miércoles, 21 de febrero de 2018

España 1939: Los frutos de la memoria




Los historiadores, a fin de evitarse molestias en las averiguaciones, se copian los unos a los otros.
Anatole France

Los estudios sobre el exilio republicano español en México gozan hoy de buena salud, afirma una historiadora catalana en un artículo publicado en la Web. Sin embargo, el análisis del mismo exilio en Chile, recién comienza a desentumecerse. Hace ya unos años se publicó un extenso trabajo de los profesores Carmen Norambuena y Cristián Garay; España 1939: Los Frutos de la Memoria. (Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago, 2002). La publicación contiene un Estudio Preliminar, de Francisco Caudet, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y una veintena de biografías de los emigrantes.
El libro, señala el profesor Caudet, intenta responder a una serie de preguntas de gran calado, de no fácil respuesta, pero que son abordadas de manera ecuánime y con una metodología apropiada. Agradece, además, a los autores, que han dedicado tan denodado esfuerzo por reconstruir un capítulo de la historia cultural de Chile y España. Los autores, por su parte, destacan que el trabajo pretende contribuir a un debate abierto y no acabado. En este marco, -y porque el texto puede convertirse en referencia para estudiosos e investigadores-, quiero sumarme al debate planteado por los autores, con la intención de contribuir a la reconstrucción rigurosa de ese capítulo de la historia cultural de Chile y España, como señala el profesor Caudet.

Estudio Preliminar
En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, -señala el estudio preliminar-, llegaron a Chile en los vapores Massilia, Órbita, Formosa, Reina del Pacífico y desde Argentina, en el ferrocarril Trasandino, varios centenares más de españoles. Muchos de ellos intentaron, lo que obligó al Gobierno argentino a restringir la concesión de visados, quedarse en Argentina. En uno de los informes de la Embajada franquista en Santiago (Informe del 12 de enero de 1940) se hacía este comentario: El Gobierno argentino se ha alarmado del número crecidísimo de rojos españoles que cruzan su territorio para entrar en Chile por la Cordillera andina. Y ha prohibido la concesión de visados de tránsito, porque muchos lograban quedarse consiguiendo influencias y presiones cerca del Gobierno...
En otro párrafo del texto, el profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. El Presidente Aguirre Cerda había nombrado a Pablo Neruda, en mayo, Cónsul Especial para la Inmigración Española..., En julio de 1939 se debatió en la Cámara de los Diputados los acuerdos alcanzados por los dos representantes del Gobierno con la FOARE y el SERE, acuerdos que iban a permitir el traslado a Chile de un contingente de republicanos que, contra las primeras previsiones, superó por poco los 2.000. (La nota a píe de página Nº 9, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos)
La oposición se enfrentó en la Cámara de Diputados con tal virulencia a esa expedición, que estuvo a punto de causar una grave crisis política. El canciller Abraham Ortega, debido a esa polémica, presentó la dimisión que el Presidente, con buen criterio, no aceptó. El Gobierno, que llegó en esos momentos a reconsiderar la decisión de permitir la inmigración de republicanos, mandó a Pablo Neruda, cuando ya estaba a punto de partir de Francia el Winnipeg, la orden, que no atendió, de esperar.
Si analizamos detenidamente el texto, debemos discrepar de varias afirmaciones, o, como mínimo, de una redacción que se puede prestar a equívocos. En los meses siguientes a la llegada del Winnipeg, los vapores Massilia y Formosa no llegaron a Chile, sino que llegaron a Buenos Aires y los varios centenares "más" de españoles que llegaron desde Argentina en el ferrocarril Trasandino, correspondían a los pasajeros de dichas embarcaciones. El Reina del Pacífico, según testimonio de Jesús del Prado a Leonardo Cáceres (Araucaria de Chile Nº 8-1979) no hizo viajes por esas fechas: Yo tenía pasaje para viajar en el Reina del Pacifico, y que zarpaba de las costas europeas el 29 de agosto... pero en el encuentro en París con Pablo Neruda, me contó que organizaba un viaje de refugiados españoles en un barco de carga que partiría desde Burdeos a fines de julio o en los primeros días de agosto. ...él me invitó a viajar en ese barco. Fue una buena decisión, pues el "Reina del Pacifico" no hizo ese proyectado viaje por los océanos sino hasta después de la segunda guerra mundial. Más aún, el Reina del Pacífico, antes de la guerra mundial, zarpó por última vez a Valparaíso a mediados de junio, en él viajaban los hijos de Valle Inclán.
Sobre los "intentos" de los asilados por quedarse en Argentina, sería conveniente revisar un artículo de Dora Schwarzstein, profesora de la Universidad de Buenos Aires, (La Llegada de los Republicanos Españoles a la Argentina. REDER. Red de Estudios y Difusión del Exilio Republicano) en el que señala cómo y por qué se quedaron en argentina muchos de los pasajeros del Massilia. En este barco viajaban 147 españoles republicanos. Todos ellos se hallaban en tránsito, con diversos destinos: 132 a Chile, 6 al Paraguay y 9 a Bolivia. Mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentó en el puerto Natalio Botana, director del periódico Crítica que ofreció a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina. Además, el mismo Botana comenzó una intensa campaña frente a su Gobierno hasta lograr que el presidente Ortiz otorgara la autorización para que los españoles del Massilia se quedaran. En julio de 1939, el periódico Crítica ya había iniciado una colecta de dinero para acudir en ayuda de los intelectuales españoles. El 13 de noviembre, el periódico informaba sobre el destino de los fondos recaudados: A pedido de entidades de ayuda a los intelectuales, Crítica distribuyó el producto de la colecta Suscripción Pro-intelectuales españoles entre exiliados del Massilia. En la Argentina -agregaba-, quedaron unas 50 personas, siguiendo viaje a Chile otros 70 intelectuales. El total recaudado se repartió entre esas 50 personas que se instalarían en Argentina y los 70 intelectuales que seguirían viaje a Chile. En base a esas informaciones, ya tenemos una cifra casi exacta de los pasajeros del Massilia llegados a Chile. Y tenemos también el motivo del informe, de fecha 12 de enero de 1940, de la Embajada franquista en Santiago al Gobierno de su país, citado por el profesor Caudet. Entre los pasajeros del barco se encontraban el pintor Manuel Ángeles Ortiz; Alberto Barral López, Gregorio Muñoz Montoro, Clemente Cimorra, Severino Mejuto y Luis Ciutat de Miguel.
Por otra parte, es históricamente conocida, está en todas las cronologías de Neruda, la fecha en que el poeta salió para Francia con la misión consular para la inmigración; Marzo de 1939. Posiblemente el profesor trabaja sólo con documentos ya que el nombramiento oficial de Neruda como Cónsul Especial para la Inmigración Española se subscribió, efectivamente, en el mes de mayo. Pero la designación verbal del Presidente y su Ministro de Exteriores, Abraham Ortega Aguayo, se hizo en una reunión en la que Volodia Teitelboim fue testigo de excepción.
El profesor afirma que: Todo lo relacionado con la financiación de la operación fue tratado por el canciller Abraham Ortega y Pablo Neruda con la FOARE argentina y uruguaya y con el SERE. Esto puede llevar a una desvirtuación del trabajo de los comités chilenos. Para la ocasión se formó, bajo los auspicios del Comité Nacional del Frente Popular, el Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados Españoles (CChARE), que se encargó de todas estas gestiones; económicas, organizativas y logísticas. Estaba presidido por el poeta y diputado socialista Julio Barrenechea. José Manuel Calvo, secretario general del ChARE, trataba directamente, o a través de Neruda, con el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, con la FOARE (que agrupaba sólo a comités argentinos, no a los uruguayos) y con la organización mundial en favor de los refugiados que funcionaba en París. El día sábado 10 de Julio de 1939, el periódico Frente Popular de Santiago, informaba que: La FOARE, Federación de Organizaciones Argentinas Pro Refugiados Españoles, es una institución formada por todos los Comités, que en número de más de 500 existen en la República hermana, para la ayuda a los refugiados y ex combatientes de la República Española. Hasta el mes de mayo último recaudó para la ayuda a España, la enorme suma de 70 millones de francos... Según el acuerdo de la organización mundial en favor de los refugiados que funciona en París, de la cual es filial la FOARE, Argentina, Uruguay y Colombia destinarán todos los fondos que reúnan para la atención de los refugiados que vayan llegando a Chile.
El acuerdo se había tomado en París, en el Congreso celebrado, por la organización mundial en favor de los refugiados, a principios del mes de julio. Pero las conversaciones previas las había iniciado Neruda algunos meses antes, en marzo de 1939, en su paso por Argentina y Uruguay, camino de Francia. (Ver prensa de la época y cartas de Neruda al Ministro de Exteriores chileno)
Sobre el número de asilados, la nota a píe de página Nº 9 del citado libro, en el Texto Preliminar, dice: El plan original del Ministerio de Relaciones chileno era ofrecer asilo a 1350 republicanos. No está demás decir que esas cifras no se sobrepasaron. Lo dice el propio Ministro Ortega en varios medios de la época; esos 1350 pasajeros, más las esposas e hijos de muchos de ellos, nos da el número de algo más de dos mil, que fueron los que llegaron en el barco. Además, también lo dice por carta José Manuel Calvo a Neruda: Desde luego la resolución del Ministro de ampliar el embarque a los familiares, demuestra que el rigor del comienzo se va aminorando.
Otra afirmación poco rigurosa de Francisco Caudet es la que se refiere a la dimisión del Ministro Ortega. Esta no fue debida al encarnizado debate producido en la Cámara de Diputados el 4 de julio. Al mediodía siguiente, con la intermediación de los diputados Juan Bautista Rossetti y Marcos Chamudez, la crisis estaba completamente solucionada. Aguirre Cerda reconsideró su postura y Ortega retiró su renuncia. Cabe señalar que el mismo día 5 de julio, el doctor Calvo, declaraba a United Press que había depositado dos millones y medio de pesos en la Legación chilena de París, que daban garantía de techo y alimentación a los refugiados durante seis meses, a fin de que no fuesen carga para el Estado.

El escenario: 1939
Los autores del libro, antes de presentar las entrevistas, hacen una contextualización del periódo tratado, -El escenario; 1939-, que dividen en cinco partes: La génesis; Los españoles en Francia; La empresa del Winnipeg; El viaje y Los otros exiliados. Un párrafo de la primera de ellas merece nuestra atención, dice: La lucha partidaria tuvo directa repercusión en la cuestión de los emigrados. Cada facción política organizó con enormes dificultades la salida de los suyos, lo que explica la creación de dos organismos cuya misión era identica y que tuvieron competencias paralelas sobre los emigrados. Se trata del Servicio Exterior de la República Española (SERE), controlado por los comunistas y bajo la dirección de Juan Negrín; y de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), controlada por el socialista Indalecio Prieto.
Creemos poco afortunada la explicación de la creación de dos organismos paralelos. Si bien es cierto que la salida de los republicanos se realizaba con muchas dificultades, no lo es menos que el SERE estaba resolviendo de manera correcta la situación. Pero retrocedamos un poco en el tiempo. El SERE, cuyas siglas, como hemos visto, no corresponden exactamente a la señalada en el libro, había sido fundado en París, a comienzos de marzo de 1939, por el Gobierno Republicano en el exilio, (cuyo presidente era Juan Negrín) con el visto bueno del Ministro del Interior francés y bajo la protección de la Embajada mexicana. Este servicio fue presidido por Pablo Azcárate y su director era Bibiano Osorio y Tafall. El origen y la constitución de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles, JARE, presidida por Luis Nicolau, es distinto. Nació en París, el 31 de julio, seis meses después de la creación del SERE; casi un mes después de la llegada a México de tres barcos con exiliados; el Sinaia, que llegó a Veracruz el 13 de junio y el Ipanema y Mexique, que llegaron el 7 de julio y no se creó, precisamente, por las enormes dificultades con que cada facción política organizaba la salida de los suyos.
La JARE, lo mismo que la Comisión Permanente, fueron dos organismos fabricados a su medida por Indalecio Prieto, para justificar la apropiación indebida que hizo del tesoro del yate Vita. (Ver; Amaro del Rosal; El tesoro del Vita, Biblioteca de la Guerra Civil, Barcelona, 1998) El contenido de esta embarcación, que transportó a México los bienes depositados en diversos bancos y montes de piedad de España, convirtió a Prieto en el árbitro del exilio, pero, para consolidar su posición, necesitaba de algunos aliados y de algún organismo formal. Ese es el origen de la creación de la JARE. Desde ese momento el exilio republicano queda dividido en dos, proyectándose la división a los partidos políticos y a los campos de concentración. Este hecho constituyó el tercer golpe de estado recibido por la República española; el primero fue el de Franco, el segundo de Casado y luego el de Indalecio Prieto. Esta lamentable división no pudo repercutir en el embarque del Winnipeg. Como sabemos, su salida de Francia se produjo el 4 de agosto, a sólo cuatro días de la creación de la JARE.
El subcapitulo, -Los españoles en Francia-, el libro refleja poco rigor cronológico en la exposición. El 2 de abril, -señala el texto-, la noticia del desastre republicano llega a la Comisión Política del Partido Comunista chileno. La colectividad conoce, mediante una reunión previa entre el Secretario General del Partido, Carlos Contreras Labarca, y el canciller Abraham Ortega, que la República española ha caído y que sus partidarios están en la indefensión... Pablo Neruda, participante en la Comisión Política del PC, interviene ante la conmoción general y sostiene que se debe acudir al Presidente Pedro Aguirre Cerda; en los días siguientes propone traer a miles de refugiados y sus familias, y el Partido da inicio a gestiones directas.
No está demás recordar que Neruda, en esa fecha, no participaba en la Comisión Política del PC chileno. Si bien es cierto que el inicio de su acercamiento al comunismo fue en España, y que muchas de sus amistades militaban en ese partido, no lo es menos que su propia militancia comenzó en julio de 1945. Pero lo que es totalmente inexacto es que Neruda, la Comisión política del PC y su Secretario General, intervinieran y acudieran al Presidente en los días siguientes al 2 de abril. Por esa fecha el poeta ya se encontraba en Buenos Aires participando en la reestructuración de los organismos solidarios argentinos y ya había participado como delegado de los intelectuales chilenos en el Congreso Internacional de las Democracias, celebrado en Montevideo. Lo que si sucedió el domingo 2 de abril, y de ahí puede venir la confusión de los autores del libro, es que ese día, en el Teatro Caupolicán de Santiago, en una concentración del Partido Comunista, el diputado Carlos Contreras Labarca anunciaba que Neruda había sido nombrado cónsul para la inmigración española y que ya se encontraba en viaje hacia Francia. Las gestiones directas de Neruda y los comunistas a que alude el texto se habían iniciado incluso antes de que Aguirre Cerda asumiera la presidencia.
En la bibliografía seleccionada se señala a Luna, primera revista cultural del exilio en España, (Madrid, EDAF, 2000) recopilada por Jesucristo Riquelme, como uno de los textos consultados. En él queda claramente establecido que el reconocimiento al régimen franquista por el Gobierno de Chile, se enmarca dentro del conflicto diplomático por los asilados en la Embajada chilena en Madrid, y no por otras razones.
En el siguiente subcapítulo, -La empresa del Winnipeg-, nos encontramos con nuevas sorpresas, algunas se pueden atribuir, otra vez, a una redacción que se presta a equívocos, como cuando dice: De hecho, (Neruda) antes de ser Cónsul para la Migración (sic) había sido Cónsul en Madrid, creando la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y además había asumido la presidencia de la Asociación Internacional Pro Refugiados Españoles. Ahora volvía a contactar con republicanos españoles aunque el ambiente de la legación chilena en Francia no fuera todo lo grato que el poeta esperaba, como tampoco fueron fluidas sus relaciones con el Embajador en París y luego Presidente de la República, Gabriel González Videla.
Tenemos que recordar que la Alianza de Intelectuales Antifascista fue creada en Madrid, en febrero de 1936, por José Bergamín, María Teresa León y Rafael Alberti, entre varios otros. Neruda fundó en Chile, siguiendo instrucciones del II Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, cuya sesión pública inaugural se realizó en el Salón de Honor de la Universidad de Chile el día 7 de noviembre de 1937. Luego se afirman en un viejo mito, repetido por muchos investigadores, que es el de González Videla como uno de los principales entorpecedores de la gestión de Neruda en la campaña del Winnipeg. Todos conocemos la labor de González Videla durante su mandato, sin embargo, aún no era embajador en Francia cuando Neruda desempeñaba su misión. Nombrado embajador en Francia, Bélgica y Luxemburgo, Gabriel González Videla se embarcó en Valparaíso rumbo a su nuevo destino el 21 de agosto de 1939. Al cruzar el Canal de Panamá, el 1 de septiembre, estalló la Segunda Guerra Mundial, debiendo alterar el trayecto. Recién el 3 de noviembre logró, vía Nápoles, llegar a su destino en París. Como sabemos, el Winnipeg zarpó del puerto fluvial de Trompeloup, en Burdeos, el 4 de agosto de 1939, luego de un trabajo organizativo y de preparación de más de cuatro meses.
Revisando las memorias del poeta, no hay alusión directa a González Videla como uno de los diplomáticos que se dedicaron a entorpecer su labor. Pero si alude directamente a Manuel Arellano Marín: Para complicar mi vida el gobierno del Frente Popular de Chile me anunció la llegada de un encargado de negocios. Aunque no dice que fue él mismo quien lo solicitó como secretario para colaborar con su trabajo. (Carta del 19 de abril al Ministro Ortega)
Es obvio que la labor del investigador es investigar. Los datos citados en este y en cualquier texto, aunque provengan del mismo Neruda, tienen que ser comprobados. Como hemos visto, el no hacerlo puede inducir a errores. El caso de las atribuciones a González Videla es un ejemplo. Pero hay otro aún más notorio, el que señala que: En Francia Neruda contactó con Juan Negrín. Es cierto que también lo dice Neruda, quien en sus memorias señala su entrevista con él después de recibir el supuesto cable de Aguirre Cerda cancelando la misión del Winnipeg. Pero, como veremos, esto, desde el punto de vista cronológico, no parece muy verosímil, ya que Juan Negrín, por esas fechas no estaba en Francia. Había viajado en mayo del 39, primero a Nueva York y luego a México, para tratar con Indalecio Prieto el escabroso tema del tesoro del Vita. (De hecho, a la llegada del Sinaia a Veracruz, -13 de junio-, Negrín fue uno de los que les esperaba en el puerto). En declaraciones a la prensa mexicana, el 4 de julio, Negrín anunciaba su regreso a Francia, donde, dijo, Esperaba estar en París el 12 de julio. Recordemos que el incidente aludido, con la renuncia del Ministro Ortega incluido, sucedió entre los días 4 y 5 de julio. Esos datos son fruto de una rigurosa investigación, y pueden ser usados, siempre que se cite las fuentes, cosa que no siempre sucede con el texto que analizamos.
Tampoco compartimos lo señalado en el subcapítulo Los otros exiliados. El ingreso de los 17 asilados republicanos en la Embajada de Chile en Madrid no fue sólo ...fruto de la determinación del Encargado de Negocios, Carlos Morla Lynch. En este episodio hubo otros actores, como el Gobierno del Frente Popular, principalmente Abraham Ortega, la Alianza de Intelectuales de Chile y el propio Neruda. Sobre eso hay bastante documentación, incluido el testimonio del mismo Morla Lynch.
Hay varias anotaciones que, en honor al rigor histórico, merecen una mínima rectificación. Entre ellas, señalar que Angelina Vásquez Ribeiro, autora de uno de los libros más importantes sobre el tema, aunque hija de un exiliado republicano, no fue pasajera del Winnipeg. Que los nombres de los hermanos Pey Casado no son Víctor y Roberto, son Víctor y Raúl, sin omitir a la hermana Diana, importante pianista. Señalar también que la biografía, reseñada en el libro, de José Gómez de la Serna, pasajero del Winnipeg y padre de Elena Gómez de la Serna, corresponde a la de su hermano Ramón, el autor de las Greguerías. Pero incluso está mal copiada, ya que en la bibliografía, cuando se señala el libro Senos y Circo (1917), corresponde a dos libros diferentes; Senos, publicado en Madrid por Imp. Latina en 1917, y El Circo, publicado el mismo año por la misma casa editorial.
Quizá a modo de fe de erratas, respecto al cuadro estadístico de la página número 219, sería interesante aclarar que, Mauricio Amster vino en el Winnipeg, no fue uno de los asilados en la Embajada de Chile en Madrid; que José y Joaquín Machado, con sus respectivas esposas, tampoco vinieron en el Winnipeg; que la profesión de Vicente Salas Viu es musicólogo, aunque ejerciera alguna vez la crítica; que José Ferrater Mora vivió en Chile seis años, aunque en el cuadro de la página 222 se señale cero y, por último, ya que no podemos extendernos más aunque queden varios puntos a discutir, los intelectuales catalanes que vivieron en Chile y que tempranamente volvieron a su patria, no lo hicieron, como se señala, porque en España ya se habían terminado las represalias. De hecho, Francesc Trabal falleció en Chile en 1957; Joan Oliver (Pere Quart), Doménec Guansé y Xavier Benguerel, en los comienzos de su retorno, sufrieron la cárcel, el olvido, la dificultad de trabajar y varios otros tipos de represión.
El estudio del exilio republicano español a Chile aun no goza de buena salud. Es cierto que este episodio se ha convertido en la más importante hazaña solidaria del pueblo chileno, por ello, para conocerla y apreciarla mejor, tenemos que estudiarla y difundirla con el máximo rigor, sin copiarse unos a otros, como señala Anatole France y comprobando cualquier dato que se presente, por nimio que parezca.
El año antepasado, se publicó en Madrid el libro Emigración y relaciones bilaterales España-Chile (1810-2015) de José Manuel Azcona Pastor, editado por Dykinson. En el Capítulo V.- El exilio español a Chile (1936-1945), la misma profesora que aparece como autora de España 1939: Los frutos de la memoria, en la nota 20, vuelve a equivocarse. Señala: ...con motivo del 70 aniversario de la llegada del Winnipeg a las costas chilenas, el principal acto desarrollado en La Moneda, la presidenta de la República de Chile, Michelle Bachelet, invitó como orador único al profesor Jaime Ferrer Mir.
A esa ceremonia, la celebración de los 70 años de la llegada del “Winnipeg” a Chile, asistieron cientos de personas y lo cubrió la prensa chilena y parte de los corresponsales extranjeros, principalmente españoles. Todos ellos saben, y así se informó en su día, que en ese acto participaron tres oradores, incluida la Presidenta, que en su intervención no tuvo errores, porque estaba bien asesorada. Y es lo que tiene que hacer un historiador, asesorarse bien, ya sea por sus propias investigaciones o por buenos colaboradores, y no dejarse guiar por disputas nimias, ni por rencores sin sentido.

domingo, 28 de enero de 2018

Julio Gálvez Desclasifica la Vida en Chile de los Hermanos Machado

David Hevia. La Tercera, Santiago, 6 de mayo de 2017

Biógrafo de Juvencio Valle y de Luis Enrique Délano, el destacado investigador de las letras Julio Gálvez Barraza es autor, entre otras obras, de Winnipeg. Testimonio de un Exilio. Mientras afina los detalles de su próximo libro, que relata la relación de amistad desarrollada entre el Premio Nobel chileno y el vate español Rafael Alberti, el ensayista aborda las vicisitudes de Joaquín y José Machado, quienes llegaron al país en 1940.

-La diáspora resultante de la Guerra Civil trajo a los hermanos de Antonio Machado a Chile, a bordo del Formosa. 
Sí. Los hermanos Machado, Joaquín y José Machado, vinieron en el Formosa junto a varios emigrados. En el Formosa llegaron también el escultor Claudio Tarragó, el arquitecto Germán Rodríguez Arias y muchos más: aproximadamente, medio centenar de intelectuales. Los hermanos Machado llegaron a Santiago y se instalaron cerca del Parque Forestal, y hay un libro muy bello de José Machado, donde rememora esa estadía en Chile y narra la etapa final del vate ya fallecido, cuya imagen creyó ver deambulando por el parque un día.

-Usted se refiere a Últimas Soledades del Poeta Antonio Machado.
Ese libro, exactamente. Y luego, por algún motivo ese departamento frente al Parque Forestal tuvieron que dejarlo y alguien les consiguió una casa que estaba en Matucana. Los hermanos Machado, como varios personajes que llegaron exiliados de España después de la Guerra Civil, tenían una muy precaria condición económica. Ellos ya eran mayores, no tenían la posibilidad de ganarse la vida como los más jóvenes. Tuvieron que recurrir un poco al auxilio de algunas personas y ahí se portaron muy bien con ellos, entre otros, el embajador, que fue el último representante de la República en Chile, Rodrigo Soriano. Se hicieron también muy amigos de Arturo Serrano Plaja, poeta español igualmente afincado en Chile, y quien trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas en ese tiempo. Y trabaron amistad con el pintor Arturo Lorenzo. Estos personajes auxiliaban de alguna manera económicamente a los hermanos Machado, que solo muy esporádicamente conseguían empleo. Joaquín Machado era periodista, hacía algunos artículos para las revistas de la época española en Chile…

-Y algunas columnas de opinión.
Claro, algunas columnas, algunos reportajes. José Machado era pintor, hacia clases de pintura y vendía de alguna manera sus cuadros, pero eso no les daba para mantenerse. Un mal día se incendió esa casa de Matucana. Entre otros, se quemaron manuscritos de Antonio Machado, los cuadros de José Machado, muchas cosas valiosas, y quedaron en la calle. Y ahí, a través de Serrano Plaja y Arturo Lorenzo, apareció una mano protectora que era un pintor chileno de nombre Eduardo Carrasco Délano. Él les dijo: “Mi suegra tiene una casa en Peñaflor que no ocupa, por qué no se van a vivir ahí”. Y los hermanos Machado, con sus esposas, fueron a vivir a Peñaflor y pasaron gran parte de su exilio en esa casa de Peñaflor.

-Lejos del centro de debate intelectual de la capital…
Y en ese tiempo desplazarse allá tomaba muchísimo tiempo. Era como la casa de vacaciones de la suegra de Délano. Crónicas y entrevistas de la época dicen que fue el tiempo más feliz de los hermanos Machado en Chile.

-En el caso de José, en particular, él además había sido en vida de Antonio Machado su secretario personal, por lo tanto ahí él es también, de algún modo, heredero de esa tradición literaria, más allá de su condición de pintor. De qué manera se expresa el legado de Antonio Machado en la vida de estos hermanos en Chile? 
Tenían algún problema que seguro que les marcó, y era esta dualidad en la familia en lo que representaba Antonio Machado y lo que también representaba Manuel Machado, que era el caso contrario. Manuel se alineó con el franquismo, trabajó con el franquismo, fue un artista de los pocos que tenía el franquismo para presentar al público…

-… Factor de división.
Entonces había ahí un encuentro bastante serio, y yo creo que eso afectó de alguna manera la vida de los hermanos Machado también, dentro de esa élite intelectual que podía juntarse en Santiago, como los que se reunían en el Café Miraflores, o los que hacían sus tertulias.

-La venida de los hermanos Machado a Chile parece ser la última gran jugada de Pablo Neruda en esa estrategia que permitió durante tanto tiempo traer a los perseguidos de España…
Sí. Hay una entrevista muy interesante a Neruda que está publicada en el diario Trabajo, aquí en Santiago, de noviembre del año ‘39, cuando ya había salido el Winnipeg hacia Chile. En el mes de noviembre le llega un cable a Neruda donde ya le anuncian que él va a ser cónsul en México, y entonces debe dar término a su misión como cónsul especial para la inmigración. En esa entrevista dice Neruda que las últimas visas que él firma son las de los hermanos Machado, que estaban en París, abandonados por todos, subraya. En esa entrevista Neruda dice una cosa muy interesante que muchas veces pasa inadvertida para los estudiosos del poeta: “éstas son mis últimas firmas de inmigrantes a Chile, pero no creo que la inmigración española a Chile con esto termine, porque, de la misma manera que los americanos emigran a España, es algo cíclico, y que tiene que ver con la historia y es recíproca”.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Te pillaron copiando, Trampiello.



El poeta e historiados peruano Leopoldo de Trazegnies Granda, en un lúcido artículo desenmascara a Trapiello y lo acusa de pseudohistoriador y de revisionista. Compartimos el artículo de don Leopoldo:

  Atentar contra el honor y la dignidad de intelectuales reconocidos a través de descubrimientos de pequeños detalles de sus vidas, en muchos casos burdos chismes, que pudieron ser errores o acciones condicionadas por circunstancias externas, en la mayoría de los casos muy complicadas, y muy distintas a las que vivimos actualmente, me parece una infamia. Y mencionar a los autores sin reconocer el aporte a la cultura y al humanismo que representa su obra me parece una vileza de la peor especie.
Es lo que hace el escritor Andrés Trapiello en su recién reeditada obra titulada Las armas y las letras en alusión a la frase quijotesca: "Quítenseme de delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas". Deducimos de su texto que para Trapiello no.
  El autor de Las armas y las letras es un reconocido escritor de más de cincuenta libros escritos a lo largo de tres décadas, lo cual tiene mucho mérito, a no ser que detrás del escritor haya todo un lobby de escribidores dedicados a la investigación documental y redacción de sus textos. Todo lo que escribe Trapiello tiene un sello de marca: la misma apariencia, planteamientos parecidos, las mismas expresiones, que en esta obra se cumplen a rajatabla.
Muchos de sus libros están dedicados a la Guerra Civil y a la posguerra españolas como la novela Días y noches que ya he comentado en otra ocasión. Otros relatan sus experiencias personales como la saga del Salón de los pasos perdidos (es el nombre de un salón de conferencias del Congreso de los Diputados y Los pasos perdidos ya fueron utilizados por el novelista cubano Alejo Carpentier y por ese gran periodista que fue Corpus Barga para contarnos sus vidas) que se compone de varios volúmenes de casi mil páginas cada uno. Algunos más sobre literatura como Al morir Don Quijote donde rellena más de cuatrocientas páginas elucubrando sobre lo que pudo acontecer después de la muerte del Caballero de la Triste Figura, en mi opinión sus imaginaciones no representan ninguna novedad en la obra cervantina ni despiertan ningún interés.
El objetivo de un ensayo histórico debe ser siempre el de clarificar los hechos y las intenciones de los protagonistas de los episodios del pasado, pero jamás enturbiarlos. No basta con no acusar, tampoco es aceptable dejar las cosas en el aire para que el lector se lleve a engaño, porque equivale a sugerir falsedades. Es un método de exponer argumentos que dialécticamente podría admitirse pero cuando se analizan hechos y actitudes del pasado donde ya no están los protagonistas para responder se convierte en una ruindad. Desgraciadamente, ésta es la impresión que nos dejan los ensayos de Trapiello que no en vano se ha ganado en algunos círculos la reputación de "Trampiello".
El autor descarga cualquier responsabilidad en el lector, porque nos advierte que su obra no es un ensayo, pero añade que tampoco es una novela. ¿Cómo diferenciar entonces la realidad de la ficción de lo que cuenta? Ante esta afirmación el autor se encuentra libre de decir cualquier barbaridad y el lector de creérsela o no.
Aparte de ciertas omisiones en su lista de "Las personas del drama" como la de John Dos Passos, colaborador de Hemingway, decidido luchador antifascista, que influyó en el bando republicano a través de sus novelas Manhattan Transfer (1929) y Rocinante vuelve al camino (1930) etc. publicadas por la editorial republicana Cenit, Trapiello maneja una documentación exhaustiva de lugares, fechas y anécdotas, algunas de poca credibilidad. Además contiene dos útiles apéndices, uno, el ya citado que contiene datos incompletos de las personas que intervinieron en las Letras de las Armas y otro de la cronología de los hechos más sobresalientes durante los tres años de guerra.
En el prólogo declara que la tesis de Las armas y las letras es que la Guerra Civil no se produjo entre dos Españas sino entre dos facciones minoritarias extremistas y que el resto de la población pertenecía a una España virginal que no participó en la guerra y que podría denominarse la tercera España.
Lo primero que sorprende es que un libro que no es un ensayo sostenga una tesis e intente probar una hipótesis mezclando hechos reales, suposiciones, imaginaciones, anécdotas que corrían entre los bandos, y si me apuran chascarrillos. No nos parece serio.
Negar que en los años 30 hubiera dos concepciones políticas mayoritariamente asentadas en la sociedad, por un lado los germanófilos partidarios de Hitler y por otro los partidarios de las libertades de los países democráticos, que dominaban toda la política de la época, es faltar a la verdad. Con sólo abrir los periódicos de esos años vemos que había una polarización clara entre las dos concepciones del mundo que eran diametralmente opuestas. ¿Que también había exaltados en uno y otro bando? Claro que sí, los ha habido siempre, aún hoy en el año 2010 los hay, pero ellos solos no pasan de romper farolas, no llegan a hacer una guerra. La Guerra Civil fue un enfrentamiento entre dos filosofías opuestas, y así la vio el mundo entero y por eso vinieron a España miles de brigadistas extranjeros de Francia, Bélgica, Polonia, Estados Unidos... a luchar contra el nazismo que empezaba a imponerse en Europa. En la guerra de España se materializaron las dos concepciones políticas imperantes en el mundo en el primer cuarto del siglo XX.
La segunda deducción del autor es que si en las armas no hubo dos Españas, en las letras tampoco. ¿Esperaba Trapiello encontrar a los escritores enfrentados atacándose con las plumas en ristre al igual que los soldados lo hacían con las armas en las trincheras? También los hubo, allí están las hemerotecas para comprobarlo, pero lo fundamental no era eso sino el espíritu fascista o democrático que inspiraban sus escritos. La firma del Manifiesto a favor de la República (1936) en las primeras horas candentes del Golpe de Estado de Franco, demuestra qué escritores estaban a favor de la República: Menéndez Pidal, Antonio Machado, J.R. Jiménez, Luis Cernuda, Rosa Chacel, María Zambrano, Manuel Altolaguirre... entre otros muchos. Y quienes no.
La asistencia al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia en plena guerra (1937) ratificó quiénes eran los escritores que defendían la democracia y quienes preferían para España un gobierno dictatorial al estilo del nazismo alemán. Pertenecieron a la Alianza Miguel Hernández, María Zambrano, Bergamín, Luis Buñuel, Cernuda, Rafael Alberti, Emilio Prados, Altolaguirre, Larrea, y muchos más por lo que atañe a los españoles, y en cuanto a los extranjeros apoyaban la Alianza Malraux, Aragon, Paul Eluard, César Vallejo, Neruda, André Gide, Thomas Mann, Romain Rolland, Aldous Huxley, Cocteau, Dos Passos, Jules Romains etc. Es decir, casi la intelectualidad internacional en pleno.
En España no había duda entre quiénes apoyaban la "Cruzada Nacional" al amparo de Hitler y quienes la rechazaban rotundamente. Esto no impediría que algunos escritores demócratas, al terminar la guerra, por miedo o amenazas, y no queriendo exiliarse, decidieran permanecer en la Península traicionando sus ideales al plegarse a la España vencedora, renegando de su filiación republicana, o simplemente manteniéndose en un prudente silencio al que se llamó “exilio interior”, del cual podría ser buen ejemplo el premio Nobel Vicente Aleixandre. Pero esto no contradice su militancia republicana, su actitud posterior a la guerra fue algo obligado por las circunstancias, si querían salvar la vida.
Andrés Trapiello hace un repaso de los escritores más significativos pero parece demostrar una especie de fijación contra Rafael Alberti, a tal punto que por momentos da la impresión que hubiera escrito las quinientas y pico páginas de su libro con el sólo objetivo de denostar al poeta gaditano y que todos los demás sirven de comparsa. Ya en las primeras páginas del prólogo a la primera edición lo acusaba de ser el causante del fusilamiento del escritor Ramón Martínez de la Riva: "al que fusilaron en Madrid una semana más tarde de que lo señalara con su dedo justiciero el poeta revolucionario". Se refiere el autor a la colaboracin de Alberti en una revista literaria titulada El mono azul en la que también colaboraban Pablo Neruda, María Zambrano, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Antonio Machado y muchos más escritores de primera línea que formaban parte de la izquierda republicana durante la guerra. Pero para Trapiello era un panfleto sangriento que señalaba con "dedo justiciero" a quienes se les debía dar "el paseo" en zona roja, algo equiparable a los pasquines de ETA. Más adelante, en el capítulo tercero volverá a tocar el tema mencionando a otros "señalados" pero paradójicamente ninguno de los mencionados ("señalados") fue fusilado.
Rezuma el libro un intento constante de justificar el levantamiento franquista contra la legítima república. Habla de La Gaceta Literaria (1927-1932) que acogía las vanguardias tanto de izquierdas como de derechas, puesto que en ella colaboraban escritores de tendencias políticas opuestas, por un lado los germanófilos Giménez Caballero, Edgar Neville, Pedro Sáinz Rodríguez, Melchor Fernández-Almagro... y algunos más que se decantaron decididamente por el bando franquista, y por otro lado los republicanos José Bergamín, José Moreno-Villa, Juan Chabás etc., habla de ella como si allí se hubiera estado fraguando la guerra, un enfrentamiento bélico considerado en la redacción de dicha revista fatalmente irreversible.
En realidad, la redacción de La Gaceta era un ejemplo de libertad de expresión que indudablemente producía controversia política, pero para Trapiello "la primera Guerra Civil tuvo lugar, pues, en La Gaceta". En la revista La Gaceta se llevaba a cabo un debate enriquecedor y necesario, que se continuaba por innumerables tertulias de cafés como la del "Pombo" de Gómez de la Serna, o la del "Mesón del Segoviano" de González-Ruano o Cansinos Assens, o la del "Gijón" más de la farándula, o el "Varela" del que era cliente habitual Antonio Machado. Eran cafés frecuentados por muchos escritores de ideologías opuestas, pero confundir la naturaleza de ese enfrentamiento dialéctico con el conflicto bélico que desencadenó Franco es de una simpleza pasmosa. Y a partir de 1934 el autor presenta esa "guerra imaginaria" como inevitable: "Ante la sofocada Revolución de Octubre de 1934, los españoles comenzaron a aceptar como inevitable el drama de la guerra". Tesis parecidas mantienen contra toda lógica apasionados historiadores de origen terrorista como Pio Moa (GRAPO) o tan poco rigurosos como César Vidal, que creen ver en los sucesos de Asturias la justificación para un Golpe de Estado.
Pero estas tesis olvidan que en 1932, dos años antes, ya se había producido el primer Golpe de Estado a cargo del general Sanjurjo, que el gobierno de la República afortunadamente pudo reprimir encarcelando al general felón. ¿A qué viene responsabilizar a los mineros asturianos del posterior levantamiento de Franco, cuando ya su compañero de armas, el general Sanjurjo, lo había intentado apenas instaurada la República? Estaba claro que los germanófilos querían abortar la república desde el primer momento para imponer un régimen autoritario al estilo de Hitler.
Es muy fácil vaticinar en el año 2000 lo que iba a suceder entre 1936 y 1939. Es como las profecías de Nostradamus que a toro pasado se cumplen todas. Es lo que hace Trapiello: vaticinar los acontecimientos conocidos espulgando las declaraciones de unos y otros antes del 36 y polarizando las opiniones y dándoles un sentido que a lo mejor ni imaginaron sus autores. De esta manera monta un puzzle con la foto que le interesa para probar "su tesis".
Así, cuando Antonio Machado exclama: "[Don Miguel de Unamuno] ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus", reconociendo la gran fuerza del pensamiento unamuniano para despertar las conciencias de los españoles, Trapiello ve en ello una proclama de guerra sangrienta muy lejos de los espíritus y muy cerca de los cuerpos y si no dice que ya era un vaticinio de lo que iba a suceder en la batalla del Ebro o de Brunete es por no exagerar. Seguramente nada estaba más lejos de la mente del poeta bueno, bueno en el sentido machadiano, que una guerra fraticida entre españoles.
Naturalmente los intelectuales estaban divididos ideológicamente entre los dos proyectos de España: los que estaban de acuerdo con la república democrática legítima y los que preferían una solución autoritaria encarnada en el partido falangista de José Antonio, hijo del anterior dictador. Pero dentro de un debate político democrático que se debía solucionar en las urnas y en el parlamento, exceptuando por supuesto a los pequeños núcleos de ultras pistoleros de Falange.
Muñoz Molina, en su bien documentada novela La noche de los tiempos, basándose en testigos de la época, como Barea y Morla Lynch, ilustra lo inesperada que resultó la guerra para el ciudadano medio. Cuenta que el último fin de semana de verano antes del levantamiento, los trenes salían de Madrid llenos de familias que iban a pasar un día de campo a El Escorial o Navacerrada y al volver se encontraron las calles llenas de cadáveres. Cuenta que la guerra sorprendió el curso de verano para extranjeros en Santander donde las chicas norteamericanas, francesas y británicas huyeron despavoridas del caserón universitario que se convirtió en cuartel de ejecuciones. Nadie podía presagiar el repentino levantamiento faccioso ocurrido el 18 de julio de 1936, ni su feroz encarnizamiento.
La guerra no se originó en La Gaceta, como dice Trapiello, la guerra fue un estallido brutal del ejército franquista apoyado internacionalmente por los nazis. Una semana después del levantamiento, el 25 de julio, se reunieron representantes españoles, entre los que posiblemente se encontraba Ramón Serrano Suñer, con Hitler para concretar la ayuda que Alemania prestaría a Franco (Payne). La guerra de España tenía pues poco de guerra civil, tenía más de ensayo general de guerra mundial preparado por un Hitler que ya barruntaba invadir Europa. Franco aprovechó el enfrentamiento entre las dos Españas para prestarse al macabro experimento bélico nazi. Fue como un Hiroshima voluntario, para luego repartirse los despojos.
Está claro que una vez dado el golpe de Estado por el general felón Francisco Franco y no haber podido sofocarse inmediatamente por las fuerzas gubernamentales, como ocurrió con el anterior golpe de Estado de Sanjurjo, Unamuno, como toda la intelectualidad española, se vio involucrado en el conflicto. Después de guardar la calma con la prudencia que sólo puede tener un rector de la universidad de Salamanca, se enfrentó a los insurrectos en el paraninfo de ese templo de cultura para responder a un energúmeno mutilado llamado Millán Astray que era uno de los principales generales de las tropas franquistas. El monstruoso militar había exclamado: "¡Viva la muerte!" y "¡Muera la inteligencia!". Ante este grito necrófilo el filósofo vasco le espetó al sanguinario general: "El general Millán Astray quisiera crear una España [...] según su propia imagen. Y por ello desearía ver una España mutilada...". ¡Qué razón tenía el filósofo vasco! Unamuno les dejó bien claro que vencerían, pero no convencerían a nadie. No se equivocó, la ayuda de Alemania fue decisiva, dejó un país deshecho, monstruoso, que gobernó el general vencedor durante casi cuarenta años.
Al anciano rector lo tuvieron que sacar del salón de actos entre la mujer de Franco y el poeta José María Pemán que desde un principio se había arrogado el papel de trovador (o bufón) del régimen autoritario. Tuvo que abandonar el acto debido a un desfallecimiento a causa de la emoción y también para salvaguardar su integridad física ante los exaltados revolucionarios. Fallecería pocas semanas después de un infarto al corazón.
El filósofo vasco encarnaba hasta entonces todo lo que se entendía por España. Era el místico hijo de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero también era el heroico Cid Campeador dispuesto a enfrentarse al rey, y también era el Caballero de la Triste Figura de moral inquebrantable... así lo vió Antonio Machado cuando a su muerte dijo de él: "Murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido". En 1931 había firmado el Manifiesto por la República, era un decidido antifascista, con el régimen anterior de Primo de Rivera se había exiliado voluntariamente en Francia. Su personalidad de español radical no le impidió plegarse al proyecto republicano de hacer de España un país moderno equiparable a cualquier país europeo. Franco no se lo perdonó y lo destituyó de todos sus cargos académicos.
Al hablar de la revista literaria El Mono azul (1936-1939) donde colaboraban entre otros Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, María Teresa León, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, César Vallejo, André Malraux, Luis Cernuda, Antonio Machado, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, John Dos Passos, Ramón J. Sender, María Zambrano, etc., al hablar de esta revista, Trapiello, nos informa que aparte de sus prestigiosos redactores "también" había colaboradores exaltados y que una de las secciones de la revista se titulaba A paseo en fatal coincidencia a como se llamaban los fusilamientos ilegales en ambos bandos. Leemos en el libro de Trapiello que esos artículos "venían a ser una invitación o instigación a estos otros crímenes que acontecían cada madrugada, en los atochales y cuestos de Madrid".
La acusación es nauseabunda. Se imagina uno los versos de Neruda o Aleixandre salpicados de delaciones asesinas hechas por republicanos fanáticos. También deja claro el autor que los responsables de la publicación eran Alberti y su mujer. Según esta hipótesis la siniestra pareja formada por el poeta gaditano y su esposa María Teresa León urdían los asesinatos.
Trapiello nos da algunos nombres de los mencionados en la columna A paseo supuestamente para que sean fusilados al amanecer "en atochales y cuestos": Eugenio Montes, Miguel de Unamuno, Giménez Caballero y Sánchez Mazas. Da la casualidad que ninguno de los nombrados fue fusilado. Es más, a Giménez Caballero se le concedió salir de Madrid para que fuera a reunirse con Millán Astray en Burgos. Sánchez Mazas obtuvo permiso de Victoria Kent, directora general de prisiones, para ir a ver a su hijo a Navarra, luego volvió a la prisión y nadie lo tocó. Unamuno, como sabemos, falleció poco después de defender la causa republicana frente a Millán Astray en Salamanca. Y Eugenio Montes falleció cuarentaitrés años después de terminada la guerra ocupando un sillón de la Real Academia. ¿Cuál era entonces esa instigación al crimen desde las páginas de El mono azul que nos cuenta Trapiello? Estas elucubraciones sólo prosperan en la mente exaltada de "historiadores revisionistas" empeñados en desvirtuar el pasado, pero la sola insinuación de Trapiello es una infamia porque lo que debería dejar claro es que el poeta no tuvo nada que ver con los asesinatos que se perpetraron en Madrid durante la guerra. Desgraciadamente, se descubre la mentira pero la injuria permanece y es utilizada por otros pretendiendo convertirla en verdad.
Supongo que Trapiello se da cuenta de la gravedad de su insinuación calumniosa porque más adelante al hablar de la acusación que se le hizo a Alberti en 1993 desde un libro dedicado a Franco de haber asesinado ciudadanos en la checa del teatro Bellas Artes, admite que fue una acusación gratuita y sin fundamento y que el calumniador tuvo que desdecirse en público poco tiempo después. El calumniador arrepentido era nada menos que Torcuato Luca de Tena, director del diario ABC, aunque Trapiello se lo calle probablemente para no indisponerse con tan prestigioso diario.
Al demostrarse que la acusación de la checa de Bellas Artes es falsa y reconocerlo el propio calumniador, Trapiello no se dará por vencido e intentará por otros medios ensuciar la memoria del poeta y así añade una coletilla insidiosa: "No es nada nuevo decir que el Partido Comunista, al que Alberti pertenecía, no sólo no evitó muchas de esas ejecuciones, sino que a veces, como en los sucesos del POUM, las propició. Alberti, como militante pudo o no estar informado de la política de su partido, pudo estar o no de acuerdo con sus actuaciones". Ninguna de estas imputaciones puede admitirla nadie con un mínimo de sentido común, Trapiello eleva sus conclusiones a un plano absolutamente demencial y agrega: "Desconocimiento es la primera excusa que aducen también los criminales de guerra a los que se sienta en un banquillo para hablar del Holocausto". Presenta al director de la revista literaria El mono azul, que ha sido acusado sin ningún fundamento de la muerte de algunos personajes franquistas, como un criminal de guerra aunque él no lo sepa, al igual que los criminales nazis. ¡El mundo al revés! en España eran los nazis-falangistas los que mataban a españoles republicanos como Alberti y que por cierto nunca fueron sentados en el banquillo. Es decir, para Trapiello, Alberti es culpable de todas maneras, sin importarle la verdad de los hechos. De milagro no lo hace responsable de las purgas stalinistas "de las que pudo o no estar informado o pudo estar o no de acuerdo con la actuación soviética". Trapiello hace gala de su habilidad para confundir los términos y los protagonistas de los episodios históricos. Esto, aquí y en Pernambuco, se llama insinuación calumniosa e infamante.
En otro momento hace referencia a que Alberti vivía durante la guerra en el "palacio de los marqueses de Heredia-Spínola". Y añade con ironía: "De ese afán aristocratizante del comunista se hicieron en voz baja no pocas burlas". Alberti vivía en un palacio y el pueblo de Madrid en las trincheras ahogado de hambre y de pólvora. ¡Escandaloso! Trapiello simula haber estado en Madrid durante la guerra para haber oído esas "burlas en voz baja", lo que no entiendo es cómo no se dio cuenta de que el saqueado palacete de los Spínola donde vivía Alberti se había convertido en la sede central de la Alianza de Intelectuales y era un refugio intelectual donde no sólo vivía él con su mujer María Teresa sino también Emilio Prados, Luis Cernuda, Nicolás Guillén, en alguna oportunidad León Felipe y otros muchos poetas partidarios de la República a los que se les daba alojamiento cuando llegaban a Madrid, porque había sido requisado para esos menesteres.
En las memorias de Alberti leemos: "Pasaban no sólo los que llegaban a Madrid de todas las provincias, sino artistas, escritores, políticos del mundo entero". Hasta "el cholo" Vallejo se hospedó en el palacete de los Spínola. También serviría de redacción de la "tenebrosa" revista El mono azul y de centro de cultura. El palacete de los Heredia-Spínola no era pues la "lujosa vivienda" de los Alberti, sino un cuartel general de la intelectualidad republicana al servicio de los escritores y artistas implicados en la defensa de Madrid frente al ataque de las tropas rebeldes. El palacio de los Heredia-Spínola era también sede de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico creada con el objetivo de salvar las obras de arte del museo del Prado de las bombas del bando nacional. Allí se decidió llevarse los cuadros, esculturas y libros a Valencia y la encargada del traslado fue justamente la mujer del poeta. Cuando el 16 de noviembre de 1936 el museo del Prado fue bombardeado por la aviación nazi-franquista, gran parte de las obras de arte ya habían sido trasladadas a Valencia. De esta manera se salvaron "Las meninas" de Velázquez, cuadros del Greco, Tiziano etc.
En el palacete de los Heredia-Spínola también durmieron, entre otros muchos, los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro que vinieron a fotografiar la tragedia de la guerra y allí velaron a Gerda Taro cuando murió tomando fotos de la retirada de Brunete desde el estribo de un camión. Los Alberti fueron a buscar su cuerpo destrozado a El Escorial. ¿Este es el palacete que Trapiello menciona irónicamente como "vivienda aristocratizante" del poeta? ¿Y quién se reía en voz baja, algún descerebrado falangista? ¿O es otra gracia inventada por Trapiello?
No tenía nada de extraño que se utilizaran las casas y palacios requisados como viviendas y locales de trabajo. El propio Miguel Hernández, el poeta más apegado a la tierra, y su mujer Josefina Manresa se alojaron en 1937 en la casa confiscada a una marquesa principal cuando fueron al frente de Jaén.
Pero Trapiello, no contento con pretender destruir la imagen de un Alberti comprometido con el pueblo, pasa a tratar de desprestiagiarlo literariamente: "Incluso como poeta es difícil tener de Alberti una idea clara". A pesar del eufemismo "idea clara" ese "Incluso" freudiano que inicia la oración delata su malquerencia por Alberti. Ese "Incluso como poeta" equivale a "Tampoco como poeta" o lo que es peor: "Ni siquiera como poeta". Es decir, para Trapiello, Alberti, además de ser un hombre cruel que dirigía una revista diabólica para asesinar inocentes ayudado por su esposa y que vivía en un palacio mientras el pueblo se batía en armas, incluso, era un mal poeta y para demostrarlo recurre a la opinión negativa de su poesía hecha por el pintor Ramón Gaya en 1979 y a algunos comentarios despectivos de sus contemporáneos, sobre todo de los surrealistas franceses que nunca llegaron a entender poemarios como "Sobre los Ángeles". Sorprendentemente se le olvida mencionar a la crítica nacional e internacional que considera al autor de "Marinero en tierra" una de las cumbres de la poesía española del siglo XX. La opinión de Trapiello sobre Rafael Alberti es verdaderamente grotesca.
Entre los documentos que el pseudo-historiador Trapiello nos trae como novedad para la nueva edición de su libro, hay una fotografía dedicada por Rafael Alberti a Ilia Ehrenburg donde menciona "la belle epoque". El comentario de Trapiello sobre su hallazgo es el siguiente: "Lo curioso de Alberti es que veía la guerra como la 'belle époque' veinticinco años después de que ésta hubiera terminado, en plena dictadura franquista. Pero es que para el poeta y su mujer, María Teresa León, la guerra fue eso, una 'belle époque'…"
¿Pero es que Trapiello no se ha molestado ni siquiera en leer las memorias de Alberti? ¿No se ha percatado que Alberti y sus contemporáneos, artistas y poetas, se referían a la década de 1930 como "la belle Époque" y no a los tres años de guerra sino a los cinco restantes donde floreció la cultura, el arte, la libertad etc. etc. etc.? En La arboleda perdida también menciona "la belle Époque" con ocasión de la llegada de Juan Ramón Jiménez a Buenos Aires. Allí el poeta gaditano se refiere al poeta onubense de esta manera: "¡Quién te ha visto y quién te ve! Entonces, en aquella nuestra belle Époque, durante la década de los treinta, a Juan Ramón le molestaba...". El 22 de agosto de 1936 Juan Ramón y Zenobia habían salido de España, por tanto, no vivieron la guerra. Difícilmente Alberti podía referirse a una Época que no existió, sino a los años anteriores de la II República, que fueron años de ilusión e idealismo. A los años entre 1936 y 1939 Rafael Alberti solía referirse -y Trapiello debe o debería saberlo- como "aquellos desgraciados y terribles años de nuestra guerra civil".
Cuando leemos en la pseudo novela de Andrés Trapiello párrafos como el comentado, que denotan una manipulación constante para convertir las virtudes del poeta en tenebrosos pensamientos o burlas macabras, nos preguntamos si es debido a la ignorancia del autor o a su mala intención. En el segundo caso no nos quedaría otra alternativa que admitir que el sobrenombre de "Trampiello" se lo ha ganado haciendo verdaderos méritos.
No siendo yo un crítico profesional sino simplemente un comentarista de mis lecturas, no veo la necesidad de continuar leyendo un libro tan tendencioso como Las armas y las letras. Literatura y guerra civil. Hasta aquí he llegado. Abandono su lectura al terminar el capítulo cuarto para disponerme a releer los cuatro primeros libros de las memorias de Rafael Alberti y a disfrutar por primera vez del quinto que aún no había leído. Me daré el gusto de sumergirme en la prosa poética y humana de La arboleda perdida, tan distinta a la del "cronista Trapiello". donde el poeta cuenta la intensa vida que le tocó vivir desde 1902 hasta su muerte a los 96 años de edad en El Puerto de Santa María, el mismo pueblo gaditano que lo vio nacer.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Imagen primera y definitiva de Miguel Hernández. Rafael Alberti


Pablo Neruda fue quien lo vio mejor. Solía repetir: "¡Con esa cara que tiene Miguel de patata recién sacada de la tierra!"
De la tierra..., porque si conocí muchacho a quien se le podían ver las raíces, aún con ese dolor de arrancadura, de tironazo último, matinal, era él. Raigón, raigones, guías hondas, entramadas, pegadas todavía de ese terrón mojado que es la carne, la funda de los huesos, le salían a Miguel del bulbo chato de la cara, formándole en manojo, en enredo, toda la terrenal figura. Pero siempre en lo alto, al inclinarse, tosco, con cierto torpe cabeceo de animal triste, para enlazarle a uno la mano, le resonaban hojas verdes, llenas de resplandores.
Si, Miguel venía de la tierra, natural, como una tremenda semilla desenterrada, puesta de pie en el suelo. Y nunca este sentir, esta presencia de espíritu y de cuerpo procedente del barro se los sacó de su poesía:
Me llamo barro aunque Miguel me llame...

Sonido de azadón y paletada golpeándole encima, moliéndole el pedrusco de la osamenta, aunque a la vez cruzado de una canción de arada y labradores.
Miguel, como tantos y tantos españoles de hoy, era de entraña católica. De ahí esa aleteante preocupación de muerte, de materia que se recuerda en todo momento deleznable, desprendida, a instantes bronca y dura, de su malograda obra. Cuando yo lo conocí en Madrid acababa de publicarle Cruz y Raya, la revista de José Bergamín, un auto sacramental, de corte calderoniano, pleno de poder asimilador y fuerza propia: Quién te ha visto y quién te ve. Poco después salía de las manos impresoras de Manuel Altolaguirre su primer libro: El rayo que no cesa (1936). Verdadero rayo deslumbrador, revelador, de poeta nativo, sabio. Un rayo milagroso, pues lo pensaba uno del revés, surtiendo desde la piedra hacia lo alto, escapando, lumínico, de aquel ser tan terreno, desmanotado y hosco.
Y como rayo que lo descuajara, levantándolo, cegándolo hasta abrirle los ojos, fue también para él el 18 de julio de 1936, día de provocación y respuesta, de embestida de lo más turbio y triste español contra lo más puro y luminoso. Data reveladora. En esa fecha, Miguel se vio como nunca las raíces, se comprendió como jamás de tierra, arrebatándose de aquel viento candente que sacudiera de parte a parte nuestro pueblo. Y la diaria pana aldeanota de sus pantalones la cambió, de súbito, por el valiente mono azul del miliciano voluntario. Así, pues, a la guerra, a su vida y contacto -"sangrando por trincheras y hospitales"- con aquellas gentes heroicas, vivas y simples como el trigo, debió Miguel Hernández el entero descubrimiento de sí mismo, la completa iluminación de su entraña nativa, verdadera, arrancándose al fin con su Viento del pueblo, un aplastante alud de cosas épicas y líricas, versos de encontronazo y empujón, de dentellada y gritos suplicantes, rabia, llanto, ternura, delicadeza. Todo lo que a él le templaba, entretejidos a aquellos raigones profundos.
Más ahora, después de resonado, como un ondear de abares en júbilo, después de condenado, golpeado, tundido el pecho a borbotón de sangre por campos de concentración y mazmorras, nuevamente Miguel, desesperadamente Miguel vuelve a la tierra, al negro hoyo definitivo. Que no lo han abierto manos campesinas, alegres manos hortelanas, frescas de paz y relente. Que eran lentas, heladas, las que lo han cavado, metiéndomelo ahí, enconados, violentos, pensándolo ya mala semilla muerta, rizoma seco, sin sustancia para la sembradura. Pero no saben esos tristes que hay vientos rastrojeros, lluvias benéficas, abonos vivificadores para ciertas raíces, baldías al parecer, para determinadas tierras que ya se creen exhautas.
Mientras tanto, llórelo en su flautín de avena algún serio zagal de sus valles poblanos, con tal poder de ahogo, que haga marchar a todos los rebaños dispersos hacia los verdes pastizales del día cierto de la esperanza.

Rafael Alberti. Imagen primera de… (1940-1944) Editorial Losada, (Biblioteca Contemporánea) Buenos Aires, 1945. (Miguel Hernández. Edición de María de Gracia Ifach. El escritor y la crítica. Altea, Taurus, Alfaguara s.a. Madrid, 1989. pp.18-19)

domingo, 23 de abril de 2017

EL VALOR DE UN APLAUSO FRATERNO




Hace un par de semana vi en la red y luego en la televisión un hecho curioso, emocionante, muy poco común. Iba a decir inédito, pero se que no lo es.
En el aeropuerto de Santiago de Chile, un grupo de más de cincuenta militares españoles, uniformados, con sus mochilas a la espalda y en semi formación, entraban a la sala de embarque para regresar a su país. En Chile, enero y febrero son los meses de vacaciones y el aeropuerto estaba a rebosar. Nada más asomar por la puerta de entrada los primeros militares y al darse cuenta la gente de quiénes eran, se escucho un atronador aplauso que no cesó durante mucho rato. ¡Viva!, ¡Bravo!, ¡Gracias! Eran los gritos más repetidas. Mientras aplaudían, a muchas persona se les asomó más de una lágrima. A los que vimos esa cariñosa y estruendosa despedida en un video o en la tv, también se nos humedecieron las mejillas.
Los festejados eran un contingente de militares españoles pertenecientes a la UME (Unidad Militar de Emergencias) que se había desplazado a Chile para colaborar en la extinción del mayor incendio en la historia del país. El grupo operativo español trabajó codo a codo con otros voluntarios procedente de Francia, Estados Unidos, México, Perú y Colombia. Es fácil comprender que esa emocionante y calurosa despedida era para todos los voluntarios internacionales. Sin embargo, fueron los españoles los que se llevaron como recuerdo el aplauso más fraternal y prolongado que, seguramente, nunca habían escuchado.
Iba a decir que ese homenaje era inédito, pero se que no lo es. Cuando vi esa escena, vino a mi mente la llegada del barco “Winnipeg” a Valparaíso. Tenemos que salvar todas las distancia, de tiempo y de circunstancias, para asimilar estos dos emotivos momentos. Los combatientes contra el fuego del UME, venían por un corto tiempo a colaborar en la superación de una tragedia, y el emotivo y prolongado aplauso que recibieron fue de agradecimiento y despedida.
Los españoles que arribaron en el “Winnipeg” venían a quedarse. Eran los combatientes vencidos de una encarnizada guerra. Eran los expulsados de su patria, los sin tierra, los exiliados. Sin embargo, aquella mañana del 3 de septiembre de 1938, cuando comenzaron a descender del barco, la multitud que los esperaba en el puerto rompió en un clamoroso aplauso, en unos fuertes vivas y bravo que los pasajeros del barco, los que aun viven, todavía no olvidan y, seguramente no olvidarán jamás.
Es posible que ese aplauso, ese recibimiento con banda de músicos, con cantos republicanos, ese calor entregado sin esperar nada a cambio, les reconfortó el alma. Ellos dejaban atrás una vida en su país natal, dejaban una morada, una familia, un trabajo y unos amigos; también dejaban tres años de cruel guerra entre hermanos. Luego de un triste éxodo en busca de una tierra que creían de igualdad, libertad y fraternidad, pasaron seis meses en los inhumanos campos de concentración franceses y, luego, casi un mes de expectante travesía a bordo del viejo carguero. Atrás quedaba la muerte de un niño de tres meses de edad sepultado en el mar, frente a las costas peruanas. Atrás quedaban las largas discusiones sobre la derrota y las especulaciones sobre el porvenir de cada uno. El futuro, para ellos, comenzaba en Valparaíso, el Valle del Paraíso.
Entre esos pasajeros, Juan Vélez Soriano, natural de Badalona, provincia de Barcelona, quién después de combatir en la guerra civil y pasar a Francia, había sido recluido en el campo de concentración de Adges. Allí cumplió los 19 años de edad. Su juventud le aportó las fuerzas necesarias para soportar el frío, el hambre y las penas. Vélez Soriano recuerda que a su llegada, la tibia primavera rondaba ya el puerto de Valparaíso: “El amanecer de ese día 3 de septiembre de 1939 fue esplendoroso; el sol tenía fuertes deseos de romper el alba. (…) Ya repuestos de ese esplendor contemplamos abismados cómo cientos de chilenos se apiñaban y con cantos nos recibían alborozados, habían sufrido durante casi tres años la angustia de ver desmoronarse la democracia en la madre patria, tenían el alma dolorida, querían abrir las puertas de par en par, querían acoger en sus hogares, empresas, comercios, industrias, colegios y universidades a los vasallos que habían dejado atrás la ignominia, tan solo por defender con ardor la democracia, valor intransable.”
La santanderina Virginia Miranda, una niña en esa época, recuerda que al
atracar el barco a los recintos portuarios: “advertimos desde la cubierta la gran cantidad de gente que nos esperaba. Después supimos que había ministros de Estado, autoridades locales y los miembros del comité que estaba a cargo de nuestra recepción y ubicación. Había también una banda que interpretó música chilena. Esa estampa quedó grabada para siempre en nuestros corazones. (…) Nunca olvidaré -recuerda- la llegada a Valparaíso. El Comité de Recepción que se había organizado aquí tenía todo previsto. Unas 400 personas quedarían en esta ciudad. Tan pronto descendimos del barco y cumplimos con los trámites correspondientes nos llevaron en buses al Centro Español. No teníamos documentos, había un pasaporte colectivo. Desde allí, en los mismos buses nos fueron distribuyendo en los alojamientos que estaban preparados.”
Hace unos meses, en Chile, su patria, falleció José Balmes, uno de los más connotados pintores chilenos. Balmes fue galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1999. Había nacido en Montesquieu, Cataluña. Llegó a Chile a los doce años, a bordo del “Winnipeg”. En esa fecha ingreso, por su corta edad, como alumno libre en la Escuela de Bellas Artes; en 1973, antes del Golpe de Estado de Pinochet, era el Decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Después del golpe militar, se exilió en Francia y regresó a Chile en 1983, desafiando las leyes de la dictadura.
Este pintor chileno nacido en Cataluña, vivió dos exilios. El primero, el de su niñez, lo recuerda con nitidez. Señala que al llegar a Chile, comprendió nuevamente, después de mucho tiempo, el significado de un abrazo. El tren que los trasladó de Valparaíso a Santiago, recuerda, pasó muy lentos por las diferentes estaciones; “gentes que no conocíamos nos entregaban rosas y claveles. Al anochecer miles de hombres y mujeres nos esperaban en la Estación Mapocho. Era el comienzo de un exilio distinto. Un tiempo después, esta tierra también sería ya la mía para siempre.”
Y así sucedió, hoy José Balmes reposa en una tierra que fue y es suya para siempre, en un pequeño cementerio de su pueblo chileno, al lado de Isla Negra y de la casa de su amigo Neruda.
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