jueves, 1 de agosto de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
La estupidez no tiene nombre
La estupidez humana
es el nombre que se da a un connotado premio, el Premio Darwin, un
galardón irónico que se otorga a una persona que, estando
aparentemente en su sano juicio, asombra por su falta de sensatez.
Toma su nombre de Charles Darwin, creador de la teoría de la
evolución.
El refrán “En
todas partes cuecen habas”, se utiliza para dar a entender que en
todos los lugares o pueblos hay problemas más o menos parecidos, que
en todas partes suceden cosas parecidas o iguales. Originalmente, el
refrán era “En todas partes cuecen habas y en mi casa calderadas”,
lo que quería decir que los problemas de otras partes, en mi casa, o
en mi pueblo, eran doblemente problemas.
En Peñaflor, el
pueblo en que vivo, amigos (sobre todo a mis amigos de fuera de Chile
y a aquellos chilenos que llevan mucho tiempo fuera del país),
suceden a menudo hechos que tienen que ver con la estupidez y con las
habas. Recuerdo hace unos ocho años atrás, en lo alto de una torre
de telefonía móvil que está en la avenida Vicuña Mackena (una
avenida principal) con la calle Basterrica, había un joven en estado
de ebriedad y, aparentemente, bajo los efectos de algún alucinógeno.
Subió ahí con la declarada intención de suicidarse. Abajo se
arremolinaron los curiosos, llegaron los carabineros poniendo orden y
diciendo: -Despejen, más atrás, por favor -y hasta un móvil de un
canal de televisión llegó para filmar en directo el inminente
suicidio. Cosas del morbo y del rating televisivo.
De entre los curiosos, la voz de un supuesto amigo del suicida
sobresalió de entre las otras voces. El diálogo que entabló con el
que estaba en lo alto de la torre fue digno de Ripley y tiene mucho
que ver con esto de la estupidez humana.
-Ya poh weón, tirate, no vamos a estar todo el día esperando.
-gritaba el que estaba abajo.
-Creí que yo soy weón que me voy a tirar, no veí que ta mah alto
que la chucha.
No era lo que vemos en las películas, cuando nos muestran un
dramático suicidio. El de abajo lo incitaba a matarse, y el decidido
suicida, argumentaba los inconvenientes de saltar al vacío.
Exactamente lo contrario de lo que dicta el manual de Carreño y las
buenas costumbres.
Han pasado varios años de esto. Fue la primera vez que en Peñaflor
vi algo que tenía relación con la estupidez humana. Aquella vez
pensé que era cierto aquello de que en todas partes se cuecen habas.
Hace unos días me tocó participar en otro caso muy estúpido, o
mejor dicho; me tocó presenciar otra estupidez de un humano.
Hace más de una semana, en la calle Rosales de nuestro pueblo,
sucedió un trágico accidente. Un chofer imprudente, drogado y
borracho, según algunos testigos, atropelló a una joven madre que
circulaba por esa calle con sus dos hijos, causándole la muerte a
ella y graves consecuencias a sus hijos, el menor de tres meses. El
chofer se dio a la fuga y no se pudo hacer el examen de alcoholemia.
Cuando se entregó a los carabineros, al otro día, ya era tarde para
tal efecto. A todas luces el chofer fue el culpable del atropello,
pero también hay atenuantes que a este caso le da un carácter de
accidente. La calle Rosales, aparte de mal pavimentada, con la acera
intransitable, está muy mal iluminada.
El sábado recién pasado, algunas personas, por facebook, convocaron
a una velatón en el frontis de la Municipalidad. Se trataba de
encender velas que, según algunas creencias, alumbrarían el camino,
al cielo o donde fuese, a la joven madre. Además, en ese encuentro,
se exigiría de las autoridades una pronta solución a las
deficiencias de la calle Rosales. Pensé que la convocatoria era por
una buena causa, como la que tiempo atrás se hizo para protestar
contra los pedófilos y sus cómplices, por tanto, me pareció un
deber de ciudadano asistir.
Algunos, los menos, llegamos a la plaza antes de la hora citada y nos
enfrascamos en amena conversación. Al poco rato caminamos hacia la
puerta de la Municipalidad y nos percatamos que detrás de una verja
de hierro que está al costado de la fachada, algunos funcionarios
municipales de Seguridad Ciudadana nos esperaban. Son las
conveniencias o los inconvenientes de convocar por Facebook, se
entera todo el mundo.
Al rato, con una concurrencia mínima pero suficiente, alguien
comenzó a encender velas y a pegarlas en una jardinera y, luego, en
las escalinatas de la puerta principal. No me di cuenta cómo ni
cuando se habían colgado carteles en el muro de la fachada.
Sigilosamente, como un profesor que espera pillar a sus alumnos en
pleno desorden, de detrás de la verja de hierro aparecieron unos
personajes vistiendo impecables chaquetas amarillas y azules (creo
que son los colores de un partido político) y con el logo de la
Municipalidad. Uno de ellos, que se identificó (sólo de palabra)
como jefe de seguridad, se dirigió a nosotros:
-A ver, a ver... ¿quién está a cargo de esto? -Todo esto dicho con
una aparente amabilidad que no convencía a nadie. El “A ver, a
ver” más o menos significaba algo así como “Yo soy la autoridad
y ustedes tienen que temerme”, porque, evidentemente la frase no
tenía ninguna relación con ver algo, ya que el lugar estaba bien
iluminado (mejor que la calle Rosales) y se veía todo muy claro. Y
la pregunta: “¿Quién está a cargo de esto?” denotaba la
torpeza del que no piensa que algunas actividades se realizan sin que
nadie lo ordene, sin un mando superior que esté a cargo o, es más,
sin que exista una remuneración de por medio.
Le explicamos a la “autoridad” que nadie estaba a cargo y con un
gesto de Mmmm..., no estoy muy convencido, comenzó su simuladamente
amable retahíla.
-Les tengo que pedir que quiten esos carteles de ahí. Si quieren
protestar por algo, deben seguir el conducto regular.
-¿Y cuál es el conducto regular? Preguntó alguien.
-Si quieren pedir algo al alcalde, deben hacer una carta y traérsela
personalmente. Ese es el procedimiento.
O sea, el autodenominado jefe de seguridad, veladamente proponía que
alguno de nosotros se levantara a las 4 de la madrugada o durmiera en
los pasillos municipales para lograr un número que permitiera hablar
con el alcalde y pedirle que cumpliera con su trabajo de mantener las
calles en buen estado. Pero, eso si, sin meter mucha bulla, sin que
los otros ciudadanos se enteraran de la petición. Estas cosas hay
que hacerlas en silencio, no vaya a ser que los demás se acostumbren
a protestar por cualquier cosa.
Ante la negativa de los manifestantes a quitar los carteles o, por lo
menos que nos dijera por qué había que quitarlos, el proclamado
jefe nos dijo:
-Porque... porque... porque en el cartel hay un nombre, y en los
carteles, según la ley, no se puede poner nombres. -Efectivamente,
en los carteles había un nombre, decía: “Fuentes, arregla las
calles” y otro decía: “Fuentes, no más muertes”. Le
explicamos a la “autoridad” que es al alcalde al que hay que
exigirle que arregle las calles, no es al tesorero municipal o a los
carabineros ni al portero de la municipalidad. Además, le
preguntamos cuál era la ley que no permitía poner nombres en una
pancarta, porque si esa ley existiera, los candidatos Letelier y
Golborne, desde hace un buen tiempo deberían estar presos por
incumplir la supuesta ley. Por otra parte, el primero que incumple la
ley aducida por el supuesto jefe de seguridad es el alcalde, ya que
cada vez que hay algún evento en la comuna, el cartel de la
Municipalidad dice: “Invita su alcalde, Manuel Fuentes Rosales.
La discusión se fue haciendo tensa y muy tonta. Ra como hablar con
una pared. Una persona de lentes que se manifestaba con el grupo, con
el fin de poner término al monólogo del “jefe”, dijo: -Está
bien, quitaremos el nombre, pero... si no podemos poner Fuentes, ¿qué
ponemos?
-¿Ponga lo que quiera, pero no ponga nombres. -Dijo muy enérgico el
“jefe”. Pensé que el funcionario tenía muy bien puesto el
nombre de su cargo; era jefe de seguridad del alcalde, no de la
seguridad del municipio.
La señora de lentes se dirigió a los carteles y yo, rápido e
indignado, la seguí.
-¡Por qué vas a cambiar los carteles! ¡No le hagas caso! -le dije.
-No se preocupe, él dijo que pusiera cualquier cosa, menos un
nombre, bueno... “Peluquín” no es nombre, ni “Cacho de
poroto”, ni “Palmera huacha”. -me respondió, mientras que con
una rapidez inaudita cambiaba el apellido por el apelativo del edil,
otorgándole legalidad al cartel de protesta.
La reacción del “vigilante” fue instantánea. Como un hábil
pistolero del viejo oeste, mostró los dientes, echó mano al cinto y
sacó su teléfono móvil.
-¡Se están burlando de mí! Voy a llamar a los carabineros.
Al poco rato teníamos dos coches de carabineros a nuestro lado. Creo
que eran más carabineros que manifestantes. Ante tal despliegue, el
rostro del “jefe” brillaba de orgullo, sin embargo, si en algún
momento pensó que los carabineros llegarían rompiendo carteles,
dándonos de palos o llevándonos detenidos, se equivocó de lleno.
El sub oficial se acercó a nosotros. Le explicamos lo que hacíamos;
simplemente poner unas velas por una persona muerta y colgar unos
carteles que exigían solución al mal estado de las calles. Cuando
le quisimos explicar quién era la persona fallecida y cómo murió,
nos dijo: -Conozco el caso, ella era mi sobrina. A partir de esa
confesión, la conversación con los carabineros se hizo fluida y en
muy buenos términos. Comprendieron que era una de las protestas más
justas y más pacíficas que se hacía en el pueblo. Mientras tanto,
el ceño fruncido y airado del “jefe” causaba disimuladas
sonrisas.
-Pero... -dijo el sub oficial, al cabo de un rato, -les pido que
saquen los carteles de la fachada municipal y los pongan en otro
sitio, ya que ese es un recinto público.
Así lo hicimos, mientras volvía la cara de triunfo del “jefe”.
Quitamos los carteles de la fachada y los pusimos en la valla
metálica que está en la esquina de la Municipalidad. A alguien se
le ocurrió agregar otro cartel. Escuetamente decía: “Toque la
bocina”.
Si los manifestantes no éramos más de doce o quince personas, con
ese cartel nos convertimos en muchos más. Todos los automovilistas
que pasaban por el lugar, tocaba insistentemente la bocina, aunque
ellos no podían ver cómo cambiaba otra vez el rostro del “jefe”.
Con esos bocinazos recordé la marcha contra la pedofilia. A
diferencia del número de manifestantes, era lo mismo; las
autoridades municipales, en vez de estar junto a su pueblo, en
primera fila, manifestándose junto a su gente por una causa más que
justa, nos miraban como a enemigos y nos fotografiaban como a
sospechosos. Me pregunté dónde estaban ahora esos candidatos a
concejales de la elección anterior, esos con tanta vocación de
servicio, esos que sólo querían trabajar por su pueblo, dónde
estaban los militantes de partidos políticos, esos que alardean de
demócratas. Aparte de su tío, que estaba ahí por otra causa, sólo
estábamos los que sentíamos la muerte de María Parraguez, unas
amigas que sufrían por la suerte de sus hijos y un “jefe de
seguridad” que esperaba nuestra retirada para romper los carteles
que aludían a su jefe. Creo que es cierto, en todas partes se cuecen
habas, y en mi pueblo: calderadas.
domingo, 16 de diciembre de 2012
viernes, 7 de diciembre de 2012
Comparto buena noticia.
CONSEJO DE LA CULTURA Y LAS ARTES ANUNCIA LOS GANADORES DEL
CONCURSO LITERARIO ESCRITURAS DE LA MEMORIA.
El premio creado en 2005 destaca obras que registran
memorias colectivas y/o personales de interés literario e histórico.
La historia de jóvenes que sufrieron vejámenes y torturas a
partir de 1973, descrita por Aminie Calderón y Rosa Gutiérrez en el texto “Éramos liceanas en septiembre del 73”
(Planeta de Papel Ediciones), se consagró como ganadora del Concurso Escrituras
de la Memoria, categoría Obra Publicada 2012; organizado por el Consejo de la
Cultura.
El jurado compuesto por Eduardo Mella Seguel, Montserrat
Arre, Micaela Navarrete, Jaime Blume y Alberto Kurapel, manifestó que el libro
“es un gran aporte a la memoria colectiva e histórica de nuestro país. Texto
lúcido, escrito con claridad escueta y transparente, que impulsa al lector a
recorrer estas increíbles historias verídicas, sufridas por niñas y
adolescentes”.
Este concurso fue instaurado el año 2005 como una forma de
estimular y premiar las obras que registren memorias colectivas y/o personales
de interés literario e histórico, tales como relatos testimoniales, memorias,
diarios, epistolarios, reportajes, crónicas regionales publicadas o inéditas,
entre otros.
En la categoría inédito, el primer lugar fue para “Juvencio Valle, el hijo del Molinero”,
de Julio Gálvez Barraza, quien bajo el
seudónimo de Gato Félix presenta una detallada biografía de uno de los poetas
claves de nuestra lengua, mostrando un sentido de vida basado en la
generosidad, el trabajo y el compromiso con su tiempo.
Sobre el texto, el jurado para esta categoría, integrado por
María Angélica Illanes, Claudio Rolle, Fidel Améstica, Rolando Carrasco y
Martín Correa, señaló que “esta biografía contribuye a una memoria histórica e
identitaria al mostrar lo que es y ha sido nuestro país a través del carácter
de un hombre, un poeta que ejercía la poesía tal como su vida: llena de un
elocuente silencio, siendo -en esencia- la misma persona desde su infancia
hasta su muerte en el concierto de cambio de un mundo demasiado ruidoso y
agresivo”.
El premio consiste en $8.000.000 para el autor de la obra
ganadora en las categorías de obra publicada y obra inédita. Además, en la
categoría de obra inédita, el jurado puede entregar hasta dos premios
especiales de $1.500.000 cada uno.
Estos últimos fueron otorgados a “Winnipeg. Testimonios de un exilio”, de Julio Gálvez Barraza (que
participó con otro seudónimo: El nacho), que describe el recuerdo de los
hombres, mujeres, ancianos y niños sobrevivientes del franquismo, a quienes el
puerto de Valparaíso les dio refugio y la posibilidad de una nueva vida.
Un segundo premio especial fue para “Un hombre en la oscuridad (sobre la vida de Óscar Urrutia)”, de
Jaime Cerda, texto que a partir de la narración de la vida de un hombre enfermo
de ceguera progresiva, atraviesa el siglo XX recorriendo múltiples pueblos a lo
largo de Chile, retratando vivamente las sociedades pueblerinas y la vida
colectiva cotidiana de su época.
jueves, 18 de octubre de 2012
Recuerdos de Valparaíso. José Carlos Rovira
Yo les quiero contar lo que he observado/ para que nos
vayamos conociendo/ el habitante encadenó las calles; /la lluvia destiñó las
escaleras,/ un manto de tristeza fue cubriendo/ los cerros con sus calles y sus
niños...!, sonaba precisamente esta canción como música ambiental en este
portentoso "Bar Cinzano", en la Plaza Aníbal Pinto, con su fuente de
Neptuno delante, que descubrí en el último viaje. Mis acompañantes, Nelson
sobre todo, cerraban los ojos mientras cantaban casi "de profundis"
el vals "Valparaíso", que compuso el gitano Rodríguez hace muchos
años, en el 68, antes de exilios, regresos desafortunados y muerte silenciosa
en Italia allá por 1996.
He regresado esta vez a Valparaíso a buscar pulsos
literarios de una ciudad de las que están tan repletas de literatura que dudo
que sea posible ninguna síntesis. Nos perderemos en la literatura y en la misma
ciudad, Patrimonio Cultural de la Humanidad y puerto esencial del Pacífico. Nos
perderemos desde el primer día en el que querré, como siempre, iniciar la
visita a la ciudad por los cerros, los cuarenta y cinco accidentes montañosos
que la dotan de una fisonomía extraña, de escaleras y pequeños funiculares (que
ellos llaman ascensores), de descenso progresivo a un mar que baña uno de los
puertos americanos históricamente más importantes.
Los habitantes de Valparaíso, como los de Buenos Aires,
se llaman también porteños y la ciudad, marítima y deteriorada, despierta en
los cerros esta mañana de noviembre.
Valparaíso es lugar nerudiano por excelencia. Aquí tuvo
el poeta "La Sebastiana", su tercera casa chilena principal. El Cerro
Bellavista, al que subo con el ascensor Espíritu Santo, tiene una de las
mejores vistas de la Bahía. Los cinco pisos de la casa del poeta, empinados y
difíciles, hacen que recuerdes que en los últimos años ya no podía ocupar su
vivienda porteña por sus dificultades físicas. La quinta planta es aquel
estudio imponente de vistas, presidido por un gran retrato de Walt Whitmann,
donde Neruda escribió "La casa en la altura" o aquel fragmento de
"Cuándo de Chile" donde dice: y el viento que derriba/ la última
ola de Valparaíso/ me golpea en el pecho/ con un ruido quebrado/ como si allí
tuviera/ mi corazón una ventana rota. Desciendo al centro y al puerto
paseando lugares nerudianos. Ya no está en la esquina de O'Higgins y Melgarejo
el Bar Alemán, que Neruda frecuentaba con amigas y amigos y en el que creó en
1961 el Club de la Bota -una gran jarra de cerveza en cerámica adornada era su
símbolo- con sus cófrades, bautizados como botarates. Sara Vial acaba de
publicar un bello libro sobre aquella peripecia y aquellos años. El camino nos
lleva ahora al puerto, al Muelle Prat, y en él mi acompañante busca un pequeño
recuerdo de la peripecia del Winnipeg, el barco que armó Neruda en nombre del
gobierno chileno, para transportar desde Francia a más de dos mil españoles a
Chile en 1939 tras la guerra.
La historia, que ha contado muy bien Diego Carcedo en su
libro reciente, me es evocada por Julio Gálvez Barraza, un nerudista
imprescindible por su libro Neruda y España, en una comida frente al mar,
necesariamente en el restaurante Bote Salvavidas, donde las machas al parmesano
y el caldillo de congrio permiten seguir evocando al poeta.
jueves, 13 de septiembre de 2012
DETRÁS DE LA LUZ. Poemas de Roselvira Soda
Por Jerónimo Castillo
Caminar por el verbo poético, aún
tácitamente, es lo que a lo largo de estas páginas ha logrado Roselvira Soda,
nuestra poeta que construye el edificio de las palabras con el silencio que
importa un profundo sentimiento de amor, de imbricación intelecto-afectiva con
la poesía.
Y como no podía ser de otra manera,
pulso a pulso, verso a verso, nos va entregando ese maravilloso caudal de
sensibilidad que su alma atesora, que es la esencia misma de su fuerza creadora
traducida en cada frase, en cada golpe de emoción que su poesía encierra.
Ya desde el primer poema desafía el
destino en un ofrecimiento sublime, que dice de la búsqueda en que se encuentra
empeñada, dándole similitud humana al ideal que sigue intacto dentro de su ser,
pero no se queda allí, no se queda en la metafórica figura de la entrega, si no
que va más allá, va a la esencia misma de lo maravilloso, de lo inalcanzable,
que como horizonte siempre estará presente para animar su paso, por lo que no
cierra las páginas del libro, tan sólo las deposita en el estante del alma para
una mejor oportunidad.
El acompañamiento que importan mis
palabras no debe olvidar que al haberme honrado confiándome este espacio, debo
preanunciar un recorrido que el lector ha de hacer, y allí podrá encontrar
justificación el señalamiento que me permito.
Y es cierto que cada lector podrá
identificarse con uno u otro poema, según el estado vivencial en que se
encuentre al momento de la lectura, pero en el libro “DETRÁS DE LA LUZ”, Roselvira ha mantenido
una línea de pensamiento que hace de su libro, por ahora, y que impreso ya será
patrimonio universal, una constante creacional en la que con la propuesta
poética, hace participar al lector que debe integrarse a la dinámica del poema
mientras avanza en el conocimiento de su contenido.
Allí está el secreto. Se une a
nosotros, nos envuelve cálidamente con su palabra haciendo que ese juego
metafórico, esos enunciados, formen parte de un universo compartido, propio de
la nobleza de espíritu que caracteriza a Roselvira. No se guarda nada, se
entrega en cada frase, se integra con su pensamiento al sentimiento que logra
crear en la intimidad de cada destinatario de su palabra.
No es éste un análisis literario de
la obra de Roselvira ni corresponde, pero habiendo leído sus trabajos, no puedo
dejar de hacer conocer cuánto valor hay en ellos, cuánta ternura, cuánto cariño
y cuántas enseñanzas se desprenden de su energía poética.
Ya trate una u otra temática, todo
está impregnado de un equilibrio que invita a seguir con la lectura. Si habla
de la flor, si habla de su mascota preferida, si habla de su poeta admirado, de
las cosas y situaciones que a diario encuentra a su paso, consigue la elevación
del pensamiento a niveles suficientemente atrapantes para posibilitar que sus
lectores disfruten de su poesía, sientan la misma agradable sorpresa que sintió
ella cuando plasmó en esas líneas sus fuerzas interiores en forma de poema.
La solvencia de su mano creadora,
cargada de un tiempo acumulado de esperas, le permite encontrar el camino para
lograr ese impacto en un verso breve, con pocas cargas referenciales, pero
indudablemente exacto para llevarnos donde ella ansía para sitio de nuestras
expectativas lectoras. Allí nos sitúa y desde allí nos conmueve. Esto es lo que
ha ocurrido en “DETRÁS DE LA LUZ”.
La poeta que ha solidificado en su camino literario el oficio de manejar las
palabras, en el libro que tenemos a nuestra vista, ha trascendido este primer
instante, jugando con ellas para darles una vida especial, tanto así que me
atrevo a afirmar que le ha dado su propia vida, las ha hecho nacer de sí, para
que con toda justicia pueda decirse que este libro, como sus anteriores, es un
verdadero hijo de Roselvira Soda, del espíritu, sí, pero hijo con sus mismos
genes que fundamentan la carga de belleza que cada poema contiene.
Jerónimo Castillo
lunes, 10 de septiembre de 2012
www.melipilla.cl
Folclorista Margot Loyola, premio nacional de las artes y el Alcalde Mario Gebauer lanzan primer libro de la historia de Pomaire
Se realizará el próximo
jueves 13 de septiembre a las 18,30 horas en el restaurante “San
Antonio” y contará con la presencia de dirigentes, vecinos y relevantes
figuras de las letras.
En la ocasión, se producirá un
emotivo reencuentro entre Margot Loyola Palacios y el pueblo alfarero,
con el que se relacionó antes de 1950, cuando vino a investigar sobre
sus cantoras, en especial sobre Purísima Martínez. La folclorista fue
invitada de honor en la Primera Semana Pomairina y creó junto a Cristina
Miranda la clásica cueca la Pomairina.
La amistad de la poetisa Gabriela
Mistral con una destacada alfarera de Pomaire, el refugio obligado de
Pablo Neruda en una de sus casas; la visita del intendente Benjamín
Vicuña Mackenna en 1874, que propició la primera escuela del pueblo, los
rigores de la aldea indígena y los temores del subdelegado de Melipilla
Julián Yécora sobre un posible alzamiento indígena en 1811, son sólo
algunos de los aspectos que aborda la obra Historia de Pomaire, un
trabajo que fue encomendado al periodista e investigador Hernán Bustos
Valdivia y que el Alcalde Mario Gebauer entregará a la comunidad el próximo jueves 13 de septiembre.
Durante la actividad se producirá un emotivo reencuentro entre Margot Loyola Palacios,
la longeva folclorista de 94 años, Premio Nacional de Artes Musicales
1994, y el pueblo alfarero, pues se relacionó con Pomaire antes de 1950,
cuando vino a investigar sobre sus cantoras, en especial sobre Purísima
Martínez. Además, la folclorista fue invitada de honor en la Primera
Semana Pomairina y creó junto a Cristina Miranda la clásica cueca la
Pomairina, razón por la cual se le hará un reconocimiento y
agradecimiento.
En la ocasión, alumnas de Margot Loyola
interpretarán canciones folclóricas recopiladas hace más 60 años por la
maestra precisamente en Pomaire, en sus largas conversaciones con
Purísima Martínez.
“Los pueblos se nutren no
sólo de bienes materiales, también se nutren del alma. Puedo decir con
orgullo que hemos entregado a la comuna dos obras muchas veces deseadas,
pero jamás concretadas: la Historia de Pomaire y la Historia de
Melipilla”, dijo el alcalde Gebauer.
“Con Pomaire en particular
existía una deuda. Se había investigado en abundancia de las técnicas de
la alfarería, pero nunca se había indagado en la historia social y
económica, de sus organizaciones, de su gente y de sus logros. Con ello
se está dando otro valioso paso por sustentar su memoria y su
patrimonio, recordando que hace poco se aprobó la Ordenanza Pomaire”, explicó el edil.
Hernán Bustos agradeció el apoyo brindado por el municipio. “Resultaba
paradójico que un pueblo con tanta historia y tanto valor cultural, de
altísimo interés para visitantes y turistas de todas las latitudes del
mundo, no tuviera una obra histórica”, agregando que “muchas veces
quienes nos dedicamos al rescate patrimonial no recibimos apoyo a
nuestras iniciativas, pero en el caso de Melipilla la recepción ha sido
doblemente extraordinaria”.
Bustos destacó un hecho sobresaliente que vincula a la actual gestión con la venida del intendente Vicuña Mackenna. “En
1874 la influyente autoridad hizo esfuerzos denodados por reabrir el
camino de Pomaire por El Tránsito y la hacienda de San José, pero fueron
infructuosos. Sin embargo, en 2012 las gestiones del alcalde Gebauer
lograron la reapertura del camino, 138 años después, es decir, estamos
frente a un acontecimiento que hoy nos cuesta dimensionar, pero que en
aquellos años era la vida misma de Pomaire”, explicó.
La obra será comentada por Horacio
Hernández Anguita, historiador de la Universidad Católica del Maule,
quien ha ejercido cargos docentes y directivos y se ha dedicado al
rescate patrimonial de la obra de su abuelo, el historiador melipillano
Roberto Hernández Cornejo.
También aludirá a la obra Julio Gálvez
Barraza, biógrafo de la vida y obra de Pablo Neruda, galardonado con el
primer premio Sant Jordi, Narrativa Castellana de Castelldefels (1990).
Primer premio en el concurso internacional de ensayo Neruda; el ser
americano. Además, ha ofrecido innumerables charlas y conferencias sobre
el vate y sobre el Winnipeg, en Chile, España y Suecia.
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