el habitante encadenó las calles; /la lluvia destiñó las escaleras,/ un manto de tristeza fue cubriendo/ los cerros con sus calles y sus niños...!, sonaba precisamente esta canción como música ambiental en este portentoso "Bar Cinzano", en la Plaza Aníbal Pinto, con su fuente de Neptuno delante, que descubrí en el último viaje. Mis acompañantes, Nelson sobre todo, cerraban los ojos mientras cantaban casi "de profundis" el vals "Valparaíso", que compuso el gitano Rodríguez hace muchos años, en el 68, antes de exilios, regresos desafortunados y muerte silenciosa en Italia allá por 1996.
            He regresado esta vez a Valparaíso a buscar pulsos literarios de una ciudad de las que están tan repletas de literatura que dudo que sea posible ninguna síntesis. Nos perderemos en la literatura y en la misma ciudad, Patrimonio Cultural de la Humanidad y puerto esencial del Pacífico. Nos perderemos desde el primer día en el que querré, como siempre, iniciar la visita a la ciudad por los cerros, los cuarenta y cinco accidentes montañosos que la dotan de una fisonomía extraña, de escaleras y pequeños funiculares (que ellos llaman ascensores), de descenso progresivo a un mar que baña uno de los puertos americanos históricamente más importantes.
            Los habitantes de Valparaíso, como los de Buenos Aires, se llaman también porteños y la ciudad, marítima y deteriorada, despierta en los cerros esta mañana de noviembre.
            Valparaíso es lugar nerudiano por excelencia. Aquí tuvo el poeta "La Sebastiana", su tercera casa chilena principal. El Cerro Bellavista, al que subo con el ascensor Espíritu Santo, tiene una de las mejores vistas de la Bahía. Los cinco pisos de la casa del poeta, empinados y difíciles, hacen que recuerdes que en los últimos años ya no podía ocupar su vivienda porteña por sus dificultades físicas. La quinta planta es aquel estudio imponente de vistas, presidido por un gran retrato de Walt Whitmann, donde Neruda escribió "La casa en la altura" o aquel fragmento de "Cuándo de Chile" donde dice: y el viento que derriba/ la última ola de Valparaíso/ me golpea en el pecho/ con un ruido quebrado/ como si allí tuviera/ mi corazón una ventana rota. Desciendo al centro y al puerto paseando lugares nerudianos. Ya no está en la esquina de O'Higgins y Melgarejo el Bar Alemán, que Neruda frecuentaba con amigas y amigos y en el que creó en 1961 el Club de la Bota -una gran jarra de cerveza en cerámica adornada era su símbolo- con sus cófrades, bautizados como botarates. Sara Vial acaba de publicar un bello libro sobre aquella peripecia y aquellos años. El camino nos lleva ahora al puerto, al Muelle Prat, y en él mi acompañante busca un pequeño recuerdo de la peripecia del Winnipeg, el barco que armó Neruda en nombre del gobierno chileno, para transportar desde Francia a más de dos mil españoles a Chile en 1939 tras la guerra.
            La historia, que ha contado muy bien Diego Carcedo en su libro reciente, me es evocada por Julio Gálvez Barraza, un nerudista imprescindible por su libro Neruda y España, en una comida frente al mar, necesariamente en el restaurante Bote Salvavidas, donde las machas al parmesano y el caldillo de congrio permiten seguir evocando al poeta.

jueves, 13 de septiembre de 2012

DETRÁS DE LA LUZ. Poemas de Roselvira Soda



Por Jerónimo Castillo

Caminar por el verbo poético, aún tácitamente, es lo que a lo largo de estas páginas ha logrado Roselvira Soda, nuestra poeta que construye el edificio de las palabras con el silencio que importa un profundo sentimiento de amor, de imbricación intelecto-afectiva con la poesía.
Y como no podía ser de otra manera, pulso a pulso, verso a verso, nos va entregando ese maravilloso caudal de sensibilidad que su alma atesora, que es la esencia misma de su fuerza creadora traducida en cada frase, en cada golpe de emoción que su poesía encierra.
Ya desde el primer poema desafía el destino en un ofrecimiento sublime, que dice de la búsqueda en que se encuentra empeñada, dándole similitud humana al ideal que sigue intacto dentro de su ser, pero no se queda allí, no se queda en la metafórica figura de la entrega, si no que va más allá, va a la esencia misma de lo maravilloso, de lo inalcanzable, que como horizonte siempre estará presente para animar su paso, por lo que no cierra las páginas del libro, tan sólo las deposita en el estante del alma para una mejor oportunidad.
El acompañamiento que importan mis palabras no debe olvidar que al haberme honrado confiándome este espacio, debo preanunciar un recorrido que el lector ha de hacer, y allí podrá encontrar justificación el señalamiento que me permito.
Y es cierto que cada lector podrá identificarse con uno u otro poema, según el estado vivencial en que se encuentre al momento de la lectura, pero en el libro “DETRÁS DE LA LUZ”, Roselvira ha mantenido una línea de pensamiento que hace de su libro, por ahora, y que impreso ya será patrimonio universal, una constante creacional en la que con la propuesta poética, hace participar al lector que debe integrarse a la dinámica del poema mientras avanza en el conocimiento de su contenido.
Allí está el secreto. Se une a nosotros, nos envuelve cálidamente con su palabra haciendo que ese juego metafórico, esos enunciados, formen parte de un universo compartido, propio de la nobleza de espíritu que caracteriza a Roselvira. No se guarda nada, se entrega en cada frase, se integra con su pensamiento al sentimiento que logra crear en la intimidad de cada destinatario de su palabra.
No es éste un análisis literario de la obra de Roselvira ni corresponde, pero habiendo leído sus trabajos, no puedo dejar de hacer conocer cuánto valor hay en ellos, cuánta ternura, cuánto cariño y cuántas enseñanzas se desprenden de su energía poética.
Ya trate una u otra temática, todo está impregnado de un equilibrio que invita a seguir con la lectura. Si habla de la flor, si habla de su mascota preferida, si habla de su poeta admirado, de las cosas y situaciones que a diario encuentra a su paso, consigue la elevación del pensamiento a niveles suficientemente atrapantes para posibilitar que sus lectores disfruten de su poesía, sientan la misma agradable sorpresa que sintió ella cuando plasmó en esas líneas sus fuerzas interiores en forma de poema.
La solvencia de su mano creadora, cargada de un tiempo acumulado de esperas, le permite encontrar el camino para lograr ese impacto en un verso breve, con pocas cargas referenciales, pero indudablemente exacto para llevarnos donde ella ansía para sitio de nuestras expectativas lectoras. Allí nos sitúa y desde allí nos conmueve. Esto es lo que ha ocurrido en “DETRÁS DE LA LUZ”. La poeta que ha solidificado en su camino literario el oficio de manejar las palabras, en el libro que tenemos a nuestra vista, ha trascendido este primer instante, jugando con ellas para darles una vida especial, tanto así que me atrevo a afirmar que le ha dado su propia vida, las ha hecho nacer de sí, para que con toda justicia pueda decirse que este libro, como sus anteriores, es un verdadero hijo de Roselvira Soda, del espíritu, sí, pero hijo con sus mismos genes que fundamentan la carga de belleza que cada poema contiene.
 Jerónimo Castillo

lunes, 10 de septiembre de 2012

www.melipilla.cl

Folclorista Margot Loyola, premio nacional de las artes y el Alcalde Mario Gebauer lanzan primer libro de la historia de Pomaire


Se realizará el próximo jueves 13 de septiembre a las 18,30 horas en el restaurante “San Antonio” y contará con la presencia de dirigentes, vecinos y relevantes figuras de las letras.
En la ocasión, se producirá un emotivo reencuentro entre Margot Loyola Palacios y el pueblo alfarero, con el que se relacionó antes de 1950, cuando vino a investigar sobre sus cantoras, en especial sobre Purísima Martínez. La folclorista fue invitada de honor en la Primera Semana Pomairina y creó junto a Cristina Miranda la clásica cueca la Pomairina.
La amistad de la poetisa Gabriela Mistral con una destacada alfarera de Pomaire, el refugio obligado de Pablo Neruda en una de sus casas; la visita del intendente Benjamín Vicuña Mackenna en 1874, que propició la primera escuela del pueblo, los rigores de la aldea indígena y los temores del subdelegado de Melipilla Julián Yécora sobre un posible alzamiento indígena en 1811, son sólo algunos de los aspectos que aborda la obra Historia de Pomaire, un trabajo que fue encomendado al periodista e investigador Hernán Bustos Valdivia y que el Alcalde Mario Gebauer entregará a la comunidad el próximo jueves 13 de septiembre.
Durante la actividad se producirá un emotivo reencuentro entre Margot Loyola Palacios, la longeva folclorista de 94 años, Premio Nacional de Artes Musicales 1994, y el pueblo alfarero, pues se relacionó con Pomaire antes de 1950, cuando vino a investigar sobre sus cantoras, en especial sobre Purísima Martínez. Además, la folclorista fue invitada de honor en la Primera Semana Pomairina y creó junto a Cristina Miranda la clásica cueca la Pomairina, razón por la cual se le hará un reconocimiento y agradecimiento.
En la ocasión, alumnas de Margot Loyola interpretarán canciones folclóricas recopiladas hace más 60 años por la maestra precisamente en Pomaire, en sus largas conversaciones con Purísima Martínez.
“Los pueblos se nutren no sólo de bienes materiales, también se nutren del alma. Puedo decir con orgullo que hemos entregado a la comuna dos obras muchas veces deseadas, pero jamás concretadas: la Historia de Pomaire y la Historia de Melipilla”, dijo el alcalde Gebauer.
“Con Pomaire en particular existía una deuda. Se había investigado en abundancia de las técnicas de la alfarería, pero nunca se había indagado en la historia social y económica, de sus organizaciones, de su gente y de sus logros. Con ello se está dando otro valioso paso por sustentar su memoria y su patrimonio, recordando que hace poco se aprobó la Ordenanza Pomaire”, explicó el edil.
Hernán Bustos agradeció el apoyo brindado por el municipio. “Resultaba paradójico que un pueblo con tanta historia y tanto valor cultural, de altísimo interés para visitantes y turistas de todas las latitudes del mundo, no tuviera una obra histórica”, agregando que “muchas veces quienes nos dedicamos al rescate patrimonial no recibimos apoyo a nuestras iniciativas, pero en el caso de Melipilla la recepción ha sido doblemente extraordinaria”.
Bustos destacó un hecho sobresaliente que vincula a la actual gestión con la venida del intendente Vicuña Mackenna. “En 1874 la  influyente autoridad hizo esfuerzos denodados por reabrir el camino de Pomaire por El Tránsito y la hacienda de San José, pero fueron infructuosos. Sin embargo, en 2012 las gestiones del alcalde Gebauer lograron la reapertura del camino, 138 años después, es decir, estamos frente a un acontecimiento que hoy nos cuesta dimensionar, pero que en aquellos años era la vida misma de Pomaire”, explicó.
La obra será comentada por Horacio Hernández  Anguita, historiador de la Universidad Católica del Maule, quien ha ejercido cargos docentes y directivos y se ha dedicado al rescate patrimonial de la obra de su abuelo, el historiador melipillano Roberto Hernández Cornejo.
También aludirá a la obra Julio Gálvez Barraza, biógrafo de la vida y obra de Pablo Neruda, galardonado con el primer premio Sant Jordi, Narrativa Castellana de Castelldefels (1990). Primer premio en el concurso internacional de ensayo Neruda; el ser americano. Además, ha ofrecido innumerables charlas y conferencias sobre el vate y sobre el Winnipeg, en Chile, España y Suecia.